Cualquier destino menos contigo Capítulo 67
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Capítulo 67

Ethan

—¿Así que a partir de ahora vamos a fingir que no ha pasado nada entre nosotros?

Tarda unos segundos en contestar que se me hacen eternos.

—Al contrario, ya podemos dejar de hacerlo —responde. Y cada una de esas palabras se clava en lo más profundo de mi piel.

Veo cómo poco a poco vuelve a construir los muros que tanto esfuerzo me ha llevado escalar y que en este momento parecen más altos. Ya no puedo llegar hasta ella.

Siento una punzada en el pecho. La culpa es mía por pensar que podía tenerlo todo, que al final de esta historia la tendría a ella. He sido un estúpido y ahora todo el mundo está pagando las consecuencias.

De repente, nos quedamos en completo silencio. No me gusta. Con Dahlia había logrado encontrar el tipo de silencios en donde me sentía seguro y en este instante solo quiero huir de él. Pero permanezco callado.

¿Qué sentido tiene decir las palabras que ahora mismo tengo en la cabeza? Ella ya ha tomado su decisión. El final, en todos los escenarios, es el mismo.

Somos las dos caras de una misma moneda, conocemos el lado oscuro del otro, sabemos dónde hacer daño y los dos lo hemos usado como arma.

Entonces se da la vuelta y camina hacia la puerta despacio. Quiero decir algo, pero no lo hago. Quiero levantarme y detenerla, pero no lo hago.

No soy un ingenuo, esto iba a terminar tarde o temprano. Lo sabía. Mi reloj de arena ha derramado hasta el último grano.

Había imaginado cómo sería nuestro último beso... En el aeropuerto; sabría a pasión y nostalgia, porque esta chica sigue encendiendo lugares en mí que no sabía que estaban vivos. Lo que no esperaba era que nuestro último beso se quedaría sin terminar, que no sabría que iba a ser el último.

No había imaginado así nuestra despedida.

—¿Voy contigo al aeropuerto?

No puede serlo.

—Haz lo que te apetezca.

Quiero que se gire para verle la cara, pero no lo hace.

Sale por la puerta principal sin titubear, no para de caminar aun cuando las cámaras se colocan delante de su cara, y consigue que se muevan a su merced.

No sé cuándo lo ha hecho, pero se ha pintado los labios de rojo.

Sus ojos se esconden tras unas gafas de sol, a pesar de que el cielo está encapotado.

Cuando le preguntan por nuestro trato, sonríe. Como si nada.

Logra sacar a todos los periodistas de aquí y, en cuestión de segundos, todo vuelve a quedarse en completo silencio. Este lo odio incluso más.

No podía ser la última vez que nos viéramos. Y, sin embargo, lo sería.