Capítulo 61
Ethan
Papá: Ya no queda nada para que vuelvas a casa, hijo.
Al parecer, el plan de las gorras y las gafas de camuflaje no resulta ser tan mala idea. Logramos pasar desapercibidos la mayor parte del día siguiente mientras disfrutamos de Barcelona, hablamos, caminamos de la mano, compartimos risas y nos robamos besos.
Aunque nos mantenemos a salvo la mayor parte del tiempo en espacios cerrados, sobre todo en nuestra habitación. Por seguridad, claro.
Sentir a Dahlia correrse mientras estoy dentro de ella es una ventaja colateral que estoy disfrutando demasiado.
Ya no me esfuerzo en mentirme a mí mismo diciendo que será la última vez. No cuando sus labios esbozan una sonrisa de suficiencia al ver cómo reacciono a su contacto, o cuando me mira fijamente con esos grandes ojos oscuros.
Sea lo que sea lo que estamos haciendo, hemos cruzado todos los límites. No necesito una nueva regla en nuestra servilleta para advertirme de que esto no acabará bien. Porque esto va a acabar. Punto.
Pero ese es el segundo pensamiento que me invade al despertarme, el primero es lo jodidamente bien que se siente su cuerpo contra el mío.
La estoy abrazando por la espalda, mis brazos rodean su cintura y mi polla está más que despierta contra su increíble culo.
Toda la cama huele a ella y yo siento que podría quedarme a vivir aquí ahora mismo.
Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.
Disfruto de los rayos de sol que se cuelan por la ventana y su calidez sobre mi piel...
«Espera».
El sol.
Me he dormido.
—Mierda. —Me levanto rápidamente y me pongo unos calzoncillos. Me asomo a la ventana solo para comprobar que me lo he perdido.
—Ethan, vuelve a la cama, todavía es temprano —oigo la voz adormecida de Dahlia. Me sorprende lo íntima que suena y cómo eso me hace sonreír.
Me dejo caer en el sofá y me quedo mirando a un punto muerto. He estado sacrificando horas de sueño y entrenando mi reloj biológico para poder despertarme todos los días antes del amanecer, pero la locura de los últimos días y la intensidad de este sentimiento me han desestabilizado.
No puedo fallar. Solo me quedan dos días y todavía no he logrado encontrarlo. He desaprovechado una oportunidad que ni siquiera podía permitirme perder.
Estoy tan absorto en mis pensamientos que no me doy cuenta de que Dahlia se ha levantado y ahora está sentada a mi lado.
—¿Qué pasa?
—Me he perdido el amanecer. Es uno de los últimos que podré ver aquí y me he dormido.
Dicho en voz alta, suena estúpido. Si ella lo piensa, no dice nada.
—¿Por qué te importa tanto?
Respiro hondo. Y entonces le confieso otra de las cosas que no le he contado a nadie.
— El rayo verde es uno de los libros favoritos de Andrew; es una novela de Julio Verne que trata sobre unos personajes que van en su busca.
Al parecer, es un fenómeno óptico de los primeros y últimos rayos del sol.
No ha querido contarme el final, así que no sé si lo encuentran o no.
Pero Andrew quería hacerlo. Cuando planeamos irnos de viaje hizo una lista de las cosas que haría.
La primera de ellas era encontrar el rayo verde.
—¿Por eso quieres verlo?
—Pensé que, si lograba encontrarlo, podría llevarlo algún día a ese lugar para que también pudiera verlo y tacharlo de su lista.
Dahlia desliza sus dedos sobre mi torso desnudo siguiendo movimientos circulares. Su contacto me afecta de una manera que todavía no soy capaz de comprender, pero esta vez no hay deseo en ello. Lejos de ser seductor, su tacto resulta reconfortante y es lo que necesito ahora mismo.
—¿Sabes? Yo he leído el libro. Sé qué significa ver el rayo verde.
Me giro para mirarla. Tiene el cabello despeinado y sutiles ojeras. Está preciosa.
—Dime si al final lo encuentran. No, mejor no me lo digas. —Dahlia se muerde el labio para disimular una sonrisa—. No lo encuentran, ¿verdad?
—Mis labios están sellados.
Me inclino hacia atrás en el sofá, mis brazos apoyados a ambos lados del respaldo, el izquierdo rodea la espalda de Dahlia a unos centímetros de distancia.
—No creo que exista siquiera —confieso en un susurro.
—Sí lo crees, si no no te levantarías todos los días para buscarlo.
—¿Te parece una tontería?
—Has hecho cosas peores. —Dahlia se encoge de hombros y apoya su cabeza en uno de los míos—. Espero que lo encuentres.
Yo también lo espero.
—He ganado. Otra vez.
Posa su juego de cartas sobre el colchón para que las vea. Escalera de color. «Mierda».
—¿Cómo...? —Es la cuarta partida consecutiva que gana—. Tienes que estar haciendo trampas.
—No odies al jugador, odia el juego. A pagar.
El calor en la ciudad era sofocante, así que hemos decidido dar por terminadas nuestras excursiones del día, refugiarnos en el aire acondicionado del hotel y practicar actividades más interesantes.
Dahlia ha propuesto echar una partida de póker (que ha ganado), yo la he retado a una revancha (que también ha ganado).
Así que esto se ha convertido en una competición en toda regla en la que, en vez de fichas, apostamos prendas de ropa.
El perdedor se deshace de una de cada vez.
Me ha parecido una gran idea, especialmente al imaginarme a Dahlia desnuda.
No me hace tanta gracia que ella esté prácticamente vestida —tan solo ha perdido una partida, por lo que se ha deshecho de sus zapatos— y yo prácticamente en pelotas.
—No tengo más ropa.
—Yo todavía veo una prenda. —Desliza la mirada hacia mis calzoncillos. La polla se me pone dura al instante al disfrutar de su atención.
—¿Quieres hacer los honores?
—Eres un creído —dice. Pero se coloca sobre las rodillas y se inclina hasta situarse a escasos centímetros.
Todo mi cuerpo se estremece cuando su mano acaricia mi miembro a través de la fina tela de los calzoncillos, muy despacio.
Tira suavemente de la goma y se me escapa un gruñido. Los movimientos de sus dedos sobre mí, esta vez sin barreras, hacen que me vuelva loco y me lance contra ella. Mis labios se estampan en los suyos y el impulso nos tira a ambos sobre el colchón.
Estoy encima de ella, pero me las arreglo para quitarle el vestido por la cabeza. Para mi sorpresa, no lleva ropa interior. Está completamente desnuda. Otro sonido gutural sale del fondo de mi garganta.
—Te había dado ventaja y no la has aprovechado —dice con ese tono de suficiencia que me vuelve loco.
La polla me palpita con tanta fuerza que estoy a punto de explotar.
—Vas a acabar conmigo, flor.
Ella sigue acariciando mi miembro cada vez a mayor velocidad, mis dedos bajan también para jugar en su zona íntima, preparada para mí. Pasamos así unos minutos, tocándonos, besándonos. No creo que vaya a resistir mucho más.
—Ethan. Condón. Ya. —Dahlia pone voz a mis pensamientos.
Hemos sido previsores. Ha sido lo primero que hemos comprado después de las gafas para ir de incógnito; las mías en forma de corazón las ha escogido ella.
Para devolverle el favor, yo le he regalado unas bragas diminutas en las que pone I BARCELONA AND CHURROS .
Tenía que compensarle por las que le había roto.
No me arrepiento de nada.
—¿Dónde están?
—En el cajón. —Estiro mi cuerpo para lograr alcanzar el primer cajón de la mesita de noche y comienzo a palpar impaciente el interior en busca de una caja. Pero está vacío. Sigo buscando hasta que mis manos atrapan una bolsa que no es rectangular—. ¡No, ese no!
Pero ya es tarde, tengo el objeto entre mis manos y lo abro para saber qué es. La cara de Dahlia solo me provoca más curiosidad. No solo sus mejillas están rojas, sino el resto de su cara, y algo me dice que no es solo porque haya acabado de comerla entera.
Trago saliva sonoramente. Casi me atraganto. Si había creído que estaba excitado hasta ahora, estaba equivocado; un remolino de placer se desata haciendo que mi miembro tiemble.
Un puto vibrador. El mismo que yo le enseñé en nuestra primera cena en Miami. Pienso en cómo han cambiado las cosas desde entonces.
—¡Sabía que tenías uno!
—Vuelve a dejar eso ahí.
—Ni de coña —digo mientras pulso un botón y noto cómo vibra en mi mano.
—Me tienes aquí desnuda, suplicándote. ¿Podrías comportarte como un tío y pensar con la polla?
—Créeme, cariño, estoy pensando con la polla ahora mismo.
Si cree que voy a sentirme intimidado por un juguetito, está muy equivocada.
—La unión hace la fuerza y nosotros tres vamos a pasarlo muy pero que muy bien.
Dahlia se muerde el labio inferior y se remueve bajo mi cuerpo, expectante; yo no aguanto más y la beso.
Somos una mezcla explosiva de saliva, sudor y orgasmos.
Ella muerde el espacio entre mi cuello y mi clavícula porque sabe que me vuelve loco.
Yo me muevo con más fuerza dentro de ella, haciéndole saber cuánto la deseo.
Los dos nos corremos al mismo tiempo. Varias veces.
Es el mejor polvo de mi vida.
Al día siguiente, vuelvo a quedarme dormido, pero Dahlia me despierta justo a tiempo de ver la salida del sol.
Nos vestimos rápido, ella se pone una de mis camisas y tengo que luchar contra el impulso de arrastrarla de nuevo a la cama.
Bajamos a la playa y nos sentamos sobre la arena húmeda, uno al lado del otro, muy juntos.
Hoy cogemos nuestro vuelo, aquel que nos llevará a casa, mi casa.
Es el último amanecer que voy a ver desde otra parte del globo, esta es mi última oportunidad de encontrarlo.
Dahlia sujeta mi mano, yo aprieto la suya con fuerza. No hay ningún rayo verde, pero, con ella entre mis brazos, me parece uno de los amaneceres más bonitos que he visto nunca.
Aprovechamos esas últimas horas para desayunar un chocolate con churros, pasear por la playa y meternos mano en cada esquina. Es una de las últimas veces en las que no viviré en una rutina, sin ser preso de un reloj ni responsabilidades.
Entonces me doy cuenta de que no solo echaré de menos esto, sino a ella. Y eso, de alguna forma, me acojona a niveles inimaginables, porque se supone que este último viaje debía servirme para tachar cosas de la lista y cumplir sueños, no crear otros nuevos. Y he hecho justo lo contrario.
No hago más que ganar cosas que perder y la mayor de ellas tiene los labios rojos, una piel muy suave y ha logrado que el jazmín sea mi nuevo olor favorito.