Capítulo 52
Ethan
Me ha costado encontrar mi asiento. Primero, porque no pensaba que estaría en primera fila y no se me ha ocurrido empezar por ahí.
Segundo, porque cada dos pasos había alguna persona interesada en hablar conmigo, sacarse una foto a mi lado o hacerme alguna pregunta.
Muchos de ellos me han reconocido de las fotos de la campaña que hicimos en Amalfi, que ya decoran muchas de las tiendas y carteles publicitarios en los puntos más importantes de las grandes ciudades.
Finalmente ha sido Maia la que ha venido en mi busca y me ha mostrado mi asiento, al lado del suyo.
Cuando estoy sentado, no sé qué hacer. A mi alrededor, la gente susurra en pequeños grupos cerrados, discretamente. En el bar de mi pueblo se hace más ruido que en todo este espacio con miles de personas, todas vestidas con atuendos elegantes que sé que jamás podría permitirme.
Yo mismo estoy irreconocible. Me siento un extraño enfundado en este traje negro, camisa blanca impoluta (ahora arrugada después de haber estado acurrucado en el suelo junto a Dahlia) y corbata roja oscura. Por Dios, yo nunca llevo corbata y me está picando una barbaridad.
Trato de no pensar en ello y aprovecho para revisar el móvil y leer los mensajes que Andrew me ha mandado a lo largo del día.
También tengo algunos de Taylor, con una lista de «posibles» ideas para regalar acompañada de «No te olvides de mi cumpleaños».
No podría hacerlo aunque quisiera; es el Día de la Independencia.
En ese momento, el ambiente cambia y me hace levantar la cabeza de la pantalla. Las luces se vuelven más tenues y el público centra su atención en el escenario después de la gran espera. El espectáculo ha acabado retrasándose más de una hora.
El nombre de Romuald aparece en las grandes pantallas con su caligrafía característica. Empiezan a sonar en directo los primeros acordes de una famosa canción y a su ritmo sale la primera modelo, la elegida para abrir el mayor desfile de la Semana de la Moda de París: Nicole Rousell.
Dahlia me había explicado la importancia de las posiciones en un desfile, por qué todas quieren ser las primeras y abrir un espectáculo.
La chica de piernas largas y cabello castaño esboza una sonrisa ladeada, que en otra ocasión habría considerado sexy.
Recibe una gran ovación del público y su entrada rápidamente se convierte en un baño de cámaras y flashes.
Detrás de ella comienza a salir el resto de las modelos, pero hay un aura que rodea a Nicole que es imponente: la seguridad de que todo el mundo la está viendo a ella primero.
La arrogancia la muestra como un complemento más y al público parece encantarle.
Sería estúpido tratar de negar que es guapa, todas las modelos lo son, pero mis ojos no le prestan demasiada atención, sino que buscan en aquel punto lejano del escenario una figura conocida, la de mi chica pelinegra.
Cuándo mi subconsciente ha decidido referirse a ella como «mi chica» es algo a lo que no quiero enfrentarme ahora mismo. Con todo lo que ha pasado en su camerino, tengo los sentimientos a flor de piel.
Después de nuestra conversación, he tenido que hacer uso de todo mi autocontrol para no ir tras ese cabrón de Wyatt y pegarle una paliza. Me dan igual las apariencias y las críticas, me quedaría muy a gusto.
Dahlia aparece casi la última, seguida por otras dos chicas, antes de cerrar la primera colección del diseñador.
Puedo ver cómo, a pesar de estar posicionada al final, consigue recuperar la atención de la gente: todos los ojos siguen su recorrido pendientes de sus movimientos, como si fuera la única persona sobre el escenario.
Dahlia tiene ese efecto, el que hace que no puedas apartar la vista, que sientas que siempre necesitas más. Yo siento ese magnetismo y cada vez es más fuerte.
La veo distinta, no solo por el maquillaje; camina de modo firme, ignorando todas las reacciones que provoca a su alrededor, su mirada fija en un punto lejano, más allá de todo este escenario. Sé que lleva puesta su armadura.
No repara en mi presencia, sé que es obvio, pero una parte de mí desea que sea consciente de que estoy aquí, de que no está sola. Antes de darme cuenta, Dahlia desaparece por el mismo camino que las demás chicas y mi atención se desvía del resto de las modelos.
Tras unos minutos de expectación, aparece la segunda colección, totalmente distinta en formas y colores.
Veo cómo, una tras otra, las chicas lucen unos diseños más elaborados y distinguidos, mostrando el verdadero talento del diseñador.
Pero, esta vez, Dahlia no está entre las modelos que desfilan.
Frunzo el entrecejo, confuso, al igual que el resto de los asistentes, que se percatan al mismo tiempo que yo de la ausencia de la influencer . Todos la esperaban a ella.
Un murmullo generalizado se hace oír por encima de los aplausos para cuando Romuald sale a saludar y dar la despedida a su colección.
Todas las modelos aparecen de nuevo para caminar una última vez sobre el escenario y unirse a la ovación al diseñador. De nuevo, Dahlia no está entre ellas. Supongo que haber causado el retraso del desfile ha tenido consecuencias.
Siento un tirón en el pecho y aprieto los puños.
No se lo merece. Wyatt ya le ha robado muchas cosas, no puede haberle arrebatado esto también. Necesito saber que está bien. Necesito estar con ella.
Me levanto dispuesto a largarme de aquí en el momento en el que Romuald empieza su discurso, pero la mano que ahora rodea con fuerza mi muñeca me detiene.
—Vuelve a sentarte, Ethan.
Hago lo que me dice a regañadientes, porque mis únicos dos encuentros con Maia me han enseñado —por las buenas— que nunca, pero nunca, quiero verla enfadada. No pienso averiguar su manera de hacer las cosas por las malas.
Me revuelvo en el asiento, ignorando a la gente a ambos lados, que me mira molesta por mis movimientos, y me pongo a escuchar lo que dice el diseñador.
—Esta colección es un reflejo de mi carrera, de cómo un sueño se convierte en un imperio dispuesto a servir a la mujer y su empoderamiento. Por eso, no solo el desfile de hoy, sino toda mi carrera, se lo dedico a mis chicas.
Su discurso es interrumpido por aplausos intermitentes mientras muestran a través de las pantallas gigantes a todo el grupo de modelos en el backstage .
—Esta pasarela no ha comenzado con uno de mis primeros diseños, sino con el que menos me representó nunca, bonito y llamativo por fuera, envenenado por dentro con lo que sabía que quería pero no podía tener.
Se lo arrebaté a su dueño, aun sabiendo que jamás sería enteramente mío.
Nuestras acciones nos persiguen, casi pone fin a mi carrera incluso antes de que empezara.
Lo llamé Pájaro Blanco, pensé que así ocultaría que había jugado sucio, pero para mí sigue oliendo a polvo.
Abro la boca. Vaya, Romuald es todo un intenso.
Sus palabras llevan un mensaje encriptado del que pocos parecen darse cuenta, pero yo sí.
No ha escogido a las modelos estratégicamente para mantener la atención del desfile; las ha utilizado para contar la historia que ha querido, como un reflejo de su colección.
Eso, a Nicole, ya no la deja en tan buen lugar.
Al final, Dahlia sí ha tenido siempre a alguien de su parte.
Me pregunto si está sintiendo la misma satisfacción que yo siento ahora mismo. Por supuesto que sí.
—La segunda colección es lo máximo que puedo ofrecerles; creo que, con ella, he podido alcanzar mi punto álgido. Les doy las gracias por haber estado aquí esta noche acompañándome y siéntanse afortunados de haber podido presenciarlo.
El público estalla en aplausos cada vez más sonoros. Romuald no se separa del micrófono, lo que da a entender que todavía no ha concluido su discurso.
—Como he anunciado, este es el principio de una era, pero, para que algo comience, otra cosa debe llegar a su fin.
Ha habido muchos rumores acerca de mi jubilación en el mundo de la moda y quién heredará mi marca.
Siento decepcionarlos diciendo que no es algo que simplemente se pueda dar o quitar.
—Gritos de asombro y desconcierto inundan la multitud, todos empiezan a mirarse unos a otros con la boca abierta—.
No me gusta llamar a esto una despedida, porque sé que los dejo en buenas manos.
En ese momento, se produce un corte de luz de uno de los focos en el fondo de la pasarela, seguido de otros, como si el alumbrado se hubiese vuelto loco. El equipo de sonido se une al descontrol, suenan los acordes del estribillo de la canción «This Feeling», de The Chainsmokers, a punto de romper.
—Creo que el espectáculo no ha terminado. Les había prometido algo impresionante, ¿no es así?
Entonces aparece, todas las luces apuntando en su dirección, como si le hicieran falta para brillar siquiera. Ella las eclipsaba todas.
El público estalla en aplausos desde sus asientos.
Se me hincha el pecho y la cara me duele porque los músculos de mi boca se niegan a dejar de sonreír. Joder, está preciosa.
Lleva un vestido voluminoso con muchas capas y varios tipos de telas, todas ellas blancas, unas encima de otras creando un efecto de ondas bailando a su son.
Sobre sus hombros, parcialmente cubiertos con un manto de tul que igualmente deja entrever sus clavículas, cae a través de su espalda una extensión más del vestido, una enorme cola que se extiende varios metros por detrás de sus infinitos tacones, los únicos que rompen la pulcritud del conjunto del mismo color que sus labios, rojos como el fuego.
La música suena, Dahlia se mueve a su ritmo, pero parece que hasta las notas acaban rendidas a ella.
El estribillo rompe y, en ese instante, lo hace también su vestido.
Sus manos se deslizan por la parte delantera antes de estirar los brazos hacia atrás y desprenderse de muchas de las capas, mientras que las restantes, las que hasta ese momento estaban por dentro, brillan con diferentes tonos anaranjados, como si se estuviese quemando.
—El verdadero fénix, damas y caballeros, resurge siempre de sus cenizas.
No puedo evitarlo. Antes de que mi mente sea consciente de ello, mi cuerpo ha tomado el control. Me levanto de mi asiento de un salto y pego un grito, con los brazos levantados y mis manos en puños.
—¡Sí! ¡Vamos!
—Chaval, no estás en un partido de fútbol. Siéntate.
—Perdón —me disculpo, pero sin sentirlo en absoluto.
Miro hacia Maia, pero esta vez no me dice que me siente. Solo está sonriendo.
Vuelvo a mi silla, sin apartar en ningún momento los ojos de ella y sin borrar la sonrisa.
En cuestión de segundos, no hay rastro de la parte delantera, tan solo un vestido de pedrería, muy ajustado y muy pequeño, cubriendo lo estrictamente necesario para todos los públicos, dejando espacio a la imaginación. La mía está desatada.
Cuando llega al final del escenario, posa mirando al frente, sus manos en las caderas, su semblante firme.
Entonces, por primera vez desde que ha subido a la pasarela, rompe el personaje, gira su cabeza hacia mí y nuestras miradas se cruzan.
Como si ya supiera que estaba aquí, como si hubiese sentido mi presencia sin necesidad de verme todo este tiempo.
Me sonríe y yo me siento el tío más afortunado de todo París.
Me guiña un ojo justo antes de coger las capas del vestido y hacerlas volar mientras gira para volver a recorrer la pasarela. El público estalla en gritos tan fuertes que me llevo la mano a los oídos en un acto reflejo.
Dahlia ni se inmuta, pero mantiene la sonrisa durante todo el camino de vuelta. Se detiene al lado de Romuald, que le coge la mano entre las suyas y la besa en los nudillos.
—El talento no se crea. Puede trabajarse, puede evolucionar, pero, para ello, primero tiene que estar ahí.
Dahlia Harris es la definición más exacta, a la que yo he podido llegar, de ello.
Ha sido un honor, querida. Eres la mejor modelo de esta generación y serás una de las mejores diseñadoras de la siguiente.
Este diseño es suyo y es solo el comienzo. Buenas noches.
Todas las luces se apagan. No dejan el espacio en completa oscuridad, pero sí la necesaria para que sus figuras desaparezcan del escenario sin ser vistas.
Cuando las encienden de nuevo, no hay rastro de ellos.
Pero, de la bomba lanzada, todavía quedan restos.
La gente sigue aplaudiendo, levantándose para una última gran ovación.
Yo no me quedo a verlo, me levanto de mi asiento a toda velocidad sin detenerme. Maia tampoco lo hace. Nadie va a impedirme ver a mi chica.