Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

Tate

S ostengo con fuerza la tabla de madera para alinearla con la que ya he colocado a ras de suelo.

Tengo que hacer un esfuerzo para levantarla y, sintiendo cómo mis guantes —que ya están hechos polvo— apenas crean una fina capa entre el material y mi piel, me tengo que tragar un quejido al notar mis dedos arder cuando se me clavan unas pequeñas astillas.

Me obligo a continuar, haciendo caso omiso al dolor que me recorre las palmas de las manos, asegurando la enorme tabla en los enganches metálicos. Alcanzo el martillo del suelo para clavar una madera a la otra, y suelto un enorme suspiro al asestar el último golpe.

Es el séptimo obstáculo que termino de montar hoy y, aunque apenas sienta las manos y tenga cada músculo de mi cuerpo entumecido, no puedo sino sonreír al levantar la vista y ver el paisaje frente a mis ojos.

Estoy, literalmente, en mitad de la nada.

Un sendero en medio del frondoso bosque a las afueras de la propiedad de mi familia, apenas a unos minutos de distancia de la casa de mi hermano.

Me levanto la gorra un momento para secar el sudor acumulado de mi frente con la manga de la camisa que suelo ponerme los días de calor.

La arremango hasta los codos y cruzo los brazos para apoyarlos en la madera que acabo de colocar, fijándome en los otros saltos repartidos por la zona.

Los árboles se alzan a mi alrededor como si se tratara de un túnel de ramas y hojas verdes que recuerdan que la primavera está a punto de comenzar.

A unos metros de distancia se encuentra el siguiente obstáculo que, en vez de ser una tabla encima de otra, se trata de una combinación entre dos troncos y la maleza que recogí por la zona durante estos días. No hay dos obstáculos iguales.

Cuando decidí empezar este nuevo proyecto, después de terminar con el tejado de la pista, pensé que sería una buena idea dar rienda suelta a la creatividad de mi familia y que eligieran ellos los diseños.

Lo que no pensaba era que iban a ser tan creativos.

Aunque… ya debería saber que, si se trata de los Weston, nada es sencillo.

Todavía estoy pensando de dónde voy a sacar un seto con forma circular y decorarlo con flores rosas.

Y sí, esa idea solo podía venir de Sage Reid. Por no hablar de la obsesión que tiene mi hermana con las calabazas, que también ha pedido que haga algo con ellas. Sus palabras exactas fueron: «Ya se te ocurrirá algo, pero no te olvides de las calabazas».

Nadie comprende su fijación por ellas, pero quién soy yo para juzgar…

Además, un trato es un trato, y no pienso rendirme. Tate Weston jamás se echa atrás ante un reto, y pienso construir el recorrido de cross más original de toda la provincia si así lo desea mi familia.

Después de echar un último vistazo al camino para asegurarme de no haber olvidado hacer nada de lo que tenía previsto para hoy, respiro hondo y alzo la vista al cielo. El atardecer comienza a caer, tiñendo el paisaje de tonos anaranjados y alargando las sombras que se crean entre los árboles.

Me giro para llamar a Raven, , mi yegua de pelaje negro como el ónix, que pasta tranquila a un lado del sendero, y, cuando la encincho y me subo a ella, emprendo el camino de vuelta a casa antes de que la noche se adueñe del lugar.

Hoy ya he tenido suficiente con astillas y calabazas. No pienso añadir coyotes a la lista.

Avanzo por el sendero en silencio, escuchando el canto de los jilgueros que anidan entre las ramas.

Los pasos seguros y acelerados de mi yegua sobre la tierra marcan un ritmo constante, como el tictac de un reloj que nunca se detiene.

Lo siento como un recordatorio sutil pero insistente del tiempo, que avanza sin pausa y me persigue sin compasión.

Como si fuera el conejo de Alicia en el país de las maravillas , parece decirme que voy siempre tarde.

La sensación me oprime el pecho, y me obligo a carraspear con fuerza para romper el trance, devolviéndome al presente con un inquietante sentimiento de desazón. Trato de deshacerme del malestar recordando adónde he llegado y todo lo que he logrado gracias a cambiar el rumbo en mi vida.

Hace tres meses, decidí cambiar mi forma de trabajar en la granja. Ahora, en vez de seguir una rutina constante a largo plazo, me ocupo de diferentes proyectos. Todos creados por mí. Por las mañanas sigo encargándome de los caballos y les echo una mano a mis hermanos, pero las tardes son solo mías.

Al comienzo fue complicado encontrar un equilibrio: apenas sabía lo que quería, todo se me hacía demasiado grande y me aislaba de mi familia al trabajar de sol a sol sin descanso.

Incluso mi madre vino un día al pequeño despacho de las cuadras para preguntarme si necesitaba ayuda porque hacía semanas que nadie me veía.

Fueron días duros, de aislamiento, café en vena y planos a los que les daba vueltas durante horas.

Pero, poco a poco, encontré algo parecido a un rumbo.

Primero fue un tejado nuevo para la pista de equitación.

Después una mejora en las cuadras para traer más caballos.

Pequeñas reformas que no cambiaban la granja entera, pero sí algo en mí, como si cada proyecto fuera una excusa para no quedarme quieto… para impulsarme a ser mejor. Y gracias a esto conseguí hacer de la organización mi hábito.

Aunque ahora estoy obsesionado con las listas: Listas de materiales, listas de tareas, listas de cosas que no debo olvidar…

No soy capaz de salir de casa sin haber hecho antes una lista, como si ponerlo todo en papel evitara que mi vida se volviera a desordenar.

Guío a Raven por el sendero que conduce a los establos mientras el atardecer se cierne sobre nosotros. Cada vez se me da mejor calcular el tiempo que me va a llevar realizar las tareas, previendo para hoy los siete saltos que conseguí colocar durante la tarde.

Aunque estos los haya construido solo, para mañana voy a necesitar pedirle ayuda a alguno de los chicos para traer los materiales en la camioneta y moverlos para no quedarme sin espalda.

Además, también voy a tener que preguntarle a Lib de dónde coño sacar el seto que quiere Sage, porque sospecho que ella no me va a dar ninguna pista.

Yo no entiendo de plantas ni árboles, son ellas las expertas, así que van a tener que echarme un cable si quieren sus originales obstáculos.

Para cuando paso el pestillo de la cuadra de mi yegua y compruebo que todos los caballos del establo estén bien, las pequeñas luces automáticas tintinean en cada rincón del lugar.

Me dirijo a un lateral del recinto para hacer una última visita al despacho antes de irme.

Se trata de una pequeña habitación con estanterías hasta el techo perfectamente organizadas y un escritorio acompañado de una silla que vivió sus mejores momentos hace veinte años.

Cualquier persona pensaría en renovarla más pronto que tarde al pensar en su pobre espalda, pero como nunca he aguantado más de diez minutos ahí sentado, no es un problema que me quite el sueño. Ni siquiera planeo cambiarla a corto plazo.

Encima de la madera agrietada por el tiempo está mi libreta abierta con varias líneas escritas, muy parecidas a las de los últimos días desde hace varias semanas.

Pongo un tic en todos los cuadrados, sonriendo por todo lo que he logrado en tan solo tres meses. Es curioso cómo algo tan simple puede sentirse como una gran victoria cuando al principio ni siquiera sabes por dónde empezar.

Esta es mi vida ahora: orden y control.

Aun así, no puedo evitar que una parte de mí se pregunte en qué momento me he convertido en un profesional del orden; si todo esto es suficiente.

Si controlar cada detalle, hacer listas, es todo lo que necesito para sentir que avanzo.

A veces me pregunto si debería buscar algo más, algo que no se pueda planificar, o si ya he encontrado mi equilibrio.

Porque… ¿qué tiene de malo querer llevar un control de tu propia vida?

Preocuparme no me sirve de nada ahora mismo, y al menos sé con certeza que me siento más vivo ahora que hace meses. Así que, por ahora, cierro la libreta con cuidado, dejo mis tics marcados y mi rutina finalizada.

“¿Cómo llevas el recorrido de cross, corazón?,” me pregunta Mira con una enorme sonrisa.

Hoy lleva el cabello completamente blanco recogido en una trenza que le cubre el hombro derecho.

Las arrugas dibujadas por su rostro son cada vez más numerosas, pero el brillo de felicidad que la envuelve nunca desaparece.

Es por eso que se ha pasado toda la cena repitiéndome que está muy contenta de verme y que podamos reunirnos toda la familia.

Como si no hubiera venido a cenar este último mes todos los días…

Supongo que es el precio a pagar por no haberme visto mucho antes de comenzar a venir cada noche. Por lo que me han dicho, llevan desde Navidad cenando juntos. Incluso Sage y Wade venían a pesar de haberse prometido, pudiendo haber aprovechado cada noche para estar solos en su casa.

“Muy bien. He colocado ya siete obstáculos,” contesto con una pequeña sonrisa antes de llevarme el tenedor a la boca.

Sage aplaude desde el otro lado de la mesa, justo al lado de Wade. “¿Ya tienes el seto que te pedí?”

Trago con fuerza y bajo la vista a mi plato. “Verás, Sage. La verdad es que…”

“Tate me ha dicho que llega el jueves, ¿no es así?” Lib me interrumpe y me da una patada en la espinilla por debajo de la mesa que me hace cerrar los ojos y ahogar un grito de dolor.

Si abro la boca estoy seguro de que soltaré un sollozo, así que consigo emitir un sonido afirmativo que se parece bastante a un perro siendo estrangulado.

“Está todo controlado por lo que veo,” asiente Sage.

“Para nada sospechoso,” canturrea mi abuela desde la cabecera de la mesa sin dejar de comer.

Suelto un resoplido demasiado alto, y me fijo en que la sonrisa de Sage tiembla antes de desaparecer. Sus cejas se juntan poco a poco y su rostro se transforma en una mueca preocupada.

“Tate, si necesitas ayuda con algo…”

“Estoy bien,” interrumpo, revolviéndome en mi asiento.

“Gracias por preocuparte.” Desvío la mirada al resto de mi familia, que tienen la misma expresión que mi cuñada.

“A todos. Gracias por preocuparos. Pero estoy bien, lo estoy controlando, me estoy organizando y lo llevo bien. No soy un ermitaño otra vez ni voy a volver a serlo, así que no os preocupéis.”

“Estamos aquí para lo que quieras,” dice mi madre, dándome un ligero apretón en la mano.

Tengo el corazón en la garganta, suplicando salir para dejar de sentir esa presión constante. Me siento como si me hubieran apuñalado y ahora estuvieran retorciendo el cuchillo lentamente.

“Gracias,” contesto en un débil murmullo que me obliga a apartar la mirada de sus ojos azules como el cielo en un día de verano.

Miro a Lib de reojo, viendo que el silencio se hace cada vez más denso, y suelto:

“Y la próxima vez que quieras demostrarme cariño, prueba con algo como darme un abrazo. Tus agresiones físicas están empezando a hacerme dudar de lo sano de nuestra relación.”

“Tate. No. Confíes. En. Mí.” Lib me fulmina con la mirada como si yo hubiera matado a alguien. Abro la boca para replicar, pero me calla alzando una mano y añadiendo: “Nunca.”

Frunzo el ceño, confundido con su repentino cabreo.

¿Y a esta qué le he hecho yo?

“Estaba claro que ibas a necesitar ayuda con el seto, Tate,” dice Sage desde el otro lado de la mesa sin poder contener la risa. “Hicimos una apuesta para ver cuánto tiempo tardabas en rendirte y preguntar de dónde narices sacarlo.”

“Lo que no esperábamos era que tu hermana te fuera a salvar así,” añade Emily riendo.

“No sé para qué apuesto nada con vosotras…,” murmura Wade negando con la cabeza mientras cruza los brazos sobre su pecho.

Lib imita su gesto, reclinándose en la silla, sin disimular la mirada de asco que me dedica.

“No sabía ni que tenía esta vena fraternal. Me da escalofríos.”

“Cualquiera diría que estás empezando a cogerme cariño…” Pongo morritos en su dirección, acercándome a ella lentamente. Lib ahoga un grito y me empuja para apartarme, pero sigo insistiendo, ganándome varios golpetazos en la cabeza.

“A veces me pregunto si estáis más cerca de cumplir treinta o diez años…”

Wade suspira delante de mí, consiguiendo que Lib y yo nos giremos en su dirección.

Abre mucho los ojos y alza las manos en señal de rendición, pero está clara su sentencia.

La dinámica es simple: si alguno de nosotros está discutiendo o tocándose las narices mutuamente, el que se queda fuera no puede opinar, porque si no…

“Tú cállate, Wade, que te casaste y sigues viniendo a casa de mamá a cenar todas las noches. No eres el ejemplo perfecto de madurez.”

Sage echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que hace que mi hermano se estremezca. Esto sí que promete…

“¿Qué tendrá que ver una cosa con otra? ¡Es una tradición familiar! Y a Sage le encanta venir a cenar.” Se gira para mirarla y veo una súplica silenciosa en sus ojos. Es adorable verlo tan vulnerable.

“Para el carro, vaquero, a mí no me metas en tu trifulca,” dice ella todavía riéndose.

“Se supone que tienes que estar de mi lado,” dice Wade, mirando a Sage con el ceño fruncido.

“Estoy de tu lado,” contesta ella, dándole un beso rápido en la mejilla. “Pero también tengo ojos y oídos, y te has metido donde no te han llamado.”

“¿Y para esto me caso?,” murmura recostándose en la silla y mirando al techo.

“Ni tu mujer te salva.”

“Calla, que hace diez minutos estabas lloriqueando por una patada en la espinilla.”

“¡Fue una agresión gratuita!”

“Una muestra de cariño,” corrige Lib, dándome una colleja.

“¿Cariño?” Me cubro la cabeza con los brazos, intentando protegerme. “Lib, el día que me quieras de verdad me mandas al hospital.”

“No me tientes,” dice con seriedad, pero su sonrisa la delata.

Estoy a punto de replicar, pero me callo cuando mi abuela se levanta de la mesa y da una palmada, captando la atención de todos.

“Lleváis más de veinte años intentando decidir quién es el más idiota de los tres y no os dais cuenta de que cada día lo es uno y a veces lo sois todos. Así que, con esta duda resuelta, ¿quién quiere postre?”