Cualquier destino menos contigo Capítulo 69
91%

Capítulo 69

Ethan

—¿Cuándo tenías pensado salir de ahí?

La voz de Andrew me sobresalta.

—¿Cuándo te has dado cuenta de que estaba aquí?

—Desde que hemos llegado —responde. Su tono es seco. Está enfadado—. Se ha ido creyendo que no has aparecido.

—¿Qué importa? El resultado habría sido el mismo.

Me encojo de hombros y salgo de mi escondite para encontrarme también con los ojos muy abiertos de Taylor, que solo me hacen sentir peor.

Todavía no me ha dirigido ni una palabra desde esta mañana, cuando he acabado confesando ante ella y mis padres una versión reducida de la verdad, una que no me hace quedar como un auténtico capullo.

Aunque, mientras lo he hecho, me he sentido todavía más imbécil.

—Sabes que importa; si no, no hubieras venido.

—Cuanto más tiempo pasaba, más seguro estaba de que, si la veía, no la dejaría marchar —confieso, casi en un susurro.

—¿Y eso es malo?

—No es que sea malo, Andrew, es que es imposible. Ahora todo el mundo sabe que esto era mentira.

—¿De verdad lo era? A mí no me parece que sea mentira. Tendrías que haber visto su cara, Ethan...

Ese es el problema, que no necesito verla. La tengo grabada en mi cabeza.

Cada. Puto. Detalle.

—¡Nunca funcionaría, joder! —estallo. Me da igual que varios pasajeros se giren en nuestra dirección atraídos por la discusión—. Yo tengo que quedarme aquí, ella debe volver a Nueva York. Esa burbuja en la que me metí estaba condenada a explotar y ahora os ha salpicado a todos. A ti.

He tenido que apagar el teléfono. Taylor recibía tantos mensajes que ha borrado sus redes sociales y mi padre se verá obligado a cerrar la empresa unos días.

Andrew resopla y se inclina sobre su silla; a pesar de la diferencia de altura entre nosotros, me siento pequeño delante de él.

—Sigues pensando que no mereces esto.

Me muerdo el labio inferior y bajo la vista. No puedo negarlo. Yo nunca le he mentido.

—¡No me debes nada, Ethan! Deja de actuar como...

—¿Como qué? —lo interrumpo; una sensación opresiva comienza a apoderarse de mi pecho—. ¿Como si no estuviera viviendo la vida que tenías que llevar tú?

Respiro entrecortadamente, mi corazón late acelerado. Desde su accidente, jamás hemos hablado de esto. Al principio, no pensé que estuviera preparado para tener esta conversación. Luego, quien no estaba preparado era yo.

No quiero que me odie.

Andrew es mi hermano mayor, aunque la biología no esté de acuerdo.

Taylor y yo nacimos con semanas de diferencia, eso nos ha unido mucho.

Nuestras madres eran vecinas, pero con nosotros gateando de un lado a otro se habían hecho amigas.

La casa de enfrente empezó a ser una extensión de la mía propia.

Y, para mí, Andrew siempre ha sido el ejemplo que seguir.

Cuando estaba aprendiendo a caminar, él ya corría.

Cuando la bicicleta era mi nuevo reto personal, él se movía en monopatín a toda velocidad.

Cuando yo pensaba que la vida en nuestro pueblo era perfecta, él ya había descubierto que existía un mundo demasiado grande para quedarse en un único sitio.

—No te atrevas a compadecerte de ti mismo, Ethan. —Pocas veces he oído a Andrew tan cabreado—. No eres tú el que está en una puta silla de ruedas. No te atrevas a utilizarme como excusa en lugar de admitir que estás cagado de miedo.

—Y tú no finjas que las cosas están bien así como están. Soy un impostor, Andrew. Empecé haciendo esto para ayudarte y ahora... ahora quiero tenerlo. Te estoy robando tu sueño.

Andrew era el que siempre soñaba alto y yo levantaba la cabeza en su dirección.

Tenía las ideas locas y a mí me gustaba demostrarle que podía ser como él.

Por supuesto, fue también el responsable de mi brazo roto a los seis años, una pulmonía grave a los diez, otro brazo roto a los once y más cicatrices de las que puedo contar.

En el instituto, yo quería quedarme en el pueblo, tal vez ir a una universidad pública del estado, casarme con Abby y hacerme cargo del negocio familiar. Como mi padre. Como él y todos esperaban que hiciera.

Pero Andrew me pidió que lo acompañara en un viaje sabiendo que no podría decirle que no.

Tuvimos que ahorrar porque mi padre no estaba dispuesto a que cambiara mis planes, pero no tuvo más remedio que aceptar.

Tampoco pude negarme cuando me pidió que fuera yo solo tras su accidente cuando aún tenía tornillos clavados en las piernas.

Pensé que podría ver una parte del mundo y sería suficiente.

Que lo hacía por él. Entonces entendí por qué Andrew tenía ese sueño y lo quise para mí también.

Seguí viajando y mandando postales, como si eso compensara cada destino que le iba robando.

Añadir un nuevo destino a la lista suponía otra oportunidad para no volver a casa. Todavía.

Y cuando me dije que sería el último, apareció ella para fastidiarlo todo. Porque entonces supe que nunca sería suficiente. Que nunca tendría suficiente de ella.

Quería colarme por todas sus grietas, acariciarlas, curarlas.

En su lugar, había vuelto al punto de partida, solo que esta vez sabía lo que había ahí fuera, sabía todos los horizontes increíbles que me faltaban por ver, los sitios a los que quería volver. A los que quería volver con ella. Esta vez sabía quién se escondía detrás de sus muros.

No habíamos vuelto al principio, eso hubiera sido demasiado fácil.

Y ahora tengo que vivir con esta presión continua que siento en mi pecho desde que mis ojos saben que ya no se encontrarán con los suyos.

—¿Qué sueño, Ethan? —Se le entrecorta la voz—.

A mí ya no me queda nada de eso. Pero estoy harto de que no luches por lo que quieres por miedo a que valga demasiado la pena.

Prefieres no ser feliz a serlo y luego perderla.

Porque crees que no mereces tu suerte. Y yo estoy cansado de recordarte con una sonrisa que a ti aún te queda un poco de eso, mientras que yo lo único que tengo son dos piernas que no funcionan.

Mirar a Andrew es como mirar un espejo, solo que en su caso me devuelve el reflejo de la mentira que soy, y de lo que yo jamás seré.

—Haz lo que te dé la gana, pero empieza a vivir tu puta vida en vez de esconderte en la mía.

—¿Qué vida, Andrew? Seguir suspirando por una persona que nos abandonó sin mirar atrás no es vida. Podrías haberla tenido, ¿quién tuvo miedo de ser feliz entonces? No me des lecciones.

Sé que no tengo derecho a decirlo, pero lo hago igualmente. Porque, en el fondo, él y yo somos iguales.

—Vete a la mierda.

Respiro entrecortadamente, intento que mi cuerpo deje de temblar aun cuando Andrew ya se ha dado la vuelta y empuja las ruedas de su silla en línea recta hasta la salida. Taylor se queda quieta frente a mí unos segundos más; sus ojos color miel ya no son dulces, sino que muestran amargura.

—¿Ha valido la pena?

Su pregunta acaba de destruirme, porque no puedo contestar. O tal vez la respuesta sea lo que verdaderamente me asusta.

La veo seguir el mismo camino que su hermano, hasta que lo alcanza y comienza a empujar su silla. No sé si miran atrás porque ya me he escondido en el mismo rincón que hace unos minutos.

No me llega el aire y esta vez no hay nadie con olor a jazmín que me sostenga las manos mientras su voz cálida me repite que todo irá bien.

Ya no hay nadie debajo de mis grietas y hace frío.