Cualquier destino menos contigo Capítulo 63
83%

Capítulo 63

Ethan

Llevo diez minutos delante de esta puerta y todavía no he tenido las agallas para tocar el timbre. Sé que está en casa, tanto mi padre como Andrew me lo han dicho, recordándome que tenía algo pendiente.

El encuentro con ambos me ha desestabilizado, por diferentes motivos. Andrew y Dahlia han sido los únicos que se han dado cuenta de la forma en la que mi cuerpo se ha tensado en cuanto mi padre ha puesto su mano sobre mi hombro. Volvía a tenerme a su lado.

«Por fin estás de vuelta, en casa». Sus palabras pesan incluso más que los cientos de mensajes suyos que he recibido en este tiempo, porque esta vez las enfrentaba de cara.

—Ethan —me sobresalto al ver cómo se abre la puerta y oigo mi nombre en sus labios—, ¿cuánto llevas aquí?

—Acabo de llegar —miento, pero ella solo me muestra una sonrisa sincera antes de lanzarse a mis brazos.

Yo la envuelvo entre los míos y nos quedamos así unos segundos.

Abby Dickinson siempre ha sido una chica menuda, pero en nuestros abrazos parece más pequeña todavía.

Su cara se hunde en mi pecho y sé que ahora está oyendo mi corazón acelerado.

Su cabello castaño se ha oscurecido y ahora tiene el color del chocolate, pero sus ojos color ámbar y el lunar que tiene justo encima de sus labios finos no han cambiado.

Tampoco la forma en la que se aprieta con fuerza contra mí, como si eso le permitiese alcanzar lugares más profundos en mi interior.

A veces lo consiguió, otras yo no estuve dispuesto a dejarla entrar.

Dahlia no es la única que tiene miedo de sus grietas. Yo también trato de taparlas.

—Te he echado tanto de menos... —murmura, su cara todavía oculta en mi pecho.

—Y yo a ti. Siento no haber llamado...

—Ya da igual. ¿Quieres pasar a verlo?

«Así que es un niño».

Asiento con la cabeza y la sigo al interior de esta pequeña casa que hace tiempo perteneció a su abuela. Murió hace un par de años y, desde entonces, Abby siempre dijo que quería formar aquí su propia familia.

He estado muchas veces. Su abuela hacía la mejor tarta de manzana del estado de Míchigan —una vez ganó un premio, le dieron un diploma y todo— y a mí me consentía demasiado; decía que era como su segundo nieto y que algún día esperaba que lo fuera de verdad.

Pero este espacio es totalmente distinto. Las paredes están pintadas de un color diferente y no hay rastro de esos muebles de madera de roble oscuros y antiguos. En su lugar, una decoración minimalista con toques sutiles de color. Abby la ha hecho suya, ha creado su propio hogar.

Entramos en el salón, donde, en una esquina, hay una enorme cuna con una pequeña figura moviéndose en el interior.

Contengo la respiración mientras Abby se inclina y lo coge entre sus brazos. Es muy pequeño, tiene el pelo y la piel oscuras y los ojos azules más claros que he visto nunca.

—Te presento a James.

La sonrisa que se había dibujado en la comisura de mis labios se borra por completo cuando oigo su nombre. Mi nombre.

Antes había estado conteniendo la respiración, pero ahora dejo de respirar. Si no fuera porque mi corazón late desbocado, diría que me ha dado un ataque, puede que me esté dando igualmente.

—¿Se llama James? —consigo decir después de unos segundos, o tal vez horas.

—James Beau Júnior Turner, para ser exactos.

Sigo sin reaccionar, tengo la vista clavada en el niño que ahora se revuelve incómodo en los brazos de su madre.

—Quise preguntarte primero, pero no cogías mis llamadas.

Claro, sabiendo qué día era... —Eso no era una excusa, ahora me siento todavía más capullo—.

James se adelantó una semana, teníamos que decidir un nombre y ese era el único con el que Beau y yo estábamos de acuerdo.

Tú odias tu segundo nombre y todo el mundo excepto tus padres te llama Ethan, así que no pensé que fuera a ser tan raro. ..

—¿Llamar a tu hijo con el nombre de tu ex?

—Dicho así sí que suena raro. —Abby sonríe y se revuelve nerviosa. De repente, no sé quién de los dos está más incómodo—. Pero tú jamás has sido solo mi ex.

Es cierto, hemos sido mucho más que eso, somos más que una relación primeriza de instituto que no sobrevivió al mundo real. Juramos que lo que somos siempre iría por delante de lo que fuimos. Y lo que somos, y siempre habíamos sido, es amigos.

—No odio mi segundo nombre —digo finalmente, acercándome a ella. Acaricio la mejilla del bebé con mi dedo índice—. Ahora no tanto, al menos.

Levanto la mirada para encontrarme con la suya y me inclino para darle un beso en la frente al tiempo que ella respira hondo y se relaja. Veo que no era el único nervioso.

—Hay una cosa más que quería preguntarte. ¿Te gustaría ser su padrino?

«Joder, esta chica va a acabar conmigo». Y no en el sentido en el que lo hace la pelinegra, con esa lengua afilada que le gusta usar tanto para besarme como para sacarme de mis casillas.

No sé por qué pienso en ella, pero estoy empezando a hacerlo a menudo, a cada rato. Trato de echarla de mi mente, pero es imposible, Dahlia ha pasado a vivir en mi cabeza y yo lo disfruto. Demasiado.

—¿Qué piensa Beau? —pregunto.

—Fue idea suya. Le caes muy bien, ¿sabes?

—Le desencajé la mandíbula en el instituto.

Abby suelta una risita, seguramente recordando ese momento en el que todo era distinto. Parece que hubiera ocurrido en otra vida.

—Se lo merecía, era un estúpido.

—¿Así que por fin lo admites? —Abby se sienta en el sofá, centrando su atención en James, quien ha caído profundamente dormido—: Te prometo que seré el mejor padrino del mundo.

—Ni Beau ni yo tenemos hermanos, así que también tendrás que ser el tío guay.

—Voy a ser el tío más guay. Andrew no va a ganarme.

—Andrew y Taylor estuvieron geniales ese día. Los llamé de camino al hospital porque Beau aún iba a tardar en llegar y no quería estar sola. Andrew estaba blanco, y Taylor, muy callada. Sé lo mucho que odian los hospitales y de ese día hacía justo cinco años...

El día del accidente de Andrew. El día que lo cambió todo.

Recuerdo despertarme en Estambul como si nada. Por primera vez en todo este tiempo, había olvidado esa fecha. Me sentí jodidamente culpable. Supongo que luego pagué el precio en la carretera, aunque Dahlia estuviera conmigo para compartir el golpe.

—Me sentí fatal por ellos hasta que dilaté siete centímetros, ahí solo sentí miedo por mí misma. —No sé qué significa dilatar centímetros, pero tiene pinta de doler—. Es un día duro para todos, lo último que quería era hacerlo sobre mí...

Típico de Abby, pensando en todo el mundo antes que en ella misma. Conmigo lo hizo demasiadas veces, más de las que merecía.

Por favor, que la chica estaba intentando expulsar a un nuevo ser vivo, creo que se merecía la tarjeta de protagonista del día.

—No sé qué tiene de malo, James nos ha dado una excusa para tener que celebrar algo bonito en un día tan gris.

Abby esboza una sonrisa, aliviada. Se le escapa una lágrima.

—Tendrás que contarle a James todas tus aventuras por el mundo cuando vengas de visita.

Sus palabras duelen. Duelen porque describen un futuro que me gustaría tener y que, sin embargo, está fuera de mi alcance.

—Me quedaré aquí una temporada —respondo. No tiene sentido mentirle, aunque me sorprende que mi padre no haya anunciado ya a los cuatro vientos que su hijo pródigo regresa a casa para hacerse cargo del negocio familiar. Tal y como establecía nuestro trato.

Pasamos los siguientes minutos poniéndonos al día.

Abby me cuenta que ha terminado las prácticas y ya es enfermera y que Beau, además de trabajar en una tienda de deportes, es el entrenador del equipo de fútbol infantil.

Me ofrece coger a James en brazos y lo sostengo durante cinco minutos —que me parecen cinco años— antes de devolverlo al regazo de su madre.

No sé en qué estaba pensando a los dieciocho años cuando dije que quería ser padre joven.

Cuando miro el reloj, veo que se me ha hecho tarde y que probablemente las chicas ya estén en la fiesta. No quiero dejar a Dahlia sola demasiado tiempo, así que me despido de Abby prometiéndole que la visitaré a menudo a partir de ahora.

—Espera, tengo que darte una cosa. —Desaparece escaleras arriba y vuelve tan solo unos segundos después con una caja cuadrada de terciopelo que reconozco al instante—. Sé que debería habértelo devuelto hace tiempo, pero...

—No hace falta, Abby; es tuyo.

—Creo que deberías tenerlo tú. —Se encoge de hombros—. ¿Quién sabe? Puede que lo necesites pronto y tengamos otra cosa que celebrar.

Se ríe y yo fuerzo una sonrisa incómoda por la mentira que oculta. De todas formas, nunca podría usarlo. Me guardo la cajita en el bolsillo trasero de mi pantalón.

Antes de irme, me doy la vuelta para hacerle una última pregunta.

—¿Eres feliz?

Necesito saber su respuesta. Ella sonríe.

—Sí, mucho. ¿Y tú?

Es lo que quería oír. Al menos uno de los dos ha encontrado su camino correcto. Le dedico una última sonrisa antes de darme la vuelta y caminar a toda prisa hacia el centro del pueblo.

No quería mentirle, así que yo no he respondido a su pregunta.

Cuando llego a la plaza mayor por la calle principal, está abarrotada de gente y apenas puedo avanzar un par de metros antes de pararme a saludar o hablar con alguien.

La banda del instituto toca música ambiente desde el cenador de piedra en el centro de la plaza, con muchos puestos de comida a su alrededor.

Por encima de nuestras cabezas, muchos banderines con los colores de nuestra bandera están colgados de extremo a extremo y ondean ligeramente al son de la suave brisa.

Hace calor y el cielo está totalmente despejado.

Es uno de esos días de verano característicos de Míchigan.