Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Tate

L a ligera brisa de la mañana hace que mi pelo revolotee alrededor de mi cabeza.

Lo tengo revuelto la mayor parte del tiempo, así que no me molesto en peinarme cuando un mechón rebelde me roza la mejilla.

Hace días que mi madre insiste en que necesito un buen corte, pero la verdad es que ya me he acostumbrado al caos sobre mi cabeza.

Si lo piensas dos segundos es un tanto irónico: mi cabeza permanece ordenada mientras lo que crece sobre ella no sigue ninguna regla.

Camino con prisa sin apartar la mirada del horizonte.

El sol está saliendo y baña el cielo de tonos anaranjados y rosáceos, pintados como si fueran trazos despreocupados sobre un lienzo.

Las siluetas oscuras de los árboles acompañan la vista, pero no estropean el cuadro, demasiado bajos como para rozarlo.

Desde lo alto de la colina puedo ver la casa de mi madre, a la que me guía un largo sendero flanqueado por almendros.

Me giro hacia la derecha, sin dejar de caminar, justo para ver la figura de una persona moverse entre los cultivos del huerto exterior.

Pero, tan pronto como la he visto, desaparece tras las puertas de plástico translúcido del invernadero recién reformado.

Apresuro el paso para alcanzarla, deseando quitarme la sensación amarga que lleva en mi boca desde la cena de ayer.

Asomo la cabeza entre los plásticos del invernadero, echando un vistazo de un lado a otro del interior.

Por fin encuentro a Sage, sentada en un taburete alto justo delante de una enorme mesa de madera oscura.

Me acerco sin dejar de observar sus manos, que tratan con delicadeza una planta de menta.

Está tan concentrada en lo que tiene entre las manos que no se percata de mi presencia, ni siquiera cuando me detengo a un par de pasos de ella.

“No quiero interrumpir… pero llevo cinco minutos aquí y esto es lo más entretenido que he visto en mucho tiempo.”

Lo siguiente que pasa lo tendré grabado en mi mente por siempre. Hasta que me muera.

Del susto, Sage ha pegado un salto en el asiento.

Pero eso no es todo. Para intentar ver quién estaba detrás de ella, a mitad del salto se ha girado hacia mí, lo que le ha hecho perder el equilibrio.

Además, su mueca de terror ha acompañado todo el espectáculo.

Y yo ahora estoy doblado sobre mí mismo, desternillándome de risa, mientras el culo de Sage está en el suelo.

Levanto la vista una milésima de segundo, la justa para ver la expresión de dolor y todavía sorpresa de su rostro, lo que me hace reírme con más fuerza.

“No tienes granja para correr, Tate Weston,” murmura en un hilo de voz y, a pesar de no verla, sé que me está fulminando con la mirada.

Pero… ¿he mencionado ya que está en el suelo?

“Yo… lo... lo… si- siento mucho.” Apenas puedo formular una frase sin quedarme sin respiración entre carcajada y carcajada.

“Al menos deja de reírte y ayúdame a levantarme,” dice desde el suelo. Consigo aguantar la risa cuando alzo la vista y la veo con la cara desencajada por el shock de lo que acaba de ocurrir.

Aprieto los labios con fuerza y respiro hondo antes de acercarme pero, para sorpresa mía, Sage suelta una carcajada que me hace frenar. Se lleva las manos a la cara como si intentara esconderse, pero su risa no cesa, y yo no tardo ni dos segundos en unirme a ella.

Cuando conseguimos calmarnos, Sage se seca las mejillas, húmedas por las lágrimas, mientras yo me agacho para sujetarla por las axilas.

“Ay…”

“¿Te duele algo?”

La levanto con cuidado.

“Mi culo…,” murmura haciendo una mueca al tocarse la parte afectada.

“Me ofrecería a examinarlo, pero eres una mujer casada,” digo apretando los labios para evitar sonreír.

Sage alza una ceja. “Fuera o no una mujer casada, jamás dejaría que me examinaras el trasero, Tate.”

“Soñar es gratis, Sage Reid,” contesto guiñándole un ojo.

“Weston,” añade ella con una sonrisa ladeada.

“Me alegra saber que no te has golpeado la cabeza y que no has olvidado mi apellido.”

“No. Mi apellido. Es Weston. Sage Weston.”

Pestañeo.

“Pero Wade me dijo que te quedarías con el apellido de tu abuelo,” digo sin poder ocultar mi sorpresa.

“Iba a hacerlo… pero cambié de opinión,” contesta encogiéndose de hombros.

Una pequeña sonrisa asoma en sus labios.

“En realidad fue algo de última hora. Ni siquiera yo sabía que iba a cambiar de opinión tan repentinamente, pero… fue verlo llegando al altar y yo solo pude pensar que quería formar parte de vuestra familia del todo, sin excepciones.”

El rubor cubre sus mejillas cuando termina de hablar.

“¿Y cómo se lo tomó mi hermano?” Me sorprende que no nos dijera nada antes de la boda.

“Bueno… Wade no lo supo hasta que firmamos los papeles después de la ceremonia.”

Abro la boca, pero las palabras se atascan en mi garganta.

“Lo sé. Suena estúpidamente serio viniendo de alguien que acaba de caerse de un taburete.”

Suelto una risa entre dientes. “No, está bien. Me alegra saber que nuestra familia es el lugar al que quieres pertenecer.”

“Incluso con la obsesión que tiene Lib con las calabazas,” asiente con una sonrisa de oreja a oreja que me contagia.

“En serio, ¿qué tiene con ellas?”

“No lo sé, pero si no queremos que la tienda acabe repleta de ellas, alguien debería frenarle los pies.”

“¿A quién deberíamos frenarle los pies? Espero que sea a Tate, solo por fastidiar.”

La voz de Lib llega desde la entrada del invernadero.

Traidora .

Mi hermana atraviesa el espacio y se muerde el interior de la mejilla al verme.

“Tate, ¿ya estás molestando a Sage? ¿Cuántas veces tengo que recordarte que aunque no estuviera casada no tendría nada contigo?”

“Me ofende profundamente que le tengas tan poca fe a mi carisma,” digo dramatizando mientras me llevo una mano al pecho.

“Lo superarás,” contesta, burlándose de mí.

Sage rueda los ojos y se vuelve a subir al taburete torciendo la boca.

“Ah, Lib, justo quería decirte algo,” digo girándome hacia ella, que me espera con una ceja alzada.

“¿Lo guapa que soy?”

“Tengo fama de ser muchas cosas, pero nunca un mentiroso, Lib.” La miro de arriba abajo haciendo una mueca, ganándome un intento de puñetazo que logro esquivar antes de que me golpee el hombro.

Reprimiendo una sonrisa, continúo: “Gracias por encargarte del seto de Sage.” Resopla mientras se cruza de brazos. “Lo digo en serio. Entré en pánico en cuanto pensé más de cuatro veces dónde conseguirlo, pero no quería pediros ayuda hasta el último momento.”

O ni eso , pienso para mí mismo.

“No tienes nada que agradecerme, Tate. Más bien me debes algo por salvarte.”

“¡Pero si luego confesaste! No sirve de nada que intentaras hacerme quedar bien delante de Sage.”

“Y Sage vuelve a estar delante…,” murmura de espaldas, otra vez con la planta entre las manos.

“Sigo creyendo que lo mejor sería devolverme el favor,” dice Lib, haciéndome volver la vista hacia ella.

Resoplo llevándome las manos a las caderas.

Acabemos con esto .

“¿Qué quieres?”

Lib se muerde el interior de la mejilla y le echa una rápida mirada a Sage antes de hablar. Mi cuñada suspira por lo bajo, como si ya supiera qué me va a pedir y cuán difícil va a ser convencerme.

“Dentro de dos semanas es el Wildflower Waltz y mi tienda se encarga de las flores de todo el festival.”

“Lo sé, vamos todos los años,” digo frunciendo ligeramente el ceño. No sé a dónde quiere llegar con esto, pero no me gusta un pelo cómo me está mirando ahora mismo.

Aunque el Wildflower Waltz no sea exactamente en el equinoccio de primavera, es la única fiesta de la estación. Para River Cross es un día muy especial, así que cada año todos los habitantes del pueblo se aseguran de que sea perfecto.

Los alrededores del pueblo se tiñen de vida con todas las flores que colocan.

Las tonos primaverales bañan el campo, decorado por margaritas, tulipanes, crisantemos y mil variedades más.

Es un espectáculo precioso de ver en el que los pueblerinos festejan el inicio de la primavera con conciertos, talleres y actividades para los niños.

“Pues verás… Este año ha habido un pequeño, pequeñísimo , problemita con las flores.” Se frota las manos lentamente, poniéndome de los nervios. “Hice el mismo pedido de todos los años, exactamente igual sin ningún cambio. No añadí más flores ni cambié los tipos, todo es igual.”

“Lib, suéltalo ya,” interrumpo, alzando las cejas.

“Acaban de llamarme porque no pueden traer las flores la semana que viene,” dice tan rápido que me lleva un par de segundos entenderla y procesar sus palabras.

No hago ni el amago de preguntar, sé lo que va a pedirme.

“Necesitas que vaya yo a buscarlas,” finalizo por ella.

La veo asentir con energía, mordiéndose el labio inferior mientras pone su mejor cara de perrito abandonado. Conozco lo suficiente a mi hermana como para saber que esta fiesta significa mucho para ella —aunque no más que el Festival de las Hojas y las Riendas—. Pero no tengo tiempo, y ella lo sabe.

“Solo te llevará un día,” dice como si me hubiera leído el pensamiento. Estoy a punto de negarme, recordándole que apenas tengo horas suficientes por la mañana para encargarme de la granja, y que perder un día entero me supondrá retrasar un montón de trabajo.

“Yo iré contigo.”

Me giro hacia la derecha, frunciendo tanto el ceño que estoy seguro de que mis cejas han formado una sola línea.

“¿Estás segura?,” pregunta Lib, y no se me pasa por alto el tono ilusionado en su voz.

Sage asiente, volviéndose hacia mí con una sonrisa ladeada.

“Venga, Tate, será divertido, son un par de horas en coche hasta Hazel Field. Salimos el martes temprano, cargamos las flores, comemos algo y volvemos antes de que anochezca.”

Tuerzo la boca. “Eso es ser demasiado optimista.”

“¿Desde cuándo le dices que no a una aventura, Tate Weston?,” suelta mi hermana, poniéndose las manos en las caderas.

Pues no lo sé .

Supongo que desde que hace unos meses comencé a sentirme vacío. Los proyectos nacieron a raíz de ello, y desde entonces apenas tengo tiempo para pensar. Mucho menos para irme de viaje o de acampada improvisada, como solía hacer por Almond Valley.

La sensación de nostalgia me golpea como un puñetazo en la boca del estómago, y es por ello por lo que destenso los hombros y cedo.

“Está bien.”

Sage y Lib comparten una sonrisa.

“Te dije que en cuanto le dijeras que irías con él, aceptaría. No puede evitar estar loquito por ti.”

Sage le pega un golpetazo en el brazo a Lib sin dejar de sonreír y yo tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no poner los ojos en blanco.

Mi hermana nunca me obligaría a hacer algo que no puedo o que sabe que me agobiaría. Sé que tiene buenas intenciones. Y, aunque no lo diga en voz alta, una parte de mí está agradecida de que sepa exactamente lo que necesito ahora mismo: desconectar por un día. Pasar tiempo con una amiga.

“Perfecto, entonces,” dice Lib dando una palmada satisfecha. “Vuelvo a la tienda. Sage, cualquier cosa avísame.” Ella hace un saludo militar en respuesta. “Y Tate…”

“¿Qué?”

Me mira unos segundos, pero duran tanto que dudo en si me responderá. La intensidad de su mirada me hace apartar la vista, haciéndome sentir vulnerable, como si pudiera leerme como un libro abierto.

“Luego te mando la dirección.”

Esboza una pequeña sonrisa y no puedo evitar que mis labios se eleven también. Le guiño un ojo en respuesta. Me saca la lengua como si volviéramos a tener cinco años y se marcha con un leve asentimiento.

“Un día fuera no va a matar a nadie,” murmura Sage sin mirarme. Mantengo los ojos fijos en la puerta del invernadero, por donde he perdido de vista a mi hermana hace unos segundos.

“Lo sé.”

“Te vendrá bien desconectar por unas horas.”

Esta vez vuelvo la vista a ella, que sigue sin girarse.

“¿Eso es una prescripción médica?”

Por fin alza la vista, divertida. “No. Es la opinión de alguien que te conoce y se preocupa por ti.”

Resoplo, pero esta vez no siento una presión en el pecho. Sé que tiene razón.

“Más te vale no cantar durante todo el viaje.”

“Qué poco me conoces, Tate,” bromea con una sonrisa que ilumina sus suaves facciones.

Niego lentamente, pero mi sonrisa no flaquea.

Porque no me importa perder un día de trabajo si lo paso con alguien que sabe cuándo bromear… y cuándo simplemente quedarse a mi lado sin necesidad de hablar.

Y, por primera vez en semanas, la idea de estar un día en carretera, lejos de mis listas y de Almond Valley, no me pesa lo más mínimo.