Capítulo 74
Dahlia
Antes me gustaba venir a estos eventos. Eran una oportunidad para tener la atención sobre mí y mostrar solo lo que yo quería que vieran.
Ahora solo quiero desaparecer.
Maia aceptó la invitación en mi nombre cuando le comunicaron que sería la ganadora de la categoría en la que estaba nominada.
«Quedarías muy mal si no asistieses a recoger el premio», me dijo.
Lo cierto es que me daba igual. En muchas versiones, ya soy la mala de la película.
Tenía que preparar un discurso. Le dije a Maia que lo tenía controlado. Mentira. Eso también me daba igual.
Así que aquí estoy, sentada en una de las butacas de las filas delanteras tratando de esquivar las miradas de la gente que se arremolina a mi alrededor buscando algún tipo de señal —o excusa— para acercarse.
Ya que no puedo huir, recurro a esconderme en el baño durante el mayor tiempo posible. Es de primero de manual de eventos.
Me levanto y voy directa al servicio. Por supuesto, cuando entro está lleno. Varias chicas ocupan todos los lavabos mientras se retocan el maquillaje o se arreglan el pelo.
De repente se queda todo en silencio.
Trato de ignorar el cambio de ambiente y me encierro en uno de los cubículos.
Espero unos minutos y vuelvo a salir, preparada para enfrentarme de nuevo a sus miradas escrutadoras.
El baño sigue en completo silencio. Solo que esta vez es porque no hay nadie.
Solo hay una chica que distingo casi al instante.
—Quería hablar contigo.
Finjo que el corazón no empieza a latirme desbocado cuando veo a Nicole frente a mí.
Para ser sincera, no pensé que fuéramos a volver a hablar. Vernos, seguro; las dos trabajamos en el mismo mundillo, sería mucho desear. Pero pensaba que nunca tendría las agallas para dirigirse a mí. Veo que me equivocaba.
Finjo que no me importa. Deslizo un dedo por mi labio inferior fingiendo retocar el color rojo del pintalabios frente al espejo. Finjo que no le presto atención. Finjo. Finjo. Finjo. Porque, con Nicole, jamás dejé de fingir.
Entonces, después de varios minutos, rompe el silencio.
—Quería hablar contigo.
—Eso ya lo has dicho.
—Ya, estoy un poco nerviosa. —Esquiva mi mirada y sus rasgos no se ven tan afilados—. Llevo tiempo queriendo hacerlo y nunca reunía el valor para...
—¿Decirme que te estabas tirando a mi prometido? —Soy directa, no quiero que la conversación dure más de lo necesario.
—Me enamoré de él, Dahlia.
—Créeme, te compadezco.
—Fui una estúpida. Él siempre te quiso a ti.
—Él siempre se quiso solo a sí mismo.
Yo no era la única a la que le gustaban las apariencias. El castillo era demasiado bonito. Nicole no sabe hasta qué punto construí mis muros a su alrededor.
Me convertí en el personaje que todos querían ver. Necesitaba hacer creer a la gente que alguien podía quererme para convencerme de ello también a mí misma.
No sé cómo se supone que debe sentirse el amor, pero eso jamás lo fue.
Porque solo me hizo creer que no lo merecía; que, a pesar de poder ser tan deseada, realmente no era suficiente. Y cuando terminó, el agujero donde anatómicamente se encontraba el corazón siguió doliendo.
Se me escapa una risa pensando en la ironía de esto. Con Ethan hice lo mismo sin darme cuenta; en el fondo, quería hacer creer a todo el mundo que él podía quererme. Pero esta vez no engañé a nadie más que a mí misma y acabé con el corazón roto.
La voz aguda de Nicole me devuelve al presente.
—Lo siento de verdad. Siento haber perdido a mi mejor amiga por esto.
—Tú y yo no éramos amigas.
No lo digo para hacerle daño, estoy siendo sincera.
Nicole no me conoce en absoluto, nunca lo ha hecho. Porque, incluso con ella, no me quitaba la máscara, porque en el fondo sabía por qué estaba a mi lado y quise convertirme en una Dahlia que fuera suficiente para eso. Pero se acabó.
Creo que Taylor conoció más de la verdadera Dahlia en veinticuatro horas que Nicole en seis años.
—Mucha suerte con todo.
Esboza una tímida sonrisa antes de salir del baño que, de alguna forma, me otorga una paz que no sabía que necesitaba. Otra victoria, pero no sobre Nicole.
Sobre mí. Por fin me he elegido a mí.
Esconderse es realmente agotador. Después del viaje, cuando he vuelto a ponerme la máscara, no encajaba como antes y me he dado cuenta del peso que llevaba encima.
Cuando oigo la voz del presentador resonar en todos los altavoces del recinto, sé que es la hora de ocupar mi asiento para la ceremonia y la entrega de premios.
Es aburrida, el organizador da un discurso extremadamente largo y lleva un traje del que seguramente Ethan se hubiera burlado.
También me hubiera contado varios chistes al oído que me habrían hecho reír.
Y cuando gritaran mi nombre escrito en el sobre, se pondría de pie incumpliendo totalmente el protocolo y me atraparía entre sus brazos para hacerme volar.
Restos de mi pintalabios quedarían pegados a su mejilla, pero no le importaría y no pararía de aplaudir hasta que recogiese ese galardón, aunque sí le mandarían sentarse.
Me obligo a regresar al aquí y ahora, porque parte de eso sí está ocurriendo. Doy gracias a mi cuerpo por tomar el control y levantarse cuando anuncian mi nombre. Subo las escaleras y recibo el pequeño trofeo de diseño abstracto y formas geométricas.
Entonces dirijo la mirada hacia mi asiento y el de al lado, vacío. Y dejo de mentirme acerca de que no desearía que estuviera aquí conmigo.
Llevo toda la vida con miedo a que vean todas las partes de mí, porque, si yo misma no las quiero, ¿por qué iba a quererlas alguien más?
Pensé que era mejor fingir, dejar que se viera solo lo bonito e inventar el resto, ser lo que los demás esperaban y no permitir que entrara nadie, porque solo les dabas poder para hacerte daño.
Yo sabía todo eso, mucho lo había aprendido por las malas. Y, aun así, no pude evitar que Ethan se colara entre las grietas. Ni siquiera tuvo que luchar, yo misma le di acceso. Y él acarició esas partes feas.
«Me gusta lo que veo siempre que te miro, Dahlia».
Porque solo a través de ellas entra la luz.
Me hizo entender que esas grietas no significan que esté tan rota y, aunque así fuera, que no es algo malo.
Porque tenerlo bajo mi piel me hace sentir realmente bien.
Como si, por primera vez, estuviera completa.
No en el sentido de necesitar a alguien para estarlo, sino alguien que te recuerde lo que vales cuando a ti se te olvida.
Estoy harta de mentir y esconderme, quiero vivir en voz alta y no tener miedo; quiero quererme. Así que dejo de mentir y mentirme, porque Ethan no se lo merece.
Y yo tampoco.
Estoy encima del escenario con miles de miradas puestas en mí. No he preparado ningún discurso, pero habría dado igual. Porque es en este momento cuando tengo claro lo que quiero decir. Aprovecho el arrebato de valentía para acercarme al micrófono y empiezo a hablar.
—Ethan Adams fue descalificado por mostrar algo que no era verdad en lugar de a sí mismo. Si es así, yo soy la última persona que merece este premio.
Inspiro hondo, el enorme auditorio está en absoluto silencio y solo oigo el latido acelerado de mi corazón.
—En el mundo de las redes sociales las apariencias lo son todo, lo sé mejor que nadie.
He pasado la mitad de mi vida y toda mi carrera tratando de ser alguien a la altura de cualquier expectativa imposible.
He dado mi sangre, sudor y lágrimas por esto, entregado mi cuerpo y perdido partes de mí por miedo, porque no eran bonitas.
Me convertí en la Reina del Hielo. Pero un cristal puede ser muy brillante y no por ello deja de ser frágil.
No quería acabar de romperme, así que fingía, todo el rato, hasta que yo misma me tragué mi propia historia.
Me aclaro la garganta. Las palabras luchan por salir, y esta vez, las dejo libres.
—Dicen que en las redes sociales no hay que creerse nada, que todo es forzado, pero, por primera vez, no me ha costado mostrarme como soy.
Ethan fue la única persona con la que nunca tuve que fingir para sentirme suficiente.
Yo me enamoré de él sin poder evitarlo y, creedme, lo he intentado con ganas.
—Oigo algunas risas y murmullos nerviosos—.
Así que, si buscáis qué fue verdad de lo que mostró Ethan, solo tenéis que mirarme a mí.
Él debería haber ganado su premio, porque para mí nada fue mentira.
Solo pasan unos segundos antes de que pueda oír los sonoros vítores y aplausos de los presentes, que gritan entusiasmados. Algunos incluso se ponen en pie.
Me quedo quieta hasta que el peso de todas las miradas comienza a ser demasiado y es hora de irse. Bajo del escenario y camino con paso firme hasta el fondo del enorme auditorio, aunque me tiemblen las piernas y tenga ganas de salir corriendo.
Algo me impide continuar, choco con un cuerpo sólido que ha aparecido de repente delante de mí y a continuación siento frío en la parte del abdomen y en algunas zonas de mis brazos que ahora están húmedas.
Antes de levantar la mirada, ya sé quién es. Porque tiene una cicatriz entre el pulgar y el dedo índice, huele a cedro y sándalo y sus ojos sobre mí hacen que tiemble todavía más.
—Siempre chocas conmigo.
—Y tú siempre llevas una copa en la mano que acabas echándome encima.
No sabía que vendría, pero sí me había permitido imaginarlo: cómo sería nuestro encuentro, la primera vez que nos viéramos después de tanto tiempo.
Que me tirara su copa encima —otra vez— no estaba en la lista de los cientos de escenarios que había creado en mi cabeza.
—Dahlia.
Pero cuando dice mi nombre, no puedo evitar mirarlo. Mis ojos se encuentran con el mar embravecido que hay detrás de los suyos, es el color azul más intenso que he visto en mi vida. Y me ahoga.
—Tengo que ir a limpiarme —digo antes de darme la vuelta y salir de aquí. Esta vez sí lo hago corriendo.
Doy gracias a que la atención no está puesta en nosotros, sino en la entrega del siguiente premio, cuyo ganador ya está subiendo al escenario.
Me dirijo al baño, que vuelve a ser mi vía de escape, y tardo unos minutos en dejar de temblar.
«Maldita sea, ¿por qué Ethan tiene este tipo de efecto sobre mí?».
«Porque estás enamorada de él».
Lo acabo de admitir delante de todo el mundo. Delante de él.
Me acerco al lavabo y restriego un trozo de papel húmedo sobre el vestido, pero no sirve de nada, el color burdeos del vino ya tiñe gran parte de la prenda. Aun así, sigo frotando, cada vez más rápido, porque mi corazón sigue latiendo desbocado, haciendo que me duela el pecho.
Entonces, la puerta del baño se abre y volvemos a estar cara a cara.