Capítulo 44 #2
Vi por primera vez a Finn McLean en la fiesta. Sabía que estaba allí; Wyatt se había encargado de recriminarme que me miraba demasiado, como si fuese culpa mía o fuese yo quien buscara su atención.
Entré de nuevo en el baño en su busca. Esa última grieta hizo que todo estallara. Sabía que sería el final de cuanto había construido, pero, después de todo, mi castillo ya se había desmoronado. No derramé ninguna lágrima. Al menos, no por él.
—Con un vestido tan atrevido, ¿no te preocupa que se vea la ropa interior?
—¿Quién dice que llevo ropa interior?
Trato de sonar despreocupada, pero no logro forzar una sonrisa. No entiendo por qué solo las mujeres recibimos preguntas sobre nuestra ropa o, peor, nuestra ropa interior.
Me giro hacia otro periodista intentando olvidar las miradas que están puestas en el resto de mi cuerpo.
—A raíz de unas fotos, han crecido los rumores acerca de un posible embarazo...
Dejo de responder, ni siquiera me molesto en despedirme.
Las manecillas del reloj no avanzan. Las largas horas en el aeropuerto no son las únicas responsables de que esté agotada, pero todavía no puedo irme.
Sé que, para algunos, la fiesta continuará hasta las primeras horas del amanecer.
Las modelos estamos excusadas con motivo de lucir perfectas mañana en el desfile: ocho horas de sueño reparador, piel hidratada y nada de alcohol; todas conocemos las reglas.
Sin embargo, irse antes de la medianoche se considera descortés y, para Romuald, un insulto. Así que aquí estoy, mirando atentamente el reloj enorme que cuelga de la pared, esperando que las dos agujas apunten hacia arriba.
Y puede que sea el aburrimiento, o que por primera vez estoy en un rincón apartada sin nadie que busque algo de mí, por lo que cedo por fin al impulso que llevo ignorando toda la noche de coger el teléfono y teclear.
Yo: Odiarías esta fiesta. Todo el mundo viste sin camisas feas.
Ethan el más guapo : Auu.:( Admite que te aburres sin mí.
No esperaba que fuera a contestar, por eso le he hablado.
Es curioso cómo en estas últimas semanas me he acostumbrado tanto a su presencia. Al principio, me esforzaba por ignorarla, pero en algún punto se volvió soportable y ahora... resulta que estoy buscándola.
Yo: ¿Ya has llegado?
Ethan el más guapo : Estoy volando. La wifi está incluida en primera clase.:)
Ethan el más guapo : Manda una foto de la fiesta.
Yo: Foto.
Ethan el más guapo : Pero de ti, tonta.
Yo: Foto.
Ethan el más guapo : Ahora sacando la lengua y haciendo el signo de la victoria.
Voy a contestar, más concretamente para mandarlo a la mierda, cuando una voz masculina que reconozco al instante me hace levantar la mirada del teléfono.
—Estás espectacular esta noche, querida.
Romuald aparece a mi lado sosteniendo una copa de vino blanco.
Con los años he aprendido que solamente se permite beber alcohol en este tipo de celebraciones, solo una copa.
A sus sesenta recién cumplidos, sería injusto decir que lo define la edad, sino que la luce como si de un accesorio más se tratase, con elegancia.
Alto y esbelto, de piel morena y cabello fino y grisáceo, con una barba del mismo color, larga pero perfectamente recortada, sus ojos son pequeños, pero siempre los lleva pintados, lo que provoca que su mirada sea profunda.
—Elegir el vestido adecuado hace todo el trabajo.
—No te quites mérito; son los cambios en el vestido los que hacen que deje de ser anodino.
—¿Te has dado cuenta?
A veces le cuesta ver más allá de sí mismo.
—Siempre has tenido buen ojo para el diseño.
Mi pecho se hincha al recibir el reconocimiento de Romuald. No solo porque sea el gran diseñador que es, sino también porque es... Romuald. No sé explicarlo.
Su personalidad y ego le impiden admitir los logros ajenos a menos que estos merezcan verdaderamente la pena. Lo sé bien, yo he sido muchas veces su víctima.
—¿Y cómo está mi chica favorita?
—Le dices eso a todas las chicas.
—Pero a ti te lo digo de verdad. —También lo sé. Mi relación con Romuald siempre ha sido especial. Tal vez porque nunca ha esperado nada de mí y yo tampoco de él—. Ver mundo te sienta bien, querida. Espero que te hayas estado cuidando.
—¿Lo dices porque he engordado? —No lo he hecho, pero el comentario de aquella periodista todavía está clavado dentro de mí.
Por qué la gente se cree con el derecho de hacer ese tipo de comentarios, es algo que escapa a mi entendimiento.
Sé que vendo mi vida, que es mi trabajo, pero existen barreras, y las he tenido que construir yo.
Me esforcé por hacerme inmune a la opinión pública y ajena, pero luego descubrí que vale tan solo con hacerles creer que no te hiere.
Si te conviertes en la Reina del Hielo, no esperan nada de ti, para empezar.
—No me importa lo más mínimo, sabes que yo no peso a mis modelos. —Es cierto, basa su elección en otros criterios, como el éxito, la presencia, la fama... Me gusta eso de él—. Me refiero de aquí.
Se lleva la mano al pecho, a la altura del corazón. Levanto una ceja y él simplemente sonríe. Siempre ha sido un romántico; me río internamente al pensar que puede estar tragándose nuestro teatro.
—¿Tienes la lista de mañana? —pregunto, cambiando de tema. Quiero confirmar mi posición en el desfile de su colección más especial.
—Esperaba que pudieras ayudarme —me responde, llevándose la copa de vino a los labios. Le encanta hacerse el interesante—. ¿Qué debería hacer con Nicole?
Supongo que él también ha visto la prensa rosa.
Su nombre todavía pincha. Por supuesto, no le dejo ver que me afecta. Romuald es otra de esas personas a las que no les permito ver más allá de mis muros. Respiro hondo y finjo pensar la respuesta.
—Eso depende de ti, es tu desfile. Su andar es demasiado potente y a veces acelera el ritmo. No la pongas para abrir el desfile.
Romuald asiente, como si la pregunta fuera algún tipo de prueba.
—¿Quién debería abrirlo? —pregunta finalmente.
—Sabes que yo. —No es arrogancia, Romuald es consciente de eso. Solo levanta una ceja y sonríe levemente.
Abrir el desfile es, sin duda, la posición más importante.
Como modelo, eres el primer contacto que el público tiene con la colección; debes crear impacto, atraer la atención.
Brillando tú, haces brillar a las siguientes.
Todas sueñan con tener el honor de abrir pasarelas, yo lo he hecho en muchas ocasiones.
Desde que empecé, me he esforzado por ser la mejor, por hacerme un nombre y que luego ese nombre valiese más que mi cuerpo, que me valorasen por algo más que unas medidas perfectas.
Y lo he conseguido. Ojalá muchas más puedan decir lo mismo.
Ojalá algún día nos valoren sin necesidad de tener que alcanzar unos estándares imposibles.
—El reloj ya ha dado las doce, Cenicienta. —Desvío la mirada en esa dirección, las dos finas agujas apuntando al techo—. Tienes suerte de ser mi chica favorita; aprovecha y lárgate de aquí.
—¿Podría ser el afortunado que te acompañe? —dice alguien detrás de mí. Si no tuviera clavada su voz en mi interior, así como cada detalle de esa noche, no la hubiera reconocido, pero se trata de él—: Estás preciosa, Dahlia.
Finn McLean aparece a mi lado con su sonrisa ladeada y el pelo perfectamente peinado hacia atrás.
Nos saludamos con dos besos y, al inclinarme, la siento. Una mirada que provoca que mi cuerpo arda.
Los ojos oscuros de Wyatt están clavados en mí y yo le sostengo la mirada, dispuesta a no ser quien huya esta vez. Solía ser capaz de leer lo que se ocultaba tras esos ojos marrones, o eso creía, pero ahora me resultan tan desconocidos como los de cualquier otro.
Él fue una de las personas a las que sí dejé ver más allá; no puedo cometer el mismo error. No cuando sé el resultado.
Es el primero en moverse dando un paso al frente, en mi dirección, como si quisiera romper la distancia que nos separa.
Una mano sobre su pecho lo hace detenerse.
La chica que está con él, de pelo largo y liso, mueve los labios.
Sigue la dirección de la vista de Wyatt y sus ojos también se posan en mí.
De repente, Nicole, sin hacer ningún movimiento, se vuelve pequeña y desvía la mirada.
Me pregunto si lo saben.
De todas formas, ya no es mi problema. O eso quiero creer, a pesar de que me incomoda la manera en la que se me eriza la piel bajo la mirada penetrante de Wyatt, como si siguiera manteniendo su capacidad de ver a través de mí.
Él sabe todo lo que hay dentro: cristales rotos.
—Cuánto tiempo, Finn. —Trato de recuperar la compostura, pero sé que el chico se da cuenta de lo que pasa.
—Demasiado si me lo preguntas. —Decide seguirme la corriente, como la última vez. Por eso es divertido jugar con él.
—El tiempo es relativo. Además, creo que has estado entretenido.
—Lo mismo digo. —Recorta la distancia entre nosotros, consiguiendo llamar la atención de algunos de los periodistas, que comienzan a disparar flashes en nuestra dirección—. ¿Es verdad? Que Ethan Adams y tú...
—Apuesto a que te gustaría saberlo.
—¿Así ligan los jóvenes de hoy en día? Veo que solo el vino mejora con el tiempo... —Romuald da el último sorbo a su copa.
Pongo los ojos en blanco. En ese momento, mi atención se desvía hacia la luz procedente de mi teléfono. El nombre de Ethan aparece en la pantalla, pero no contesto.
Romuald me mira curioso, casi puedo entrever la sonrisa en sus labios. Desvío la vista de nuevo hacia Finn.
—¿Por qué no nos vamos de aquí? Los dos lo estamos deseando —dice, extendiendo el brazo. Una invitación. Una oportunidad.
Tenía razón, sabe jugar, así que mi respuesta es rodear su brazo con el mío.
—Como mañana no tengas ocho horas de sueño reparador en esa bonita cara, querida —oigo la voz de Romuald a mis espaldas, suena tranquila y con su particular acento—, te la vas a cargar.
Abro la boca para aclarar la situación, cuando entonces añade:
—No me refiero a él, Dahlia.
No me molesto en responder. De una u otra forma, no puede estar más equivocado. Porque esto no es más que una mentira entretejida entre las reglas de una servilleta y las que yo he tenido que poner en mi cabeza. Por mi propio bien.