Cualquier destino menos contigo Capítulo 40
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Capítulo 40

Ethan

A veces me cuesta pensar en el momento en que comenzó todo, como si mi mente no quisiera recordar otra vida que no fuese esta: yendo de un lado a otro y viviendo con una mochila. Pero, al mismo tiempo, sé por qué me esfuerzo tanto en olvidar algunas partes: porque duelen demasiado.

Otras, en cambio, no puedo hacerlo: una fecha que no solo está grabada en mi mente, sino que también quise grabármela en la piel.

Para recordarme cómo puede cambiar todo en un instante.

Por qué tengo que vivir el presente.

—Al principio viajaba por un compromiso —comienzo a contar—. Mi mejor amigo y yo teníamos un trato. Viajaríamos juntos antes de que yo empezase la universidad. El sueño de Andrew siempre ha sido verlo todo y yo estaba dispuesto a seguirlo a cualquier parte, hasta el fin del mundo. Siempre fue así.

Respiro hondo, mi corazón continúa latiendo acelerado, pero ahora lo hace a un ritmo constante.

—Yo, en realidad, nunca quise hacerlo; viajar, digo. Se suponía que iba a estudiar y luego heredar la empresa familiar. Esto último aún voy a hacerlo.

Desvío inconscientemente la mirada hacia mi teléfono, situado entre nuestras piernas, que ha dejado de sonar hace rato. Me doy cuenta de que Dahlia lo ha apagado, ella sigue mirándome atentamente. Continúo.

—De repente todo se torció: Andrew tuvo un accidente y el dinero que habíamos ahorrado desapareció para pagar facturas en lugar de cumplir sueños.

Andrew me dijo que fuera yo por él. El viaje ya estaba planeado, al fin y al cabo.

Así que me monté en ese avión convenciéndome de que lo estaba haciendo como una especie de vía de escape para él.

Le pedí dinero a mi padre a cambio de la promesa de que, cuando volviera, comenzaría la universidad y trabajaría en el negocio familiar para dirigirlo algún día. Me dio tres años.

»Esas fueron sus condiciones y las acepté. Me resultó fácil, tampoco tenía otra opción y, al fin y al cabo, era lo que quería hacer con mi vida.

Un escalofrío recorre mi cuerpo haciéndome temblar. A veces me olvido de la persona que era antes de todo esto. La vida que podría haber tenido.

—Volví un par de semanas más tarde, pero todavía no se habían acabado las vacaciones de verano, así que compré otro billete. Unos meses más tarde, otro. Dejé la universidad.

»Un viaje de solo dos semanas se convirtió en uno de dos meses y, a partir de entonces, las visitas a casa fueron más infrecuentes.

Buscaba trabajo de lo que podía y me quedaba en cada lugar el tiempo justo para ahorrar lo suficiente para el siguiente destino.

Llevo tres años viviendo con una mochila.

Entré en el mundo de las redes sociales por accidente, publiqué un vídeo casero que solo estaba destinado a mi familia y lo petó.

Sigo creando contenido porque eso paga el siguiente avión y porque me da dinero para. ..

Me detengo, estoy contándole mi historia, pero hay cosas que simplemente no puedo decirle. Dahlia sigue escuchando con atención, sus ojos clavados en los míos, nuestras manos todavía entrelazadas.

—No me las tomo en serio porque ¿qué sentido tendría? —confieso. Sé que siempre me ha odiado por eso y estoy a punto de darle su respuesta—. Es más fácil fingir que algo no te importa antes que demostrarle a los demás lo mucho que te afecta fallar.

A mi cabeza viene la vez que nos conocimos y el resto de nuestros encuentros desafortunados. Yo intentando hacerme el gracioso para desviar la atención y ella buscándola solo para que jugara a su favor. Siempre pensé que éramos incompatibles de todas las maneras posibles.

Sigo pensando que somos dos piezas de un rompecabezas sin solución, pero la primera vez que miré a Dahlia Harris a los ojos no me di cuenta de que su color se vuelve más intenso si la haces enfadar, o de que se muerde el labio inferior de modo casi imperceptible cuando se pone nerviosa.

Eso, de alguna forma, cambia el juego.

—¿Por eso querías ir a ese sitio? —pregunta, su voz es apenas un susurro, como si alguien más pudiera oírnos—. Quieres verlo todo porque...

—Probablemente no tenga otra oportunidad de hacerlo —termino su frase—. Me he dado cuenta de lo que me gusta esto a pesar de que siempre he sabido que tendría que renunciar a ello.

—Entonces, el premio del concurso...

—Es para ayudar a Andrew.

Asiente con la cabeza. Puedo ver las preguntas cruzando por sus ojos, pero no hace ninguna y yo se lo agradezco en silencio. No estaba seguro de poder responderlas. De estar preparado para hacerlo.

Nos quedamos callados unos minutos y, esta vez, no me molesta en absoluto escuchar mis pensamientos. Mi cabeza ha dejado de doler, mi corazón late a un ritmo normal y mis hombros se relajan, como si les hubiera quitado un enorme peso de encima.

Dahlia coge su teléfono para atender unas llamadas y hacer otras. Tan solo precisa de unos minutos antes de decir:

—Vienen de camino.

Levanto las cejas, sorprendido.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Puedo ser muy convincente. —Gira sus hombros haciendo que su pelo pase de descansar de un lado al otro—. Y dar mucho miedo.

—De eso estoy seguro —respondo curvando los labios. Ella me devuelve la sonrisa.

Veinte minutos después, por fin divisamos el primer vehículo que recorre este tramo de carretera, que resulta ser quien viene a nuestro rescate, acompañado de una grúa.

Me muevo rápido, ansioso por irnos de aquí y pegarme una buena ducha. El calor sofocante me ha hecho sudar hasta el punto de sentir la ropa pegada a mi piel.

Por suerte, la conductora que viene con el equipo habla inglés. Después de hacernos unas cuantas preguntas, comienzan a levantar el coche.

Voy a montarme en el vehículo que ha venido a recogernos, cuando la mano de Dahlia me detiene.

—Realmente no importa cómo has llegado hasta aquí, pero creo que deberías darte más crédito. El que lo ha conseguido, quien se lo merece, eres tú. No lo olvides, Ethan.

Sus palabras me pillan por sorpresa, su voz es dulce. Y sincera. Por eso se me clavan.

Ella no sabe lo que significan para mí y yo no me siento capaz de explicárselo, así que le digo lo primero que se me pasa por la mente.

—¿Sabes? Me recuerdas a Andrew. Creo que os llevaríais bien.

—Estoy segura de que me caería mejor que tú.

—Eso ha sido un golpe bajo, flor.

Juraría que es la primera vez que sonríe cuando la llamo así.