Cualquier destino menos contigo Capítulo 47
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Capítulo 47

Ethan

Solo tendría que haber subido la foto.

Desde anoche me pregunto si ha sido buena idea. Tal vez he cruzado un límite.

La gente, desde luego, se ha vuelto loca.

La publicación es ahora mismo una de las más virales en la red.

En la recta final de la competición de los creadores de contenido, esto resulta muy ventajoso para mí.

He pasado de no tener ninguna posibilidad de ganar ese premio a estar entre los tres primeros candidatos.

Sé que Dahlia es la principal responsable, la chica tiene el toque de Midas, convirtiendo en oro todo lo que toca.

Ella, por otra parte, tiene asegurado el premio en su categoría desde el comienzo. Dudo que haya tenido siquiera rivales.

Pero ese fue el último motivo en el que pensé cuando subí esa fotografía con esa frase. Por alguna razón, la pregunta de Dahlia todavía reverbera en mi mente: «¿Crees que voy guapa?».

La incomodidad que la acompañó me hizo enfadar. Odié que se hubiese sentido insegura por los estúpidos comentarios de gente que no tiene una vida lo suficientemente interesante y tiene que meterse en la suya.

La puerta que tengo delante de mí se abre de golpe, devolviéndome a la realidad. He golpeado con mis nudillos con fuerza sobre la superficie de madera para poder ser oído por encima del jaleo que proviene del otro lado de la puerta de la habitación de Dahlia.

Me encuentro cara a cara con una chica delgada de rasgos asiáticos, piel muy clara, ojos pequeños y alargados, y un cabello negro adornado con mechas rosas en las puntas. Aunque, bueno, cara a cara es decir mucho, mide por lo menos veinte centímetros menos que yo.

Esboza una sonrisa cuando me ve.

—¡Hola, Ethan! Soy una gran fan tuya. —Me tiende la mano a modo de saludo, le correspondo con un apretón—. Me llamo Maia, por cierto. Dahlia está al fondo, terminando el maquillaje.

Maia, la agente de Dahlia. Recuerdo ese nombre en la boca de la modelo en alguna ocasión desde que empezamos el viaje.

La chica se mueve de un lado a otro, con el móvil en una mano y una carpeta en la otra, dando órdenes; sin duda es quien manda aquí.

Me dirijo en la dirección que me ha indicado y veo a Dahlia sentada delante de un espejo rectangular enorme bordeado de bombillas redondas y brillantes. A su alrededor, varias personas juegan con su cabello y dan color a su cara.

—¿Siempre es así? —Dejo mi cartera y mi móvil en la mesa y le robo dos fresas de su bol, que me como enteras.

—Nunca como hoy. Este desfile es muy muy importante.

Por el gran número de periodistas cubriendo cada calle y los miles de turistas que han venido desde todas partes del planeta, me había hecho una idea.

—¿A qué hora es el desfile?

—A las nueve de la noche, aunque yo tengo que estar allí en una hora.

—¿Voy contigo ahora o tengo que ir después?

—Tú no vienes.

Siento un ligero tirón en el pecho. Veo que hace un leve gesto a los estilistas para que se larguen. Cuando ya están a una distancia prudencial —para que no nos oigan, me doy cuenta—, vuelve a hablar.

—No te reservé una entrada. No imaginé que quisieras venir.

—No quiero —respondo rápidamente. Ella no muestra ninguna reacción—, pero pensé que como estamos..., ya sabes..., que esto formaba parte de nuestro trato. —Bajo la voz al pronunciar esa última palabra.

—El viaje acaba en una semana, para entonces todo habrá terminado igualmente ¿no?

Pasan varios segundos antes de que conteste.

—Claro.

Dahlia asiente con la cabeza, luego devuelve su atención a lo que sea que hay en la pantalla de su teléfono. Los estilistas regresan al trabajo.

—Aprovecha para ver la ciudad, mañana ya nos vamos —dice finalmente, dedicándome una mirada de soslayo.

Por culpa de haber perdido nuestro vuelo desde Estambul, he perdido también dos días en París. Mañana a mediodía, la aplicación de Travelator nos mandará los horarios de nuestros próximos vuelos al último destino sorpresa.

—Vale, genial. Buena suerte o rómpete una pierna, como se diga.

—Ethan, disfrútalo todo —contesta; yo le respondo con una sonrisa.

Me despido de ella y del resto de las personas de la estancia, que parecen muy interesadas en seguir mis movimientos; algunas no se molestan en disimularlo.

Tras coger mi teléfono, salgo de la habitación y, al cerrarse la puerta, vuelve a reinar el silencio. Pero de lo que no logro desprenderme es de esta extraña sensación.

¿Me interesa a mí la moda? En absoluto.

¿Quería ir yo a ese desfile? Ni de coña.

Entonces ¿por qué me ha hecho sentir tan incómodo su rechazo? Dahlia tiene razón, esto es solo una cosa temporal, tenemos la misma fecha de caducidad que este viaje.

Demasiado tiempo juntos está empezando a afectarme.

Decido centrarme en lo importante: tengo todo el día para visitar la ciudad, solos París y yo.

No me guío por ningún itinerario, me dejo llevar por mis pies y el transporte público y, a lo largo de la jornada, logro ver los lugares imprescindibles: Notre Dame, el Museo del Louvre, la Ópera de París y el Arco del Triunfo.

Ahora entiendo por qué París es la ciudad favorita de Dahlia: es preciosa. Cada rincón desprende historia, arte y elegancia.

Ya he ejercido mi papel como turista modelo, pero no puedo esperar a ver la magia de la noche causar su hechizo en la famosa ciudad del amor.

Doy un par de vueltas sin rumbo. Por primera vez no siento la emoción de estar en un sitio completamente nuevo, tan solo yo y la aventura.

De hecho, no sé qué hacer.

Joder, me estoy aburriendo, es eso.

Seguramente, ahora mismo, Dahlia me estaría exigiendo que le hiciera algunas fotos y yo me burlaría de ella, pensando, en el fondo, lo bien que se le da estirarse y verse natural.

Iríamos de la mano como acordamos hacer siempre en público, yo caminando más rápido sin darme cuenta y ella tirando cada dos por tres de mi brazo, cambiando la dirección de nuestros pasos sin previo aviso.

Yo le soltaría mis datos curiosos que he visto en internet y ella me diría alguno genuinamente interesante.

¿En qué momento me he acostumbrado tanto a la presencia de Dahlia que ya no me basta mi propia compañía?

El móvil vibra en mi bolsillo por cuarta vez en las últimas horas. Vuelve a ser el mismo número misterioso. Decido seguir ignorándolo, pero lo tomo como una señal para regresar al hotel, descansar un rato y cambiarme de ropa antes de salir por la noche.

A cada momento que pasa, las calles están más abarrotadas, todos caminando en la misma dirección, hacia el mismo icono de París: la Torre Eiffel.

A sus pies, han montado una enorme pasarela rodeada de miles de focos y luces apuntando hacia ella.

Es el desfile con el que se cerrará la Semana de la Moda y Romuald piensa ir con todo.

Eso, al menos, es lo que me ha contado Dahlia.

Cuando llego a la puerta del hotel, es un caos. Miles de cámaras se abalanzan sobre mí con sus flashes, reporteros pisándose unos a otros con preguntas que no soy capaz de entender. Me empujan de un lado a otro y mi cuerpo no logra hacerse con un punto de apoyo firme.

En medio de este gran revuelo, una mano agarra con fuerza mi brazo y tira de mí hacia dentro del vestíbulo; una línea roja para el resto de la gente, al parecer, pues nadie me sigue.

Doy un traspié, pero consigo sobreponerme a tiempo de no caerme sobre la persona que ha conseguido sacarme de ahí. Me quedo sorprendido al ver de quién se trata.

—¿Maia?

La chica está delante de mí, con los brazos en jarras, las piernas ligeramente separadas. Si ella ha sido la que se ha bastado para sacarme de esa marabunta, no sé de dónde ha sacado la fuerza; es realmente pequeña.

—Te he estado llamando, ¿por qué no coges el teléfono? —Su voz es dulce, pero su tono me indica que, ahora mismo, no está contenta conmigo.

Mierda, ella era el número misterioso de las últimas horas.

—No me gusta hablar por teléfono. —Me encojo de hombros.

—¿Y si es un tema importante de trabajo? Eres influencer . Sois exactamente iguales —susurra, más bien para sí misma, así que no sé a quiénes se refiere.

De pronto, el motivo por el que Maia ha podido buscarme hace que se activen todas mis alarmas y mis músculos se tensan.

—¿Le ha pasado algo a Dahlia? —pregunto, inquieto.

—No, ella está bien.

Respiro aliviado. Solo entonces me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Mi corazón recupera su ritmo normal.

—Pero que sea la última vez que no me coges el teléfono cuando te llamo, Ethan James Adams.

«¿Cómo sabe mi segundo nombre?».

Maia está apuntándome con su dedo índice y regalándome una expresión de pocos amigos. A pesar de su baja estatura, la chica impone. Asiento enérgicamente con la cabeza.

—Escucha, tengo que contarte algo y vas a hacer con esta información lo que quieras. Sin presión, no pienso juzgarte. —¿Por qué siento que ya me está juzgando?—. Tienes una entrada para el desfile.

No sé qué esperaba que dijera, pero no esto. Pestañeo una, dos veces.

—¿Cómo?

—Te la conseguí yo. Hace una semana.

¿Una semana?

—Pero Dahlia me ha dicho...

—Dahlia fue la que me mandó reservarla para que fueses su acompañante.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco. Y probablemente me matará cuando sepa que he venido a sus espaldas a decírtelo.

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque sé que ella quiere que estés allí.

—Tal vez ha cambiado de idea...

—No lo ha hecho. —Me corta; su voz es firme, segura—. No estás obligado a ir, pero podrías ir. Si quieres.

Por qué Dahlia ha decidido mentir acerca de la entrada, no lo entiendo. Pero, si voy al desfile, tendré la ocasión de preguntárselo. Ni siquiera dudo.

—No tengo nada que ponerme —le digo a Maia como respuesta.

Por la sonrisa que esboza de oreja a oreja, sé que es la que quería escuchar.

—Ya me he encargado de eso —contesta, como si antes de todo esto ya supiera que iba a decir que sí.