Cualquier destino menos contigo Capítulo 50
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Capítulo 50

Ethan

No puedo resistirlo más.

Cuando he visto a Wyatt entrar en su camerino con el enorme ramo de flores, me he dicho a mí mismo que eso no era de mi incumbencia.

He tratado de ignorar el tirón que he sentido en el pecho durante diez minutos enteros.

Diez minutos con la mirada fija en la puerta, nadie más ha entrado o salido después de Dahlia.

Sabía que tenía que ocupar mi sitio en las gradas del público, pero, tras oír el anuncio del diseñador —y la reacción de Dahlia— quería saber si estaba bien.

Necesitaba verla, es eso.

La espera me estaba matando.

No me gusta Wyatt. Como he dicho, ya no lo hacía cuando jugaba al fútbol y su equipo robó al mío dos veces consecutivas la victoria en el campeonato de la NFL. Pero eso ahora se ha vuelto secundario.

No me gusta cuando pienso que alguna vez ha tenido a Dahlia entre sus brazos. No me gusta cuando veo la forma en que se oscurece la mirada de ella al pronunciar su nombre. No me gusta saber lo vulnerable que la ha hecho sentir y no me gusta cómo ella trata de huir de él en sus pesadillas.

No me gusta que quiera recuperarla. No me gusta que crea que la merece siquiera.

Así que dejo de luchar contra mis impulsos, mi cuerpo toma el control y antes de darme cuenta ya estoy frente a la puerta del camerino. No me molesto en llamar antes de abrirla de par en par.

—Aléjate de ella. —Hasta yo mismo me sorprendo de lo gutural que suena mi voz.

Dahlia está apoyada contra la pared, Wyatt peligrosamente cerca de ella. Puede confundirse con una posición comprometida, íntima, pero una mirada a la cara de ella es suficiente para decirme que no se trata de eso. Menos mal.

—Pero si es tu mascota —dice Wyatt, sin separarse todavía de Dahlia—. La correa no es muy larga, por lo que veo.

—Y tú, por lo que veo, tienes un instinto suicida. Eso o alguno de los muchos golpes que recibías en la NFL te acabó por dejar tonto del todo. No te lo voy a repetir: apártate de ella.

Soy tan solo unos centímetros más alto que él, pero sus hombros son el doble de anchos.

A pesar de su retirada, sigue conservando su cuerpo atlético, no dudo que todo eso que tiene debajo son músculos bien desarrollados dispuestos a darme una paliza.

Tal vez lo hiciera, pero él tampoco saldría impune.

Y por muy estúpido que fuera por mi parte, disfrutaría cada minuto.

Por fin se separa de ella, con su mirada clavada en mí; yo la sostengo con los ojos entornados. No retrocedo aun cuando quedamos muy cerca el uno del otro, nuestras frentes casi rozándose; un desafío.

—No pienses ni por un segundo que le importas. Tú no eres nadie. —No dejo que sus palabras me afecten. En otro momento, de otra persona, lo harían. Pero no pretendo concederle ese honor—. Y no te confundas: no es oro todo lo que reluce. Ella no...

Entonces sí que no lo dejo terminar. Las palabras que tuviera en la boca se le atragantan cuando lo empujo con ambas manos contra la pared y le aprisiono el cuello con un antebrazo; suena un golpe seco.

—Ni te atrevas a hablar así de ella, ¿me oyes?

Suelta una risotada con esfuerzo, la acallo apretando un poco, haciendo que exclame un quejido en busca de aliento.

—No puedo creerlo, te has encoñado con ella. No te culpo, tío, a mí también me volvía loco cuando me la chupaba y se lo tragaba todo...

Suelto su cuello, lo estampo enérgicamente contra la pared y vuelvo a ahogarlo con mi antebrazo. Opone resistencia, pero no le sirve de nada; no esperaba que lo superase en fuerza bruta. Sus ojos se abren como platos.

—Ethan —la voz de Dahlia es la que me devuelve a la realidad—, que se vaya, por favor.

Es tan solo un susurro, pero suena tan rota... que hago caso. Lo dejo ir. Retiro mi brazo y Wyatt se dirige rápidamente hacia la puerta, no sin antes decir:

—Volverás conmigo, Dahlia, y yo te estaré esperando.

«Por encima de mi cadáver».

Cuando desaparece, el espacio entre estas cuatro paredes de plástico queda en completo silencio.

Me giro hacia el sitio en el que he visto a Dahlia nada más entrar.

Sigue ahí, quieta, pero está sentada en el suelo, con las rodillas dobladas contra su pecho y su cara oculta en ellas; se abraza a sí misma y se balancea ligeramente hacia delante. Me lanzo hacia ella.

—Flor, ¿estás bien? —Cojo varios mechones de pelo entre mis dedos con la intención de apartarlos, pero ella me lo impide.

—¿Qué haces aquí?

No responde a mi pregunta. Yo tampoco a la suya.

—Dahlia, dime que estás bien para que pueda pensar con claridad —insisto. Estoy empezando a ver rojo de la rabia acumulada.

Cuando trato de hacerla reaccionar, se encoge todavía más separándose, como un acto reflejo. Protegiéndose.

—¿Te ha pegado? —Mi voz suena ronca de ira—. ¿Alguna vez ese cabrón te ha pegado?

Tengo que controlarme para no gritar, aprieto los puños con fuerza. Hace mucho tiempo que no estoy tan cabreado.

—Él no haría... —comienza diciendo, pero se interrumpe antes de volver a hablar.

Su voz tiembla—: Nunca me ha puesto una mano encima.

Hubiera sido arriesgado, teniendo en cuenta que me desnudo en cada trabajo para las sesiones; él lo sabe.

Cuando quiere hacerme daño, ataca donde sabe que duele más, por dentro y en lo más profundo, para que todas esas heridas no se vean.

«¿Para que no se vean? Una mierda. ¿Cómo es que nadie se ha dado cuenta jamás del cambio?». En este momento lo odio todavía más y me entristezco porque el mundo se haya perdido a la verdadera Dahlia. Joder, hemos perdido todos. ¿Es que no ve la luz que desprende?

—¿Por qué no lo contaste? Fuiste tú quien lo dejó.

Recuerdo todos los titulares, Andrew se había encargado de mandarme cientos de enlaces con información acerca de la ruptura de Dahlia Harris y su paradero desconocido. Leí todos y cada uno de ellos:

«Dahlia Harris tira por la borda su relación con su prometido».

«Wyatt nos cuenta cómo se siente tras la traición de Dahlia Harris».

«El amor de Wyatt no fue suficiente para derretir el corazón de hielo de Dahlia Harris».

«Ella me humilló».

«Dahlia Harris, ¿desaparecida?».

Desapareció durante más de dos meses. Hoy en día nadie puede desaparecer tan fácilmente y ella lo hizo. Yo pensé que era una niña caprichosa que simplemente se había aburrido y quería volver a llamar la atención.

Al contrario, estaba huyendo de ella.

Antes no había querido ver las pistas, pero estoy empezando a unirlas.

Por primera vez desde que he entrado aquí, Dahlia levanta la cabeza para mirarme y, al ver mi expresión, se da cuenta de que lo he entendido todo.

—Por favor, Ethan, vete... —Una súplica. Pero esta no puedo cumplirla.

—No me voy a ir a ninguna parte, flor. —Alejarme de ella es lo último que quiero hacer ahora mismo—. Cuéntamelo.

—Nosotros no hablamos de estas cosas.

—Fingimos para el resto del mundo y entre nosotros cuando es necesario.

Es la nueva regla de la servilleta, ¿recuerdas?

—La escribí en el trozo de papel después de mi confesión en Turquía, siendo consciente de que nuestro trato comenzaba a tener límites muy difusos. Ahora mismo no puede importarme menos.

Asiente levemente con la cabeza. Su respiración es acelerada, toma una bocanada de aire antes de hablar.

—Wyatt decidió contar su versión primero. La primera nadie la pone en duda, ¿sabes? En las redes sociales, basta una sola imagen para poner a la gente de tu lado... y a todos en tu contra.

Ella había sido la villana.

—¿Por qué no contaste tu versión?

—Hubiese parecido que trataba de justificarme o protegerme. Nadie nunca iba a creerme a mí.

Yo. Quería decirle que yo la habría creído; sin embargo, unos meses atrás eso hubiera sido mentira. La había juzgado todos estos años. Pero ahora he visto en primera persona la manera en que Dahlia se cubre con esa armadura en la que nadie más parece reparar.

Nos tiene tan acostumbrados a ver a la Reina del Hielo que nadie se percata de que, durante el proceso, sus ojos dejan de brillar y el hoyuelo que tiene en la mejilla desaparece. Yo jamás me había dado cuenta hasta ahora. Como todos, me había creído ese papel.

Y, joder, me da rabia haber estado tan ciego.

—Decidí que, como no tenía a nadie de mi parte, sería la mala. Y resultaba más satisfactorio golpear a Wyatt donde sabía que más le dolería: en el orgullo. No me acosté con Finn McLean, solo hice creer a todo el mundo y a él que sí. Y me dio igual.

Quiero abrazarla, lucho contra el impulso de hacerlo porque tengo miedo de no ser capaz de soltarla.

—Sobre lo que ha dicho... —empiezo diciendo, sin saber muy bien cómo voy a continuar. Necesito que sepa que ninguna de las palabras de ese imbécil está cerca de la realidad, pero Dahlia habla antes de que pueda continuar.

—No necesito que mientas por compasión, Ethan. Wyatt es un cabrón, pero tiene razón en esto. Soy un juguete roto, estoy... muy rota. —Se le escapa un sollozo.

«Juguete roto». Esas palabras me afectan de una manera que ella no es capaz de imaginar, pero en este instante no puedo pensar en ello. Me centro en Dahlia, que aún está abrazada a sí misma.

Lo mando todo a la mierda, recortando el espacio entre nosotros. Necesito tocarla, necesito que sepa que estoy aquí con ella.

Tengo miedo de que se aparte, pero no lo hace. Sostengo su cara entre mis manos, las yemas de mis dedos acariciando su piel extremadamente suave, y la obligo a mirarme.

—¿Y qué si estás rota, Dahlia? ¿Quién no lo está?

El problema es quién nos metió en la cabeza que eso es malo.

Las heridas solo nacen cuando vivimos, las grietas solo aparecen cuando nos abrimos al resto del mundo, aunque nos hagan daño, aunque duela muchas veces.

Nos pasamos la vida avergonzándonos de ellas y tratando de tapar los agujeros.

—Por su mejilla desciende una lágrima, la borro de inmediato—.

Pero nos olvidamos de que esas grietas son la única forma de que pueda entrar la luz.

No hay nada malo en ti, flor. Ni una pequeña parte.

—Tengo miedo —confiesa en un susurro después de pasar lo que me parece una eternidad en silencio—. Tengo miedo de que la gente se dé cuenta de que tenían razón conmigo; que, cuando descubran qué hay debajo, vean que no vale la pena.

—A mí me gusta lo que veo. Me gusta lo que veo siempre que te miro, Dahlia.

Esas palabras son el desencadenante de una cascada de lágrimas; es la primera vez que la veo llorar y quiero que sea la última, como si mi cuerpo no pudiera soportar esa idea siquiera.

Sigo sosteniéndola, sin querer romper el contacto, pero es ella la que se mueve primero. Solo que más cerca. Su cuerpo se junta al mío, tanto que ya no hay espacio suficiente para los dos. Acaba subida a mi regazo, sus piernas dobladas y mis brazos rodeando su cintura, atrayéndola más contra mí.

Encajamos a la perfección, como si cada centímetro de mi cuerpo estuviera hecho a su medida.

Esconde su cara en el hueco de mi cuello mientras yo acaricio su pelo hasta que los sollozos cesan. Entonces la oigo decir:

—Esa no es toda la historia.

—Libérate, flor. Suéltalo todo.