Cualquier destino menos contigo Capítulo 42
55%

Capítulo 42

Dahlia

Salimos del coche para encontrarnos con uno de los lugares más bonitos que he visto nunca.

Hemos recorrido kilómetros de una carretera de tierra en un entorno adornado únicamente con piedras y naturaleza seca, en donde no hay rastro del paso del hombre.

Ahora, un acantilado marca el fin del camino, la línea del horizonte ante nuestros ojos dibujada con otra irregular de montañas rocosas y, muchos metros más abajo, una gran explanada de tierra se abre a nuestros pies, pero mis ojos solo pueden prestar atención a los enormes globos de colores que se erigen imponentes.

La llama que mantiene las estructuras a flote es la única luz que hay ahora en el lugar y desde aquí arriba se vislumbran como pequeños puntos naranjas.

El sol todavía no ha salido y solo tenues rayos iluminan el cielo con tonalidades oscuras. El amanecer tendrá lugar en cuestión de minutos.

—¿Qué hacemos aquí?

—Vas a tener las mejores vistas a uno de los mayores espectáculos del mundo.

Caigo en la cuenta de que solo ha hablado de mí.

—¿Y tú dónde vas a estar?

—Ahí arriba —señala al cielo con su dedo índice.

—¿Vas a montar en globo?

—Ese es el plan. —Mira hacia abajo del acantilado, donde muchos de los globos ya se están preparando para despegar—. Sé que te dan miedo las alturas, por eso he reservado un sitio en el mirador y un fotógrafo para que no estés sola mientras yo estoy arriba.

Que haya preparado todo esto en tan poco tiempo es increíble.

—Todavía tenemos unos minutos antes de despegar, ¿quieres ver el globo de cerca?

Asiento con la cabeza. Descendemos por unas escaleras de piedra esculpidas en uno de los lados de la pendiente que no había visto hasta ahora.

Los globos aerostáticos son mucho más grandes desde aquí abajo. Nunca había visto uno tan de cerca. Las envolturas de tela deben medir al menos veinte metros y están decoradas con decenas de colores llamativos.

Nos recibe un señor de mediana edad, de baja estatura y extremidades delgadas. Tiene una barriga prominente, la piel muy morena, y viste unos pantalones holgados y una camiseta blanca interior de tirantes.

— ¡Merhaba! ¡Hola! —dice el hombre en tono jovial mientras mueve los brazos para que nos acerquemos—. Benim ismimEmir .

—¿Qué ha dicho? —le pregunto a Ethan por lo bajo, inclinándome hacia él.

—Se llama Emir, no sabe hablar inglés.

Mientras Ethan trata de comunicarse con él para su viaje, yo me presento al fotógrafo, que está sentado a unos cuantos metros preparando el equipo. Es joven, alto y desgarbado, con un flequillo que le ocupa toda la frente.

—Hola, soy Dahlia.

—Omar, encantado. —Estira la mano, yo respondo a su apretón—. Va a ser una experiencia muy especial, seguro que no olvidas este momento.

Sonrío, parece simpático. Él sí sabe hablar inglés y no da señales de saber quién soy. Esto último me tranquiliza; a veces agradezco las oportunidades de anonimato.

—¡Dahlia, ven! —Ethan me llama desde un punto cercano a la cesta del globo, que es más grande de lo que me imaginaba—. Aún faltan los últimos detalles, ¿quieres una foto en el globo antes de que me marche?

—¿Una foto guiri?

—Una foto guiri hecha por un fotógrafo profesional —remarca él.

Ethan se presenta a Omar, quien entra al globo detrás de él y se coloca enfrente de mí con su objetivo mirando en mi dirección. Hago un par de poses, cambiando mi posición cada vez que oigo el «clic» de la cámara.

—Tienes un talento natural para las fotografías —comenta el chico, mirando el resultado después de cada disparo.

Ethan y yo nos miramos y sonreímos. Si él supiera.

—¿Ahora una de los dos? Para recordar cada instante.

—Mira a Ethan y hasta pienso que le guiña un ojo.

Este asiente y se sitúa a mi lado, extendiendo los brazos a lo largo de la barra superior de la cesta en una posición relajada.

Apoyo la espalda ligeramente en su lado izquierdo—. Un poco más juntos, abrazados.

Ambos hacemos una mueca ante esa petición extraña, pero Ethan reacciona primero y mueve el brazo para rodear mis hombros, yo respondo inclinando más mi cuerpo hacia el suyo. Omar se muestra conforme con el resultado.

Cuando nos separamos, la brisa me acaricia la piel que hace un segundo estaba en contacto con la de Ethan y tiemblo.

—Tú avísame antes. Para estar preparado —susurra el fotógrafo cuando pasa a su lado, pero tanto Emir, que, aunque no sabe inglés, nos mira con atención, como yo lo hemos oído.

No sé lo que significa y, al parecer, Ethan tampoco, por la mueca de confusión que pone, pero asiente igualmente.

En ese momento, el hombre llama nuestra atención moviendo su mano derecha y colocando su dedo índice hacia arriba. Ethan le devuelve el gesto, levantando el pulgar en señal de confirmación.

—Creo que ha dicho que despegamos en un minuto, o algo así —dice, a modo de despedida—. ¿Nos vemos luego?

—Intenta no matarte.

—¿Llorarías por mí, flor?

—No te emociones; solo de felicidad.

Él se ríe como respuesta. Cuando me dispongo a ir a la puerta de salida, algo me detiene. Un movimiento. Bajo nuestros pies.

De repente, la superficie es inestable. Y nos estamos alejando del suelo.

Me quedo petrificada.

Estamos subiendo, el suelo cada vez más lejos de nosotros.

«Oh, Dios mío».

—Dejadme bajar. —No sé a quién me dirijo, a quien sea. Apenas me sale un hilo de voz.

—¿Por qué hemos despegado? —oigo a Ethan dirigirse al hombre que sigue alimentando la llama, haciéndonos ascender rápidamente—. ¡Necesitamos aterrizar!

Sus gritos no hacen reaccionar a Emir, que simplemente niega con la cabeza y hace el mismo gesto de antes, el dedo índice levantado hacia arriba.

—Eso significa subida, no que falta un minuto para despegar —nos informa Omar, traduciendo la voz grave del hombre al que ninguno de los dos entendemos.

—¡¿Por qué no lo has dicho antes?! —chilla Ethan.

—Le has hecho «ok» con la mano; pensé que lo habías entendido. —El fotógrafo se encoge de hombros.

—Dile que tenemos que bajar. Ya.

Omar obedece e intercambia unas palabras en turco con Emir, a quien veo negando con la cabeza de nuevo a la vez que mueve las manos.

Mis oídos pitan amenazando con hacer explotar mi cabeza.

—No se puede descender ahora, vamos a subir hasta arriba y luego bajar —traduce finalmente Omar.

—Como prometido —añade Emir, arrastrando las palabras en inglés. O al menos creo que es lo que ha querido decir.

Ethan mueve la cabeza en ambas direcciones, rápidamente vuelve a girarse hacia mí. Estoy agarrada con todas mis fuerzas a la barra que recorre la canasta de lado a lado y divide el espacio en dos, actuando de barrera con la zona en donde están Emir y Omar.

—La próxima vez prometo contratar a alguien que sepa inglés.

—No habrá próxima vez, Ethan; te voy a matar. —Mi voz suena ahogada.

A pesar del viento frío que nos azota, mi cuerpo arde. Empiezo a sentirme fuera de mí; me hormiguean los dedos y todos los sonidos suenan lejanos. Solo soy capaz de oír el latido de mi corazón, fuerte y acelerado. Hasta que duele.

—Dahlia, tienes que calm...

—No me digas que me calme, ¡tengo que salir de aquí! —lo corto.

«Tengo que salir de aquí». Es el único pensamiento que se repite en mi cabeza una y otra vez, a toda velocidad.

Así que hago lo que menos espero de mí misma. Pierdo el control.

El miedo se apodera de mi cuerpo y soy incapaz de contenerme. Por eso no puedo explicar lo que hago a continuación.

Me lanzo contra uno de los lados del canasto, que no hace más que seguir subiendo a toda prisa, y en cuestión de segundos estoy pasando una de mis piernas por encima con la intención de lanzarme al vacío. Algo me detiene.

Más bien, unos brazos que rodean mi cintura y la atrapan. Mi mente no es capaz de gestionar la información, pero mi cuerpo reconoce su tacto. Aun así, me revuelvo con la intención de escapar de su agarre.

—¡¿Qué demonios haces?! —chilla con una voz aguda.

—¡Ethan, tengo que bajar!

—Dahlia, estamos ya a diez metros de altura. ¿Cómo vas a saltar?

Está gritando para que lo oiga, pero no lo escucho.

Sigo luchando contra mis instintos, mi cuerpo y mi mente mandan señales contradictorias.

En un intento por hacer frente a la inestabilidad que siento bajo mis pies, paso mis brazos por el cuello de Ethan y pego un salto que hace que mis piernas rodeen su cintura.

Acabo colgada de él como un koala. Otra vez.

Esto no puede ser más bochornoso; si no estuviera tan asustada, me importaría lo suficiente para sentir vergüenza, pero en lo único que puedo pensar es en que cada vez estamos más lejos del suelo y que la caída va a ser más grande.

Eso y que Ethan me envuelve entre sus brazos, apretándome fuerte contra él, su mano peligrosamente cerca de la zona baja de mi espalda.

—¿Tiene miedo a las alturas? —pregunta Omar. Supongo que Ethan le responde, porque dice—: ¿Por qué ibas a pedirle matrimonio aquí si sabes que le da pánico?

Me pongo rígida, más de lo que estoy. Ese comentario me hace reaccionar.

—¿¡Qué?! —gritamos los dos al unísono.

—Yo soy fotógrafo de bodas y eventos. Pensé que me habías contratado para...

—¡No iba a pedirle matrimonio aquí!

—¡No iba a pedirme matrimonio! —remarco yo.

—Eso tampoco.

Hundo mi cara en su cuello y cierro los ojos con fuerza hasta que mis párpados se quejan por la presión, cada vez me cuesta más respirar. Siento cómo seguimos subiendo. El viento sopla con más fuerza y, aunque la estructura es estable, me siento desestabilizada.

—Flor, te tengo; no te va a pasar nada. —La voz de Ethan se cuela en mi cabeza. Su boca junto a mi oído.

No respondo, no puedo hacerlo. La garganta se me cierra. Me aprieto más fuerte contra él cuando siento que se remueve, luchando por separarse. Mi cuerpo se resiste a dejarlo ir, no puedo soltarlo. Necesito seguir agarrada a él. Necesito que se quede.

—No me voy a ninguna parte, voy a coger algo del bolsillo —dice contra mi pelo, como si me hubiera leído la mente—. Tranquila, no es un anillo. —Suelto una risa sincera—. No voy a soltarte, Dahlia. Confía en mí.

Me obligo a ceder y aflojo el agarre contra su cuello hasta que consigue acceder a lo que sea que busca en el bolsillo trasero del pantalón. Una de sus manos permanece en todo momento en mi cintura, yo sigo con los ojos cerrados.

Un par de segundos después, los dedos de Ethan acarician la melena alrededor de una de mis orejas e insertan un casco inalámbrico en ella. No entiendo por qué lo hace; no me muevo y sigo con mi cara hundida en su pecho, pero puedo sentir su mirada fija en mí, a pocos centímetros de distancia.

Obtengo mi respuesta en forma de notas musicales sonando cada vez más alto a través del auricular.

Es mi canción favorita.

Los latidos de mi corazón, hasta ahora acelerado, se acompasan con los acordes de la canción que enseguida me pongo a tararear, olvidándome de todo.

De lo único de lo que soy consciente es de los brazos de Ethan que continúan abrazándome, y sus dedos golpeando el espacio de mi piel desnuda entre mi top y mis bermudas al compás de la canción que él también está cantando.

Me hace temblar, pero en este caso no me importa.

—Joder, esto es una pasada —dice. Respira hondo—. Flor, sé que no te gustan las alturas, pero no puedes perderte esto.

No sé qué me da la valentía para abrir los ojos. Puede que sea la emoción que suena en su voz, o que sus brazos siguen sosteniéndome, pero lo hago. Y me encuentro con uno de los paisajes más impresionantes que he visto jamás.

El cielo está totalmente despejado, sin una nube, solo decorado con los colores característicos del alba.

Nunca he visto el sol de un naranja tan intenso, como si se hubiese inventado en este lugar y por eso se sintiese tan cerca.

Lo vemos ascender a través de la línea del horizonte hasta que me arden los ojos y me es imposible seguir sosteniendo la mirada.

Pero en esta ocasión, cuando cierro los ojos, quiero volver a abrirlos de inmediato.

Todo se ve más bonito desde aquí arriba y, con los brazos de Ethan sosteniéndome, no tengo tanto miedo.

Mi mirada se posa en él, que sigue mirando fijamente el astro rey.

Le brillan los ojos y su cabello parece más rubio que nunca.

Por primera vez, me fijo en que tiene una pequeña cicatriz en la parte izquierda de la barbilla y lucho contra el impulso de acariciarla.

Entonces arruga el entrecejo, como si estuviera buscando algo.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Tampoco está aquí.

No sé a lo que se refiere. Solo me aferro un poco más a su pecho.

Y él responde abrazándome más fuerte.