Capítulo 53 #2
Sonrío y no me cuesta hacerlo. En este mundo, es difícil encontrar gente como Brownie.
La industria destruye todo lo que toca, lo sé por experiencia.
Nos hace creer que somos más importantes de lo que somos en realidad y es una continua lucha de egos, sonrisas falsas y juegos perfectamente calculados.
Pero esta chica es... real. Aunque algunas veces se esfuerce por ocultarlo.
Por supervivencia, eso también lo entiendo.
Por algún motivo, me recuerda a Ethan; él también mantiene su esencia.
—¿Te importaría que nos hiciéramos una foto? —pregunta, sacando su teléfono del bolso.
Veo a Ethan caminando en nuestra dirección con las dos copas, una en cada mano. Me dirijo a él cuando digo:
—Sácanos una foto, una que no salga borrosa —bromeo, pero él no se ríe. Su mirada está clavada en Brownie. Ella tampoco aparta la vista de él.
—Tengo las manos ocupadas —responde fríamente. Me acerco y cojo una de las copas que sostiene, con cuidado de no derramarla.
Vuelvo a ponerme al lado de Brownie y me coloco el pelo para la foto. Ethan sigue sin reaccionar.
—¿Y ahora qué te pasa?
—Es que no me apetece. —Se encoge de hombros y desvía la mirada.
Arrugo el entrecejo, confusa. ¿Por qué está siendo tan borde?
Él no es así, salvo que... salvo que esta no sea la primera vez que se ven.
—¿Habéis estado juntos? —Suelto el primer pensamiento que se me viene a la cabeza y no sé por qué, mientras lo digo, se me hace un nudo en el estómago ante la idea de que sea cierto.
Mi pregunta los pilla por sorpresa a ambos, que me miran con una mezcla de desconcierto y desagrado. Es Ethan quien responde:
—Puaj, no.
—Vaya, Ethan. Trataré de no sentirme insultada.
—No tienes derecho a sentirte insultada, Violet.
«¿Violet?».
—Nadie me llama así.
—Es tu nombre, ¿no? Antes de robar este.
Brownie no responde. La tensión puede cortarse con un cuchillo y, por una vez, no soy yo quien la ha provocado. Se siente extraño ver a Ethan comportarse de esta manera y no con su habitual actitud despreocupada y alegre.
Qué demonios está pasando entre ellos, no tengo ni idea.
La actriz respira hondo. Es la primera en recuperar la compostura.
—Dahlia, ha sido un placer conocerte.
—Lo mismo digo —respondo yo.
—Adiós, Ethan. Espero que todos estéis bien —añade, dirigiéndose a él.
—Como si te importara —contesta impasible, pero su mirada sigue clavada en algún punto muerto.
Brownie me dedica una última sonrisa tímida antes de irse. En cuestión de unos metros, desaparece entre los cientos de invitados.
—¿A qué ha venido eso?
—No quiero hablar del tema.
Quiero insistir, pero sé que no puedo. Doy un sorbo a la copa y me humedezco los labios. Me doy cuenta en este momento de que no le he dicho qué bebida quería y, de algún modo, lo ha sabido.
Entonces tengo el estúpido pensamiento de que me conoce. Y rara vez he sentido que alguien me conozca realmente.
Noto una mirada a unos metros de nuestra posición clavada en mí.
Cuando me giro sé a quién me voy a encontrar.
Los ojos de Wyatt chocan con los míos, observándome con atención y olvidándose de la figura de Nicole, a su lado, que mueve los labios mientras dice algo a lo que claramente no presta atención.
Pronto ella también se da cuenta. Su boca se cierra y sus ojos siguen la dirección de su mirada hasta que descubre adónde ha ido. Está conmigo.
Él me lo ha dicho, que me ha elegido a mí.
Es lo que quería, ¿no? Sentirme deseada, sentir que no estoy sola.
Doy un paso en su dirección, dispuesta a romper el espacio entre nosotros. Wyatt se ha separado un par de metros del resto de los invitados hacia una esquina poco transitada, esperándome a mí y mi respuesta.
El brazo de Ethan me detiene, sus dedos abarcan mi muñeca. Me atrae hacia él hasta que nuestros cuerpos vuelven a quedar muy juntos.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé, pero eso no significa que lo estés, Dahlia.
«Quiero creerlo, pero ¿de verdad no lo estoy?».
Nuestro estúpido trato puede engañar al resto del mundo, pero no a nosotros. Los dos sabemos que esto tiene fecha de caducidad. Cada uno tomará su camino y, entonces, volveré a estar sola.
Sonrío a modo de respuesta y vuelvo a andar en la misma dirección. Esta vez, él no me detiene, pero noto su mirada seguir cada uno de mis pasos hasta que estoy frente a Wyatt.
—Has venido —dice, dando un sorbo a su copa.
—Querías tu respuesta, ¿no es así?
A pesar de que nuestros tonos de voz son bajos, varios grupos se giran intrigados por nuestra conversación. Las cámaras pronto voltean sus flashes hacia nosotros.
—Estás preciosa esta noche. —Acaricia mi brazo desde el hombro hasta la muñeca, pero cuando está a punto de alcanzar la mano para sujetarla, me aparto.
—Me engañaste, Wyatt.
Las palabras que tanto tiempo llevaba guardadas en mi interior ahora salen sin esfuerzo. Tal vez, cuando compartes tu dolor, este duele menos.
Algunas personas a nuestro alrededor ahogan una exclamación. Él pestañea dos veces y aprieta la mandíbula. Le sorprende tanto mi comentario —que yo lo sepa— como que lo diga en público.
Ya he permanecido mucho tiempo callada.
Quiero que lo admita. No quiero seguir siendo la mala de la película. Ya no quiero ser la Reina del Hielo.
—Los dos cometimos errores —se defiende, pero no lo niega.
—Yo nunca me acosté con Finn. La noche en que me fui, te vi con ella. Ese fue nuestro verdadero final y lo marcaste tú. Así que gracias.
Todos nuestros espectadores se quedan en silencio, hemos despertado rápidamente el interés de muchos de los presentes. Y esta vez voy a usar esta atención a mi favor.
Wyatt no dice nada, sabe que no puede.
—Ya te lo he dicho, Dahlia. Es a ti a quien quiero, siempre ha sido así.
A quien siempre ha querido es a sí mismo. Yo fui demasiado cobarde para verlo, porque él me hizo serlo. No he estado enfadada hasta ahora.
Lo odio. Lo odio por haberme hecho conformarme. Lo odio por hacerme olvidar lo que valgo.
—Te lo ruego.
Se me escapa una sonrisa. Puede que me guste que suplique.
—¿Y Nicole?
—Ella no significa nada. No como tú.
Las miradas de nuestro público se dirigen a quien había considerado mi amiga, que se encoge a unos metros hasta casi desaparecer, sus brazos cruzados a la altura de su pecho, sosteniéndose con fuerza.
En este momento, siento pena por ella. Porque, a pesar de la traición, sé que también ha sido otra víctima de su juego.
—¿Fue la única? —Es mi pregunta final.
—Y la última.
No sé si lo creo, pero ya no importa. Lo ha admitido, que fue él quien me engañó, aunque no sé si se ha dado cuenta todavía.
«La conocemos mejor que nadie. Puede que la gente diga que está hecha de oro, pero tanto ella como nosotros sabemos que no vale nada».
Cada una de esas palabras vuelve a clavarse en mí, como cuando las escuché, pero me niego a seguir siendo su esclava.
Todos estos años he estado renunciando a partes de mí misma para encajar con Wyatt y con aquello que la gente siempre esperaba de mí.
Guardas todas esas piezas bajo llave y algunas incluso desaparecen, hasta que un día te despiertas y no sabes quién eres.
Ya no le encuentras sentido a ese conjunto de pedazos rotos y tampoco sabes cómo volver a encajarlos.
Wyatt me había alimentado con su inseguridad, y yo le había dejado apagarme hasta encontrarme más cómoda en su sombra. Me hizo creer que un personaje inventado valía más que la persona que había debajo. Pero esta vez no lo haré.
Porque esta noche he desfilado delante de miles de personas. Porque estoy un paso más cerca de cumplir mi verdadero sueño y que todo haya merecido la pena.
Porque Ethan me ha mirado como si valiese la pena.
Porque estar rota no significa que haya nada malo en mí. Puedo brillar, porque es a través de las grietas por donde entra la luz, como ha dicho él.
—Es la última vez que te dejo tener algún control sobre mí, la última vez que creo tus palabras cuando dices que no soy suficiente.
Esta es la última vez que olvido lo que valgo, y que tú jamás me has llegado a la suela de los zapatos, y no precisamente los de tacón, como alguien muy sabio me dijo una vez.
Entonces, hago lo último que habría hecho nunca: lanzo todo el contenido de mi copa sobre él. El cóctel impacta de lleno en su cara y su camisa, que ahora está teñida de un color rosáceo.
Como si no fuera consciente de lo que acabo de hacer hasta este instante, me pongo rígida y me giro rápidamente, buscando una salida. Mis ojos se encuentran con los suyos, su risa es la que más se oye en todo el salón, junto a la de Romuald, que se pone a aplaudir.
A pesar de los tacones, salgo corriendo, esquivo a todos los periodistas que se arremolinan ante mí y dejo atrás a Wyatt, que sigue tratando de limpiarse el líquido pegajoso de la piel, con su cara todavía desencajada.
Alcanzo a Ethan, pero no freno, sino que atrapo su mano entre mis dedos y tiro de él para que corra conmigo.
Todos los presentes tienen la mirada puesta en nosotros, pero nadie nos detiene.
En cuestión de segundos, llegamos a la salida.
La noche inunda el exterior, pero los flashes de los cientos de cámaras nos ciegan por completo.
Aun así, no paro. Tampoco lo hago cuando comienzo a sentir pequeñas gotas frías descendiendo por mi piel, mojando mi cabello. Está diluviando.
—¡Dahlia! —Ethan suelta mi mano, refugiándose de la fuerte lluvia bajo una cornisa. Yo no hago caso a su llamada.
Me quedo en medio de la acera, girando sobre mí misma. No me importa el vestido, tampoco mi pelo empapado y el maquillaje probablemente corrido... Nunca me he sentido tan libre.
Entonces Ethan corre hasta mi posición y ya no siento las gotas de agua descender por mis mejillas. Su chaqueta cubre nuestras cabezas actuando de escudo, sus brazos extendidos por encima de nosotros, protegiéndome del chaparrón.
Me sonríe con la mirada y pienso que me gustaría perderme en la tempestad que hay detrás de sus ojos.
Nos acercamos a la calzada y, como si se tratase de una comedia romántica de esas que Maia me obliga a ver pero yo no soporto, levanto la mano y paro un taxi para que nos saque de aquí.
Nuestros hombros vuelven a rozarse y de nuevo siento esa chispa de sensaciones cada vez que nos tocamos.
No me gusta el contacto físico; como modelo debería estar acostumbrada, pero la verdad es que eso me ha hecho ser más consciente de este, porque detrás de cada roce siempre hay un propósito y no siempre es agradable.
Pero con Ethan es diferente, porque no hay una razón para tocarnos, pero ambos acabamos buscando la presencia del otro, como si necesitáramos sentirla.
—¿Adónde? —pregunta el conductor con desinterés, como si le diese igual que estemos completamente empapados.
Ethan da la dirección de nuestro hotel.
—En realidad, hay un lugar al que tenemos que ir antes.
Me mira confuso, pero yo solo deshago el nudo de su corbata para atarla alrededor de su cabeza y taparle los ojos.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan las sorpresas?