Capítulo 54
Ethan
No sé cuánto tiempo permanezco con los ojos vendados con mi propia corbata, que amenaza con desprenderse en cualquier momento. La única forma que tengo de orientarme es el cuerpo de Dahlia pegado al mío; nuestras manos permanecen entrelazadas a pesar de que ya no tenemos público, o eso creo.
Me parece que damos varias vueltas en el taxi hasta que este se detiene de repente. Dahlia abre la puerta y sale primero. Oigo unas voces hablando un idioma que no entiendo —debería haber buscado alguna palabra en francés— y que Dahlia domina a la perfección.
Salgo del vehículo con su ayuda y cada uno de mis pasos se siente inestable mientras nos dirigimos a un lugar todavía desconocido. Qué estamos haciendo, no tengo ni idea.
De fondo aún se pueden oír resquicios de la multitud que ha seguido el espectáculo de esta noche, por lo que no podemos estar muy lejos del centro.
A nuestro alrededor no hay nadie, solo siento la mano de Dahlia, sus dedos fríos agarrando los míos. La aprieto con fuerza para infundirle calor.
Nuestra ropa sigue mojada por culpa de esa tormenta de verano. Menos mal que, a pesar del cielo nocturno, la temperatura es cálida.
—¿Has secuestrado al chico? —pregunta un hombre con acento francés y voz grave que nunca he oído.
—Algo así —responde ella.
Nos paramos; encima de nosotros capto una especie de sonido metálico que termina con un golpe seco.
—No causaremos problemas, lo prometo.
—Un placer, señorita Harris.
El hombre misterioso se despide así de nosotros. Aunque seguimos parados, siento un movimiento bajo nuestros pies que me indica que, de algún modo, estamos avanzando.
Noto a Dahlia apretar con fuerza mi mano. Tiembla ligeramente.
—Flor, ¿tienes frío? Estás temblando —pregunto, atrayéndola hacia mí. Nuestros cuerpos chocan en varios puntos, el suyo está rígido.
—No es eso, casi hemos llegado.
Su voz también es trémula; su respiración, entrecortada. Entonces lo entiendo.
No tiene frío, tiene miedo.
Estamos moviéndonos... hacia arriba.
Siento la necesidad de desprenderme de la corbata y descubrir dónde estamos, pero, cuando llevo mi mano hasta ella, Dahlia me lo impide.
En ese instante, nos detenemos. Salimos del ascensor en el que supongo nos encontrábamos y entonces es ella la que me quita la venda que me cubre los ojos.
Solo tardo un par de segundos en ajustar la vista para encontrarme con una de las panorámicas más espectaculares que he visto en mi vida.
Creía que el amanecer en Capadocia sería insuperable, pero las vistas de París durante la noche le siguen muy de cerca.
Todas las luces iluminando cada rincón, edificios llenos de vida y calles abarrotadas de gente, faros de coches recorriendo de un lado a otro las calzadas.
Todos esos elementos crean un espectáculo impresionante.
Desde aquí se puede ver toda la ciudad. Es entonces cuando soy consciente de dónde estamos.
—Era la única forma de poder ver todo París en una noche.
No me salen las palabras. Siento mi corazón palpitar a toda velocidad y con fuerza en mi pecho. Tenemos la puta ciudad de París a nuestros pies.
—Joder, esto es increíble, flor.
Cuando me giro para mirarla, tiene sus ojos puestos en mí y está sonriendo. Se abraza a sí misma, poniendo una distancia prudencial entre ella y la zona del mirador.
—¿Quieres subir todavía más alto?
—No tenemos que...
No termino de hablar cuando veo que empieza a subir unas escaleras hasta la siguiente altura.
Está enfrentándose a sus miedos por mí.
Y llegamos a la cumbre de la mismísima Torre Eiffel.
Me quedo ahí parado, tratando de absorberlo todo. Desde aquí, diviso todos los sitios que he visitado hoy y todos los que no he podido recorrer.
En otra ocasión sentiría una opresión en el pecho pensando en lo que me estaba perdiendo, pero no ahora, no desde este lugar en donde siento que tengo todos y cada uno de los rincones de París a mi alcance.
Dahlia me los ha dado.
—¿Tienes hambre? —Su voz me aleja de mis pensamientos.
De una bolsa, saca dos hamburguesas y un envase de patatas fritas. No sé de dónde ha salido eso, ni tampoco la enorme manta de tela que está extendida sobre el suelo, pero ahora estamos sentados sobre ella, haciendo una especie de pícnic a trescientos metros de altura.
Desde aquí arriba parece que el cielo tiene más estrellas.
—¿Cómo ha aparecido todo esto aquí?
—Soy una chica con recursos —responde, llevándose una patata a la boca. Por alguna razón, me parece uno de los gestos más sexis que he visto en mi vida—. Y muchos contactos.
Doy un mordisco a mi hamburguesa y se me escapa un leve gemido. Joder, puede que sea la mejor hamburguesa que he probado jamás. Devoro la mitad en apenas dos bocados, pero Dahlia es más rápida que yo y ahora está atacando las patatas, comiéndoselas una por una.
—¿Quieres el resto de la mía? —le ofrezco, a pesar de que mi estómago todavía ruge. Después de semanas viendo cómo se privaba de muchos alimentos, me chifla verla comer y disfrutar con ello.
—¿Seguro? —Asiento con la cabeza. Ella no necesita más confirmación antes de atrapar los restos de mi hamburguesa entre sus manos y dar un mordisco—. No sabes las ganas que tenía de poder comerme por fin una de estas.
En ese momento saco el teléfono, dispuesto a hacer una foto.
—No podemos decir que estamos aquí.
—¿Qué tal entonces una foto de guiris? Para nosotros.
Levanto el brazo para que la cámara nos capture dentro de su ángulo. Paso mi otro brazo por los hombros de Dahlia y ella apoya su cabeza en mi hombro, sus dos manos sosteniendo la hamburguesa. Sale un poco borrosa; estoy esperando algún comentario al respecto cuando me sorprende diciendo:
—Me encanta.
A mí también. Creo que se ha convertido en una de mis fotos favoritas. Pero, por alguna razón, no lo digo en voz alta.
El resto del tiempo lo pasamos en silencio. No sé si pasan minutos u horas, pero me da lo mismo. Por las noches, siento que es el único lapso en el que es posible parar el tiempo, y yo ahora necesito hacerlo.
Mi vista viaja intermitente desde la panorámica a la figura de Dahlia a mi lado; mis ojos se centran en un punto fijo, justo arriba de sus labios. Ella se da cuenta.
—¿Qué pasa?
Antes de que pueda seguir, la interrumpo llevando mis dedos a esa pequeña parte de su mejilla, limpiándole un resto de salsa de tomate.
Me recreo más segundos de los necesarios, mis dedos acarician despacio la parte superior de sus labios, su piel tan suave.
Me pregunto si esta vez sabrán salados por la cena o conservarán su característica esencia a jazmín.
—No desperdicies este paisaje tan bonito.
—No lo hago —respondo mientras sigo mirándola.
Permanecemos aquí sentados durante horas. Nos quedamos dormidos sobre esa fina manta, compartiendo el calor de nuestros cuerpos. Nos despertamos con los primeros rayos del sol y vemos el amanecer.
Tampoco estaba ahí, pero esta vez no me importó no haberlo encontrado.
No podía parar de repetirme que tenía la ciudad de París a mis pies y, sin embargo, no podía apartar la mirada de Dahlia. Porque sus ojos me parecían un paisaje mucho más bonito en el que perderme. Y ese era otro de los lugares a los que sabía que no podría volver una vez que todo esto se acabara.
Siento que estoy haciendo trampa mandándote esto, porque por primera vez no me ha dado tiempo a ver la ciudad, así que tampoco puedo contarte ninguna cosa curiosa sin utilidad aparente.
Pero te puedo contar algo estúpido… que viene a ser lo mismo.
Hoy he tenido ganas de besarla.
No es la primera vez, pero sí la que más cerca he estado de hacerlo.
Y es estúpido por muchas razones… La primera, porque todo esto es mentira.
Puedo confirmar que desde lo alto de la Torre Eiffel se ve cada rincón de París.
Ojalá estuvieras aquí.
Te quiero.
Andrew Reid, Lake Shore Drive, 23 49423, Holland, Míchigan