Capítulo 62
Dahlia
—Respira, flor, estás blanca y todavía no hemos subido al avión.
Mi ansiedad aumenta por momentos y aún no han abierto la puerta de embarque. Todos los músculos de mi cuerpo están tensos sabiendo que mi miedo a las alturas tiene que enfrentarse de nuevo a un vuelo trasatlántico. Y eso son muchas horas. Pero, en esta ocasión, el vértigo no se debe solo a eso.
Este es el último vuelo que vamos a coger juntos.
Parece que ha pasado una eternidad desde la primera vez, cuando mis ojos se encontraron con los suyos en la terminal del aeropuerto y era la última persona a la que quería ver. Ahora es la última de la que quiero apartar la mirada.
Me he acostumbrado a esto, a una realidad que, en el fondo, no existe. Y la burbuja está a punto de romperse para devolvernos al mundo real, en donde Ethan y yo no somos nada.
—¿Has tomado las pastillas?
Niego con la cabeza. Estoy segura de que pagaré las consecuencias. Siempre trato de enfrentarme a este miedo, creyendo que en algún momento conseguiré que no me supere. Por ahora, no he tenido éxito. Hay veces que son peores que otras. Esta parece una de ellas, y aun así...
—No me gusta no tener el control —confieso.
—Ayer por la noche no parecía importarte.
Se me escapa una pequeña risa. Agradezco la distracción, aunque la imagen del cuerpo de Ethan sobre el mío en una posición que no había probado nunca provoca que se me acelere el pulso todavía más.
—Si las necesitas, tómalas. No eres menos valiente por hacerlo, Dahlia.
Sus palabras se clavan en mi pecho cuando respiro hondo.
Porque todo el mundo me llama cobarde cuando se entera de que tengo miedo a algo tan banal como estar a unos metros de altura.
No se me había ocurrido pensar que podía ser valiente, que busco serlo cada vez que me monto en un avión, hasta que Ethan me lo ha dicho.
Cuando abren las puertas de embarque, somos unos de los primeros en entrar.
Ethan me da la mano mientras cruzamos la pasarela.
Me distrae contándome chistes malos durante el despegue y, cuando la señal de los cinturones se apaga, se levanta y viene disparado a mi asiento.
En primera clase, las cabinas son grandes, por lo que conseguimos acoplarnos con nuestras piernas enredadas, yo parcialmente subida a su regazo y con sus manos alrededor de mi cintura.
Entonces, no tengo tanto miedo. Noto cómo mi cuerpo se va relajando lentamente hasta que me cuesta mantener los ojos abiertos.
—Duérmete, flor. Yo te cuido —es lo último que oigo antes de quedarme profundamente dormida en sus brazos. Esta vez tampoco tengo pesadillas.
Me despierto con el olor a cedro y sándalo al que tanto me he acostumbrado. Estoy sentada en mi asiento, pero nuestras manos siguen entrelazadas y mi cabeza está apoyada sobre su hombro.
—Buenos días —dice Ethan, acariciándome la mejilla.
Me permito recrearme en nuestra cercanía y me revuelvo perezosamente. El resto del avión está en completo silencio.
—¿Cuánto falta? —pregunto, con tan solo un hilo de voz.
—Hemos llegado hace media hora —responde, como si nada. Entonces abro los ojos de golpe y me incorporo. A nuestro alrededor, todos los asientos están vacíos. Había dormido también durante el aterrizaje—. No quería despertarte, por fin estabas relajada y parecías estar descansando.
—Deberías haberlo hecho —protesto al tiempo que me incorporo y recoloco mi vestido negro, que se ha arrugado un poco.
—Créeme, necesitas todas las energías posibles para sobrevivir al día de hoy.
Cuatro de Julio. El Día de la Independencia es una fiesta nacional muy popular; muchas familias, pueblos enteros, se unen para celebrar el nacimiento de Estados Unidos.
Solía disfrutar de ella cuando era pequeña; la casa de mis padres se llenaba de gente y por la noche disparábamos fuegos artificiales en el jardín.
Cuando estaba sola, no la celebraba porque ¿qué sentido tiene hacerlo sin compañía?
Con Wyatt, nos reuníamos con los miembros de su equipo de la NFL, pero, de nuevo, parecía más una excusa para emborracharse que una celebración, y debía aguantar miradas indiscretas y bromas de mal gusto sobre mis sesiones de fotos más atrevidas.
Ethan me ha invitado. Al parecer, en su pueblo celebran esta festividad por todo lo alto, así que no sé qué esperar.
—¿Cómo es que nos han dejado quedarnos aquí? —Me desabrocho el cinturón, que Ethan debe de haberme colocado cuando aún dormía profundamente.
—He prometido a las azafatas que podrían hacerse una foto contigo si nos dejaban estar un rato más.
Coge nuestro equipaje del compartimento superior y recorremos el pasillo del avión para salir.
Justo en la entrada, nos encontramos con un grupo de azafatas que esperan pacientes con una sonrisa y sus manos entrelazadas.
Como les ha prometido Ethan, me saco una foto con todas ellas, él es quien la hace.
Nos acompañan todo el camino que dura la pasarela mientras comentan las actividades de nuestro viaje y algunos de nuestros vídeos.
Una de ellas nos cuenta que se animará a hacer uno así con su chica el año que viene. Antes de despedirnos, dice:
—Hacéis una pareja preciosa.
Me obligo a esbozar una sonrisa. Cada una de esas palabras se clava en mí y deja un sabor amargo en mi boca.
Recogemos el coche de alquiler con retraso, así que apenas tengo tiempo de arreglarme y deshacerme de la sensación incómoda que me producen los vuelos largos, la piel seca y la ropa arrugada pegada a mi cuerpo.
Ethan no enciende el navegador, supongo que sabe el camino a su casa desde aquí. «Su casa». Todavía me resulta raro saber que voy a ver ese lugar que le pertenece. Al que él pertenece.
Bajo la visera parasol y utilizo el pequeño espejo para retocarme los ojos y dejar atrás los restos de cansancio que se ven tras ellos.
—Estás guapa —dice sin apartar la vista de la calzada.
—No estás mirándome.
—No necesito mirarte, Dahlia. Eres preciosa.
Siento un escalofrío, mi piel se eriza.
—Quiero causar buena impresión. Ya sabes que no suelo caer bien a la gente de primeras.
Y de verdad quiero gustarles. No sé realmente el motivo, porque esto terminará tan pronto como yo coja el siguiente vuelo, pero quiero hacerlo.
—Les caerás bien —me asegura.
—Menos mal que he elegido este vestido para el avión, no me has dado tiempo a cambiarme.
—Llegamos tarde. Además, eres la única persona que conozco que se pone un vestido ajustado para un vuelo de nueve horas.
Es un vestido negro que se ajusta perfectamente a todas mis curvas con unos tirantes finos de encaje del mismo color.
—¿No te gusta?
—Me gusta mucho, ese es el problema. Digamos que no hemos sido muy amigos cuando se escurría hacia arriba mientras te revolvías dormida encima de mí. He tenido que hacer uso de todo mi autocontrol para ser un caballero y aun así ha sido una tortura.
—Oh, ahí todavía no estaba dormida.
Entonces sí aparta la mirada de la calzada para mirarme con sus pupilas dilatadas. Yo disfruto de su reacción y me muerdo el labio inferior. Me gusta nuestro juego, puede que demasiado.
El paisaje se va volviendo más monótono, panorámicas limpias a ambos lados de una carretera en línea recta de la cual no veo el final. En algún momento durante el trayecto, su mano acaba descansando en mi pierna, sus dedos dibujan pequeños círculos en la parte baja de mi muslo.
—¿Qué debería esperarme al llegar a Holland?
Ethan se encoge de hombros.
—¿Qué esperas encontrar?
No estoy segura, pero aun así contesto lo primero que se me viene a la cabeza.
—Edificios de madera con carácter, gente montada a caballo calzada con botas de cowboy y música country resonando en todas partes.
—Somos un pueblo pequeño, no el viejo Oeste —dice serio, pero sonríe—.
La gente no tiene caballos, las botas de cowboy están de moda ahora mismo, así que no deberíamos avergonzarnos de llevarlas, aunque no definiría a Holland como moderno, precisamente.
.. En cuanto a la música country, sabemos la coreografía de «Hoedown Throwdown», de Hannah Montana.
—¿Es broma?
—Nunca bromeamos con Hannah Montana, pronto te darás cuenta.
Sigue hablándome del pueblo, de las casas de colores que forman el centro de esa pequeña ciudad (que sí son de madera), cómo la plaza es su lugar de reunión para todas las celebraciones, de los cientos de tulipanes que florecen en primavera y del lago que está cerca de su casa al que de pequeño iba a bañarse.
Estoy tan inmersa en sus historias que no me doy cuenta de que el coche se ha detenido en algo parecido a un aparcamiento.
Frente a nosotros hay una casa de campo enorme de madera y piedra, tradicional y, al mismo tiempo, imponente.
A unos cuantos metros distingo un cartel de madera clavado con un poste en el que hay grabado un nombre: ADAMS .
—Hogar, dulce hogar. —Siento un sabor amargo en sus palabras—. Prepárate.
—¿Para qué?
—Para cualquier cosa.
«Cualquier cosa» resulta ser una pancarta de bienvenida de cinco metros que sale de la nada y sujetan en lo alto cuatro personas mientras el resto de las congregadas vitorean el nombre de Ethan y aplauden cuando salimos del coche. Cada vez hay más gente y enseguida ocupan todo el jardín.
Todo Holland parece estar aquí, recibiéndolo.
Varias personas vienen corriendo a su encuentro.
La primera que lo abraza, una mujer bajita y menuda de cabello rubio platino, intuyo que es su madre.
Luego están sus hermanas gemelas pequeñas, que se funden en un abrazo conjunto con él, y yo me asombro por el parecido entre todos ellos, sus enormes ojos azules, piel morena y cabello claro.
Su padre tiene los rasgos más toscos, es moreno y un poco más alto que Ethan.
También lo rodea con los brazos, pero siento cómo se tensa cuando le susurra algo que no soy capaz de distinguir.
—¡Ethan!