Cualquier destino menos contigo Capítulo 55
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Capítulo 55

Dahlia

Al llegar a nuestro nuevo destino, nos recibe un calor abrasador y cientos de cámaras apuntando en nuestra dirección. El desfile ha tenido más impacto de lo esperado y mi gran aparición y anuncio han revolucionado internet.

Maia me ha dicho que mi bandeja de entrada nunca había estado tan llena. Y siempre lo está. Hay marcas dispuestas a ofrecer cifras astronómicas de dinero por trabajar conmigo.

Si buscaba pasar desapercibida hasta que finalizara el viaje, he logrado justo lo contrario e Ethan es un daño colateral.

Sé que tampoco disfruta de tantísima atención, sobre todo cuando la gran marabunta de gente no deja que avancemos más de dos pasos seguidos sin que un tipo de seguridad tenga que abrirnos paso. Y eso que ni siquiera hemos terminado de desembarcar. Sin embargo, no parece molesto.

Sus números en las redes sociales parecen compensarlo con creces y le recuerdan por qué estamos haciendo esto.

Yo ya no tengo nada que ganar, el asunto de Wyatt ha acabado. Aunque sigue ocupando titulares, ya no es un tema que quiera evadir, porque lo he tornado en mi favor. En parte, es gracias a Ethan. Yo sé que lo ha sido.

Quiero ayudarlo a ganar ese premio de creadores de contenido, ya está muy cerca. Ayer escaló al puesto número dos del ranking total y consiguió casi medio millón de seguidores nuevos en tan solo una noche.

A su favor diré que, después de ver los vídeos de él en traje que me ha enviado Maia, yo también hubiera pulsado el botón de «Seguir».

Para mi propia desgracia, vuelve a vestir una de sus camisas coloridas que desentona con sus pantalones beige, pero que, aun así, le sienta bien.

«¿Estoy justificando su elección de vestimenta? Tanto tiempo con Ethan me está nublando el juicio».

Cuando llegamos al hotel, seguidos por decenas de curiosos, agradezco el momento en que nos metemos en el ascensor dejando toda la atención atrás.

Ethan juega con las tarjetas entre sus manos y me tiende una de ellas con el número de habitación; la otra es la siguiente, capicúa.

—¿Me la cambias? —le pregunto. Él mira el número de su tarjeta y se muerde el labio, dubitativo. No puedo evitar reírme y se da cuenta de que estoy bromeando.

—Eres mala.

Dicen que los números capicúa atraen la buena suerte y, por supuesto, Ethan lo cree.

Sé que es supersticioso, lo descubrí por la forma en la que escuchó a la pitonisa en Estambul, porque cruza los dedos índice y corazón cuando quiere que pase algo, y porque, de todas sus camisas coloridas, ninguna es amarilla.

Me resulta gracioso y... adorable.

Me tiende la otra tarjeta y me detengo en el número de puerta correspondiente, Ethan camina unos pasos más allá hasta la contigua. Nos despedimos en silencio, entrando al mismo tiempo en nuestras respectivas habitaciones.

Cuando entro, lo veo dentro. Hemos entrado en la misma habitación. Es tan grande que tiene dos puertas, pero se trata de una habitación.

—Solo hay una habitación —apunta él.

—Solo hay una cama —digo yo al mismo tiempo.

Otra vez no.

—Seguramente ha sido un error...

—No lo es, no después de anoche —respondo yo—. ¿Quién se va a creer que queremos habitaciones separadas?

—Puedo dormir en el sofá —dice, pero yo niego con la cabeza.

Somos mayorcitos. Podemos compartir un mismo espacio, una misma cama, durante unos días. Ya hemos pasado por esto.

Pero, por alguna razón, lo siento distinto. Muy distinto. Aunque es algo en lo que no me puedo permitir pensar.

—Ya hemos pasado por esto, ¿no? —repito mis pensamientos en voz alta, más para convencerme a mí misma que para otra cosa.

Ethan asiente con la cabeza.

—¡Me pido el lado izquierdo! —Sin previo aviso, sale disparado hacia la cama para tirarse sobre ella sin ningún cuidado. Está tumbado boca arriba con los brazos y las piernas extendidos—. Siento que estoy en una nube. Flor, tienes que probarla.

—Deja de hacer el tonto, debemos prepararnos para salir.

—No pienso moverme hasta que te tires.

—No voy a... —comienzo a replicar, pero me interrumpe.

—Mira que eres cabezota.

Veo cómo se levanta como un resorte y enseguida está detrás de mí.

—¿Qué estás haciendo?

Sus brazos rodean mi cintura y, al segundo siguiente, estoy en el aire. Me levanta sin esfuerzo y nos lleva a los dos hacia la cama.

—¡Bomba!

Enredados, golpeamos el colchón y rebotamos ligeramente sobre él. Tiene razón, parece una nube; es blanda y las sábanas muy suaves. Nos acabamos riendo a carcajadas y no me doy cuenta de la proximidad de nuestros cuerpos hasta que cometo el error de mirar sus ojos azules.

Definitivamente es muy distinto a la última vez.

Barcelona.

A pesar de mis numerosos viajes a España, nunca había visitado esta ciudad. Y ninguna palabra parece suficiente para describir todos los colores y la arquitectura que se ciernen sobre nosotros a cada paso, en cada esquina. Siento que, mire adonde mire, me estoy perdiendo algo.

Todo es espectacular, incluso, por momentos, soy capaz de olvidarme de todas las cámaras y miradas curiosas que siguen cada uno de nuestros movimientos. Pese a eso, tratamos de aprovechar el día al máximo siguiendo la ruta programada.

Dado que dimos plantón a Adem en Estambul, esta vez nos han preparado una guía electrónica con audio sobre las principales curiosidades de la ciudad. Nuestra única compañía adicional es el personal de seguridad privada que vigila nuestras espaldas.

Nos piden muchas fotos. Yo no rechazo ninguna de ellas. Ethan es el encargado de sacar la mayoría; lo hace siempre con una sonrisa, como si no le importase en absoluto que la atención esté dirigida a mí. Sé que no le molesta.

Tras cada parada, volvemos a ponernos uno al lado del otro, su mano busca inmediatamente la mía o la mía la suya. Es gracioso lo fácil y natural que me resulta ahora su contacto.

Tras visitar el primer museo, vuelve a desatarse el caos; decenas de personas esperan a la salida para arremolinarse a nuestro alrededor y recitar preguntas.

Son tantas que, aunque hubiera querido contestar alguna, no hubiera podido oírla.

Los guardaespaldas nos las quitan de encima hasta que conseguimos, finalmente, montarnos en un Uber que nos lleva de vuelta al hotel, aun sin haber podido completar nuestro itinerario de hoy.

No saber el siguiente destino te concede unas horas de margen para disfrutar de la calma, pero, ahora que nos han localizado, no pararán.

Estamos en el punto de mira y sé que, una vez más, es culpa mía.

—Lo siento —digo en voz baja ya en nuestra habitación.

Ethan está distraído mirando la pantalla de su teléfono, pero, cuando me oye, levanta la cabeza y arruga el entrecejo—.

No hemos podido caminar más de dos metros sin que alguien nos acosara y me has sacado más fotos a mí que a los monumentos. Solo hemos podido entrar en un museo...

—Lo que menos me importa son los museos, Dahlia. No pasa nada.

Pero sí pasa. Es nuestro último destino antes de que el viaje termine.

Es su último viaje. Aunque no me ha contado más detalles acerca del trato que lo ancla a su lugar natal, lo entiendo.

Entiendo qué es sentirse atrapado. No quiero que sienta que está perdiéndose cosas; que se las está perdiendo por mi culpa.

—Mañana podemos separarnos, tal vez así puedas...

—Ni hablar. Tengo una idea. —Deja de prestar atención a su móvil y se inclina hacia delante—. Mañana compraremos una gorra y unas gafas, y podemos ir de incógnito.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—¿Esa es tu gran idea?

—Solo estaba calentando. En realidad, tengo una mejor.

—Arqueo una ceja, expectante. Sus labios se vuelven más finos y juega con sus rizos, como si estuviera nervioso.

Espera unos segundos antes de volver a hablar—: Vamos a salir por la ciudad cuando se ponga el sol, tú y yo.

¿Qué me dices, flor? ¿Quieres ser mi cita esta noche?