Capítulo 73
Ethan
U N MES DESPUÉS
Como todos los días, me levanto justo antes de la salida del sol y veo cómo poco a poco se eleva en el horizonte. No he vuelto a ver el rayo verde.
Hago lo mismo que ayer, sigo la misma rutina de todos los días desde que estoy aquí. Me he acostumbrado a mirar el teléfono más tiempo del que debería. Pero leer todos los artículos, comentarios y publicaciones sobre Dahlia sigue provocando la misma sensación de inestabilidad en mi pecho.
«Pasará», me digo a mí mismo. Ya se está volviendo repetitivo.
Llego a la oficina antes que nadie, aunque no disfruto del silencio y la calma del lugar tanto como los primeros días.
Me froto la cara con las manos y las deslizo por mi pelo, despeinándolo todavía más. Ni siquiera me he molestado en peinarme esta mañana. No lo he cortado desde hace tiempo y mis rizos ahora se intuyen a la perfección.
«Esto es madurar, James». Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza.
—Y una mierda, esto es una cárcel —digo en voz alta para mí mismo. Porque cuando estoy solo es el único momento en el que soy lo suficientemente valiente para ser también sincero.
Solo conmigo mismo es en el único momento en el que soy lo suficientemente valiente para ser sincero.
Dejo salir mi frustración y los papeles de encima de mi mesa pagan las consecuencias.
Deslizo la mano por toda la superficie, sin importarme que todo caiga de forma desordenada y sin cuidado.
Mi atención recae en el marco con la fotografía que está en el despacho a tan solo un par de metros de mi escritorio.
En ella se ve a un niño rubio platino con muchos tirabuzones en el pelo, que no debe alcanzar el metro de altura y que esboza una sonrisa con la que trata de mostrar todos los dientes.
Lleva un chaleco de obra que le llega por debajo de las rodillas y un casco que se le escurre hacia un lado porque es demasiado grande.
Junto a él, mi padre, quince años más joven, antes de que las canas y las arrugas fueran definiendo sus rasgos faciales.
Él mira a la cámara mientras el niño lo mira a él, con una admiración que ya no reconozco.
Ese niño soy yo. O lo era.
¿Cómo se puede llegar a tener todo claro y ahora no saber nada en absoluto?
Lo estampo contra la pared y el marco se rompe; enseguida me arrepiento, pero no recojo los pedazos de cristales rotos.
Están por todas partes. No sabría por dónde empezar.
—Ethan, hijo, ¿podemos hablar? —Esta vez, sus palabras no suenan en mi cabeza.
Me giro y me sobresalto ante su repentina presencia. No suele llegar a la oficina hasta dentro de una hora, por lo menos.
Miro a ambos lados, luego al suelo, donde están desordenados todos los papeles que he ido tirando.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo he visto todo —confirma, moviendo la cabeza afirmativamente.
—Ahora lo recojo.
Me dispongo a agacharme para comenzar a ordenar cuando mi padre hace que pare en seco.
—Ethan... —Es la segunda vez que usa mi nombre y no el suyo propio para referirse a mí. Antes creí haberlo imaginado. Él nunca me llama Ethan.
Sé que lo hace por orgullo, compartimos el mismo nombre que mi abuelo y bisabuelo, soy parte de una tradición, una familia que crece con el paso de los años, una extensión suya.
Cuando crecía, me gustaba formar parte de eso, todavía me gusta, pero desde hace un tiempo ha pasado a convertirse en una jaula.
Porque ya no quiero ser como él... Quiero ser yo. Quiero ser Ethan, no James. Pero es James el que siempre ha sido suficiente para mi padre, no Ethan.
—Quiero pedirte perdón.
Permanezco muy quieto, mirándolo directamente a los ojos.
Mi padre nunca se disculpa.
—¿Por qué?
—Por no haberlo visto. Por no haber querido verlo.
Niego con la cabeza, sin entender lo que quiere decir.
—Cuando estaba en el instituto, soñaba con irme a vivir a la costa oeste: sin horarios, trabajando donde me pillara, surfeando de día y saliendo de noche.
—Trato de imaginarme a mi padre en un ambiente distinto a nuestra casa, pero no puedo.
Él siempre ha pertenecido a este lugar—.
Creía que era lo que quería; el negocio familiar no me parecía demasiado emocionante.
Pero antes de la graduación conocí a tu madre y me enamoré.
Ella quería quedarse en el pueblo cerca de su familia y a mí ya no me gustaba tanto la idea de irme.
Pero lo hice, viví unos meses en San Francisco y luego regresé con un anillo y con la certeza de que no necesitaba irme a ningún sitio, porque la felicidad estaba aquí.
Me di cuenta de que empecé a ser feliz cuando volví a casa.
He tenido una vida llena de felicidad y quiero lo mismo para ti, Ethan.
Pensé que, como yo la había encontrado aquí, tú también lo harías.
Pensé que, como estabas perdido, podría ayudarte a abrir los ojos y que te dieras cuenta. Pero el que tenía que abrirlos era yo.
Solo sé que estoy llorando cuando mi padre recorta la distancia entre nosotros y me abraza con fuerza, su camisa se humedece bajo mi cara.
—Eres mi hijo, tú y tus hermanas sois lo que más quiero en este mundo y solo quiero que seáis felices.
Y entonces me doy cuenta de lo mucho que necesitaba escuchar esas palabras. Que me quiere a mí.
—¿Significa eso que puedo dejarlo?
El trabajo. La tradición. El pueblo.
—No, de eso nada. Estás despedido.
Suelto una risa y enseguida le sigue la de mi padre. Me doy cuenta de que hacía mucho tiempo desde la última vez que reímos juntos.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—No lo sé —respondo sincero.
—Deberías hablar con Andrew. —Asiento con la cabeza mientras borro la humedad de mis mejillas—. Y luego ir a por la chica.
—Todo fue mentira, papá.
—No lo creo. Habrás engañado al resto del planeta, hijo, incluso a ti mismo, pero a mí no.
—¿Y cómo estás tan seguro?
—Porque la mirabas de la misma forma en la que yo miro a tu madre.
Subo la rampa de la que considero mi segunda casa. Muchas veces ha sido la primera.
Me replanteo llamar a la puerta, pero ninguno de los Reid tiene la costumbre de responder al timbre. Nunca cierran la puerta con llave, así que simplemente entro.
Las luces de la planta baja están todas apagadas. Camino por el pasillo hasta la parte trasera de la casa. Sé exactamente dónde lo voy a encontrar. Lo veo de espaldas con la cabeza gacha y ligeramente inclinado hacia delante. Me doy cuenta de que está dibujando algo en su cuaderno.
—No deberías haber bajado tú solo la escalera —digo, señalando los tres peldaños que llevan a su pequeño jardín—. Podrías haberte caído.
—Pero no lo he hecho —responde, sin apartar su atención del papel.
Me acerco hasta que solo quedan un par de metros entre nosotros. Andrew se gira para mirarme y entonces veo a quién está dibujando. A pesar de estar en blanco y negro, puedo distinguir su cabello largo y dorado y sus cientos de pecas. No digo nada sobre eso.
—Has hablado con mi padre. —Andrew se encoge de hombros y levanta las cejas, esperando mi reacción—. Gracias —suspiro, al tiempo que él extiende los brazos y yo me lanzo a ellos.
Me inclino en un ángulo de casi noventa grados rodeando su cuello, él responde a mi abrazo con fuerza. Permanecemos así unos segundos tratando de encontrar la posición correcta hasta que acabo sentado en uno de los reposabrazos de su silla. Su brazo rodea mi cintura y el mío cubre sus hombros.
—La he cagado, Andrew.
—Todos nos equivocamos —responde con ese tono de voz familiar que siempre me ha transmitido calma.
—¿Y si es tarde para arreglarlo?
—Solo es tarde cuando estamos muertos. Créeme, sé mucho sobre eso.
Lo miro con los ojos muy abiertos.
—Han pasado cinco años, el humor negro es lo único que me queda. Podemos bromear acerca de ello. Necesito que lo hagamos.
Lo último lo dice en apenas un susurro y mi corazón se encoge. Desde el accidente, cambiaron muchas cosas, aunque Andrew se esfuerce por no mostrarlo.
Una parte de él sí murió ese día, y el día siguiente.
Pero decidió seguir adelante, no por él, sino por nosotros. Joder, yo lo sabía.
A veces solo quiero devolverle una parte de lo que me ha dado. No lo he hecho y no sé cómo hacerlo.
Seguramente, Andrew diría que no lo necesita. Pero nos necesita, aunque sea para cuidarnos.
¿Y quién lo cuida a él? Porque, aunque Andrew es capaz de adentrarse en el fondo de nuestras grietas, no te deja ver a través de las suyas. Siempre te enseña lo bonito.
Es un mecanismo de defensa, pero no como el mío o el de Dahlia. No es para protegerse a sí mismo, sino a nosotros.
La única persona que lo ha visto todo es Brownie. Y se fue.
—¿Os dejo solos, tortolitos? —La cabeza de Taylor se asoma por la puerta, su cabello pelirrojo suelto y salvaje. Se lo ha vuelto a dejar largo, casi tanto como aquel verano de hace cinco años.
—Ven aquí —dice Andrew. Los dos extendemos nuestros brazos a la vez.
TayTay se lanza con fuerza y luchamos para no perder el equilibrio. Yo me acomodo en un lado de la silla, ella se sube completamente al regazo de su hermano, cubriéndonos a los dos con sus piernas. Es muy menuda y encaja a la perfección.
Los tres, simplemente, encajamos.
Permanecemos abrazados durante más tiempo incluso, mi cabeza apoyada sobre la de Andrew, la cara de Taylor escondida en su pecho y una de sus manos sujetando la mía. Por primera vez desde hace mucho, me siento bien. Siento que estoy en el lugar correcto y, aun así, sigue faltando algo.
—Te echaba mucho de menos, Ethan —susurra Taylor, una lágrima resbala por su mejilla.
—Y yo a ti, pequeña. —Se la borro al instante. Ver llorar a Taylor es una de esas cosas que nunca voy a ser capaz de soportar.
—Te has pasado estas semanas como un zombi. Vas en piloto automático y a ti te gusta ir derrapando a toda velocidad.
—No literalmente, por favor —añade Andrew.
—No me gusta echarte de menos, pero quiero hacerlo si eso significa que vas a ser feliz, aunque sea lejos de nosotros.
—No sé qué voy a hacer ahora.
—¿Podemos tener esta conversación de pie? Me estáis haciendo daño —interrumpe Andrew, con la voz entrecortada.
Todo mi cuerpo se tensa al instante. Los dos nos separamos.
—Creía que seguías sin tener sensibilidad en las piernas.
—Y no tengo, pero la polla todavía me funciona y quiero que siga siendo así.
—¡Lo siento! Oh, Dios, te he aplastado la polla.
—Has tocado una polla —apunto, aguantando las carcajadas.
—La polla de mi hermano. —Taylor finge una arcada y los tres acabamos riéndonos.
—¿Podemos dejar de hablar de mi polla?
Dios, cómo nos echaba de menos. Entonces pienso que Taylor tiene razón. Para disfrutar y tener estos ratos, necesito echarlos de menos.
—Hoy es la entrega de premios del concurso —dice ella.
Lo sabía. Asiento con la cabeza.
—¿No vas a ir?
—¿Qué sentido tendría? No pinto nada allí.
—Las estrellas no pintan, ellas simplemente brillan —me recuerda Andrew.
Me acuerdo del momento en que dijo esa frase por primera vez. Siete palabras en forma de ánimos que son capaces de mover montañas, solo porque salen de la boca de Andrew.
Las estrellas son las que miramos en el firmamento y nos ciegan con su belleza, aunque sea de noche. Ellas no pertenecen a ningún lugar concreto, no pintan nada. Sin embargo, todas están en el mismo cielo nocturno, sin dejar de brillar, formando parte de algo grande.
Las estrellas son eternas, nunca nos cansamos de mirarlas, sin importar dónde estén, o dónde estemos nosotros.
El significado tras esa frase me afecta de manera diferente aquí, donde el recuerdo de Brownie es demasiado palpable y yo solo quiero olvidarla. Ella es una estrella, pero lo era mucho antes de triunfar en Hollywood. Andrew lo sabe.
—Dahlia va a estar allí —apunta él después de varios segundos.
Por supuesto que lo ha leído en la suscripción de su revista de cotilleos. Dahlia confirmó hace unas semanas su asistencia.
—¿Por eso llamaste a la organización para que revisaran mi caso y me readmitieran?
—Yo no he hecho tal cosa.
Antes de que pueda decir algo, habla Taylor.
—¿No vas a hacer nada?
—No puedo hacer nada. Dahlia no quiere verme y, aunque me planteara ir ahora mismo a Nueva York, no hay vuelos.
—Resoplo y, a continuación, confieso las palabras que hasta ahora he tenido atascadas en la garganta—.
El viaje con Dahlia ha sido el más impresionante de mi vida, me dejó entrar y yo me enamoré de ella.
Pero, a la hora de la verdad, hice lo que hizo todo el mundo, la di por perdida.
Oigo una risa baja, me giro hacia Andrew, que se cubre la boca con la mano para evitar que lo vea. Se está riendo.
—Me alegra saber que mis desgracias te divierten.
—Lo que me divierte es que te ahogas en un vaso de agua y...
—Y qué.
—Que por primera vez sabes lo que quieres, Ethan. Lucha por ello. ¿Dahlia está por encima de todo lo demás? Por fin tienes la respuesta que tanto deseabas. Por fin has escogido.
Entonces tengo mi respuesta.
—Con ella siento que no tengo que escoger. Con ella lo tengo todo.
Un grito ahogado sigue a mi confesión, pero no proviene de mis labios.
—¡Por fin! —Taylor levanta los brazos, entusiasmada—. Vamos, llegamos tarde.
Agarra mi muñeca y comienza a arrastrarme hacia la puerta.
—¿Adónde?
—Al aeropuerto, tu vuelo sale en menos de dos horas.
Niego con la cabeza, estoy confuso.
—Los vuelos a Nueva York hay que reservarlos con tiempo, no podíamos esperar a que te dieras cuenta de que estás enamorado de ella.
Miro a Andrew, que asiente y añade:
—Esto es lo que siempre has querido. Yo lo llevo sabiendo desde el momento en que cogiste ese primer avión. Que no volverías. Holland siempre se te ha quedado pequeño, aunque te diera miedo pensarlo siquiera. Tu sitio está por todo el mundo... y con ella. Nosotros siempre vamos a esperarte aquí.
Una lágrima desciende por mi mejilla y le doy un último abrazo antes de montarme en el coche al tiempo que Taylor se abrocha el cinturón. Antes de arrancar, pregunto a Andrew:
—¿Qué significa? Ver el rayo verde.
—Que estás donde debes estar.
Taylor pisa el acelerador y nos incorporamos a la carretera principal. Conduce por encima del límite de velocidad durante todo el trayecto, pero llego justo a tiempo para montarme en ese avión.
Durante el vuelo, pido a la azafata una servilleta. Y voy escribiendo las nuevas reglas del trato.
Voy a por mi chica.
El rayo verde, un fenómeno bello y misterioso
Es un fenómeno óptico en el que Julio Verne inspiró una de sus obras menos conocidas. Se basa en la leyenda que afirma que si una persona contempla el rayo verde es que ha encontrado el amor de su vida o está profundamente enamorada.