Capítulo 53
Dahlia
—Que tú mejor que nadie deberías saber que siempre hay que tener un as bajo la manga. Y el mío siempre has sido tú.
Nunca lloro, pero podría haberlo hecho en el instante en que Romuald ha desvelado un nuevo vestido que, hasta ahora, había permanecido enfundado y oculto. Mi vestido.
El diseño que había dibujado en mi libreta está delante de mí, es una realidad. Mejorado, por supuesto; yo no hubiese logrado que quedase tan espectacular. Pero es mío.
—No rechacé todas tus ideas anteriores porque no tuvieras talento o yo fuera demasiado orgulloso para reconocerlo. Quería que llegaras a este punto. El mundo de la moda es difícil, querida, tú lo sabes de sobra, pero por fin estás preparada para enfrentarlo.
Lo he intentado durante años. Cuando empecé en la industria, sabía cuál era mi objetivo. Me encanta el modelaje, me encanta la moda. Pero me gusta más crearla. No quiero que me vean solamente como un cuerpo o una cara bonita.
«¿Qué es eso?», me preguntó Ethan. Fue la primera vez que alguien lo hizo al ver mi libreta, donde tengo todos mis bocetos. Sé que los vio.
«No es nada».
«Si no fuera nada, no estarías sonriendo».
Fue también la primera vez que sentí que alguien más que yo misma le daba importancia.
—¿Te estás muriendo? —pregunto. Las sorpresas son muy poco típicas de Romuald, que ríe silenciosamente.
—Todos nos estamos muriendo, querida. Lo que nos da la excusa perfecta para no negarnos lo que queremos hacer, ¿no crees?
Romuald es una persona vanidosa y egocéntrica, por ese motivo su opinión me importa más que la de ningún otro.
No miente para satisfacer y no busca impresionar a nadie más que a sí mismo, por lo que sabía que, si lograba captar su atención, habría creado algo extraordinario. Y ahora lo tengo delante de mí.
—Gracias —pronuncio en apenas un susurro.
Romuald se inclina para darme un beso en la frente.
—He apostado por ti, Dahlia, no me decepciones. Pero, sobre todo, no te decepciones a ti misma.
He desfilado en la primera colección, esa que representa los inicios del diseñador que, al mismo tiempo, están ligados a los míos.
Trato de pasar todo lo desapercibida posible, pero, aun así, noto las miradas clavadas en mí.
Con el anuncio de que Nicole abría el desfile y mi pésima reacción, he conseguido atraer toda la atención, y no en el buen sentido.
Pero hemos sabido utilizarlo a nuestro favor; Romuald lo tenía todo planeado.
He aprovechado la presentación de la segunda colección para cambiarme a este impresionante vestido voluminoso.
No habíamos tenido tiempo de hacer las pruebas de vestuario, solo esperaba que las capas se desprendieran en el momento exacto y no se engancharan con la pedrería.
Así ha sido, y sentir que jugaba con las luces, creando el efecto de las chispas y el cambio de color, ha resultado la parte más divertida; jamás me había sentido así sobre un escenario.
Por primera vez, me muestro a mí misma al cien por cien.
Creo que por eso no he podido evitarlo, lo he dejado pasar todo a través de las grietas y la he sentido: su mirada puesta en mí.
He roto la primera regla de la pasarela y he dejado de mirar al frente para que sus ojos se encontraran con los míos y lo que he visto ha sido el reflejo de un mar embravecido.
Cómo alguien puede tener ese color de ojos, tan puro e intenso, no tengo ni idea.
La sonrisa ha salido sola y no he podido ocultarla cuando me he dado la vuelta y hemos roto el contacto visual. Tampoco he querido hacerlo.
En ese instante he sabido con qué nombre quiero llamar a este nuevo comienzo.
Si algo es más recordado que un desfile de moda es su after party .
Y Romuald demuestra que, además de preparar desfiles maravillosos, organizaba las mejores fiestas.
La gente siempre se pelea por una invitación sabiendo que, de obtenerla, se encontrará uno de los ambientes más sofisticados.
Creo que hasta hay miembros de las familias reales europeas presentes.
Estoy en mi camerino terminando de cambiarme al vestido que ya tengo preparado para la fiesta.
Es corto, de color rojo y de espalda descubierta; el escote es recto, la parte superior del vestido ajustada y al llegar a la cintura varias capas de tul caen con volumen, dándole brillo al conjunto.
Llevo mi pelo semirrecogido con un lazo rojo, del mismo color que mis labios.
Todo en el exterior es un caos. Los medios se pelean por poder hablar con Romuald, que está más que encantado con la atención recibida. También quieren hablar conmigo, pero lo primero que he hecho ha sido esconderme, tratando de procesar todo lo que ha pasado esta noche.
Cuando ya estoy lista, salgo del camerino para —casi— chocar de lleno con algo. Alguien.
Se detiene delante de mí, antes de que nuestros cuerpos puedan colisionar. Primero veo sus zapatos de piel negros, a juego con el traje del mismo color. Cuando levanto la cabeza, me encuentro con sus ojos.
—Flor, ha sido... —Su respiración es entrecortada, como si no le salieran las palabras—. Has estado increíble.
Levanta las manos hasta que estas están a ambos lados de mis mejillas; estamos a escasos centímetros de tocarnos. Ninguno aparta la mirada del otro.
—No os cortéis, tortolitos. —La voz de una de las modelos a pocos metros de nosotros nos devuelve a la realidad, seguida de risas y silbidos.
Ethan es el primero en reaccionar, da un paso atrás con una sonrisa incómoda.
Entonces me mira de arriba abajo, dos veces, y se humedece los labios.
—Estás preciosa, Dahlia.
Encima utiliza mi nombre.
Trago saliva y me permito unos segundos para observarlo con la misma atención. Joder, este traje en él debería ser ilegal. Por debajo, lleva una camisa blanca y, rodeando su cuello, una corbata roja, a juego con mi vestido.
Ahora mismo tengo ganas de quemar todas esas estúpidas camisas horteras que tiene y obligarlo a vestir esto todos los días de su vida.
«¿De dónde ha salido eso?».
«No soy yo —me digo a mí misma—. Es el efecto “traje” de los hombres». Pero es que a Ethan le sienta tan bien... La camisa se ciñe a la perfección a su torso y, por debajo de la misma, su pecho esculpido. Muevo la cabeza, sacando esos pensamientos de mi cabeza.
—Tú tampoco te ves nada mal. —Consigo que no me tiemble la voz tanto como me tiemblan las piernas.
Alguien grita mi nombre desde la otra punta de la carpa.
—Creo que nuestro coche está listo.
Asiento con la cabeza y caminamos rumbo al vehículo; en algún punto, nuestros dedos se entrelazan.
Noto todas las miradas clavadas en nosotros hasta que nos metemos en la pequeña limusina.
A pesar de los muchos asientos disponibles solo para nosotros, nos sentamos uno al lado del otro. Nuestras manos siguen unidas.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto al tiempo que el coche arranca.
—He conseguido colarme. Ya sabes que cuando se me mete algo en la cabeza nada me detiene, aunque ha sido difícil burlar a los de seguridad...
—No —lo corto—. ¿Qué haces aquí?
Esta vez, él entiende a lo que me refiero.
—¿Por qué no me dijiste que me habías reservado una entrada?
Una pregunta por otra. Dios, cómo odio que haga eso. Y, al mismo tiempo, me pone un poco.
Aprieto los ojos. «Es el traje. Es el traje».
—Era tu único día en París, no quería quitártelo.
—Si me lo hubieras pedido, habría dicho que sí. —Gira la cabeza para mirarme, su cuerpo se inclina en la misma dirección, colocándonos más cerca—. Me alegro de haber venido, Dahlia.
—Yo también —respondo, sincera.
La entrada está llena de paparazi y medios que vuelcan toda su atención en nosotros.
No contestamos a ninguna pregunta, nos cuesta avanzar los pocos metros que nos separan de la entrada.
Ethan va unos pasos delante de mí, con el codo flexionado y su cuerpo parcialmente protegiendo el mío.
Me pregunto si es consciente de que lo está haciendo.
En el interior, el ambiente es más tranquilo. También hay medios de comunicación, pero solo los seleccionados por Romuald y bajo sus condiciones.
Le gusta la atención, no las sorpresas.
El suelo es de mármol y largas columnas dan forma a las paredes del imponente espacio, lleno de grandes cuadros y ornamentos.
—¿Te apetece beber algo? —susurra contra mi oído, haciendo que se me erice la piel.
Asiento con la cabeza. Entonces suelta mi mano por primera vez desde que estamos aquí y desaparece más allá de la gente.
Siento el peso de su ausencia, varias miradas se dirigen hacia mí con interés, algunos buscan acercarse y entablar una conversación.
Entre todos ellos, vislumbro una figura femenina que me resulta conocida y hace que mis piernas tiemblen de emoción.
La veo acercarse, sus dos manos sujetando una copa ya vacía.
—Llevo varios minutos pensando en una forma de presentarme que no quedara cutre ni te hiciera salir huyendo. Me llamo...
—Brownie —digo al tiempo que doy un paso hacia ella. Nos damos dos besos a modo de saludo formal.
—Estoy muy emocionada por conocerte, te sigo desde los dieciséis años.
«Tan solo un par de años antes de empezar su carrera en Hollywood por todo lo alto», pienso. La chica había logrado hacerse un nombre rápidamente después de tantas nominaciones y premios en su película debut.
—Lo mismo digo. No hagas tratos con el diablo es una de mis películas favoritas.
La actriz sonríe de manera genuina y me hace devolverle el gesto.
Es realmente preciosa: esbelta y de piel clara, sus ojos de color caramelo y su cabello rubio ceniza largo y ondulado le dan un aspecto casi angelical.
Tiene las mejillas sonrosadas y unas cuantas pecas parecen asomarse tímidamente en la zona de su nariz. Apenas lleva maquillaje.
—El desfile ha sido increíble y tú has estado espectacular.
—¿Lo has visto?
—Una marca me ha invitado al evento, y menos mal. Estaría tirándome de los pelos en mi casa si me lo hubiera perdido.