Capítulo 39 #2
—Sigo aquí —respondo al tiempo que desvío la nueva llamada entrante y trato de seguir escuchando las palabras del operador, pero mi cabeza va a demasiadas revoluciones por minuto.
—Actualmente tenemos todos nuestros servicios ocupados. Podremos asistirle en una hora.
Antes de que pueda decir algo, suena otra voz diferente por la misma línea.
—Por favor, manténgase a la espera.
Lo hago, no cuelgo la llamada.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta Dahlia.
—Tardarán por lo menos una hora.
Otra llamada entrante de su número.
«¿Es que no se va a dar por vencido?».
Me conoce, por supuesto que sabe que lo estoy ignorando adrede. Y eso solo hace que siga insistiendo más. Somos iguales. O yo soy igual que él.
—Ahora sí que estamos jodidos —resopla, cruzando los brazos a la altura de su pecho.
Me giro en su dirección para encontrarme de frente con ella.
—Ya lo creo: la perfecta Dahlia Harris ha empezado a maldecir. ¡El fin del mundo se acerca! —suelto, gesticulando dramáticamente.
Se para en seco, se lleva las gafas de sol a la cabeza arrastrando algunos de los mechones de su flequillo con ellas, perforándome con la mirada.
—Podrías fingir que al menos te importa algo.
—¡¿Crees que esto no me importa?! —grito. Se me rompe la voz—. Lo único que quiero es llegar al puto destino y olvidarme de todo.
«Por favor, manténgase a la espera». La coletilla suena cada pocos segundos a través de la línea.
A las llamadas se han unido más mensajes. De Andrew. De Taylor. Es Abby. ¿Va a ser precisamente hoy?
Hoy. La fecha golpea mi mente con la misma velocidad a la que sigue latiendo mi corazón, cada vez más fuerte.
Hoy es el aniversario del peor día de mi vida y yo, por primera vez en todos estos años, lo había olvidado. Había estado demasiado ocupado jugando a las aventuras con Dahlia Harris.
La culpa me envuelve entero.
Todo lo siento como una bomba tras otra, todas a punto de estallarme en la cara.
—Tienes que estar de broma. ¿Aún estás dispuesto a seguir? Esto es una señal más de que esto ha sido una idea horrible.
—¡Pues vete! —Levanto los brazos, exhausto—. Haz lo que quieras, como siempre haces. La Reina del Hielo consigue todo lo que quiere, ¿no?
Aprieta la mandíbula. Sé que le he dado donde más le duele.
—¡Y el impostor prefiere huir a afrontar las consecuencias de sus acciones!
Y ella ha golpeado de vuelta. Más fuerte.
«Impostor».
«Vives una vida que no es la tuya».
Sin darnos cuenta, hemos comenzado a gritarnos, o tal vez sí somos conscientes de ello.
Cuándo hemos descubierto nuestros puntos débiles, no estoy seguro, pero ninguno ha dudado en usarlo a su favor, como si arremeter el uno contra el otro fuera nuestra única vía de escape.
Pero para mí ya no es suficiente, estoy a punto de explotar.
—Por favor, manténgase a la espera.
Mi móvil suena, otra vez. El sonido agudo me perfora los oídos, mi dolor de cabeza no se detiene. A este se unen pinchazos en el pecho. Mi corazón va demasiado deprisa.
—Se me acaba el tiempo, joder, se me acaba el tiempo... —susurro contra mi pecho. Doblo las piernas hasta que mis manos se apoyan contra el suelo, estoy hecho un ovillo.
—¿De qué estás hablando, Ethan? —Lejana y confusa, oigo la voz de Dahlia, pero no la escucho. Ahora mismo solo capto el sonido de mi corazón acelerado. Me duele el pecho.
«Por favor, manténgase a la espera».
No puedo. No puedo seguir esperando. No puedo enfrentarlo. No puedo huir. No puedo terminar lo que he empezado. No puedo...
No puedo respirar.
Me falta el aire. Mi boca está seca y mi cuerpo tiembla descontroladamente. Estiro la espalda hacia atrás en un intento por llenar mis pulmones, pero nada entra. Me estoy ahogando.
—Ethan.
«... manténgase a la espera».
«Contesta al teléfono».
«Vives una vida que no es la tuya».
—Ethan.
«Ethan». Mi nombre resuena en mi cabeza por encima de todo lo demás. Me doy cuenta de que es la voz de Dahlia, que me mira preocupada a través de sus grandes ojos oscuros. Pero no puedo decirle nada, porque no puedo respirar. Mi vista se nubla.
—Ethan, estás teniendo un ataque de pánico. Mírame.
—No... puedo... respirar...
—Sí que puedes. —Dahlia se arrodilla delante de mí, su frente a escasos centímetros de la mía, bañada en sudor—. Respira conmigo, Ethan. Mírame.
Lo hago. La miro e imito sus movimientos, trato de acompasar mi respiración a la suya; a pesar de que mis pulmones no se llenan, sigo intentándolo. Sigo mirándola.
Poco a poco, comienzo a sentir de nuevo los dedos de mis manos, cubiertas por las de Dahlia.
—Ethan, estás bien. —Mi nombre en sus labios, de alguna forma, consigue tranquilizarme. Siento que recupero el control sobre mi cuerpo—. Dime qué necesitas.
—Sigue dándome la mano, por favor.
No me suelta y nos quedamos ahí durante unos minutos, o puede que horas. Con este episodio, he perdido la noción del tiempo. El tiempo...
—Estás caliente. —La mano fría de Dahlia sobre mi frente me devuelve a la realidad—. ¿Puedes caminar?
Me ayuda a levantarme y carga con casi todo el peso para dirigirnos hacia el coche.
Abre la puerta del maletero, me ayuda a subir y después ella hace lo mismo.
Estamos sentados el uno al lado del otro, nuestros hombros rozándose y nuestras piernas extendidas sobre el amplio espacio, la puerta abierta sobre nuestras cabezas protegiéndonos del sol.
Dahlia es la primera en romper el silencio.
—¿Qué ha pasado realmente, Ethan?
Trago saliva.
—Nosotros no hablamos de estas cosas.
—Fingimos para el resto del mundo, podemos fingir esta vez entre nosotros. Cuéntamelo. —Una pausa—. Si quieres.
Un segundo de silencio. Dos. Tres.
Dahlia comienza a alejar su cuerpo, pero la detengo. Es cuando me doy cuenta de que nuestras manos siguen juntas, que no se han separado en ningún momento.
—Nuestro viaje acaba en Chicago —digo en apenas un susurro, mi voz ronca.
—Lo sé, fue tu única condición.
—Chicago está a dos horas de mi casa. —Arruga el entrecejo—. Mi viaje, en realidad, termina ahí. Todos ellos acaban con este.
—No lo entiendo.
—Este es mi último viaje. Esta vida... siempre tuvo fecha de caducidad.
Cojo aire y empiezo a contar la historia que más miedo me da a Dahlia Harris: la mía.