Cualquier destino menos contigo Capítulo 64
85%

Capítulo 64

Dahlia

No sé qué esperaba cuando he oído a Ethan decir esas palabras y dirigirse al centro de la carpa. Pero desde luego no era verlo bailar con Taylor una coreografía perfectamente ensayada al ritmo de una canción de Hannah Montana.

Así que es verdad lo de que no bromeaban con ella.

—Hacen lo mismo todos los años por su cumpleaños —comenta Andrew, que se desplaza con su silla junto a mi asiento—. Taylor no ha superado la etapa de preparar coreografías para luego bailarlas en las reuniones familiares... o delante de todo el pueblo.

—Nadie debería superar jamás esa etapa —respondo con una sonrisa y un sabor agridulce mientras lo digo.

Me encanta bailar, por supuesto que había montado cientos de coreografías con las que habían sido mis canciones favoritas cuando era niña, pero nadie estaba interesado en verlas.

Ni en mí, llegados al caso. Así que dejé de hacerlo.

Dejé de hacer cualquier cosa con el objetivo de impresionar a los demás.

Irónicamente, fue entonces cuando comencé a recibir toda la atención.

—¿Y cómo ha logrado convencer a Ethan para acompañarla? —pregunto entre risas.

—Antes eran Taylor y Brownie las que montaban el espectáculo —responde Andrew, encogiéndose de hombros—.

Era algo de ellas dos. Pero Ethan odiaba que Taylor hubiera renunciado a bailar solo porque Brownie se hubiera ido, así que montó una coreografía ese año como regalo de cumpleaños para ella.

Fue desastroso, pero se convirtió en su nuevo compañero de baile.

Se lo pasa bien, pero solo lo hace para verla feliz.

Además, no se le da tan mal mover el culo, ¿verdad?

Ver a Ethan flexionar las rodillas y mover sus caderas en círculos mientras Taylor le pega una cachetada me hace soltar una carcajada sonora. No puedo parar de reír.

Veo a su padre acercarse a nosotros y situarse a mi lado.

—Por favor, ¿no sabrán comportarse nunca? —Niega al mismo tiempo con la cabeza.

—Estás hablando de Ethan y Taylor. Cheetos está mejor adiestrado que esos dos —bromea Andrew.

El labrador está tumbado sobre su panza cuando, al oír su nombre, se levanta rápidamente hacia él en busca de mimos hasta casi subirse a su regazo.

—¿Lo estás pasando bien? —me pregunta el padre de Ethan cuando Andrew se ha ido con el perro.

Asiento con la cabeza, pero, antes de que pueda decir algo más, sigue hablando—: No pretendo ser maleducado, pareces una buena chica, pero lo vuestro no tiene futuro.

Él se va a quedar aquí y tú te irás; no trates de convencerlo para que se marche contigo.

—¿De verdad cree que es lo que quiere su hijo?

—James será feliz aquí. Pronto se dará cuenta de que tu mundo solo brilla por poco tiempo.

Sus palabras me afectan más de lo que me gustaría admitir. No sé si es lo que pretende, pero no le doy el gusto de demostrárselo.

Abro la boca para contestar, pero la conversación queda interrumpida por la llegada de Sam, la pareja de Taylor, que saluda a todos los presentes y termina conmigo.

Me agarra del brazo y me cuenta que lleva más de dos años con Taylor, que se conocieron cuando ella le tiró unas patatas con queso por encima, porque había mentido sobre saber andar en patines para conseguir un trabajo como camarera en un local de comida ambientado en los ochenta, y que ha llegado tarde porque vive y trabaja en el pueblo de al lado, pero que, desde que conoce a Taylor, no se pierde esta fiesta.

Lleva puesta la misma camiseta que todos nosotros y unos pantalones piratas verdes.

El padre de Ethan regresa al lado de su mujer y no vuelve a mirarme.

La canción acaba y con ella, el baile, aunque los últimos segundos han sido una mezcla de movimientos enérgicos y descontrolados. Entrelazan sus dedos para hacer una reverencia al público, que no para de aplaudir y vitorear.

—¡Animaos a participar luego en el baile! —grita Taylor antes de abandonar el centro de la pista. Al parecer, no será la única coreografía de la noche. Ethan me ha dicho que Taylor es monitora de actividades para niños y muchas veces prepara números para que participe todo el pueblo.

Ambos regresan a la mesa y, cuando Ethan llega hasta mí, pasa su brazo por mis hombros y posa un beso detrás de mi oreja. Su respiración es entrecortada y hace que mi piel bajo su contacto se erice.

—¿Qué te ha parecido?

—Que tienes movimientos ocultos que desconocía.

—Si quieres, hoy por la noche te enseño algunos —suelta sin tapujos, pero enseguida se da cuenta de dónde estamos y con quién.

Me tapo la cara con las manos cuando siento que el calor está subiendo por mis mejillas rápidamente. Me estoy poniendo roja, ¡yo jamás me pongo roja!

A mí estas cosas no me afectan... o no lo hacían.

—Olvidadlo, por favor.

—Créeme, me gustaría hacerlo —dicen Taylor y Abby al unísono.

—Yo quiero detalles.

—¡Andrew! —lo regañan su madre y la de Ethan, lo que hace que todos estallemos en carcajadas.

Enseguida empiezan los juegos de la fiesta, o más bien es una competición. Nunca había visto luchar con tanta fuerza por una silla ni correr tan rápido dentro de un saco. Comer una tarta entera de manzana en menos de un minuto me ha parecido asqueroso.

A menos de una hora para la medianoche, tiene lugar el recuento de votos. Nuestro equipo termina cuarto, pero todos saltamos emocionados, yo incluida.

—Cuando Andrew podía competir, ganábamos siempre. Ethan y él eran un dúo imparable —dice Taylor.

El chico tiene la mirada puesta en un punto lejano, pero se tensa al oír a su hermana.

Su sonrisa es frágil, como un cristal que solo busca reflejar la luz para que no se vea lo que hay dentro. Yo lo entiendo muy bien.

—Antes de los fuegos tenemos que bailar «Hoedown Throwdown» —Taylor continúa hablando.

—¿La canción de Hannah Montana? —pregunto.

—Te lo dije —susurra Ethan contra mi oído—. Taylor es la única persona lo suficientemente insoportable para conseguir que todo el pueblo se aprenda la coreografía solo para que se calle.

—Yo prefiero decir que soy perseverante.

—Si así duermes por las noches... —suelta Andrew, haciéndole cosquillas a su hermana pequeña, que se revuelve entre risas.

Taylor toma la delantera y vuelve al centro de la pista, donde comienza a reclutar personas para bailar. Ethan me coge la mano y tira de mí, pero lo detengo.

—No sé la coreografía.

—Tienes que aprendértela o el año que viene no te dejarán venir.

«El año que viene». Lo dice sin pensar, como si hubiera un futuro más allá de las veinticuatro horas que nos quedan juntos. Cogeré ese avión y me iré, y él se quedará aquí, en su casa.

Al oír esas palabras me permito pensar en cómo sería; me imagino quedándome o a él viniéndose conmigo. Pero ninguno de esos escenarios funciona, porque nosotros tampoco lo hacemos. Por eso fingimos. Eso sí se nos da bien.

Lo que lo complica todo es que, en algún momento a mitad de camino, a mí se me olvidó seguir haciéndolo. Aunque eso no cambie nada.

Me dejo arrastrar y observo cómo se mueven todos al unísono al ritmo de las notas de la canción, el modo en el que Taylor obliga a todos a levantarse de las sillas.

Pero mi atención está puesta en las manos de Ethan sobre mi cintura guiándome en los movimientos, abrazándome por la espalda y robándome varios besos mientras bailamos.

No consigo aprender ninguno de los pasos, pero no me importa.

Cuando acaba la canción (la repiten tres veces) comienza a sonar otra que me resulta demasiado familiar.

—Esta sí la tienes que bailar conmigo —me susurra Ethan al oído—. Es nuestra canción.

Cuándo ha pasado a ser «nuestra canción», no lo sé, pero asiento.

Supongo que bailarla juntos todas las mañanas al despertarnos —muchas veces desnudos— nos da el derecho a reclamarla como tal.

Pero creo que tenía grabados nuestros nombres antes de eso, porque mentiría si dijera que no disfrutaba de la atención que sabía que me brindaba Ethan, todas las mañanas, desde su habitación, cuando me veía bailar en bragas.

Y yo lo dejaba. Puede que a veces escogiera mis mejores conjuntos de ropa interior.

Eso, por supuesto, no se lo confesaré nunca.

Así que, de nuevo, bailamos nuestra canción, saltamos, damos vueltas; todo con las manos entrelazadas.

Nos metemos una vez más en esa burbuja que construimos y a la que tanto cariño le hemos cogido; se ha convertido en nuestro refugio.

Solo nos interrumpen los gritos anunciando la llegada de los fuegos artificiales.

Nos quedamos donde estamos, abrazados, mientras levantamos la mirada hacia el cielo nocturno, totalmente negro, que pronto se ilumina con los colores de la bandera estadounidense con múltiples formas y tamaños.

—No quiero que la noche termine —dice Ethan.

Por nuestras mentes pasa la misma idea.

—La noche solo acaba de empezar —responde una voz ajena a las nuestras.

Nos damos la vuelta para encontrarnos con Taylor, que empuja la silla de Andrew mientras este come un perrito caliente.

—¿Creíais que os íbamos a dejar escapar tan fácilmente? —No sé a qué se refiere, pero veo a Ethan frotarse la cara con las manos en un gesto cansado.

—Es nuestra última noche juntos, nos gustaría estar solos.

—Estamos los cuatro solos. —Taylor se encoge de hombros fingiendo inocencia y, por muy de acuerdo que esté con Ethan, no puedo evitar reírme—.

Además, sois pareja. Os volveréis a ver muy pronto, en cuanto cuadréis horarios o tú la eches demasiado de menos.

Yo, en cambio, solo tengo esta noche para disfrutar de mi cuñada.

Ha vuelto a usar esa palabra que tiene un sabor agridulce, aunque ella no lo sienta en sus labios. Es la única de nosotros que piensa que esto es verdad y el brillo en sus ojos hace que me sienta aún más culpable.

No me ha resultado difícil darme cuenta de que Andrew está al tanto de nuestro trato, pero me pregunto por qué Ethan no se lo ha contado a nadie más. ¿Por qué seguir fingiendo aquí?

Sin poder resistirnos, somos arrastrados hacia las atracciones de feria al lado del lago, comemos un perrito de maíz —a pesar de que ya no tengo más espacio en mi estómago— y competimos chicos contra chicas. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Jugamos a las anillas, los dardos y las canastas. Perdemos estrepitosamente en todos ellos, pero al menos Ethan logra llevarse un premio.

—Para ti. —Me tiende el peluche que ocupa toda su mano y parte del antebrazo.

—¿Un pez?

—Si te siguen dando miedo, puedes lanzarte sobre mí; no voy a quejarme.

Lo ataco con el peluche suavemente y él finge un golpe.

—Creo que ya los hemos torturado demasiado —dice Andrew, que hace una especie de señal con la cabeza a su hermana, que enseguida se posiciona a su lado. Nos guiña un ojo antes de decir—: Portaos bien y no hagáis mucho ruido. Nos vemos en el aeropuerto, queremos despedirnos.

Desaparecen por el mismo camino, de vuelta a la plaza mayor.

Nosotros también nos vamos, pero no volvemos a la fiesta, ni tampoco a su casa.

Paseamos por todos los rincones de Holland.

Ethan me enseña sus lugares favoritos, me cuenta su historia en este lugar.

Y, mientras lo escucho, pienso cómo pertenece a este sitio.

«Por eso se va a quedar aquí y tú te vas», me recuerdo.

Si van a ser nuestras últimas horas juntos viviendo en nuestra burbuja, quiero aprovecharlas.

Cuando me besa, o yo lo beso a él, ya no nos separamos. Paramos en cada esquina de camino a su casa y tardamos una eternidad, pero no me importa. Yo solo quiero que ahora el tiempo se pare, que el reloj deje de correr.

Cuando llegamos, la casa está en completo silencio. Bajamos a trompicones a su habitación y con mis piernas enredadas a su cintura me deposita suavemente sobre el colchón para recorrer cada centímetro de mi piel con sus caricias, haciéndome temblar.

—Ahora mismo te lo daría todo. —Respira entrecortadamente, sin dejar de besar mi piel—. Pídeme lo que quieras, Dahlia.

«Que te quedes».

Pero no lo digo en voz alta. Como respuesta, lo atraigo más hacia mí.

Nos acostamos entre caricias y jadeos y rellenamos la falta de palabras con besos. Lo miro a los ojos mientras me llena por completo. Quiero que se corra dentro de mí para sentirme completa, pero, cuando ocurre, solo me hace sentir peor.

Porque descubro que lo estoy, con él. Y que esta será la última vez.

Porque él parece encajar en todos los lugares y yo, en ninguno.