Capítulo 58
Dahlia
—¡Es tu turno para jugar! —grita Ethan, tratando de hacerse oír por encima de todo el ruido que hay a nuestro alrededor.
—¿Seguimos jugando?
Asiente con la cabeza.
Estamos sentados en una mesa elevada de un enorme bar que está abarrotado.
Sus paredes están cubiertas de letreros de neón con frases como CARPE DIEM y KEEP CALM AND GET DRUNK .
Hay un gran número de mesas repartidas por todo el espacio, pero parecen no ser suficientes; mucha gente está de pie en la barra tomando una copa.
La música es buena, o eso creo; lo cierto es que la mayoría de las canciones son en español y no las conozco, pero el ambiente es electrizante.
—Verdad —respondo, también gritando.
—Ya has elegido verdad antes, te toca atrevimiento.
—Si no tenía opción, entonces ¿por qué me preguntas?
Ethan me muestra una sonrisa sin dientes mientras se inclina contra el respaldo de su silla.
Por alguna razón, cada uno de sus movimientos me resulta sexy.
Siendo sinceros, lleva desprendiendo sensualidad desde que hemos salido del hotel.
Ni siquiera puedo echarle la culpa a la sangría que se empeña en continuar pidiendo y yo ya he asumido que, si me quiero mantener en pie, no puedo seguir su ritmo.
Pero, a pesar del alcohol que circula por nuestras venas, los dos estamos muy despiertos ahora mismo.
—Te reto a bailar aquí y ahora en cuanto empiece a sonar la siguiente canción.
El corazón se me acelera. Ethan sabe perfectamente lo que está haciendo, ha puesto mi confesión anterior en mi contra.
—Podrían reconocerme.
—Pues que disfruten del espectáculo, ¿no? —Como siempre, tiene respuesta para todo.
Suena la siguiente canción, pero yo no muevo ni un músculo. Doy un nuevo sorbo a mi copa mientras siento la mirada de Ethan clavada en mí, que sonríe paciente.
—¡Hola! ¡Qué fuerte, sois vosotros de verdad! —Un grupo de chicos se acerca a nuestra mesa—. ¿Podemos sacarnos un selfi?
Cuando ya tienen la foto, se alejan entre risas y saltos de emoción a la mesa de al lado.
—No tienes agallas —dice Ethan, retomando nuestra conversación.
Sé que busca picarme. Lo consigue.
—¿Eso crees?
Normalmente, mantengo el control, pero, cuando tengo a Ethan cerca, mis sentidos parecen dispersarse. Más bien concentrarse en un único objetivo —que es él—, haciéndome ignorar todo lo demás.
En ese momento, uno de los chicos del grupo anterior se acerca de nuevo a nosotros; lleva una cerveza en la mano y una camiseta de un equipo de fútbol que no conozco.
—Perdón por interrumpir otra vez. Estábamos escuchando vuestra conversación. —Habla inglés con un marcado acento español y tengo que esforzarme para oírlo cuando dice—: En España no decimos «Acepto el reto», nosotros decimos «Sujétame el cubata».
No entiendo la mitad de lo que dice, pero señala su jarra de cerveza y me hago una idea. Creo. Los últimos acordes de la canción que sonaba hasta ahora empiezan a disiparse, dando paso a una nueva.
Miro a Ethan decidida cuando digo:
—Sujétame el cubata.
No sé si lo he dicho bien. Él arruga el entrecejo, sé que no ha entendido nada.
Sin darme tiempo a arrepentirme, me pongo de pie de un salto y levanto los brazos. Veo cómo Ethan abre mucho los ojos y se inclina sobre la mesa. A pesar del ruido, juro que puedo oír su risa y cómo grita mi nombre. Lo hace de la misma forma que en el desfile de París.
Comienzo a moverme al ritmo de la música que retumba en cada rincón del bar, voy haciendo un recorrido por todas las mesas sin parar de bailar y girar sobre mí misma. Enseguida me acompañan las palmas de gente a mi alrededor, varias personas incluso se unen a mí en el centro del local.
Consigo olvidarme de todo, me centro solo en la canción y en los movimientos de mi cuerpo. Y me siento bien, libre. No recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí así, si lo he hecho alguna vez.
Sé que todo el mundo me está mirando, pero, por primera vez, no me importa. Porque, por encima de todas esas miradas, está la suya. Unos ojos azules como un mar embravecido que tiene la misma fuerza que ahora golpea mi corazón.
Su atención está puesta en mí y en cada uno de mis pasos.
La disfruto, incluso confieso que me contoneo más de la cuenta solo porque él está mirando.
Mis ojos se encuentran con los suyos sin esfuerzo, como si no necesitara saber dónde está en cada instante en una habitación, porque mi cuerpo siente su presencia y siempre se encarga de dar con él.
Creo que es la primera vez que soy consciente de ello.
Está acabando la canción y no quiero que eso suceda.
Extiendo el brazo para señalar a Ethan, que sigue sentado en la misma posición, con mi dedo índice.
Lo doblo en mi dirección para decirle que venga hacia mí.
Él obedece. Yo también ayudo a acortar la distancia.
De repente, estamos cara a cara, nuestras frentes casi rozándose.
Si uno de los dos diera un paso adelante, podríamos besarnos.
Rodeo sus grandes manos con mis dedos y él hace lo mismo.
Los dos comenzamos a movernos al ritmo de la música.
No sé cuándo ha terminado la canción y empezado la siguiente, o puede que ya llevemos un repertorio entero, pero me parece insuficiente.
Quiero más. Quiero bailar hasta el amanecer y durante el resto del día siguiente, quiero tener siempre nuestras manos entrelazadas mientras caminamos, quiero que siga rodeando mis caderas y apartando mi pelo a un lado para dejar mi cuello al descubierto.
Quiero que me mire a mí y a mis grietas y sonría. Quiero...
Con cada canción, vamos acortando distancias. Me doy cuenta al poder distinguir con claridad su olor a cedro y toque cítrico y fresco que me recuerda al océano. Estamos muy juntos. Mi piel arde en todos los puntos en los que nuestros cuerpos están rozándose y aún más en aquellos que no.
Necesito más. Lo necesito a él.
Y es una locura por muchas razones. La primera, porque, sea lo que sea esto, no es verdad, y la segunda, que tiene fecha de caducidad.
Pero tal vez es el ambiente o la sangría corriendo por mis venas que me da la valentía de poner en palabras mis pensamientos, pero no la suficiente para hacerlo en nuestro propio idioma.
—Quiero que vuelvas a besarme —digo en español. No me molesto en gritar, sé que no va a entenderme de todas formas. Se le dan fatal los idiomas. Pero necesitaba soltarlo para no volverme loca, si no lo estaba ya.
Ethan se queda mirándome unos segundos, seguramente tratando de descifrar lo que he dicho, sin éxito. Cuando se inclina, pienso que lo hace buscando una pregunta. Pero tiene una respuesta:
—Se pide por favor —responde, también en español. Abro los ojos como platos, mis mejillas empiezan a arder, pero no puede verlo porque sus labios siguen pegados a mi oído. Lo siguiente, lo dice en inglés—: ¿Qué pasa, flor? No eres la única que ha aprendido un poco de español esta vez.
Mi corazón va muy deprisa y golpea con tanta fuerza que tengo miedo de que puedan oírlo en todos los rincones del local.
Debería sentir vergüenza al ser descubierta, pero no soy capaz de sentirla, no cuando mi cuerpo sigue tan pegado al suyo. He derribado todos mis muros para quedar expuesta frente a él y no tengo miedo. Quiero que él me vea.
—¿Vas a hacerlo?
—¿Tú qué crees?
«Estamos fingiendo para el resto del mundo, no pasa nada por fingir también para nosotros mismos». No paro de repetirme esas palabras, porque necesito creerlas.
Solo esta noche, deseo con todas mis fuerzas que rompa el espacio entre nosotros.
Solo esta noche.