Capítulo 57
Ethan
El navegador de mi móvil nos lleva al único estudio de tatuajes abierto a medianoche.
El local es oscuro y la entrada, un pasillo largo y tenebroso, con sus paredes totalmente cubiertas por grafitis y pegatinas hasta no quedar ni rastro de la pintura original, pero la decoración es una pasada.
Por la forma en que Dahlia se arrima a mi brazo, no parece pensar lo mismo.
—No sé si esto es una buena idea.
—¿Te estás rajando? Creía que el del reto era yo.
—Este sitio me da mala espina, ¿tendrá todos los controles en regla?
—Venga, flor, es el único al que podemos venir sin cita. Además, me va a salir baratísimo.
—Lo que te va a salir es una infección.
Nos recibe un tío que debe de ser tan solo un par de años mayor que nosotros, con el pelo rapado casi al cero y una barba larga que llega a la parte baja de su cuello.
Tiene todo el cuerpo cubierto de tatuajes, incluso con camiseta y pantalones de deporte enseña más tinta que piel. Pero, joder, son impresionantes.
—Buenas noches, chicos. —Echo un vistazo rápido al local y veo que está vacío. Agradezco que podamos estar solos sin preocuparnos de miradas indiscretas sobre esta locura—. ¡No puedo creer que estés aquí! Soy un gran fan.
—Gracias, tío. —Le tiendo la mano a modo de saludo.
—Hablaba con Dahlia. —Igualmente, responde a mi apretón. Veo cómo ella se ríe por lo bajo—. Ese desfile... guau, tengo pensado tatuarme algo sobre eso.
Los dos intercambiamos una mirada entre divertida y alarmada. Aunque, bueno, el tío tiene tatuada la cara de las Kardashian en su hombro izquierdo.
—Venimos a hacer varios tatuajes.
—¿Los dos? —pregunta él, entusiasmado.
—No, solo yo —aclaro. Me giro hacia Dahlia, que sigue ligeramente escondida detrás de mí, pegada a mi espalda, pero más relajada—. Ella escogerá uno de ellos.
—Sé buena con el chaval.
—Ya veremos.
Con ese comentario, la dirige hacia la zona en donde guarda muchos álbumes con diseños típicos, así como otros originales. Dahlia se pone a echarles un vistazo, me pregunto qué tendrá en mente para mí.
—¿Cuáles son los otros tatuajes que quieres hacerte?
Le cuento mis ideas, pero quiero que sea él quien las dibuje y le dé su toque personal.
Es otro de los encantos que busco con todo esto.
En cada viaje, me hago un tatuaje; de esta manera, mi cuerpo se ha convertido en una especie de tienda de recuerdos con vida propia.
Y, por eso, también me gusta que sean artistas de distintas partes del mundo para así conservar un poco más la esencia de cada viaje.
El sonido de la aguja no me asusta, tampoco lo hace la tinta clavándose en mi brazo y tiñendo mi piel. Todos son dibujos pequeños y sencillos que decido colocar en el mismo brazo.
Una carta de póker negra.
Un pez que se parece a un atún.
Un helado de pistacho.
Un globo aerostático.
La Torre Eiffel en miniatura.
Tenía las ideas bastante claras con todos ellos, había tenido tiempo para pensarlo y creo que todos representan muy bien cada uno de los destinos de este viaje.
Entonces, cuando miro a Dahlia seguir ojeando los álbumes, me doy cuenta de que todos los tatuajes están relacionados con ella y momentos que hemos pasado juntos.
Percatarme de que, en cierto modo, la llevo en la piel no me asusta tanto como debería.
Tal vez porque, de alguna forma, ya ha logrado colarse sin necesidad de tinta.
—Flor, no es por meter prisa, pero cierran al amanecer —digo, aún tumbado en la camilla viendo cómo la pelinegra se mueve de un lado al otro, indecisa. Es la cuarta vez que mira el mismo libro de diseños.
—¡Es muy difícil! Quiero que te guste.
—Me gustará, no te preocupes.
Aunque, en realidad, no tengo garantías. La chica podría decidir tatuarme el escudo de los Chicago Bears (otro equipo de la NFL que ha hecho pedazos al mío en varias ocasiones) y probablemente seguiría aceptando con tal de cumplir con el reto.
Siempre llevo el juego de «Verdad o atrevimiento» demasiado lejos.
—¿Cuántos tatuajes tienes?
—He perdido la cuenta.
Mi primer tatuaje fue antes de los viajes.
—¿Por qué te los haces?
—Me gustan y, de algún modo, quiero contar algo. Todos tienen un significado.
—¿Y esa carita sonriente?
—Bueno, casi todos. Ese creo que me lo hice borracho.
—¿Te arrepientes de alguno?
—No —respondo, contundente—. Algunos me gustan más y otros menos, pero todos significaban algo cuando decidí hacérmelos, fuera bueno o malo.
Algo que fue importante en algún momento, lo suficiente para querer llevarlo en la piel y recordarlo, no creo que sea nunca un error, aunque ahora ya no lo sea tanto.
Es un recordatorio de mi historia y de cómo he llegado adonde estoy.
Ella me escucha con atención, su mirada puesta en mí mientras que mis ojos se desvían hacia una parte de mi antebrazo en donde hay dibujada una rosa de los vientos que, en vez de señalar los puntos cardinales en cada una de las puntas, tiene las iniciales: «A», «A», «T», «B».
Los que durante mucho tiempo habían sido mis puntos cardinales, mi guía.
Ese fue mi primer tatuaje.
Mi corazón se encoge; siento que me lo he hecho en otra vida y, en realidad, así ha sido.
—¡Tengo una idea! —grita Dahlia de pronto, lo que consigue sacarme de mis pensamientos.
Levanta los brazos victoriosa y se pone a dibujar en un papel arrugado que encuentra sobre la mesa.
—¿Podrías hacer algo así? Mejor dibujado. —Se lo enseña al tatuador, que, cuando lo ve, abre mucho los ojos.
—¿Lo has hecho ahora mismo? —Ella asiente con la cabeza—. Es un gran diseño, creo que si le ponemos...
—Lo quiero tal cual, no cambies nada.
—¿Estás seguro? Ni siquiera lo has visto.
—Confío en ti, flor.
Noto cómo Dahlia observa cada uno de mis movimientos, su mirada se detiene sobre mi torso desnudo y yo disfruto de su atención cada uno de esos segundos. Me muerdo el labio para no sonreír.
He decidido que esta vez me tatuaré en la zona de las costillas, una que permanece casi desnuda de tinta. No me ha importado que el dueño me haya dicho que me dolerá.
Cierro los ojos durante el proceso y aprieto la mandíbula con cada pinchazo. Dahlia me agarra la mano mientras observa con atención el diseño.
—Ya está listo.
Me levanto tan rápido que incluso me mareo. Me dirijo hasta el enorme espejo de la pared dispuesto a ver mi nuevo tatuaje. Clavo los ojos en él y ya no puedo apartarlos. Me quedo en silencio.
—Si no te gusta, puedes decirlo. —Yo no respondo, no tengo palabras—. Oh, Dios, no te gusta, ¿verdad? Lo siento, me ha parecido una buena idea... Te pagaré el láser para borrarlo. Se puede borrar, ¿no?
Es gracioso ver a Dahlia balbucear nerviosa, pero mis ojos siguen puestos en la zona enrojecida en donde hay un nuevo fragmento de historia.
Es un dibujo pequeño, una línea fina con la forma de un cuerpo humano, diminutos trazos irregulares se originan de una parte a otra de la silueta, como si fueran...
Grietas.
Y a través de ellas, unos sutiles rayos de luz entran al interior de la figura, donde crece un tallo con dos hojas diminutas.
Las grietas solo aparecen si vivimos, y son la única forma que tenemos de que entre la luz. De crecer. Eso dice este tatuaje.
—Ethan, di algo, por favor.
—Es mi nuevo tatuaje favorito. Gracias, Dahlia.
Ahora sí que la llevo grabada en la piel y, joder, se siente increíble.