Cualquier destino menos contigo Capítulo 75
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Capítulo 75

Ethan

«Para mí nada fue mentira».

He tenido ganas de subirme al escenario y besarla en ese instante. Creo que mi cuerpo se ha empezado a mover con ese mismo propósito, acortando la distancia que me separaba de ella.

El impacto llega antes, Dahlia baja a toda prisa con el premio todavía entre sus manos.

Camina con paso firme, aunque estoy seguro de que tiene ganas de salir corriendo.

La veo acercarse, ella no se percata de mi presencia hasta que golpea mi pecho sin que pueda hacer nada.

Buscaba nuestro encuentro, quería ver su expresión la primera vez que volviéramos a vernos.

Lo que sí hubiera querido evitar es derramarle toda mi copa de vino encima.

Con esta ya van dos y tener a Dahlia enfadada no ayuda precisamente a mi causa.

—Siempre chocas conmigo. —Me esfuerzo al máximo para que mi voz no tiemble como lo hace el resto de mi cuerpo al tenerla delante.

—Y tú siempre llevas una copa en la mano que acabas echándome encima.

Joder, está guapísima. Lleva el pelo recogido en una coleta baja que resalta sus rasgos y deja al descubierto su cuello, sus labios están pintados de rojo y sus ojos me dedican una mirada intensa.

Lleva un vestido blanco —que yo acabo de teñir de rosa— ajustado a sus curvas y unos zapatos de tacón que hacen que seamos de la misma altura.

La dejo huir al baño solo para seguir sus pasos un par de segundos después.

Nadie nos presta atención, todos están pendientes del anuncio de los ganadores de cada categoría.

Cierro la puerta tras de mí y la encuentro frente al enorme espejo de los lavabos frotando la inmensa mancha de su vestido que, lejos de desaparecer, no para de extenderse.

—Creía que no ibas a venir —dice sin levantar la mirada del vestido.

—¿Y malgastar tus esfuerzos por haber conseguido que me readmitieran en el concurso? Habría sido muy desconsiderado por mi parte.

—¿Cómo sabes que fui yo?

Lo supe en cuanto Andrew dijo que él no había tenido nada que ver. No había nadie más que supiera el verdadero motivo de por qué me importaba tanto ganar ese estúpido premio.

No había nadie más a quien yo le importara tanto.

—¿Qué haces aquí? —pregunta y entonces sí me mira.

—Tenía que verte.

—Si es por lo que he dicho en el escenario...

—¿Es verdad?

Tarda unos segundos en contestar. Por un momento, pienso que va a negarlo y volveremos a la casilla de salida, pero asiente con la cabeza.

—No quiero seguir fingiendo. Contigo, no.

Entonces veo una lágrima descender por su mejilla a través del espejo y ya no puedo aguantarlo más.

Mi cuerpo toma el control y se lanza hacia ella.

O es Dahlia quien acaba por romper la distancia entre nosotros, pero ahora su boca vuelve a estar en la mía y, joder, cómo echaba de menos esto.

El sabor dulce de sus labios, el olor a jazmín, su cuerpo en mis brazos.

No se parece a ningún beso que hayamos compartido antes. Este es urgente, húmedo, casi un acto de desesperación.

Nos devoramos el uno al otro, nuestras lenguas enredadas bailando al mismo compás.

Dahlia me mordisquea el labio inferior porque sabe que me vuelve loco y yo aprieto sus caderas atrayéndola hacia mí y reduciendo más el espacio entre nosotros.

Necesito que cada centímetro de mi cuerpo esté en contacto con el suyo.

Cuando la parte baja de su abdomen se encuentra con mi entrepierna, palpitante de deseo, suelta un gemido que casi me hace perder totalmente el control.

—Dahlia...

—Te necesito —me interrumpe ella.

Yo nunca podría negarle esto.

Nos cambio de posición y la coloco sin esfuerzo encima del lavabo, utilizando un solo brazo mientras el otro sube su vestido y acaricia su pierna hasta alcanzar la ropa interior diminuta.

—Vas a matarme, flor —susurro contra su oreja. No paro de besarla y noto cómo esboza una sonrisa al oír su apelativo en mis labios.

Dahlia se pega más contra mí al tiempo que mis dedos entran en su interior. Acelero el ritmo y ella me acompaña moviéndose hacia delante y hacia atrás. Cuando nuestros labios no están juntos, la miro a los ojos y ella me devuelve la misma intensidad.

—No dejes de mirarme.

Las palabras salen de sus labios. Se libera y tiembla con mis dedos aún moviéndose dentro de ella y a mí me ha faltado muy poco para correrme en mis pantalones solo oyendo su grito ahogado contra mis labios.

Cuando he entrado en el baño no he pensado que fuéramos a acabar así, pero, desde que he posado la mirada en ella esta noche, mi cuerpo ha necesitado con urgencia su contacto y, ahora que la tengo entre mis brazos, sé que no quiero desprenderme de él nunca.

Tenemos una conversación pendiente, pero puede esperar unos minutos más.

Me lavo las manos y la limpio también a ella, depositando pequeños besos en sus muslos. Ahora, el ritmo cambia, nos tocamos con mimo y me doy cuenta de cuánto necesitaba también esto. Le acaricio el pelo mientras ella me borra los restos de pintalabios rojo que tengo en los labios.

Me quita esta estúpida camisa y yo me derrito ante el tacto lento de sus manos sobre mi pecho desnudo. Siento un pinchazo en el costado en donde todavía se está curando mi último tatuaje y, entonces, Dahlia para en seco.

—El tatuaje —susurra contra mi torso, se inclina para verlo mejor—. No lo has borrado.

—Claro que no, solo he hecho un pequeño cambio.

Me giro para que pueda apreciarlo mejor y veo el momento en el que se da cuenta y cómo sus ojos se vuelven vidriosos.

—¿Es una...?

Desliza los dedos con cuidado por el pequeño tatuaje de la silueta con grietas, a través de las que entra la luz para que pueda crecer un tallo con dos hojas diminutas. Solo que ya no hay solo esa planta. Hay una flor.

—Es una dalia —afirmo.

Lo hice porque me gusta llevar marcada la piel, siempre pensé que esta cuenta nuestra historia y Dahlia era parte de la mía. Yo quería que lo fuera.

Andrew tenía razón, lo sabía incluso antes de atreverme a admitirlo.

—Tú eres la luz que entra por mis grietas, flor.