Capítulo 49
Dahlia
Ese es el motivo por el que no lo he visto rodeado de cámaras, sabiendo lo mucho que le gustan. No ha estado en el photocall porque ha estado aquí.
—¿Te gustan? —repite la pregunta.
—Creo que te has confundido de camerino. —Trato de que mi voz suene firme, pero no lo consigo.
—Te buscaba a ti. —Wyatt recorta la distancia entre nosotros y su repentina cercanía me desestabiliza—. Dahlia, he venido para decirte que lo siento. Sé lo que debes pensar de mí, pero me equivoqué al creer que podía llenar el espacio que dejaste con Nicole.
Su pelo ahora está más largo y también se ha dejado crecer la barba. Desde tan cerca, me fijo en sus rasgos angulosos y en cómo aprieta la mandíbula mientras habla.
—Durante estos meses, he soñado contigo todas las noches; ha sido una tortura. Es a ti a quien quiero, Dahlia. Siempre ha sido así.
Tal vez yo fuera la protagonista de sus sueños, pero era el cuerpo de otra mujer el que calentaba el suyo. Y quería perdonárselo.
—Lo peor que he hecho nunca es hacerte daño, Dahlia. —No para de pronunciar mi nombre y, aunque no quiero, mi piel se eriza—. Di algo.
—Deberías irte, el desfile está a punto de empezar...
Me muevo con la intención de poner distancia, pero él me imita, manteniendo el corto espacio entre nosotros. Respira entrecortadamente, puedo sentir su aliento rozar mi barbilla.
—No voy a irme hasta recuperarte.
Entonces levanta la mano para acariciar mi mejilla, yo doy un paso atrás y mi espalda choca con la pared. Él abre más los ojos, sorprendido por mi rechazo.
—Dios mío, no puedes soportar que te toque. ¿Es porque te lo estás follando?
Me quedo en silencio. No lo miro a la cara, mi mirada está puesta en el ramo de rosas. Es enorme. Me ha regalado muchos a lo largo de estos años, pero nunca han sido tan grandes.
Somos de la misma altura. Ese estúpido pensamiento entra en mi mente cuando recuerdo que no le gustaba que me pusiera tacones porque entonces mi mirada quedaba por encima de la suya.
Una vez rechazó ir a un evento conmigo por ese motivo; yo tenía un contrato con la marca de los zapatos, no podía cambiarlos.
El caso es que, en aquel entonces, lo habría hecho si hubiese podido porque él me lo había pedido.
Al día siguiente me regaló un ramo de rosas rojas; no era la primera vez que utilizaba las flores como disculpa y a mí me gustaba el gesto, así que ya no me esforzaba en repetirle que odiaba las rosas.
A pesar de eso, ahora me siento pequeña. Muy pequeña.
—Respóndeme, Dahlia, ¿te gusta tu nuevo juguetito? Porque para él solo eres eso, un juego más. Y tú siempre has sido una puta, con tu continua necesidad de atención... Pues ya has conseguido lo que querías, estoy aquí pidiéndote que vuelvas conmigo.
«¿Lo que quería? ¿Eso es lo que cree que estoy haciendo?».
Estoy harta de que me persigan y me pongan la etiqueta de villana. Por supuesto que lo he echado de menos. Antes de él, nunca había dejado entrar a nadie, él fue el primero, en muchos sentidos, y fue también quien consiguió romper algo más que mi corazón.
—Yo sé lo poco que vales en realidad, conozco todas tus partes feas y, aun así, estoy aquí. Nadie más va a quererte como yo, Dahlia.
Todo mi cuerpo se revuelve en un escalofrío.
Porque tiene razón. Nadie se ha quedado nunca, como si conocer más grietas de mí los hiciera huir por miedo a cortarse. Soy una bomba de relojería.
Me he esforzado tanto en crear un personaje al que no pudieran hacer daño que hasta yo he olvidado quién está realmente debajo de todas esas capas. Si sigue existiendo alguien.
—Yo te quiero, joder. —Nunca pronunciamos esas palabras, me acabo de dar cuenta. Nunca le dije «Te quiero»—. Danos otra oportunidad. Los dos hemos cometido errores, pero tú me ves a mí y yo te veo a ti. Vámonos de aquí, déjalo todo. Deja de castigarme y volvamos a casa.
Quiere que me vaya ahora, con él, que lo abandone todo una vez más. Alguna vez pensé que quería hacerlo, que no me hacía falta nada más si lo tenía a él. Alguien que decidiera estar conmigo.
«Joder, Dahlia, ¿quién te ha hecho sentir así?».
Las palabras de Ethan se cuelan en mi subconsciente sin previo aviso mientras recuerdo las chispas que saltaban tras sus ojos, como el reflejo de la luz sobre las olas rompiendo en la arena, salvaje.
Me quiero perder en ese recuerdo, pero Wyatt está delante de mí, esperando una respuesta.
Trato de luchar contra el impulso de darle lo que quiere.
Pero ¿no es lo que yo también quería? Con él iba a tener un hogar, podría pertenecer por fin a algún sitio.
Nadie más tendría que ver las partes más feas de mí misma.
Estoy temblando. Mi cuerpo está entre la pared y el cuerpo de Wyatt, que me acorrala con los brazos apoyados en el tabique a la altura de mis hombros. Su mirada pendiente de mí, que hace que me vaya haciendo más y más pequeña..., como si, en cualquier momento, fuera a desaparecer.
Odio el control que tiene sobre mí, pero no puedo desprenderme de él. Tal vez porque sabe que mis muros son de mentira y, por tanto, sabe cómo atravesarlos para poder llegar a lo más profundo, donde todo duele.
En ese instante, la puerta se abre de golpe y, como si mis propios pensamientos lo hubieran invocado por arte de magia, veo a la última persona que esperaba encontrarme.
Ethan.