Cualquier destino menos contigo Capítulo 43
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Capítulo 43

Ethan

—¡Más rápido!

—¡Ya estoy corriendo todo lo que puedo!

De hecho, me sorprende que mantenga el ritmo subida a esos tacones. Tienen por lo menos diez centímetros de altura.

Recorremos el aeropuerto a toda velocidad, esquivando a las personas que se cruzan en nuestro camino e ignorando la atención que atraemos, las cámaras de los móviles que apuntan hacia nosotros y a la gente que intenta interceptarnos para conseguir una foto.

En unas horas seremos portada de varias revistas, estoy seguro. Pero, ahora mismo, no me puede importar menos; lo único que quiero es llegar hasta nuestra puerta de embarque, que no sé a qué distancia está, pero demasiado lejos.

¿Por qué hacen las terminales tan exageradamente largas? Estoy teniendo un déjà vu .

—Más deprisa, Dahlia —le digo, casi sin aliento.

—Me gustaría verte a ti corriendo con esto —responde. Le sorprendería constatar la elegancia con la que mueve su cuerpo, aunque probablemente ya lo sepa.

—Demuéstrame quién es la reina de la pasarela. —Atrapo su mano entre mis dedos y tiro ligeramente de ella, haciendo que dé un traspié, pero se sobrepone de inmediato.

Ninguno de los dos se detiene.

Cuando hemos llegado al aeropuerto, han anunciado la última llamada para nuestro vuelo a París; solo espero que tengan piedad de nosotros y lleguemos a tiempo.

La capital francesa era uno de los destinos que, junto con Chicago, conocíamos incluso antes de tomar el primer avión.

Desde que lo supe, estoy emocionado; nunca he estado allí y será la penúltima parada de este viaje, antes de aterrizar en nuestro destino final.

Es una buena forma de terminar por todo lo alto.

.. y de ponerme hasta arriba de croissants y baguettes .

—¡Por el otro lado! —grita Dahlia, sacándome de mis pensamientos.

Cambio la dirección bruscamente, mis pies resbalan sobre la superficie brillante y tengo que apoyar una mano en el suelo para que mi cuerpo no corra la misma suerte, pero logro dar el giro de noventa grados.

Dahlia sigue yendo detrás de mí—. Es la puerta del fondo.

Desde aquí puedo ver a varias azafatas charlando en el mostrador. Se dan cuenta de nuestra presencia incluso antes de que alcancemos su posición. No me permito recuperar el aliento mientras busco a toda prisa mi pasaporte entre todas las cosas que hay en mi mochila, que no son pocas.

Dahlia, por supuesto, ya lo tiene preparado en la mano.

—Lo siento, ya se ha cerrado el embarque.

No. Esto no puede estar pasando.

—No lo entienden, es superimportante —responde Dahlia, dirigiéndose a la más bajita de ellas, que la mira con atención y con las mejillas sonrosadas. Me doy cuenta de que sabe quién es—. Desfilo en la Semana de la Moda de París, tengo que montarme en ese avión.

—Ojalá pudiésemos hacer algo, pero ya está en pista preparado para despegar.

—¿No pueden parar el avión? —pregunto. Todas se giran en mi dirección con expresiones confusas. Dahlia se encoge de hombros y niega con la cabeza—. ¿Qué? En las pelis lo hacen.

—Tienen que ir al mostrador a ver si los pueden reubicar en el siguiente vuelo —nos informan. Ellas no pueden hacer nada.

Es casi de noche, el sol ha desaparecido y son pocos los rayos remanentes. Deshacemos todo el camino que hemos recorrido viendo a través de los cristales cómo el avión despega delante de nuestras narices, dejándonos a nosotros en tierra.

Dahlia se mantiene inexpresiva hasta que llegamos a los mostradores.

Su expresión no cambia mientras se muestra decidida a encontrar una solución que suponga montarnos en un avión dirección París en el menor tiempo posible.

Pero me doy cuenta de cómo frunce el ceño ante cada negativa, juguetea con los anillos que decoran sus dedos y enrolla su pelo en tirabuzones.

Está enfadada por lo que ha pasado, está en juego uno de sus trabajos más importantes por mi culpa.

Solo espero que podamos embarcar en el próximo vuelo.

No nos pueden subir en el próximo vuelo, ni en el siguiente.

Dahlia, desesperada, propone volar a otro país y hacer escala allí, pero tendríamos el mismo problema para encontrar un vuelo a París que no tenga todas sus plazas ocupadas. La Semana de la Moda ha colapsado todas las aerolíneas que operan con la capital francesa.

Tenemos que dormir en uno de los hoteles cercanos al aeropuerto y despertarnos a primera hora para ser rechazados por cada uno de los vuelos que han salido hasta ahora: ningún pasajero ha renunciado a su billete a última hora.

—Dahlia, yo...

—No pidas perdón —dice antes de que pueda terminar la frase—. No me arrepiento.

—Yo tampoco.

Ahora estamos sentados en unos de los muchos asientos de la planta superior del aeropuerto, mirando hacia los grandes ventanales que nos separan de la pista.

A nuestros pies, cientos de personas caminan de un lado a otro; saltos de emoción, sonrisas y lágrimas se entremezclan entre todas ellas y, a pesar de eso, no puedo evitar pensar que los aeropuertos son uno de los sitios más solitarios sobre la faz de la tierra.

Desde dentro, parecen todos iguales; podrías pasar por todos los que hay en el planeta y no habrías visto nada en absoluto. Se oyen muchos idiomas diferentes y el tiempo pasa más lento.

En otras circunstancias, me estaría volviendo loco por haber perdido el vuelo, por estar perdiendo un tiempo que se agota sentado en el limbo.

¿Alguien más aquí tendrá su reloj de arena en marcha, a punto de agotarse?

—¿En qué piensas? —La voz de Dahlia me saca de mis pensamientos.

—En que odio los aeropuertos.

—A mí me gustan —replica ella, encogiéndose de hombros.

—Son aburridos y te cobran por un café más que si estuvieras en Times Square. ¿Qué te puede gustar de ellos?

—No me hacen sentir tan mal conmigo misma. —Me giro para mirarla; como de costumbre, sus emociones se esconden tras la máscara de su rostro—. Todo el mundo está solo de paso, se dirige a algún sitio. Nadie pertenece a este lugar, así que aquí no importa que yo tampoco pertenezca a ninguno.

Pestañeo varias veces, procesando cada una de sus palabras. Me quedo callado, sin saber qué responder.

No la imaginaba así. Nuestros encuentros pasados y fortuitos me habían hecho construir una idea bastante acertada, o eso creía, de quién era Dahlia Harris, la Reina del Hielo.

Pero en cada ocasión que me muestra una faceta suya, una que desconocía que tenía, esa imagen se me cae a pedazos. Me demuestra que estaba equivocado, una y otra vez. Y no sé dónde nos sitúa eso.

En este momento, me asaltan dos pensamientos. Dos cosas que han cambiado.

La primera es que hemos derribado una especie de muro entre nosotros.

Nos hemos ceñido a las normas del papel, pero los momentos en los que actuamos se vuelven cada vez más difusos, las líneas que marcan los límites se están borrando y el qué pasará cuando todo esto termine sigue en el aire. Pero me estoy adelantando, primero tenemos que afrontar lo que viene.

Creo que esto nos convierte en amigos, o algo así. Amigos con un secreto que nos permite ganar a ambos.

Mi móvil vibra en el bolsillo trasero de mi pantalón. Cuando miro de quién es el mensaje, lo abro inmediatamente y le muestro a Dahlia el contenido del correo.

—No me puedo creer que contratases a un fotógrafo de bodas y eventos.

Omar ha cumplido su palabra: han pasado menos de cuarenta y ocho horas y ya tengo todas las fotografías en mi teléfono. Con razón sus servicios me costaron una pasta, pero, viendo el resultado, ha valido la pena. El chico es bueno.

—En mi defensa diré que la web estaba en turco. Por lo menos tenemos a Dahlia Harris colgada como un koala en HD.

—Esas fotos nunca saldrán a la luz, Ethan.

—Ya veremos —la provoco.

Ella me dedica una mirada asesina, pero sigue analizando con atención las imágenes. Pasamos así las siguientes horas.

«Amigos, o algo así».

La segunda de las cosas es que no sé en qué momento ha dejado de importarme perder este avión, porque, de algún modo, Dahlia tiene razón: este no parece un lugar tan solitario si estoy sentado junto a ella.