Cualquier destino menos contigo Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—¿Qué estamos haciendo? —pregunto; mi voz suena lejana en mis propios oídos. Por encima, haciéndose eco, una vocecita en mi cabeza grita que me retire.

La ignoro por completo.

—No lo tengo claro —responde él, sin apartar la mirada de mis labios. Su voz suena entrecortada—: Esto es... una mala idea.

Tiene razón. ¿Qué estamos haciendo?

Mi cuerpo no parece dispuesto a colaborar con mi cabeza, solo está siendo partícipe de que el espacio se haga cada vez más pequeño.

Y, para colmo, no solo rememoro sus labios sobre los míos, sino que los siento. Pero esta situación es muy distinta, aquí no tenemos a nadie a quien engañar.

—No significa nada, ¿no?

Su mano ahora está rodeando mi cintura.

—Nada.

La mía está apoyada sobre su pecho desnudo. No me había dado cuenta de lo suave que es su piel.

Su respiración es irregular, yo dudo de que en mis pulmones esté entrando aire.

Siento su aliento cálido sobre mi cara y, a pesar del calor, mi piel se estremece.

Todas esas partes que ardían a punto de tocarse ahora sienten frío. Porque su tacto sobre mi cuerpo solo provoca que mis células sensitivas ansíen más contacto.

Nuestros labios son el último punto que falta por colisionar y supondría uno de no retorno.

Trato de recordar todos los motivos por los que esto es una locura, pero mi cuerpo no responde a otra cosa que no sean las manos de Ethan acariciándome y mi cabeza solo piensa en que le gustaría volver a probar esos labios.

Un ruido seco rompe el silencio y, con él, el hechizo. Nuestros cuerpos se contraen del sobresalto, el mío moviéndose hacia el suyo, el de él marcando distancia, aunque sus dedos presionan con fuerza mi cadera.

Veo cómo sus ojos se oscurecen al ser consciente de lo que estábamos a punto de hacer.

Ambos hablamos a la vez.

—Perdón, yo...

—No, ha sido...

Ninguno termina su frase.

Entonces, Ethan saca la fuerza de voluntad que ninguno de los dos ha tenido hasta ahora para poner espacio entre nosotros.

—Deberíamos dormir, mañana tenemos que madrugar.

Es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Cómo cree que voy a pegar ojo con él a mi lado después de esto? Ni siquiera sé qué demonios significa.

Me revuelvo entre las sábanas con una sensación incómoda en mi piel. Y entre mis piernas.

No sé de qué estoy huyendo, solo sé que corro todo lo que me permiten mis piernas y, aun así, no es lo suficientemente rápido.

Choco con un espejo delante de mí y este se rompe en mil pedazos, tantos que los míos y los del cristal se vuelven indistinguibles. Trato de recomponerlo. Trato de recomponerme.

La voz de Wyatt en el baño aquella última noche me paraliza. Me recuerda que jamás voy a volver a estar completa.

—Flor, tranquila, es una pesadilla.

En mi sueño, oigo de repente la voz de Ethan, pero no lo veo. Me giro de un lado a otro en su busca, unas manos me sostienen por los hombros. ¿Estoy soñando?

Pido ayuda, pero nadie viene. Estoy sola.

—Yo estoy aquí.

Otra vez su voz me responde, como si estuviera hablando en sueños. Los brazos que antes sentía que me atrapaban, ahora me envuelven regalándome el calor de su cuerpo.

—Duerme, yo cuido tus sueños.

Confío en sus palabras y acabo entregándome por completo a los brazos de Morfeo, sabiendo que, en realidad, estoy entre los suyos.

Me despierto en medio de la noche, desorientada. Es de madrugada, lo sé porque la oscuridad todavía lo envuelve todo. Oigo unos ruidos a tan solo unos metros de mí, pero mi cuerpo se niega a abrir los ojos. Unos brazos me sacuden suavemente, obligándome a reaccionar.

—Flor, es hora de levantarse.

Me incorporo a duras penas, mi cuerpo quejándose y luchando por recuperar el abrigo del sueño. Apoyo los brazos a ambos lados de mi cuerpo, me doy cuenta de que ocupo la parte central de la cama y de que el lado izquierdo está frío.

—¿Qué hora es? —Arrastro las palabras.

—Las cuatro de la mañana —responde él como si nada.

—¿Tienes el reloj biológico estropeado? —Me dejo caer de golpe sobre el colchón, hundiendo mi cara en la almohada mientras balbuceo—. Déjame seguir durmiendo.

Ethan aparta las sábanas, exponiendo mi cuerpo a la fresca brisa que entra por la ventana. Me revuelvo, pero eso no impide que agarre mis muñecas y me impulse hacia delante, incorporándome. Me sobresalto al sentir su cara a tan solo unos centímetros de la mía.

—Podremos dormir cuando estemos muertos. Ahora, arriba. Tenemos que irnos.

Desvía su atención de nuevo hacia la bolsa a medio llenar que hay sobre el banco, a los pies de la cama.

Ya está vestido con una camiseta blanca y una camisa de estampado tropical de tonos claros por encima en contraste con unos pantalones cortos de camuflaje.

Su pelo, como de costumbre, está alborotado.

Luchando contra mis propios instintos, que me piden seguir durmiendo, obligo a mi cuerpo a levantarse y voy directa al baño. Me lavo la cara para ayudarme a despertar, pensando en lo tentadora que suena una ducha fría ahora mismo.

No pasan ni cinco minutos cuando Ethan golpea la puerta.

—Date prisa, vamos tarde.

—¿Precisamente tú me estás dando lecciones de puntualidad?

Mi idea de meterme debajo del agua se esfuma al instante.

Me visto con rapidez con el único conjunto que he traído en la maleta: un top ajustado negro con tirantes en forma de lazo atados al hombro y unos pantalones cortos blancos fluidos.

Al desprenderme del pijama, un olor familiar me envuelve: huele a él.

No me da tiempo a pensar en ello. La cabeza de Ethan se asoma entonces por la puerta del baño.

—Nos esperan abajo —anuncia.

—Todavía no me he maquillado.

Me mira de arriba abajo, dos veces.

—Estás preciosa. Vamos —suelta sin más.

Maldigo cuando me pregunto si lo dice en serio y por qué me importa.

De un tirón me arrastra fuera de la habitación sin que ni siquiera me deje echar un último vistazo.

—No me vas a decir adónde vamos, ¿verdad?

—Te va a gustar, o eso espero. Confía en mí.

Confiar. Es más fácil decirlo que hacerlo.

No puedo explicarle que esa es otra parte de mí que está rota y que no sé cómo arreglar, o si quiero hacerlo.

La confianza es algo que nunca me he permitido sentir.

No cuando mi padre traía mujeres a casa para ligar con ellas descaradamente.

No cuando mi madre empezó a sentir vergüenza de mí por querer dedicarme al mundo de la moda.

No cuando filtraron mis asuntos personales con la excusa de venderlos al mejor postor.

No cuando Wyatt rompió todas sus promesas. No cuando, después de todo, estoy sola.

La confianza actúa como una llave con la que concedes a una persona el poder para hacerte daño, para robarte otro fragmento de ti misma. Y entonces tienes que crear uno nuevo. Uno mejor, más fuerte. Yo ya no tengo fuerzas.

Me saca de mis pensamientos el golpe seco del maletero al cerrarse.

Ethan termina de meter el poco equipaje que hemos traído con nosotros.

Mueve el cuello indicándome que suba al coche, él me imita y lo primero que hace es poner la radio para que la música inunde el espacio.

Me tiende un café en un vaso de plástico y un sándwich de jamón y queso que no sé muy bien de dónde ha sacado; él ya se ha comido el suyo.

Antes de arrancar se pone una gorra y unas gafas de sol que me resultan familiares.

—¿Son mías? —pregunto, sabiendo la respuesta.

Se encoge de hombros y responde sin apartar la vista de la carretera.

—Aparecieron por arte de magia en mi mochila.

—Ya, claro. Las quiero de vuelta. —Extiendo el brazo en un amago de quitárselas.

Ethan me aparta la mano con la suya.

—Lo que se da, no se quita.

—¡Pero yo no te las he dado!

Me encantan esas gafas, pero me gustan más puestas en él, a juego con su piel morena y haciendo destacar los tonos dorados de su cabello. Por supuesto, eso es algo que no voy a admitir en voz alta.

Antes de darme cuenta, el coche se detiene.

—Ya hemos llegado.

Lo que veo delante de mí me deja sin palabras.