Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2) Prólogo
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Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2)

Cuando brille la escarcha (Almond Valley 2)

Por Zara Mist

© inepub.com

Prólogo

​Tate

C ierro los ojos unos segundos para escuchar el repiqueteo constante de la lluvia.

Disfruto tanto del sonido que podría escucharlo las veinticuatro horas del día sin cansarme.

La tormenta llegó hace unas horas a Almond Valley, cubriendo el paisaje con un velo hipnótico y sembrando los caminos de charcos resbaladizos.

Tomo una bocanada de aire con fuerza antes de soltarlo en un suspiro cansado. La mañana ha sido tan intensa como cualquier otra, pero no puedo quejarme del trabajo: tengo toda la tarde para descansar.

Pero no puedo evitar sentir una punzada en el pecho al saber que mañana será lo mismo, y al día siguiente, y al otro…

Cualquiera mataría por tener una jornada como la mía, pero a mí últimamente me falta algo.

Como… una chispa que reavive mi vida.

Abro los ojos para observar cómo las gotas golpean el campo frente a mí.

He tenido que refugiarme de la lluvia bajo el techo del establo de los caballos, aunque todavía tengo la camisa pegada al cuerpo y el pelo empapado.

Hoy planeaba seguir desbravando a uno de los potros nuevos, pero con la que está cayendo es imposible hacerlo sin un tejado encima.

Llevo semanas dándole vueltas a la idea de hacer un picadero cubierto, un viejo proyecto de mi madre. Siempre entrenamos al aire libre, pero como en los últimos meses la lluvia ha sido más persistente de lo habitual, creo que este es el momento perfecto para una reforma.

No parece que vaya a escampar pronto, así que lo mejor va a ser rehacer las tareas del día y dejar el desbrave de Blue para otro momento.

Después de echarle una última mirada al cielo grisáceo que se cierne sobre nuestra propiedad, me dirijo hacia el pequeño despacho que hay escondido en un lateral del establo.

Apenas vengo por aquí; está lleno hasta los topes de miles de papeles que mi hermano, Wade, dice tener organizados.

Y una mierda .

A juzgar por la cantidad de polvo acumulado encima de cada mueble, diría que hace meses, sino años, que no pisa este despacho. Si quiero dar con los papeles del proyecto de mi madre, el primer paso será hacer una limpieza a fondo de este sitio.

Y qué mejor que empezar un día lluvioso de invierno en el que no tengo más trabajo que hacer.

Con el murmullo de la lluvia chocando contra el tejado, me evado con facilidad de mis pensamientos al centrarme en limpiar. No quiero obsesionarme con la idea de que me falta algo, pero estos días el pecho me duele más que de costumbre.

“Oye, idiota, ¿sabes dónde está la empleada que contratamos hará cosa de un año y que debería estar trabajando conmigo ahora mismo?”

Pese a la sorpresa por escuchar de pronto una voz ajena a la mía, suelto una carcajada y niego con la cabeza. Me giro hacia el umbral de la puerta, donde me espera mi hermana con las cejas alzadas y una sonrisa ladeada.

“No lo sé. Pregúntaselo al hermano pirado que tenemos, que fue él quien le pidió matrimonio a pocos meses de conocerla.”

Pone los ojos en blanco, soltando un resoplido.

“No están prometidos, Tate. Solo le hizo un bonito regalo con la excusa de mudarse juntos.”

Ahora es mi turno de rodar los ojos. “Lo que tú digas, pero eso para un hombre significa lo mismo…”

“Imaginaba, viendo que no llegáis ni a un cuarto del cerebro que tenemos las mujeres."

Me cruzo de brazos, pero una sonrisa asoma en mis labios al mirarla con las cejas alzadas.

“¿Has venido a dejarme en evidencia o querías algo más? Tengo trabajo que hacer,” digo, alzando los brazos para señalar el desorden que me rodea.

Lib abre la boca para hablar, pero vuelve a cerrarla, frunciendo el ceño y clavando la mirada en los productos de limpieza que hay esparcidos por el suelo.

“¿Tu aburrimiento ha llegado a su límite y te ha dado por limpiar esta pocilga?”

Da un paso para entrar en la sala y echa un vistazo a la suciedad que nos rodea. Me encojo de hombros, torciendo la boca al ver que todavía me queda mucho trabajo por hacer.

“No sé si recuerdas el plan de reforma de mamá para construir un picadero cubierto.”

Asiente, volviendo la vista a mí.

“Algo me suena, sí.”

“Pues quiero llevarlo a cabo porque últimamente está lloviendo más de lo habitual…”

“Cambio climático, se llama.”

“…y no quiero perder tiempo con los potros nuevos por culpa del mal tiempo.”

Lib asiente, pasando un dedo por encima de una estantería y mirando con cara de asco el polvo que se le queda pegado.

“Por fin tienes una buena idea.”

“Más bien la he robado,” apunto con una sonrisa ladeada.

Lib suelta una carcajada. “Pero es buena. Puedo echarte una mano si me necesitas.”

“No hace falta, Lib,” digo negando. “No te preocupes, que suficiente tienes con la tienda y el huerto.”

“En ese caso deberías avisar a otra persona para que te ayude a organizar y contratar todo.”

“¿Dudas de mis capacidades?,” pregunto en tono burlón.

Observo cómo ladea la cabeza y responde sin tener que pensarlo: “Sí. Y cualquiera lo haría.”

“Puedes pedirle ayuda a Luke o Dorian,” insiste mi hermana, dirigiéndose a la puerta. “O tal vez mamá tenga un rato libre.”

“Esa mujer no es capaz de sacar la cabeza de sus papeles, Lib.”

Sacude la cabeza sin reprimir una risa.

“Puedes intentarlo, a lo mejor te sorprende con nuevas ideas. Al fin y al cabo, fue ella quien quería hacer la zona cubierta.”

“Sí, para no tener que ver a papá entrenando bajo la lluvia y así dejar de enfadarse con él cuando después entraba en casa lleno de barro,” murmuro con una tensa sonrisa.

El silencio se instaura entre nosotros, y Lib me dedica una mirada triste.

La muerte de mi padre todavía duele y está presente en la familia.

Se me hace extraño no verlo por aquí, entrenando para sus competiciones o dando paseos a caballo con mi madre.

Era una parte esencial en la familia y su repentina muerte fue como si un pedazo de nosotros, de lo que nos hacía los Weston, también se hubiera ido.

“Voy a ver si encuentro a Sage,” dice Lib al fin, rompiendo el silencio.

Asiento sin fuerzas. “Nos vemos para comer.”

Escucho los pasos de mi hermana perdiéndose por el establo, y, al fin, me permito soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Apoyo las manos en el escritorio y dejo caer la cabeza con los ojos cerrados.

¿Qué coño estoy haciendo?

Hay algo que no me termina de encajar en todo esto, en mi vida, como si me faltara una pieza para completarme: una chispa que me mantenga vivo.

Necesito una razón que me sostenga en pie cuando las dudas me arrastran. Algo más fuerte que la rutina, más verdadero que la costumbre.

Un propósito para seguir en Almond Valley.

Desconozco cuánto tiempo transcurre desde que me metí en este despacho hasta que al levantar la vista, por fin, soy capaz de distinguir el suelo de madera clara y todas las esquinas del pequeño habitáculo.

“Por fin te encuentro, Houdini.”

La suave voz de Sage me hace levantar la vista y girar la silla en su dirección, pero no suelto el fajo de papeles que sostengo entre mis manos. Frunzo el ceño al devolverle la mirada, lo que le hace poner los ojos en blanco y adentrarse en el despacho recién limpiado.

“Hace días que nadie te ve, Tate. La gente comienza a hablar, piensan que has desaparecido por arte de magia… Pero no, solo estás aquí, rodeado de papeles y porquería,” dice haciendo una mueca y fingiendo un escalofrío, pero no me pasa desapercibido el ligero deje preocupado que esconde su tono.

Estas semanas apenas he hecho otra cosa que no fuera ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Esbozo una sonrisa tranquilizadora, soltando por fin los papeles en el escritorio.

“Estoy bien, Sage. Ocupado.”

“Sabes que Wade se encargaría de lo tuyo si le dijeras que no puedes con todo, ¿no?,” añade con suavidad.

“Ya lo sé,” desestimo su propuesta sacudiendo la cabeza. “Estoy bien,” repito, al ver que va a seguir insistiendo.

En la familia Weston somos conocidos por nuestra cabezonería.

“Si necesitas algo, avísame, ¿vale?,” murmura al cabo de unos segundos con un tono mucho más suave.

“No necesito que te preocupes por mí, Sage.”

La veo esbozar una pequeña sonrisa y acortar la distancia que nos separa, obligándome a ponerme en pie para envolverme en un torpe abrazo que correspondo al instante.

“Todos estamos preocupados por ti, Tate,” susurra contra mi pecho, consiguiendo que el corazón me dé un pequeño vuelco y la estreche con más fuerza entre mis brazos.

No digo nada, solo cierro los ojos. Porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que quizá esa chispa está más cerca de lo que pensaba.