Cualquier destino menos contigo Capítulo 62 #2
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Capítulo 62 #2

No tengo tiempo de procesar de dónde proviene el grito de esa voz aguda, creo que Ethan tampoco. Lo siguiente que veo es a él en el suelo y, encima, el cuerpo de una pelirroja y un golden retriever.

—¿Quién creéis que le lame la cara con más ganas? ¿TayTay o Cheetos?

Al oír esa voz, Ethan se incorpora, el cuerpo de la chica todavía enredado en el suyo, con sus piernas rodeando su cintura. La carga sin esfuerzo y los tres acaban fundiéndose en un abrazo largo y profundo.

Se ve tan personal que me siento incómoda mirándolos, como si la intimidad que derrochan sus gestos solo les perteneciera a ellos.

Cuando se apartan, Ethan vuelve a mi lado. Su brazo rodea mi cintura.

—Esta es Dahlia, mi... —titubea, se aclara la garganta— mi chica.

—¿Cómo has conseguido engañarla, chaval? —Se oye una voz seguida de risas. Luego me encuentro saludando a todos los presentes, que resultan ser, entre otros, el vecino de la casa de enfrente, el dueño del único bar del pueblo y su profesor de álgebra del instituto.

No solo lo parece, todo Holland está aquí, recibiéndolo.

Entre ellos, por fin me encuentro con los dos chicos a los que Ethan se ha abrazado con fuerza y de los que no se ha separado desde que ha llegado.

La complicidad entre ellos salta a la vista.

La chica mantiene sus dedos entrelazados con los de Ethan en todo momento, como si temiese que pudiera volver a irse, mientras este no aparta la mirada del otro chico, que está sentado. En una silla de ruedas.

—Qué ganas tenía de conocerte por fin. —Sus palabras me devuelven a la realidad. Me tiende la mano para saludarme, se la estrecho con la misma fuerza—. Soy Andrew.

—Encantada. Dahlia Harris.

—Lo sé, soy fan de todo el mundo que se meta con Ethan —responde él con una sonrisa—. Aunque, a estas alturas, creo que todo el pueblo sabe quién eres, si es que no te conocían ya.

Me quedo mirándolo unos segundos. Es realmente guapo.

El típico perfil que imaginas cuando te dicen que visualices a una persona atractiva.

A pesar de estar sentado, puedo intuir que es alto por la longitud de sus piernas delgadas.

Tiene la piel clara, el pelo oscuro y rizado, ojos verdes, los rasgos afilados, una nariz torcida y cejas gruesas.

Trato de recordar todo lo que Ethan me ha contado; por su forma de hablar de él, sentía que podían ser hermanos. Viéndolos juntos, con esa conexión tan palpable, me convenzo de ello, da igual que compartan sangre o no.

Andrew es con quien iba a hacer ese primer viaje, pero no lo hicieron.

«De repente todo se torció. Andrew tuvo un accidente». Eso había dicho Ethan.

—¡Hola! Me llamo Taylor, pero ellos me llaman TayTay.

La voz de la chica me saca de mis pensamientos.

Su color de pelo es cobrizo, y algunos de sus reflejos anaranjados brillan con la luz del sol.

Tiene las mejillas sonrosadas sobre su piel clara y, en ellas, miles de pecas asoman dándole un aspecto inocente.

Sus ojos son castaños y el resto de sus rasgos, más sutiles, son muy parecidos a los del chico.

No hace falta que ninguno de los dos confirme el parentesco entre ambos.

—La cumpleañera —digo, ella asiente con la cabeza. Le tiendo la mano a modo de saludo, pero Taylor se adelanta y me envuelve en un abrazo—. Felicidades.

—Gracias.

Después de unos minutos, se acerca toda la familia de Ethan a saludar. El resto de las personas que hasta hace nada estaban congregadas aquí ya se han ido.

—Cariño, ¿qué haces vestida así? —dice la madre de Ethan después de saludarme con un abrazo.

Sus manos todavía sujetan las mías en un gesto familiar, pero yo me tenso de golpe, sin saber bien qué decir. Ella se gira hacia su hijo.

—James, te dije que se lo dijeras. No puede llevar esto...

Bajo la mirada hacia mi vestido negro entallado. Me había parecido una buena elección; es corto, pero no atrevido. ¿Es demasiado corto y atrevido?

Sé que puedo vestir como me dé la gana y que debería sentirme segura, pero una sensación de incomodidad me revuelve el cuerpo. Lo último que quiero es desentonar o provocar cualquier conflicto. No aquí, con él no quiero ser la Reina del Hielo.

Y es ridículo porque esto no es real y acabará de todos modos, pero, por algún motivo, quería su aceptación.

—Discúlpala. —Ethan vuelve a ponerse a mi lado.

—¡No pidas perdón por mí si estoy delante, James Adams!

Resulta gracioso oírla referirse a él por su segundo nombre, pero mi cuerpo sigue atrapado en la tensión que me provoca no encajar. Otra vez.

—Toda nuestra familia tiene que llevar esta camiseta por el Cuatro de Julio. —Saca de detrás de su espalda una camiseta blanca enorme—. La hemos diseñado nosotros mismos. Toma, para que te la pongas. Quiero que todo el mundo se entere de que eres una de los nuestros.

Me la tiende y yo la estiro para mirarla bien.

En la camiseta pone I DON ’ T KNOW ABOUT YOU, BUT I’M FEELING PATRIOTIC con los colores de la bandera, una tipografía básica y el diseño un poco torcido.

La talla es una XL por lo menos, así que no digo que probablemente me quede más larga que el vestido que llevo ahora mismo.

—Oye, siento no haberte avisado; no sabía que iban a obligarnos a ponernos las camisetas. Si no quieres, puedo hablar con ella, aunque puede ponerse muy pesada...

Estoy mirando fijamente la camiseta sin decir nada. Sé que Ethan está pensando que no me gusta o que me parece estúpido, pero no es cierto.

He pasado sola la mayor parte de mi vida, e incluso cuando no lo estoy no me desprendo de esa soledad. Me he acostumbrado a ella, convenciéndome a mí misma de que no necesito a nadie. Pero no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que deseaba pertenecer a algún sitio. Como Ethan aquí.

«Quiero que todo el mundo se entere de que eres una de los nuestros».

Nunca he sentido que formara parte de algo y esta gente acaba de acogerme en su familia solo porque creen que soy la novia de Ethan.

Ellos están contándome como una más y nosotros, a cambio, estamos contándoles una mentira.

—Voy con Taylor a cambiarme —digo y, a continuación, sigo a la pelirroja hasta la entrada. Ethan no nos sigue—. ¿No vienes?

—Tengo que hacer algo antes, nos vemos en un rato.

Cargadas con mi equipaje, apenas caminamos unos metros hasta la casa de enfrente, pintada de color blanco y con una valla de madera del mismo color en el porche, de la que cuelgan pequeñas banderas estadounidenses. Me fijo en que, en lugar de escaleras, hay una rampa.

Por dentro, el espacio es pequeño, o eso parece por las muchas fotografías que adornan cada pared. Conforme subimos las escaleras, distingo a Ethan en muchas de ellas.

—Perdón por el desorden, he estado muy ocupada organizando la fiesta.

La habitación de Taylor es la pura definición de un cuarto adolescente.

Las paredes están pintadas de color rosa con muchos pósteres y fotos colgadas en ellas.

Además de la cama, que es pequeña, tiene un armario con puertas y un tocador, sobre el que descansan miles de objetos, desde maquillaje hasta un bate.

No quiero saber el motivo de la presencia de este último; no tiene pinta de jugar al béisbol.

Me encuentro estudiando cada rincón, sintiendo que puedo llegar a conocerla solo observando este espacio durante horas.

Por un momento, siento envidia. Y es estúpido porque yo jamás colgaría un trozo de papel con la cara de ninguna actriz o cantante en mis paredes, pero el hecho de no haberlo hecho me provoca una punzada en el pecho, como si me hubiese perdido eso.

Taylor guarda aquí su esencia; yo, en cambio, me he pasado la mitad de mi vida ocultándola.

Y ahora ni yo misma soy capaz de encontrarla. No sé si quiero hacerlo siquiera. Porque ¿y si no les gusta? ¿Y si deciden que el personaje que he creado es mejor que la verdadera Dahlia? No podría culparlos, yo misma lo creo la mayor parte del tiempo.

Al contrario de lo que la gente dice por sentirse bien con ellos mismos, la ficción sí puede superar la realidad.

—Salgo para que puedas cambiarte. Si necesitas algo, grita.

Cojo unos pantalones cortos ajustados de mi maleta que no combinan en absoluto con el estilo desenfadado de la camiseta, pero, de todas formas, esta es mucho más larga y los tapa por completo.

Cuando ya estoy vestida, ni siquiera me molesto en mirarme al espejo y me dirijo a la puerta en busca de Taylor, pero una foto al lado del mueble de la entrada me hace detenerme. Más bien, muchas fotos.

Distingo varias caras en las imágenes, pero una en particular me llama la atención.

Los rizos salvajes y rubios claros de Ethan pasan a un segundo plano cuando reconozco a la chica que tiene al lado.

También es rubia, su cabello largo le cae por debajo de los omóplatos y lleva pequeñas trenzas con flores naturales enganchadas en ellas.

Tiene un aspecto inocente y etéreo, como un hada que puede concederte todos tus deseos.

Los dos se están riendo y ella está inclinada ligeramente hacia él, apoyando su cabeza sobre su pecho en un gesto de complicidad. Parecen muy unidos.

—¿Estás lista? —Taylor abre la puerta de golpe devolviéndome a la realidad. Me encojo sobre mí misma, avergonzada de que me haya pillado fisgoneando.

Ella desvía la mirada hacia el punto en donde antes estaba la mía, esa foto en particular en la que también aparece ella.

—Andrew nos sacó esa foto. Salió borrosa, pero sigue siendo una de mis favoritas.

—Es Brownie, ¿verdad? —pregunto, aunque es imposible no reconocerla.

Taylor asiente con la cabeza.

—Vivió aquí hace mucho tiempo, antes de irse. Éramos todos amigos.

«Así que de eso se conocían», pienso.

—¿Ethan te ha hablado de ella? —pregunta Taylor, parece sorprendida. Al parecer, lo he dicho en voz alta.

—No, la vimos en el desfile de París. Él no fue muy simpático que digamos, pero no quiso hablar del tema.

Vuelve a mover la cabeza mientras se muerde la cara interna de una mejilla sin apartar la vista de la foto.

—No es personal, no le gusta hablar de ello. Nosotros ya no hablamos de Brownie.

Su tono es melancólico y sus ojos comienzan a brillar. Entonces comprendo que está aguantando las lágrimas.

—¿Se marchó al terminar el instituto?

No es extraño ver a muchos actores y actrices que deciden terminar sus estudios básicos antes de probar suerte con su carrera cinematográfica. Una cara y un talento como los de Brownie no se ven todos los días. Ella tenía que saber que iba a triunfar.

—Brownie se fue el día después del accidente. Nos dejó a todos sin mirar atrás. Una semana después le dieron el papel protagonista para No hagas tratos con el diablo y en menos de un año se convirtió en la niña bonita de Hollywood.

No sé qué responder; la voz de Taylor es tan solo un susurro, como si, de alguna manera, verbalizar esas palabras trajese todo el dolor de vuelta. Después de unos segundos, sigue hablando.

—Lo de Andrew no fue fácil, nos vino demasiado grande a todos, pero ella simplemente decidió irse y no volver.

No llamó, ni siquiera una vez. Nos borró de su vida con tanta facilidad que me pregunto si en alguna ocasión fuimos para ella algo más que un simple lugar de paso.

Eso o es tan buena actriz como todos dicen.

Siento una punzada en el pecho. No podría juzgar a Brownie aunque quisiera, porque a mí también se me daba demasiado bien dejar las cosas atrás. Lo he estado haciendo toda mi vida.

Pero una parte de mí busca entender por qué lo hizo. Porque, si yo hubiera tenido a una persona como Ethan, no habría querido marcharme. Por primera vez, no quiero hacerlo.

Unas cuantas lágrimas descienden por sus mejillas, pongo mi mano sobre su hombro y en ese momento parece salir del trance y del lugar en el que sea que estuviera; las personas con las que estuviera.

—Lo siento. —Se disculpa mientras borra el rastro de todas las lágrimas.

Me fijo en el tatuaje que adorna su muñeca, la misma rosa de los vientos que tiene Ethan en el antebrazo—.

Te prometo que el Cuatro de Julio es una fiesta más divertida que esto.

Vámonos, antes de que Ethan se ponga celoso porque te he robado durante demasiado tiempo.