Capítulo 70
Dahlia
Han pasado cuatro días desde que lo vi por última vez. Desde que me subí en el avión que me trajo a Nueva York en el que pasé todo el trayecto vomitando y escondiéndome. Desde que me instalé en este hotel de lujo en una de las calles más concurridas de la Gran Manzana.
Cuatro días desde que el tiempo, en realidad, parece haberse congelado.
Mi móvil ha permanecido apagado desde entonces, no he dejado entrar a nadie que no fuera del servicio de habitaciones y solo he vestido conjuntos de ropa interior desparejados cubiertos por una camisa de plumas y tucanes que me parece igual de hortera que la primera vez que la vi.
La debí meter por error en mi maleta y cuando la encontré pensé en tirarla, pero primero tomé la mala decisión de apretarla contra mí. Olía a él.
No pude deshacerme de ella, había descubierto que podía engañar a mi cuerpo para dormir unas horas si se dejaba llevar por el olor e imaginaba que todavía estaba entre sus brazos.
Al parecer, en este viaje no solo he perdido mis gafas de sol favoritas, sino también la dignidad.
En ese momento, suena el teléfono de la habitación. Descuelgo después de varios segundos.
—Señorita Harris, una chica en el vestíbulo pregunta por usted.
—Dile que no acepto visitas. Me da igual quién sea. —Cuelgo.
Aprovecho para encender mi móvil por primera vez en el día de hoy. Solo me permito mirarlo una vez cada veinticuatro horas para borrar el registro de llamadas. Maia lo ha llenado todos los días con sus mensajes en el buzón de voz. No he escuchado ninguno.
Hoy, sin embargo, parece haberse rendido. Tengo varias llamadas suyas, pero son muchas menos. Ninguna desde hace una hora. Todo un récord viendo su historial de los últimos días.
Ningún mensaje de Ethan. Vuelvo a apagar el teléfono sin ver nada más.
Vuelve a sonar el teléfono, resoplo y vuelvo a responder.
—Disculpe, señorita Harris, es que es muy insistente. —Oigo balbuceos de varias voces que no soy capaz de reconocer—. Es bajita, pero da mucho miedo.
Pongo los ojos en blanco y cuelgo sin decir nada. No sé cómo han descubierto que estoy aquí, pero lo último que quiero es enfrentarme a esto. Sé que le prometí a Maia que no volvería a desaparecer, pero eso es lo que pienso hacer ahora mismo.
Porque sigo siendo la misma Reina del Hielo y fingir que nada me importa es lo único que sé hacer.
Otra llamada de recepción resuena en la habitación, esta vez no contesto. A esta, le siguen varios golpes a mi puerta. Ahora sí me giro súbitamente.
¿Qué tipo de seguridad tiene este hotel? Como no sea alguien del servicio de habitaciones que en vez de traerme más toallas por error lleve una cámara, pienso denunciarlos.
Pero, cuando abro, me encuentro con la «chica bajita que da mucho miedo».
—Te dije que, si volvías a hacerlo, te mataría. —Maia entra en la habitación sin ni siquiera pedir permiso. Yo cierro la puerta detrás de ella—. Contesta. Al. Teléfono. Cuando. Te. Llamo.
Está enfadada. Claro que está enfadada. Pero no me importa. Quiero que se vaya.
Mis labios están hinchados y mis ojos, enrojecidos. No quiero que me vea así. Quiero que me deje en paz, como ha hecho todo el mundo.
La ignoro y me coloco al lado del enorme ventanal en el centro de la habitación. Bajo nuestros pies, la ciudad de Nueva York late a un ritmo frenético. Todo el mundo sigue adelante; mientras tanto, mi reloj parece haberse detenido.
Y no sé si quiero volver a ponerlo en marcha.
—¿No piensas decir nada? No he sabido nada de ti en días.
—Que yo recuerde, tu jefa soy yo. No tengo que darte explicaciones —pronuncio fríamente, sin ni siquiera mirar en su dirección.
Tengo que hacer que se vaya.
—No respondes a mis llamadas. No te has presentado a las reuniones programadas...
—Me da igual —contesto sin más.
Tengo que hacer que se vaya.
—Me da igual que te dé igual. Vamos a arreglar esto. —Se acerca hasta quedar a un par de centímetros de mí—. Voy a arreglar esto. Soy buenísima, ¿recuerdas?
—No quiero que arregles nada. Quiero que te vayas.
Necesito que se vaya. Porque el pecho empieza a dolerme y tengo ganas de llorar.
No puede verme así, no puede ver todas las heridas. No puede saber lo rota que estoy, el fraude que soy realmente.
—No me voy a ir, Dahlia. Tenemos que hablar...
Porque ya no puedo seguir siendo fuerte y no quiero que me hagan más daño. Así que lo hago yo.
—¡Pues estás despedida! Vete de aquí, ¡y vete a la mierda!
Todo el mundo se va, yo solo quiero protegerme. Si no entran, no pueden hacerme daño. Y si no se quieren ir, los echo hasta que no quieran volver. Porque nunca vuelven.
Me mira fijamente y yo le sostengo la mirada hasta que resulta demasiado y tengo que apartarla. Entonces oigo sus pasos alejarse, cada vez más distantes.
Acabo de echar a la única persona que ha estado siempre conmigo desde que la conozco. Lo he destruido absolutamente todo y me he quedado sola.
Es lo que quería, ¿no?
Un escalofrío me recorre por dentro y, aunque me abrazo a mí misma, no me desprendo del frío. Estoy sola.
Tras varios segundos de completo silencio, tengo la certeza de que ya se ha ido, pero entonces oigo de nuevo su voz.
—¿Te has bebido todos los cócteles de cortesía? La nevera está vacía.
Me giro en su dirección, está en la reducida sala de estar, inclinada sobre el pequeño frigorífico.
—¿Qué haces aún aquí? Ya no eres mi agente.
—Eso no es cierto, no puedes despedirme en mi día libre.
—¿Qué?
—He pedido el día libre, lo sabrías si hubieras mirado el calendario. Así que puedes despedirme mañana si quieres, pero no he venido como agente. He venido a ver a mi amiga. —Sostiene mi mirada cuando dice—: No me voy a ir.
«Amiga».
Se ha quedado.
Entonces, por primera vez en toda mi vida, exploto.
Suelto un quejido y me lanzo a sus brazos; ella ya los tiene abiertos para recibirme.
Acabamos las dos tumbadas en el enorme sofá, yo prácticamente encima de ella.
Es una posición incómoda, pero no me muevo y ella tampoco se separa.
No sé cuánto tiempo pasamos así, con mi cara oculta en su regazo; no paro de temblar y las lágrimas empiezan a brotar sin fin.
—¿Por qué duele tanto, Maia? —sollozo con la voz entrecortada. Ella acaricia mi pelo con suavidad—. Todo fue mentira, pero a mí me duele de verdad.