Cualquier destino menos contigo Capítulo 51
66%

Capítulo 51

Dahlia

Lo hago, se lo cuento todo, incluso aquello que no he compartido con Maia.

Fuimos al evento de inauguración de la nueva tienda de una famosa marca de ropa, Wyatt era mi acompañante. Él no quería venir, no le gustaba aparecer conmigo en ese tipo de compromisos porque yo era la protagonista.

Los periodistas me rodearon y me hicieron preguntas, solo a mí. Wyatt se metió en el baño. Nicole había desaparecido y yo me sentía inestable.

Vi por primera vez a Finn McLean en la fiesta. Sabía que estaba allí, Wyatt se había encargado de recriminarme que me miraba demasiado, como si fuese culpa mía o fuese yo quien buscara su atención.

Follamos en el baño y se sintió frío. Fue rápido e incómodo, como si se tratase de otra de las cosas del programa de la noche que había que tachar de la lista. No me corrí, pero no podía herir su ego. Yo ya era suficientemente difícil.

«Te quieren porque solo les enseñas tu parte bonita y resulta ser mentira. ¿Por qué yo tengo que quedarme siempre con lo feo?».

Sus palabras tras nuestro polvo se incrustaron en mi cabeza, provocando otra grieta.

Cuando entré en el baño de nuevo en su busca, lo encontré. No estaba solo.

La figura femenina que lo acompañaba estaba de espaldas, su cabello liso y largo cubría la mayor parte de su espalda, pero yo la hubiera reconocido en cualquier parte.

Entonces, como un puzle, todas las piezas empezaron a encajar: los viajes de ambos, cada vez más frecuentes, en los que compartían destino en la mayoría. No había pensado que estaban compartiendo también la cama.

O tal vez sí lo sabía y me había puesto una venda en los ojos a mí misma, pero, como se había caído, ya no podía seguir fingiendo que solo estaba en mi cabeza como quería.

Reconocí a Nicole al instante, las manos de Wyatt tocando su cuerpo en los mismos lugares que había tocado el mío apenas minutos antes. Él se apretaba en el espacio entre sus piernas y tenía la cabeza hundida en su cuello.

No podía dejar de mirar, no había sido la única que había estado construyendo una mentira. Estaban hablando:

—Tenemos que salir, alguien podría vernos.

—Somos amigos, tú la mejor amiga de Dahlia Harris y yo su increíble novio. Nadie sospechará nada viéndonos juntos.

—¿Ella no sabe nada?

—No y, aunque lo supiera, no cambiaría nada. No haría nada. Joder, Nicole, la conocemos mejor que nadie. Puede que la gente diga que está hecha de oro, pero tanto ella como nosotros sabemos que no vale nada. Se lo he dicho antes, ¿quién más soportaría ver cómo es en realidad?».

—¿Has estado antes con ella?

—¿Qué querías que hiciera? Somos pareja.

Aunque me gusta más estar dentro de ti; ella es la Reina del Hielo hasta para follar.

¿Sabes que ahora quiere jugar a ser diseñadora?

—Se rio secamente—. Encontré unos garabatos suyos el otro día, ese viejo Romuald seguro que se mofó en su cara.

La chica es guapa, que se aproveche de su cara bonita y use sus piernas largas para abrirlas más y relajarse.

—¿Ella es más guapa que yo?

—Nicole, la belleza es objetiva y Dahlia Harris es preciosa, pero eres tú la que me vuelve loco cuando me dejas...

No escuché nada más, ya estaba corriendo fuera del baño con cada una de esas palabras incrustadas en mi mente. Entonces tomé una decisión: no me importaba destruir mi fuerte para derribar su castillo.

Él me había dado una vez más donde más me dolía. Por primera vez, se la devolvería.

Lo hice. Besé a Finn McLean y fingí que todo me daba igual.

El resto es historia. Y me ha traído hasta aquí.

No sé cuánto tiempo pasamos en el suelo abrazados, pero no me importa. No me importa el desfile. No me importa que mi móvil no pare de sonar. No me importa saber que, de nuevo, voy a ser la Reina del Hielo a ojos de todos.

Tampoco me importa haber mostrado mis grietas, no a él. No cuando en ningún momento me ha soltado. No cuando, cada vez, está abrazándome más fuerte.

Antes, confesando un secreto, me sentía atrapada sabiendo que le daba a otra persona el poder de destruirme, de hacerme daño. Supongo que ese hecho no cambia, pero con Ethan es distinto, con él comparto mis secretos y eso, de alguna forma, hace que pesen menos.

Este momento es la calma que precede a la tormenta, lo sé antes de que esta entre en forma de un huracán vestido con un traje de terciopelo azul marino y unas gafas con cristales naranjas.

—Dame una buena razón para que haya tenido que retrasar la presentación de la colección por tu culpa. —Son las primeras palabras de Romuald antes de cerrar la puerta—. Lárgate de aquí, niño, necesito hablar con mi modelo.

Ethan desvía su mirada hacia mí, esperando mi respuesta. Asiento con la cabeza y tengo que luchar para que mi cuerpo no proteste al separarse de él.

—Tira esas flores —le digo.

—Con mucho gusto. —Las coge sin ningún cuidado y se las lleva colgadas bajo la axila, con los pétalos cayendo a su paso.

Desaparece por la puerta.

Romuald sigue manteniendo silencio, con los brazos en jarras y las cejas levantadas, esperando una explicación por mi parte.

—Te dije que no quería que Nicole abriera el desfile —respondo, cruzándome de brazos.

No voy a ceder, no en esto y menos después de mi conversación con Ethan.

Sé que mi comportamiento está lejos de ser ejemplar, pero soy yo la que dio la idea para la colección.

Soy yo la que luce todos sus diseños. Soy yo la que le ha devuelto con creces todo lo que él me ha dado, ¿y la escoge a ella?

—Y yo, que pensaba que era mi desfile. —Se lleva el dedo índice al mentón y dibuja pequeños círculos sobre su barba perfectamente recortada—. Espera, sí que lo es. Me da igual lo que tú quieras, Dahlia.

—Si mi opinión te importa tan poco, ¿por qué me preguntaste anoche?

—Quería descubrir si lo sabías.

Entonces me doy cuenta. Sí se trataba de una prueba, con Romuald siempre lo es.

Antes de que pueda preguntar, se adelanta.

—Parte de mi trabajo consiste en conocer a mis modelos. Eso simplemente se sabe, salvo que quieras estar ciego. —Pone los ojos en blanco. Siento que hay un significado más allá de sus últimas palabras. Uno que va dirigido a mí.

—¿Desde cuándo?

—Antes de que desaparecieras. ¿Y tú?

Me quedo varios segundos callada.

—También.

Algo cambia en su rostro cuando lo digo. ¿Pena? ¿Arrepentimiento? Romuald nunca muestra sus sentimientos; siempre deja claro que, para él, nosotras somos trabajo, jamás ha querido romper la barrera profesional.

—Lo siento, mi niña. Nunca te merecieron, ninguno de los dos. —Posa su mano sobre mi hombro. Su contacto me sobresalta, Romuald siempre busca mantener las distancias, en eso somos iguales. Pero ahora está... ¿consolándome?—. Y tu opinión sí me importa, si no, no estaríamos aquí.

Soy por fin consciente de lo que eso quiere decir. El desfile aún no ha empezado, no ha empezado sin mí.

—Esperaba haber podido hablar esto antes, pero decidiste comportarte como una cría, así que lo haremos mientras arreglan este estropicio. —Señala mi cara, suelto una risa seca—. No quiero que le des a nadie el gusto de verte llorar. Jamás.

Ahí está, su especie de instinto paternal conmigo.

Me desquicia y reconforta a partes iguales.

Yo nunca había tenido padre, al menos uno que actuara como tal, cuando Romuald me dio mi primera oportunidad sobre una pasarela y me presentó a algunos de sus colegas diseñadores.

Me acogió bajo su ala, vio potencial en mí.

Pero también me ayudó a distinguir las dos caras de este mundo.

Me siento en la silla, enseguida entran mis maquilladores y estilistas y vuelvo a tener cuatro manos volando por encima de mi cabeza.

—¿Por qué la has elegido a ella? Sabes que no lo merece. —Necesito saberlo.

—Creía que te gustaba el póker, Dahlia.

Arrugo el entrecejo, confusa.

—¿Qué tiene que ver con esto?

—Que tú mejor que nadie deberías saber que siempre hay que tener un as bajo la manga. Y el mío siempre has sido tú.