Capítulo 60 #2
Solo puedo asentir mientras trago saliva junto a la intensidad que desprenden sus palabras.
Me obligo a mantener los ojos abiertos cuando su pene se introduce en mí despacio, a pesar de que mis impulsos me ruegan que aparte la mirada.
Porque lo que me encuentro detrás del color azul de sus iris me hace darme cuenta de hasta qué punto lo deseo ahora mismo. Lo que complica las cosas, y mucho.
Cada embestida es más salvaje que la anterior y se siente realmente bien.
Me muerde el labio inferior entre beso y beso, él gruñe y yo gimo por encima del sonido de nuestros cuerpos chocando a un ritmo acompasado, empujándome con fuerza y hundiéndonos en el colchón.
En ningún momento deja de mirarme. Y me quema.
Me quema tanto como el nuevo orgasmo que siento a punto de atravesarme. Él también lo sabe. Y cuando cuela su mano entre nuestros cuerpos y acaricia mi clítoris de esa forma, no puedo contenerlo más.
Me corro. Arqueo la espalda y entre jadeos y espasmos trato de recuperar el aliento.
Él también está cerca, lo noto por el modo en que acelera el ritmo, así que lo ayudo a llegar al clímax que a mí me envuelve rodeando de nuevo sus caderas entre mis piernas, apretándonos más y acompañando los movimientos de su cuerpo con el mío.
Arremete con más fuerza y con la última embestida acaba por llenar cada centímetro de mí misma, entonces suelta un gemido tan profundo y ronco que se instaura en cada poro de mi piel.
—Ven aquí.
Atrapo sus mejillas entre mis manos y lo atraigo hacia mí, buscando sus labios. He cumplido, no he dejado de mirarlo, pero ahora cierro los ojos. Porque así resulta más fácil fingir que no me da miedo lo que estoy sintiendo y que la posibilidad de que él no sienta lo mismo no me aterroriza.
Vuelve a posar una última vez su boca contra la mía, antes de caernos rendidos. El beso es lento, casi inocente y sabe muy dulce. Nuestros labios permanecen sellados y nuestros cuerpos unidos, el suyo todavía dentro de mí.
Tengo la ridícula sensación de estar completa.
Entonces siento mi cuerpo pesado y cómo el sueño se va apoderando de mí. Ethan tiene los ojos cerrados, pero sé que no está dormido porque sus dedos siguen acariciando mi espalda. Nos quedamos así un buen rato, sin decir nada, acompasando nuestras respiraciones y calmando el pulso cardíaco.
Creía que con una vez sería suficiente. Que esta noche serviría para saciar de una vez por todas el hambre que habíamos estado reprimiendo. Pero es como seguir echando leña a un fuego que, lejos de extinguirse, lo está quemando todo a su paso.
Está lejos de ser suficiente. Y empiezo a darme cuenta de que, con Ethan, nada lo es.
No me había sentido así desde hace mucho tiempo. Para ser sincera, no creo que lo haya sentido nunca.
Estoy durmiendo y siento mis músculos doloridos, en el buen sentido, mientras una sensación cálida y familiar me recorre por dentro, con la certeza de que el cuerpo de Ethan, abrazándome por la espalda, está protegiendo mis sueños.
Esta noche no tengo pesadillas, es un sueño bonito.
Sueño que me despierto todavía entre sus brazos, respirando su olor, me giro sobre mí misma para encontrarme con sus ojos y sus labios me reciben como si me hubieran echado de menos en este tiempo.
Mucho de menos. El beso se vuelve más profundo, igual que los que compartimos anoche.
Me susurra al oído cosas guarras y cosas bonitas y, entre todas ellas, dos palabras que me hacen temblar. Me dice...
Un ruido agudo inunda de repente toda la habitación, haciendo que me despierte de golpe.
Estamos en lados opuestos de la cama, el único contacto son nuestros pies enredados.
Los dos nos sobresaltamos ante ese sonido monótono y enloquecedor, más si estás luchando contra una resaca de varias jarras de sangría.
Ethan incluso da un salto en el colchón mientras yo me cubro la cara con la almohada.
—¿Puede alguien apagar el sol? —digo con mi cara pegada contra el cojín, no sé si me entiende siquiera.
—Yo me conformo con apagar esa puta alarma —responde él.
Entonces soy consciente de ello. El pitido para y da lugar a otro sonido, empiezo a distinguir los acordes de mi canción favorita. Es mi despertador, programado todos los días a las... siete de la mañana. Hemos dormido un total de ¡dos horas!
—¡Lo siento! —digo, me revuelvo sobre la cama, pero soy incapaz de abandonar el tacto suave de las sábanas.
Además, estoy desnuda. Aunque después de anoche supongo que eso no importa demasiado. Tampoco el hecho de que ahora compartamos cama.
Todos esos pensamientos aparecen con tanta rapidez que me provocan una sensación de vértigo y dolor de cabeza peor que el de la resaca.
—Ya voy yo —dice Ethan, su voz es algo parecido a un gruñido, y se levanta del colchón. Él también está desnudo.
Me permito disfrutar de las vistas: su piel morena por el sol parece brillar más, acentuando el rubio de su pelo. La irritación en las zonas de los nuevos tatuajes de sus brazos casi ha desaparecido. Mis ojos descienden un poco más para encontrarme con un abdomen marcado y su pene erguido.
En el camino, se tropieza con todas las prendas de ropa que dejamos tiradas a nuestro paso anoche... o hace unas horas. Pero entonces, cuando logra alcanzar el teléfono, en lugar de apagarlo, sube el volumen. Se pone a cantar a todo pulmón y a bailar.
—Llevas torturándome bailando esta canción todas las mañanas en ropa interior, ahora quiero verte bailarla desnuda, flor.
Me río, incrédula, cuando me tiende la mano y yo la tomo. Nos ponemos a bailar como en el bar, juntos y desinhibidos, dando saltos y robándonos besos. En uno de ellos, me levanta en volandas y me lleva de vuelta a la cama. No ha terminado la canción para cuando vuelvo a tenerlo dentro de mí.