Cualquier destino menos contigo Capítulo 56
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Capítulo 56

Ethan

Estoy jodido. Estoy muy jodido.

No solo acabo de pedirle una cita a Dahlia Harris de forma patética, sino que ella se lo está pensando. Tal vez he cruzado el límite, uno que cada vez está más difuso.

Cuando las palabras salen de mi boca sin pensar en su verdadero significado, ya es tarde para retirarlas, pero tampoco intento hacerlo. No quiero.

En este momento solo estoy intentando retrasar lo máximo posible el tener que quedarnos en la habitación los dos solos, tumbados en la misma cama.

Puede que ya hayamos compartido un cuarto, pero yo malamente sobreviví la última vez. Mi mente me lleva directo a Capadocia, a aquella noche.

Tener a Dahlia entre mis brazos me afectó más de lo que debería.

Todavía recuerdo cómo me despertaron sus llamadas de auxilio, la forma en que buscaba huir de sus pesadillas hasta decidir que mi cuerpo era un buen lugar donde refugiarse.

Mis brazos le dieron la bienvenida sin dudarlo.

Me dormí abrazándola y me desperté antes que ella para poner de nuevo distancia entre nosotros.

Me pegué una ducha fría contra mi voluntad, porque una parte de mí quería conservar los resquicios de jazmín que se habían adherido a mi piel.

Y mientras las gotas descendían por mi cuerpo, mi cabeza, como si quisiera castigarme, recordaba todos los instantes en los que habíamos estado tan cerca.

Joder, necesitaba calmarme porque el agua fría no estaba haciendo efecto. Finalmente, dejé de resistirme y me permití liberarme. El espasmo llegó rápido y fue pensando en ella.

Al salir de la ducha, Dahlia seguía durmiendo en la cama; las pesadillas habían dejado de perseguirla. Me quedé ahí unos minutos, mirándola.

Me pasa mucho. El no poder apartar la mirada de ella.

Cuando la desperté, me pregunté si también habría amanecido con mi olor.

Ella no recuerda nada de esa noche; yo, por el contrario, no puedo sacarla de mi mente.

—Está bien, salgamos juntos esta noche —dice, devolviéndome al presente.

Ha dicho que sí. Y yo quería que dijera que sí.

No sé qué me pasa, tampoco es que sea una cita seria. Sobre el papel, nosotros no tenemos sentido. ¿Qué estamos haciendo?

Esa es una pregunta que no tengo ganas de responder. Y cuando quieres huir de tus problemas, sales de fiesta. Yo hoy he probado por primera vez la sangría y pienso repetir, así que la noche promete.

Después de pegarme una ducha para desprenderme del sudor, me visto con unos pantalones vaqueros flojos, una camiseta azul marino y unas deportivas blancas.

Dahlia ocupa el baño ahora mismo. Mientras espero, aprovecho para editar unas cuantas fotos y responder unos correos. Mando un mensaje a Andrew.

Yo: ¿Qué le puedo regalar a Taylor por su cumpleaños?

Andrew: ¿Me preguntas a mí? A ti se te dan mejor estas cosas.

«A Brownie se le daban bien estas cosas».

Enseguida me deshago de ese pensamiento, porque ella es la última persona que debería tener en mente, la última que se lo merece.

—Ya estoy lista. —La voz de Dahlia me saca de mis cavilaciones.

Lo primero que veo son sus pies. Lentamente, mis ojos suben por el resto de su cuerpo, tomándose su tiempo.

«Joder. —Trago saliva—. Está preciosa».

Lleva un mono blanco corto pero elegante, con grandes bolsillos en la parte superior e inferior y un cinturón fino de color marrón, a juego con sus sandalias de esparto. Su pelo cae suelto por detrás, le llega por debajo de los omóplatos, con el cuello totalmente al descubierto.

Me quedo mirándola durante demasiado tiempo.

—¿Voy bien?

Asiento con la cabeza.

—¿Y yo? —Si ella buscaba mi aprobación, yo también quiero la suya.

—No te has puesto ninguna de tus camisas feas, es un comienzo.

—Es que quería impresionarte —bromeo.

—Tampoco te emociones, estás en el aprobado raspado.

—Pero ¿por arriba o por abajo? —Arqueo una ceja, disfrutando del juego.

—Depende, ¿prefieres estar arriba o abajo?

Estoy a punto de atragantarme con mi propia saliva. El comentario me pilla totalmente desprevenido. Ella se humedece los labios para luego desviar su atención al espejo y pintarlos de rojo, riéndose por lo bajo como si nada.

«Porque no significa nada», me digo.

—¿Cuál es el plan? —pregunta.

—Vamos a cenar unas tapas y a beber sangría.

—¿Eres consciente de que las tapas no son platos en sí, sino una forma de presentar la comida?

—La palabra clave es sangría .

Sonríe a modo de respuesta y termina de prepararse.

Con la llegada oficial del verano, los días son más largos, así que, cuando salimos de la habitación, el sol todavía asoma en el horizonte. En la puerta del hotel no hay nadie esperando para interceptarnos. Por fin se han cansado de perseguirnos, al menos por hoy.

Me doy cuenta de cómo Dahlia se tensa cada vez que un objetivo dirige su atención hacia nosotros, la distancia que pone para impedir que vean más allá de lo que ella quiere.

Las capas que enseña, cómo busca tenerlo todo controlado.

A pesar de estar acostumbrada, es algo que no disfruta. Ahora lo sé.

El ambiente en las calles sigue siendo agitado, mucha gente disfruta de las últimas horas de luz paseando por la playa o en las terrazas de los bares.

Mi estómago está vacío y también puedo oír las tripas de Dahlia; apenas hemos tenido tiempo para comer huyendo de los paparazi.

Encontramos un pequeño restaurante escondido en una calle estrecha del centro. Está casi vacío y huele de maravilla, así que nos metemos dentro, los dos con la misma idea.

Nos recibe una chica vestida con el uniforme de trabajo. Su expresión cambia cuando nos ve y sé que nos ha reconocido cuando sus ojos se abren como platos y una sonrisa se le dibuja en la cara, pero no dice nada más que:

—¿Mesa para dos? —Su voz es joven y jovial. Los dos asentimos en silencio.

Nos dirige a una mesa más apartada del resto, fuera del mayor tránsito de clientes. Si alguien más sabe de nuestra presencia aquí, tampoco abre la boca.

Durante la cena, hablamos de todo y de nada, de experiencias de este viaje y de cosas banales. Ella me cuenta cómo conoció a su agente Maia y yo, que hice de árbol en cada obra de teatro del instituto porque era muy mal actor.

Nos sirven prácticamente todos los platos de la carta, la mayoría no soy capaz de pronunciarlos, pero están buenísimos. Joder, me quedaría a vivir aquí solo por la comida. ¿Croquetas? ¿Cocretas? Qué más da, parecen traídas directamente del cielo.

Dahlia también está disfrutando: la veo probar todas las tapas, repetimos las que más nos gustan e incluso compartimos postre.

Yo disfruto viéndola comer; es estúpido, pero pensar en que muchas veces ha tenido que privarse del placer de llenar el estómago, presa de los comentarios que la sociedad le impone, hace que me hierva la sangre.

Pero ahora está sonriendo, y que pueda olvidarse de elevar sus defensas conmigo provoca un efecto en mi pecho que no puedo explicar, puede que ni siquiera deba estar ahí.

Solo me siento afortunado por tener delante de mí a Dahlia, sin capas.

—Estás mirándome fijamente.

Su voz me devuelve a la realidad. Joder, me he quedado embobado contemplándola. Otra vez.

Bajo la cabeza con la excusa de revolverme el cabello para que no vea cómo se me encienden las mejillas. ¿De verdad me estoy sonrojando?

—Perdona —respondo. Me aclaro la garganta—. ¿Quieres pedir la cuenta?

Dahlia ya ha terminado su copa, yo doy el último sorbo a la mía. Estaba retrasándolo, sabiendo lo que significa. Esto pone fin a esta especie de cita y yo me lo estoy pasando muy bien con ella.

El local ahora está lleno, a pesar de que el reloj marca más de las once y media de la noche. Mañana debemos levantarnos temprano para seguir cumpliendo con el itinerario. Yo además he encontrado algunos lugares que me muero de ganas de ver.

Dahlia no contesta a mi pregunta y, por primera vez en toda la noche, se hace el silencio entre nosotros. Unos segundos después, sus palabras se clavan en mis oídos.

—No quiero volver al hotel.

Siento mi cuerpo temblar y sonrío. No puedo evitarlo.

—¿Qué quieres hacer?

—Nada. Cualquier cosa. ¿Es una locura?

—La locura te sienta bien, flor. Sé exactamente lo que podemos hacer.

Levanto el brazo para pedirle al camarero que, en lugar de la cuenta, nos traiga otra ronda, luego saco dos papeles arrugados que guardo en mi cartera, justo al lado de donde tenía la servilleta con nuestras reglas del juego. He debido de dejarla en el hotel.

Los extiendo hacia Dahlia y veo su reacción al leer las palabras en cada uno de ellos.

—¿«Verdad o atrevimiento»? ¿Qué tenemos?, ¿diez años?

—Oye, las mejores noches de mi vida empezaron con «Verdad o atrevimiento».

Arrugo de nuevo los trozos de papel y los revuelvo entre mis manos.

—Elige.

Ella lo hace. Cuando lo abre, lee en voz alta: «Verdad». Le pregunto lo primero que se me viene a la cabeza.

—Si nadie pudiera reconocerte, ¿qué harías?

—Me emborracharía lo suficiente para atreverme a bailar delante de todo el mundo sin importarme lo que pensaran.

Pestañeo una, dos veces. No sé por qué, no esperaba esa respuesta. Tal vez porque suena muy sincera. Aparto el recuerdo de Dahlia bailando en ropa interior para poder concentrarme en el juego.

—Te toca.

—Elijo verdad.

—¿Tú puedes elegir y yo he tenido que dejarlo al azar?

—Mi juego, mis reglas. Dispara.

Juguetea con unos cuantos mechones de su cabello. Está... ¿nerviosa?

—Háblame de tu cuenta atrás.

La idea del juego ha sido mía, así que no me voy a escaquear. Además, merece saberlo. Y yo quiero contárselo. Comienzo a hablar antes de poder arrepentirme.

—Mi padre es dueño de una empresa maderera que exporta a muchos estados del país; es un buen negocio.

También trabaja en la granja donde vivimos.

Es un proyecto familiar, la empezó a construir mi bisabuelo y yo seré la cuarta generación que se encargue de ella.

Allí siempre hay algo que hacer, cosas de las que encargarse.

.. No hay sitio para nada más y es mi deber heredarlo todo.

»Siempre creí que era lo que quería. Mi padre y todos sus antepasados fueron felices allí.

Pero Andrew estaba obstinado en que teníamos que ver parte del mundo juntos.

Por su culpa, ahora me encuentro en esta situación.

No se puede echar de menos algo que nunca has vivido.

Ahora, en cambio, sé lo que hay aquí fuera, y Holland, de repente, me parece muy pequeño.

Dahlia da un sorbo a su copa de vino, escucha pacientemente.

—Mi padre me dio tres años, un plazo que terminó el año pasado, pero yo ya podía permitirme viajar gracias a las redes sociales.

Le devolví todo su dinero con intereses, pero no fue suficiente.

Él quería cobrarse la otra parte del trato.

Entonces, surgió la oportunidad con Travelator y esa sería la última.

La última prórroga. El viaje de despedida.

»Así que esas llamadas, en Turquía, eran de mi padre... para recordarme una vez más que estoy tirando mi vida por la borda y que debo volver a casa para ser un hombre de verdad. Eso y que Abby ya estaba en el hospital.

—¿Quién es Abby?

—Abby Dickinson, mi primera novia y mi primer amor. Ha tenido un hijo, ha formado una familia. Ha hecho todo lo que se esperaba de mí. En cierto modo, lo que se esperaba que hiciera yo con ella antes de dejarla y marcharme. Y yo he sido un cabrón otra vez, ni siquiera me he atrevido a llamarla.

—¿Por qué?

—Porque es un recordatorio más de lo que me espera al volver y de lo que no podré escapar, y tengo miedo. Me aterra que me guste esa vida casi tanto como que la deteste.

Dahlia se inclina sobre la mesa y extiende el brazo hacia el mío, haciendo que se me erice la piel bajo su contacto.

—Gracias por contármelo.

Asiento con la cabeza y respiro hondo. Siento que, antes de este viaje, hacía mucho tiempo que no lo hacía.

—Te toca hacer un reto —dice entonces ella.

—Ahora es tu turno.

—Tu juego, mis reglas —contraataca mientras se inclina un poco más sobre la mesa, sus codos en ángulos rectos. Tengo que luchar contra mis impulsos y no bajar la mirada hacia su escote. Se lo concedo—. No se me ocurre nada.

—¿Qué tal si pedimos ayuda?

Cojo mi teléfono y lo levanto en su dirección. Le saco una foto desprevenida que es la que uso para colgar en mi perfil. Sale preciosa sin ni siquiera intentarlo. Joder.

Para mi sorpresa, Dahlia no dice nada, pero veo con el rabillo del ojo cómo se muerde el labio inferior. Subo la foto a mi perfil pidiendo retos a mis seguidores y enseguida empiezan a llegar cientos de peticiones en cuestión de segundos.

—Sé buena conmigo. No hagas que acabemos en un hospital ni en una cárcel esta noche.

—Nada de subir a ningún sitio ni hacer saltos peligrosos.

—Intenta evitar también el nudismo, lo último que queremos es una denuncia por escándalo público.

—Te retan a hacerte un tatuaje... —anuncia y levanta su mirada para ver mi reacción.

—No me parece un reto. —Extiendo mis brazos, la mitad de ambos bañados en tinta.

—... elegido por mí.

Eso sí que no me lo esperaba. Tardo unos segundos en hablar a pesar de tener clara mi respuesta.

—Acepto —digo finalmente.

Dahlia abre mucho los ojos, sorprendida. Ella tampoco se lo esperaba.

—No lo decía en serio. Si no quieres...

La interrumpo dejando un billete que cubre con creces la cuenta y la cojo del brazo para guiarla entre la multitud.

—Vamos, sé adónde podemos ir.

Mientras caminamos, mis dedos acaban encontrando los suyos. Como siempre.