Capítulo 48
Dahlia
DAHLIA HARRIS DESAPARECDA A MENOS DE UNA HORA DEL COMIENZO DEL DESFILE.
¿SU ENCAPRICHAMIENTO HA IDO DEMASIADO LEJOS?
Todo es un caos y todavía faltan varias horas para que empiece el desfile.
Trabajadores vestidos de negro con cascos y un micrófono en la cabeza caminan apresuradamente de un lado a otro maldiciendo o gritando órdenes a quienquiera que esté al otro lado de la línea.
Todas las modelos estamos en el backstage , una enorme carpa preparada especialmente para Romuald y su colección.
Decenas de tocadores dispuestos en fila llenos hasta arriba de cajas de maquillaje y utensilios para el cabello.
Un enorme espejo rectangular me devuelve mi reflejo mientras cada centímetro de mi pelo está sostenido por rulos para dar una buena forma a mis ondas naturales.
El maquillaje está listo; es muy suave y natural, pero, como siempre, me han dejado conservar mis característicos labios rojos, en contraste con el resto de las chicas, que llevan tonos nude y brillos.
Los vestuarios están al fondo a la derecha, cada una de nosotras con su propio camerino en donde guardan los conjuntos que luciremos a lo largo del desfile.
Soy la última para la prueba de vestuario antes de comenzar con los últimos preparativos y sesiones de fotos previas al espectáculo, el cual se va a retransmitir en directo en casi todos los países del mundo.
Se han pagado millones por los derechos de imagen, batiendo un récord para el sector de la moda.
Me meto dentro del camerino, donde ya se encuentran Romuald, la directora de vestuario y dos chicas más que me ayudan a encajar todos los conjuntos. Son impresionantes, cada uno de una temática. Es muy típico de Romuald querer contar una historia a través de sus colecciones.
Esta habla del crecimiento y del deseo. La evolución de la moda en la mujer como una extensión de ella misma, comenzando con looks sencillos e inocentes, de estilo tradicional muchos de ellos, sin ni siquiera un nexo común, como una niña que trata de encontrar su estilo al mismo tiempo que desea encontrarse a sí misma, dejándose influenciar por los estereotipos que la sociedad quiere imponerle.
Y el contraste con la segunda colección, el salto a lo más alto, con diseños elegantes pero atrevidos y empoderados.
Con un mensaje en sí mismo: no hay nada más poderoso que una mujer segura de sí misma.
—Ha sido una idea estupenda, querida.
La temática detrás de la colección fue idea mía, incluso colaboré en algunos de los diseños.
Llevo trabajando con Romuald desde que empecé mi carrera como modelo; es el único que me ha dejado aprender de él, que no se ha detenido en una cara bonita y unas piernas largas y que ha estado dispuesto a usar no solo mi imagen, sino mi voz.
El hombre es egocéntrico, superficial y en ocasiones se le olvida fingir el acento inglés que en realidad no tiene. Pero a mí me ha ayudado; no soy lo bastante estúpida para no saber que lo ha hecho para cumplir con sus propios intereses, pero lo ha hecho.
Me quitan con cuidado el último vestido y me quedo en ropa interior delante de las cuatro personas presentes sin sentir ningún pudor.
Veo al fondo a una de las ayudantes coger otra percha.
—Este era el último, ¿verdad?
Tanto la directora como sus ayudantes miran a Romuald, que sigue escudriñándome, sus ojos arrugados y los brazos cruzados, apoyado ligeramente sobre la pared. Está guardándose algo.
Cuando abre la boca para responder, una de sus ayudantes, con los dedos sobre el dispositivo de su oreja, le dice que es hora de atender a la prensa.
—Hablaremos luego, querida. Tenemos cosas que discutir.
Sin dar más explicaciones, se marcha sin despedirse. Así es Romuald.
Me ofrecen una bata que me cubre hasta la mitad de los muslos, me envuelvo con ella y salgo a que me quiten los rulos del pelo, que comienzan a provocarme dolor de cabeza.
Mientras terminan de arreglar mi peinado, veo a través de las pantallas gigantes el revuelo del exterior. Decenas de celebridades invitadas al evento posan en esa especie de alfombra roja que han preparado.
Mis ojos buscan inconscientemente un rostro que enseguida me doy cuenta de que es imposible encontrar. Yo misma lo he querido así. Pensé que no me importaría, pero la verdad es que pesa más de lo que esperaba.
Su presencia me afecta más de lo que estoy dispuesta a admitir. Pero ¿por qué lo hace también su ausencia?
Entre todas las personas famosas, distingo a Brownie, una de mis actrices favoritas.
Por lo que sé, tenemos la misma edad. Ella fue descubierta cuando yo ya llevaba varios años trabajando en mi carrera.
Cuando vi su película debut, por la que le dieron un Óscar, me quedé sin palabras.
Cómo alguien tan joven, con apenas la mayoría de edad, podía guardar tanto dolor en sus ojos y ser capaz de proyectarlo en su personaje.
Desde entonces, aunque no me gusta demasiado el cine, no me pierdo ninguna de sus películas.
Está hablando con los periodistas, regalándoles una sonrisa amable. Como siempre.
Me gustaría preguntarle cómo lo soporta.
La cámara que emite para la mayoría de los televisores del backstage se mueve y enfoca en la dirección por donde entra Romuald, recibiendo con gusto la ovación del público. Todos los medios se arremolinan a su alrededor y va respondiendo a sus preguntas.
—Todas mis chicas están radiantes y más preparadas que nunca. Solo queda esperar a que empiece el espectáculo.
Otra pregunta, su siguiente respuesta.
—Estoy seguro de que no defraudará. No solo es el aniversario del proyecto de mi vida, siento que también es el principio de una era. Los sesenta son los nuevos treinta, ¿no creen?
Todo el mundo se ríe, Romuald tiene el poder de encandilar a las masas, darles lo que quieren sin hacerles olvidar quién es el protagonista.
—¿Puedes adelantarnos quién abrirá el desfile esta noche?
La pregunta despierta mi interés; sin darme cuenta, estoy inclinada hacia delante esperando oír mi nombre.
Oigo la respuesta a través de los altavoces. Su anuncio retumba en mis oídos.
Porque no es el mío el que pronuncia. Varias chicas se giran hacia ella para felicitarla por el honor que supone abrir un desfile así. Pero Nicole me está mirando a mí, como la mayoría de la gente, atenta a mi reacción. Me da igual.
—Ya tienes lo que querías, ¿no te bastaba? —Me levanto de la silla y me dirijo hacia ella, manteniendo una distancia prudencial.
—No quiero competir —contesta, encogiéndose de hombros, con un tono dulce que antes me gustaba; ahora me chirría.
—No es una competición si jamás has estado a mi altura.
Creo oír una exclamación de los presentes, toda la atención está puesta en nosotras. No me gusta la altivez de mis palabras, pero no pienso retirarlo. No cuando estoy enfadada, pero, sobre todo, no cuando confío en mi trabajo.
Es fácil confundir la soberbia con la confianza. Porque yo sigo siendo la Reina del Hielo que se cree mejor que las demás.
Pero, si piensan que no tengo sentimientos, no tratan de destruirlos.
—Soy yo quien abre el desfile, al fin y al cabo —responde sonriendo. Y, en ese gesto que he debido de ver cientos de veces, no reconozco a la persona que quise llamar «amiga».
No sé cómo estuve tan ciega. Cómo me lo creí.
—Que te den —espeto, sin importarme que el resto de las modelos alrededor me miren con una mezcla de lástima y satisfacción.
Salgo de allí apartando del medio a las decenas de cámaras que se agolpan a mi alrededor y a las personas que se cruzan en mi camino. Entre ellas, veo a Romuald.
—Y tú puedes irte a la mierda. —Lo aparto de un empujón y él no intenta detenerme; sabe que no valdría de nada.
Bueno, ya tienen lo que querían de mí: puro espectáculo.
Nadie se ha molestado en venir a buscarme, el desfile está a punto de comenzar y yo ni siquiera estoy vestida, pues sigo enfundada en esta fina bata. También sé que nadie se atreverá a enfrentarse a la Reina del Hielo.
Todo el mundo está ultimando los detalles, corriendo de un lado a otro, por lo que logro hacer el camino de vuelta a mi camerino sin que nadie advierta mi presencia.
Cuando entro, un escalofrío me recorre el cuerpo cuando veo reposando encima del tocador un enorme ramo de rosas rojas. A su lado, un sobre.
Me acerco a él, aunque no necesito leer lo que pone en la tarjeta para saber quién las ha traído aquí. Igual que no necesito girarme en su dirección para notar su presencia en este pequeño espacio.
—¿Te gustan?
La voz de Wyatt inunda cada rincón, haciéndome temblar.