Cualquier destino menos contigo Capítulo 65
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Capítulo 65

Ethan

Todavía no ha salido el sol, pero no necesito ninguna alarma para despertarme, porque para hacerlo primero hay que dormirse, y yo apenas he pegado ojo en toda la noche. He pasado las últimas horas observando a Dahlia dormir abrazada a mí, jugueteando con su cabello e inspirando su olor.

Hoy es nuestro último día juntos.

La fecha estaba marcada en el calendario desde el principio, las reglas eran claras y los dos hemos conseguido lo que queríamos. Entonces ¿por qué siento que estoy perdiendo?

La noto revolverse junto a mí, su cuerpo desperezándose, y sus ojos se abren para encontrarse con los míos.

—Buenos días.

—Buenos días. —Su cabeza descansa en mi pecho—. ¿Qué hora es?

—Aún no ha salido el sol —respondo simplemente.

Nos dirigimos al porche, ella vestida con una camiseta mía y yo, en calzoncillos. La fresca brisa acaricia mi piel haciendo que se erice mientras Dahlia me abraza por la espalda. Disfruto la sensación. Nos sentamos en los escalones y esperamos.

Mi casa, por la zona trasera, da a una parte del inmenso lago que bordea la ciudad. Siempre me ha gustado contemplar, durante horas, el agua balancearse tranquila. Desde aquí, el lago parece no tener fin, formando una línea recta con el cielo en el horizonte.

Los colores anaranjados adornan el cielo, casi no hay nubes. Hacía mucho tiempo que no veía este paisaje y resulta extraño cómo es en este mismo instante cuando lo echo de menos por primera vez... cuando lo tengo delante.

Se puede echar de menos algo mientras lo estás viviendo, eso lo sé. Lo he aprendido en este viaje. Se pueden echar de menos lugares, experiencias y personas, incluso aquellas cosas que no has vivido y que sabes que nunca harás.

Ahora mismo, echo de menos este amanecer y también todos los que no veré fuera de aquí. Los que no veré con Dahlia.

La línea azafrán del horizonte se hace más intensa y se fusiona con las tonalidades amarillentas que se armonizan con el reflejo del agua del lago esperando que el astro rey haga su aparición.

Entonces lo veo. Tan solo dura un segundo, pero lo veo. Un destello verde.

El rayo verde.

Mi cuerpo se tensa por completo, no me doy cuenta de que estaba sujetando la mano de Dahlia hasta que la aprieto con fuerza.

—¿Lo has visto? —Mi voz tiembla.

—Lo he visto.

—No lo he imaginado, ¡tú también lo has visto!

La abrazo con fuerza y la levanto del suelo sin esfuerzo, y la beso una y otra vez mientras nos reímos.

Todo este tiempo, ha estado aquí. Andrew podrá verlo. Puedo hacer esto por él.

Entonces me doy cuenta de que Dahlia tenía razón: siempre creí que existía porque Andrew también lo creía.

Sabía que se trataba de un fenómeno óptico regido por la física, pero la oportunidad de contemplarlo se me asemejaba más al significado de la esperanza, efímera como la felicidad misma.

Puede que eso sea lo que buscaba verdaderamente Andrew, lo que yo buscaba. Lo que buscamos todos.

—¿Qué significa? —pregunto. Nuestras frentes están pegadas y nuestros ojos a escasos centímetros—. Encontrar el rayo verde.

Dahlia pestañea una, dos veces. Noto cómo titubea y tiembla en mis brazos antes de abrir la boca para responder, pero de su boca no sale ninguna palabra. En su lugar, oímos a lo lejos el sonido agudo de nuestros teléfonos, que no paran de vibrar.

Dahlia gira la cabeza, dispuesta a atender lo que sea que reclama nuestra atención esta vez, pero la detengo.

—Puede esperar. Baila conmigo.

El reloj que llevo puesto en la muñeca marca las siete en punto, lo que significa que su alarma comienza a sonar al ritmo de nuestra canción. Me he acostumbrado a despertarme con ella y bailarla junto a ella. Y me encanta.

No tengo claro si Dahlia acaba de arruinarme mi canción favorita porque, a partir de ahora, solo será suya, porque pensaré en ella cada vez que la escuche.

Pero esta vez, por última vez, permito olvidarme de todo y bailamos.

Bailamos durante toda la canción y también cuando acaba y solo hay silencio.

Cuando de repente el cielo se cubre de nubes grises que descargan toda su furia contra nosotros, seguimos bailando hasta quedar empapados y con gotas de lluvia recorriendo nuestra piel.

Pero mi cuerpo no tiembla por eso, necesito estar dentro de ella por última vez.

«La deseo. Joder, la quiero».

Ese pensamiento cruza mi mente de forma tan fugaz que ni siquiera soy capaz de procesarlo.

Los labios de Dahlia se posan sobre los míos y, entonces, nada más importa.

Entramos dejando un rastro de gotas de agua a nuestro paso y las sábanas se empapan en cuestión de segundos cuando nos tumbamos en la cama.

Nuestras prendas de anoche todavía están esparcidas por el colchón.

Nuestros móviles siguen sonando, pero estamos ocupados ignorándolos mientras nos comemos con prisa y con ganas. Aprisiono el cuerpo de Dahlia bajo el mío, mi entrepierna en contacto con su centro caliente y mojado, listo para recibirme, como siempre.

—Ethan... —Dahlia jadea mi nombre y se revuelve sobre la cama, yo inclino la cabeza para dejar otro reguero de besos, esta vez en su cuello, luego en su clavícula—. Espera, Ethan.

Me separo un poco y veo cómo saca de debajo de su espalda los vaqueros que llevaba puestos ayer. De uno de los bolsillos veo caer la caja cuadrada de terciopelo de la que ya me había olvidado. Dahlia se da cuenta de su presencia y la coge entre sus manos.

Analizo su rostro mientras la abre; nada en su expresión cambia, solo distingo una ligera chispa en sus ojos que desaparece tan rápido que no sé si la he imaginado.

—Es un anillo —dice, casi susurrando.

—Puedes estar tranquila, flor; no pretendo usarlo. Lo último que le falta a esta farsa es un anillo, ¿no crees?

Las palabras suenan más sarcásticas de lo que pretendo y me pican mientras las pronuncio. Pero es su expresión la que se clava en mi pecho.

Joder, ¿tanto le repugna la idea de estar con alguien como yo fuera de una mentira? Hemos conseguido engañar a todo el mundo, al fin y al cabo. Puede que también a nosotros mismos.

Al principio lo pensaba, que éramos totalmente incompatibles, como el blanco y el negro, pero acabé descubriendo que los dos estamos pintados de tonalidades grises y compuestos por grietas que el otro no quería tapar, sino colarse en ellas.

Me aparto de encima mientras Dahlia se incorpora. Su vista sigue clavada en el anillo. Me lo devuelve después de unos segundos y no vuelve a mirarlo. A mí tampoco.

—¿Estás celosa, flor? —Trato de rellenar el extraño silencio que se ha creado entre nosotros.

Debería haber guardado ese anillo.

—¿Por qué habría de estarlo? —responde a la defensiva, su voz es fría.

Frunzo el ceño.

—Claro, ¿cómo va Dahlia Harris a mostrar sentimientos por una vez? —resoplo sin poder evitarlo.

Enseguida quiero retirarlo y pedirle perdón.

—¿De quién es el anillo?

—Ahora mío, supongo. Abby me lo devolvió ayer —respondo, encogiéndome de hombros.

Cierro la caja de terciopelo y la dejo encima de la cómoda.

—Abby, tu primera novia.

—La conociste anoche. —Fue breve, pero sé que estuvieron hablando un rato.

Cuando estábamos en el instituto y Dahlia empezaba a salir en las portadas de revistas, Abby no era su mayor fan, así que fue gracioso ver cómo le pedía una foto.

—¿Le pediste matrimonio? —pregunta, sorprendida.

—Fue hace mucho tiempo.

—¿Y no se te ocurrió comentarlo? No es simplemente una novia del instituto...

—No sabía que debía ponerte al día de mi historial romántico. ¿Por qué te molesta tanto?

—¡Te ibas a casar con ella! —grita.

—¡Y tú estabas comprometida con Wyatt! ¿Qué tiene de diferente?

A la mierda el perdón. Ahora estoy cabreado.

Dahlia no responde, simplemente niega con la cabeza. Abro la boca para decir algo, no tengo del todo claro el qué, pero no hace falta. Porque sea lo que sea que fuese a decir queda interrumpido por el sonido de alguien llamando a la puerta que ahora acompaña al incesante sonido de nuestros móviles.

«Más vale que sea importante», pienso.

Nuestra burbuja está a punto de explotar. Lo sé incluso antes de ver la cara de Dahlia al mirar la pantalla de su teléfono, cómo palidece al instante y sus ojos se abren como platos.

Pero lo que no sabía era que esa tormenta bajo la que habíamos estado bailando no sería comparable con la que se nos venía encima. Nosotros éramos el ojo del huracán. Y ninguno de los dos iba a sobrevivir al desastre que dejaría a su paso.

Desde luego, yo no.