Capítulo 63 #2
No sé cómo lo hago, pero consigo encontrarla en medio de todo este gentío.
Es algo que no me cuesta hacer, como si mi cuerpo sintiera su presencia antes de necesitar posar mis ojos sobre ella.
Al hacerlo, no puedo evitar esbozar una sonrisa al verla sujetando un pañuelo a por el que corren los niños mientras Taylor canta los números.
Todos se la quedan mirando unos segundos cuando pasan por su lado.
Me doy cuenta de que está haciendo tirabuzones con su pelo y jugueteando con sus uñas.
Es gracioso ver a Dahlia nerviosa por enfrentarse a un pueblo de apenas unos cientos de habitantes, cuando ha paseado por pasarelas ante miles de personas.
—Estás preciosa —susurro contra su oído cuando mi cuerpo está a pocos metros del suyo.
Se sobresalta al percatarse de mi presencia a su espalda y pone los ojos en blanco a modo de respuesta, pero sonríe.
Ha estado sonriendo desde que hemos llegado y yo necesito que siga haciéndolo para no volverme loco.
Lo he dicho en serio, joder, está preciosa. No es que le haya mentido ninguna de las veces que resalto su belleza natural. Es imposible negarlo, Dahlia sabe que es guapa y a mí últimamente me gusta demasiado recordárselo, aunque con eso solo consiga alimentar su ego. Pero esta vez es diferente.
La he visto, durante el viaje, vestir prendas de marca por valor de cuatro dígitos y desfilar en París con un vestido impresionante.
Y, sin embargo, creo que nunca la había visto tan guapa como con esa camiseta del Cuatro de Julio que le queda demasiado grande, su cabello despeinado y los labios sin pintar.
—La cena ya está lista. —Taylor me saca de mis pensamientos y tira de mi brazo para que la siga—. Mamá ha reservado una mesa para todos.
Los tres juntos vamos hacia el interior de la carpa que se monta para este tipo de eventos.
Dentro, decenas de mesas están dispuestas en fila con muchos asientos a su alrededor.
Cada familia o vecindario reserva un número de sillas para reunirse y celebrar el Día de la Independencia; luego, todos los grupos nos enfrentamos en distintas categorías de juegos y retos hasta el momento de los fuegos artificiales —que son la mayor competición de todas—.
Así que no somos los únicos con camisetas a juego, es nuestra manera de distinguir a los rivales.
Mi familia —mis padres, mis hermanas y yo— y la familia de Andrew —su madre, él y Taylor— hemos formado equipo desde que Taylor y yo nacimos con escasas semanas de diferencia.
Nuestro vecino común, Arnold, se unió de inmediato, aunque él no tenía familia ni estaba casado.
Más tarde se unieron a nosotros Abby y su familia, aunque sus padres se fueron hace varios años a vivir a Oregón, así que son solo ella y Beau, y ahora James, claro.
Cuando llegamos a la mesa, están todos reunidos y ese pequeño roba toda la atención.
Nos sentamos en las plazas libres en nuestra esquina de siempre, en la que incluso grabamos nuestros nombres sobre la madera cuando éramos críos.
Ya estamos todos y, sin embargo, la silla al lado de Andrew está vacía. Lleva vacía cinco años.
Brownie y su madre (aunque esta no apareciese nunca por aquí) eran nuestras últimas integrantes.
Cada año, me dan ganas de apartar la puñetera silla, pero sé que Andrew es el que insiste siempre en ponerla. Si el chico es masoquista, no es mi problema.
—Antes de empezar, recemos y demos gracias —dice mi madre. Nos cogemos de las manos. Todos cierran los ojos menos Andrew y yo. Veo que Dahlia tampoco.
Durante todo el tiempo nos miramos el uno al otro y, aunque acaba la oración, nuestras manos permanecen entrelazadas.
La cena es tranquila; consigo esquivar la mayoría de las preguntas acerca de mi relación con Dahlia e ignoro las miraditas de Andrew. Sé que me está juzgando en silencio, pero a mí tampoco me gusta mentir a mi familia a la cara, precisamente.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Confesar que todo esto es una puesta en escena para ganar el millón de euros de un premio, pagar un tratamiento para Andrew y, con suerte, seguir huyendo del destino que me persigue, pero que por el camino he acabado preocupándome más de lo que debería por la chica pelinegra de labios rojos y ahora quiero tirarlo todo por la borda por un motivo diferente?
Ya, eso creía.
La mesa se llena de conversaciones difusas sobre la empresa de mi padre, los variopintos trabajos de Taylor y el club de pintura y vino al que asisten nuestras madres y Andrew, aunque este no sé si lo hace por la pintura, el vino o los cotilleos. Puede que las tres respuestas sean correctas.
—Familia —Taylor se levanta del asiento con su copa en la mano—, sois lo que más quiero en este mundo. Pero ya no aguanto más, ¡dadme mis regalos!
Se coloca en la silla central que le cede mi padre y uno a uno va abriendo todos los paquetes con muchas sonrisas y algunas lágrimas de emoción.
A Taylor siempre le encantan todos los regalos que recibe.
Me gusta pensar que es porque la conocemos bien, pero la realidad es que recibe el regalo antes de abrir la caja siquiera.
Disfruta más sabiendo que han pensado en ella.
Andrew dice que es demasiado conformista, yo no lo creo.
A Taylor le nace dar con una capacidad desbordante, como si en esa entrega encontrara su propio equilibrio.
Pero yo quiero que también lo reciba de vuelta.
—Muchas gracias. —Abraza a sus padres, a los míos, luego a Andrew y finalmente viene hacia mí. Veo cómo Dahlia se revuelve nerviosa a mi lado.
—Taylor —pronuncia su nombre y extiende el brazo con una bolsa de Dior.
—¿Quieres que te sujete la bolsa? —Tengo que aguantar la risa ante su ingenuidad, hasta se echa a un lado creyendo que Dahlia quiere acercarse a mí.
—Es un regalo para ti —le aclara mi chica.
Los ojos de Taylor se abren como platos.
—Oh, Dios, es lo más caro que tengo.
—Todavía no lo has abierto.
—Hablaba de la bolsa.
Saca con cuidado las cajas del interior, una grande y otra pequeña. Cuando las abre, no despega la mirada de los regalos.
—Ethan me dijo que siempre te quemabas la cara en verano, así que pensé que unas gafas y un gorro serían útiles. Me parecieron muy bonitos, pero, si no te gustan, podemos cambiarlos por lo que tú quieras.
Las gafas llevan grabadas sus iniciales, su segundo nombre incluido. Sé que se da cuenta entonces de que he sido cómplice, pero está tan contenta que ni siquiera amenaza con matarme por revelárselo a alguien.
—Mamá, ¡no te lo vas a creer! —Antes de salir disparada, se lanza hacia Dahlia con fuerza para abrazarla—. ¡Muchas gracias! Vamos a ser las mejores cuñadas.
—Y tú estabas preocupada. —Le doy un codazo en el brazo; noto cómo su cuerpo se relaja al entrar en contacto con el mío—. Le ha gustado más tu regalo que el mío.
—Le has regalado un kit de semillas.
—¡Le chifla la jardinería! Siempre está intentando que las flores de su jardín trasero no se mueran.
Dahlia se ríe y yo lucho contra el impulso de apartarle un pequeño mechón de la cara y acariciar su mejilla con la mano.
Desde que hemos llegado, siento la necesidad de tocarla a todas horas, como si mi cuerpo tuviese miedo de que desapareciera en cualquier momento.
Aunque eso, en unas horas, se hará realidad.
Tal vez solo se esté preparando para ello.
Una mano sobre mi hombro me saca de mis pensamientos.
Cuando giro la cabeza me encuentro de nuevo con Taylor, que se ha recogido su larga melena en una coleta alta.
Es su señal para decirme que está lista.
Le doy un apretón a Dahlia a modo de despedida y despejo el camino hasta el centro de la pista.
Antes de irnos digo, a nadie en particular:
—Es la hora.