Cualquier destino menos contigo Capítulo 41
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Capítulo 41

Dahlia

Para cuando por fin llegamos a nuestro destino, la noche se cierne sobre todos los rincones.

El cielo, totalmente negro, está salpicado por muchísimos puntos blancos y luminosos, más brillantes de lo que había visto nunca.

Supongo que, en Nueva York y otras grandes ciudades, las estrellas pisan las calles, protagonizan películas y titulares, y la gente se olvida de mirar al cielo en busca de un espectáculo más impresionante.

La grúa nos ha dejado en el taller más cercano y, además, nos ha ayudado a recortar un poco más de distancia hacia nuestro destino final, el cual sigue siendo un misterio para mí.

Hemos conseguido evadir —al menos, de momento— todo el papeleo correspondiente al seguro del coche y que nos den otro sin coste adicional.

Por cómo nos han mirado, sé que nos han reconocido, y que no van a arriesgarse a hacernos enfadar.

Estaba dispuesta a aprovechar la situación.

Salimos del vehículo, un modelo parecido al anterior en negro. Ethan saca el equipaje del maletero sin decir ni una palabra, en el mismo silencio que nos ha acompañado el resto del camino hasta aquí.

No estoy acostumbrada a él. En mi mundo siempre hay ruido, personas a mi alrededor dando instrucciones, fiestas y eventos importantes, nuevas celebridades buscando sus segundos de gloria, seguidores persiguiéndome con sus ojos y sus cámaras.

Para mí, el silencio pesa más que el ruido. Me recuerda que estoy sola.

Pero este ambiente es distinto. Por algún motivo, con Ethan siempre lo es. De una forma u otra, se las apaña para ser la excepción a mis reglas.

Por eso me saca siempre de mis casillas, me descoloca el mecanismo que tanto tiempo me ha llevado poner en marcha.

En mi cabeza todavía se repite nuestra conversación de hace unas horas, la forma en la que mi corazón ha comenzado a latir rápido y con fuerza al ver su cara de pánico; cómo necesitaba que se recuperara, porque, si no, yo iba a caer en el mismo agujero.

Quiero decirle algo, he querido hacerlo desde que se ha abierto en canal conmigo y ha terminado mirándome con esos ojos grandes y azules que me desesperan y atrapan a partes iguales.

Pero de mi boca no ha salido nada. No he sabido qué decirle, y en este momento tampoco.

No puedo encontrar las palabras correctas, tal vez porque no las hay.

Pero, ahora, todo tiene más sentido. Su urgencia por verlo todo, por empaparse de los lugares y hacer locuras, como la de recorrer más de setecientos kilómetros. No he querido preguntar por qué estamos aquí.

Así que lo único que he hecho ha sido posar mi mano sobre su pierna, de la misma forma en que él entrelazó sus dedos con los míos durante el vuelo. Me pregunto si el contacto le ha quemado tanto como a mí durante todo el trayecto.

Llegamos a un hotel que se erige firme entre dos elevaciones rocosas. No es muy grande, pero el contraste con las pequeñas casas de una sola planta de la misma calle lo hace notable.

Ethan se encarga de hablar con el recepcionista mientras yo inspecciono el recibidor, las paredes de color terracota y el suelo decorado con amplias alfombras de estampados vistosos que transmiten un ambiente acogedor.

No hay ascensor. Ethan carga con nuestras maletas —más bien mi maleta y su mochila— por las empinadas escaleras hasta la segunda planta, con un largo pasillo que recorremos hasta el final.

—Esta es la habitación —dice mientras encaja la llave de latón dentro de la cerradura.

—¿Y la mía? —pregunto.

Ethan me mira confuso, arruga el entrecejo.

—¿Qué quieres decir?

—¿No has reservado dos habitaciones?

—¿Tú sabes lo caro que es este sitio? Al parecer, está de moda, y este era el único hotel que aún tenía habitaciones disponibles. El dinero sale de mi bolsillo, tengo que ahorrar.

No me lo puedo creer. Pongo los ojos en blanco.

—Yo puedo pagar mi habitación —insisto, nerviosa por la posibilidad de tener que compartir el espacio con él.

Volvemos al mostrador. Nos atiende el mismo recepcionista. No quedan más habitaciones. Maldigo en voz baja.

—Ya te he dicho que es un sitio muy popular —responde él, encogiéndose de hombros.

Recorremos de nuevo el mismo camino —Ethan vuelve a cargar con el equipaje por las escaleras— y esta vez entramos en la habitación para encontrarnos un espacio entre cuatro paredes de piedra caliza decorado con columnas y otros detalles ornamentales.

Los muebles son coloridos, hay cojines rodeando una mesa baja de madera oscura y, detrás de esta, escondida entre dos pilares, una cama enorme.

«Espera».

«Una cama».

—¡Ethan! —grito su nombre. Él viene enseguida para mirar exactamente lo que yo estoy viendo. Sin embargo, no se muestra sorprendido.

¿Un sitio tan grande y solo pueden poner una cama?

—Ha habido un error, solo hay una cama.

—No es un error —dice. Se lleva la mano a la cabeza y se revuelve el pelo—. Es que me cobraban cien dólares extra por poner otra. Soy creador de vídeos, no rico.

«Yo lo mato».

Cierro los ojos, me muerdo el labio inferior.

—¿Qué pasa, flor? ¿Tienes miedo a no poder resistirte a mis encantos?

A pesar de que la situación no me hace gracia, agradezco en silencio que utilice el estúpido apelativo que tanto le gusta y rebaje tensión al asunto. Después de estas horas de desconcierto, volvemos a recuperar nuestra dinámica habitual, que no pensé que fuera a echar en falta.

—A lo que tengo miedo es a no poder resistirme a otros pensamientos que se me están pasando ahora mismo por la cabeza.

—Voy a esconder las cosas punzantes que encuentre.

Sale de la habitación y aprovecho para meterme en la ducha; necesito sacarme la suciedad que se ha pegado a mi piel.

Aunque la temperatura actual es elevada, disfruto de la calidez de las gotas resbalando por mi espalda y el vapor que envuelve todo el cuarto de baño.

Me recreo lo máximo que puedo en la presión del agua golpeando mi cuerpo antes de envolverme en una de las toallas que apenas logra cubrir la parte superior de mis muslos.

A pesar del recogido que me he hecho para atrapar mi largo cabello, algunos mechones se desprenden y ahora reposan sobre mi cuello, húmedos.

Me visto rápidamente, siendo consciente de que mi conjunto para dormir no me tapa demasiado, ya que se compone solo de un top de tirantes ajustado (y un poco transparente) y unas bragas culotte . Ni siquiera he traído sujetador.

Él ya me ha visto en ropa interior, varias veces, y con conjuntos más escandalosos. Pero, por alguna razón, esta vez estoy más nerviosa que todas las anteriores.

Cuando salgo del baño, Ethan, que ya ha vuelto, finge tener su atención puesta en su móvil, que tiene la pantalla apagada. Quiero preguntarle en qué está pensando. Me gustaría saberlo.

—No me vas a decir cuál es el plan, ¿verdad? —digo en su lugar.

—¿No te gustan las sorpresas, flor?

Él sabe que no, pero aun así muestra una sonrisa pícara.

Pedimos la cena al servicio de habitaciones y ya es casi medianoche cuando mi cuerpo me ruega un descanso, pero mi mente sigue despierta.

Me meto entre las sábanas lo más cerca que puedo de la esquina, dando la espalda al centro del colchón. Entonces, me asalta un pensamiento estúpido: nunca he compartido cama con ningún hombre que no fuera Wyatt.

Por supuesto, he tenido amantes, pero me largaba o los echaba antes de que la situación se volviera demasiado íntima. ¿No es en nuestros sueños donde más vulnerables somos?

Noto el colchón ceder ante el peso del cuerpo de Ethan en la otra esquina. Soy consciente de su presencia, de la distancia que nos separa, de que inmediatamente las almohadas se han impregnado de su olor a cedro y sándalo.

—Buenas noches, flor.

Sus palabras me acompañan durante lo que me parece una eternidad.

El silencio se instaura entre nosotros, todo está oscuro y, aunque tengo los ojos cerrados, no soy capaz de dormir.

Puedo oír la respiración acompasada de Ethan a mi lado.

Creo que ha caído rendido, pero, no sé por qué, no me atrevo a comprobarlo.

Media hora después —medida, ya que mi único entretenimiento es contar ovejas—, sigo en la misma posición, la cual empieza a resultarme incómoda.

Entonces, con cuidado de no hacer movimientos bruscos y despertar a Ethan, giro sobre mí misma apoyando la otra mejilla sobre la almohada, recortando solamente unos centímetros la distancia que nos separa... y encontrándome de lleno con sus ojos, que están abiertos.

—¿Tú tampoco puedes dormir?

Me hubiera sobresaltado si mi cuerpo no hubiera decidido quedarse congelado en ese mismo instante al tener el cuerpo de Ethan tan cerca.

Ninguna parte de nuestra piel está en contacto con la del otro, pero la mía arde, sobre todo en aquellas zonas en las que estamos a punto de rozarnos. .. como si lo reclamaran.

De repente tengo mucho mucho calor y sus ojos azules, del color del mismo mar, lejos de apagar ese fuego, parecen avivarlo. No puedo apartar la mirada de ellos.

Ethan parece tener su atención puesta en un punto ligeramente por debajo de mis iris. Humedezco mis labios por puro reflejo y los separo un poco. Como en el rodaje en Amalfi.

«¿Por qué viene precisamente ahora eso a mi cabeza?».

—No te he dado las gracias por lo de hoy —dice en un susurro—. Gracias.

Sonríe con timidez y entonces me percato de que tiene una sonrisa preciosa. Creo que no la había visto antes. No así, al menos.

Tampoco me había mirado así, como lo está haciendo ahora. Nunca.

Respiro hondo antes de contestar, con la intención de que mi voz no tiemble. Pero se me adelanta.

—Se nos da bien esto.

—¿Estar en presencia del otro en los momentos menos oportunos?

—Supongo que eso también. —A Ethan se le escapa una risa—. Me refiero a que somos buenos fingiendo.

—Sí, lo somos.

«¿Podrá oír la velocidad a la que late mi corazón ahora mismo?».

Estamos más cerca, nuestras narices casi rozándose; las puntas de mis dedos, si se mueven, podrían acariciar los suyos. Quién ha acortado la distancia, no estoy segura.