Capítulo 39
Ethan
Papá: Empieza a actuar como un hombre, James.
Sé que piensa que estoy loco. Es algo que, además, se ha molestado en recordarme más de una vez desde que hemos subido al coche.
Pero no puedo explicarle la razón que hay detrás de este impulso; si no, acabaría de confirmarle lo que de momento solo piensa: que se me está yendo de las manos.
No le he mentido al decirle que esto no se debía solamente a las palabras de la adivina, pero sí está relacionado con ellas.
Lo primero que hice al llegar a la habitación anoche fue entrar en internet. No tardé ni dos minutos en encontrar lo que no sabía que buscaba.
Entonces no dudé, reservé un coche, busqué un hotel por la zona y miré las actividades. Tardé más de lo que pensaba porque el hombre al otro lado del teléfono no entendía ni hablaba bien inglés, pero finalmente me confirmó la visita.
Podría haber avisado a Dahlia en ese momento, pero eso solo le hubiese dado más margen de tiempo para llevarme la contraria, buscar excusas y recordarme lo pésima que era la idea.
Aunque a mí, de momento, me parece la más correcta.
Ahora, dentro del coche reina un silencio que solo es interrumpido por el sonido intermitente de las tripas de Dahlia.
—Has sido tú el que me ha arrastrado a esta estúpida excursión, más te vale darme algo de comer; no he desayunado.
Aunque me gustaría hacer las menos paradas posibles, cedo.
Nos detenemos en la primera estación de servicio que nos encontramos, y en la segunda, pero finalmente tenemos que desviarnos de la ruta en busca de una famosa cadena de sándwiches y batidos.
Cogemos el pedido para llevar y mientras Dahlia come una ensalada de frutas yo voy dando pequeños sorbos a mi batido de chocolate.
—¿Contenta?
Ella simplemente me muestra una sonrisa triunfante que hace destacar sus largas pestañas.
—Pon el navegador, necesitamos entrar de nuevo en la carretera principal. —Le digo la dirección de nuestro destino—. ¿Lo tienes?
—Repítemelo, lo he escrito mal. Me pone que está a siete horas.
—No, está bien —confirmo.
A ella se le borra la sonrisa de la cara.
—¿Siete horas para visitar un único lugar? Estás loco.
—Eso ya lo has dicho —contesto sin apartar la vista de la calzada. Veo de reojo cómo pone los ojos en blanco—. En realidad es solo una hora en avión, pero claramente no era una opción, ¿verdad?
Dahlia pestañea una, dos veces. Mi mirada se desliza entre ella y la carretera en línea recta que se abre ante nosotros.
—Podrías haber ido sin mí.
Pestañeo una, dos veces. Tiene razón, podría haberlo hecho. Pero no lo digo.
Porque entonces también tendría que decirle que ni siquiera miré los vuelos antes de reservar el coche de alquiler.
Sabía que no querría venir, pero aun así lo hice. Simplemente, no pude imaginarme hacer el viaje sin ella. Al fin y al cabo, somos compañeros, ¿no?
Habíamos acabado de firmar una tregua; más que eso, incluso. Nunca me habría imaginado conducir junto a Dahlia Harris a uno de los destinos más remotos del planeta mientras el tiempo de mi reloj se estaba acercando a cero.
Cómo me hace sentir eso es algo en lo que pensaré después.
El teléfono de Dahlia suena por sexta vez en menos de una hora.
—Mierda —resopla al mirar la pantalla de su móvil.
—¿Otra llamada de Adem?
En realidad, me estoy empezando a sentir mal por el chaval. Le hemos dado plantón.
Aunque, desde luego, no echaré de menos sus lecciones de historia y leyendas de amor, las últimas claramente para llamar la atención de Dahlia, que lo atendía absorta. No sabía que escondía un lado romántico debajo de ese corazón de hielo que se esfuerza en mostrar.
—No, de la agencia —responde, pero tampoco coge la llamada; deja sonando su móvil hasta que se detiene—. Sabes que vamos a meternos en un lío, ¿verdad?
Asiento, probablemente no estén contentos con nuestra decisión de cambiar los planes sorpresa que tenían preparados para nosotros y que debíamos promocionar. Ahora mismo, no me puede dar más igual, pero sé que para Dahlia sí es importante.
—La vida es una, ¿no?
Abre la boca dispuesta a responder, pero justo en ese momento es mi móvil el que suena. Estaba seguro de que lo había apagado, precisamente hoy. El aniversario del peor día de mi vida.
Lo cojo de la guantera dispuesto a apagarlo, pero entonces veo de quién se trata. Todo mi cuerpo se tensa a la vez.
—¿No lo coges? —pregunta.
Sé que ha visto el nombre en la pantalla.
—No —respondo.
No insiste.
Las siguientes horas son tranquilas y el paisaje, monótono. El sol se encuentra ahora en lo más alto de un cielo azul despejado y tenemos el aire acondicionado al máximo para combatir el calor sofocante que es capaz de atravesar las ventanas.
Dahlia ha conseguido que cesen las llamadas intermitentes en su teléfono y yo sigo ignorando las mías.
De repente, un golpe seco corta el ambiente y hace que ambos tensemos nuestros cuerpos ante el descontrol del vehículo.
Giro el volante en un intento por mantenernos en la carretera, pero soy incapaz de evitar el viraje brusco que ha tomado el coche.
Nos salimos de la carretera, levantando una nube de arena a nuestro paso que nos envuelve durante unos minutos en los que no logro ver nada a través de los cristales.
—¡Joder! —grito. Desabrocho mi cinturón y me giro rápidamente hacia Dahlia. Tiene el cuerpo encogido, sus piernas dobladas contra su pecho y sus brazos envolviéndolas. Reprimo el impulso de coger su cara entre mis manos—. ¿Estás bien?
—¿Qué ha pasado?
—Mírame, ¿estás bien? —insisto, mi voz más ahogada.
Ella simplemente asiente despacio. Yo respiro, no me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—Creo que hemos pinchado —respondo al tiempo que salgo del coche para comprobar los daños.
Tengo que cerrar los ojos al encontrarme con la repentina claridad; el sol golpea con fuerza y las partículas de tierra flotando en el aire me hacen toser.
Rodeo el vehículo. Una de las ruedas ha reventado y el olor a goma quemada inunda el aire.
Sigo inspeccionando el coche. Por lo menos no ha habido más daños visibles, aunque dudo que el seguro vaya a estar contento conmigo.
—Hay que cambiar la rueda —le informo, abriendo la puerta del copiloto.
—¿Cuánto vas a tardar?
—Lo menos posible, o eso intentaré. —Ya estamos perdiendo demasiado tiempo con esto, un tiempo que no tenemos. Que yo no tengo, al menos—. Podrías ayudarme.
—¿Tú crees que tengo pinta de saber cambiar la rueda de un coche?
— Touché .
Abro el maletero en busca de herramientas. Para mi sorpresa, está vacío, ni siquiera una maldita señal de aviso.
—¡No me jodas! —maldigo y vuelvo a cerrarlo con un golpe seco.
—¿Qué pasa? —pregunta Dahlia, saliendo del vehículo.
—No hay rueda de repuesto. Estamos tirados en medio de la nada.
Pongo los brazos en jarras, mirando fijamente a un horizonte desierto.
Esto es lo último que debería estar pasando. Apenas contamos con un día entero para llegar a nuestro destino y volver a Estambul para coger el vuelo a París. Esto solo nos roba tiempo.
—Genial, Ethan. Buen trabajo —resopla.
—Como si esto fuera culpa mía.
—¿De quién ha sido la idea de hacer esta estupidez?
—Oye, yo no te he obligado a venir —me defiendo.
—Tampoco me has dado muchas opciones —contraataca.
Siempre es así con nosotros. Un golpe, luego otro. La tregua estaba durando demasiado.
—Podías haberte negado. Yo no soy el responsable de todos tus problemas.
—Ahora mismo, mi problema eres tú.
He sido un iluso al creer que esto podía salir bien. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Se están agotando mis opciones, se está agotando mi tiempo.
Cojo el móvil y me paso los siguientes minutos tratando de ponerme en contacto con la empresa de alquiler del coche para intentar que alguien nos recoja cuanto antes.
Además, continúo rechazando las repetidas llamadas procedentes del mismo número (el de mi padre) y sus mensajes, e ignoro los comentarios mordaces que Dahlia suelta cada vez que pasa por mi lado, lista para volver a la carga en otra de nuestras discusiones.
—Buenos días —una voz femenina me recibe al otro lado del teléfono.
—Por fin, joder, llevo intentando contactar...
—Bienvenido al servicio de atención al cliente. Si desea hablar con uno de nuestros operadores, por favor, marque uno... —la voz neutra y monótona retoma su discurso.
Marco el número uno sin terminar de escuchar. Vuelvo a poner el móvil contra mi oreja.
—Por favor, manténgase a la espera.
Resoplo, el sonido comercial de la llamada comienza a darme dolor de cabeza.
Las llamadas insistentes de antes se han sustituido por mensajes, los cuales no me encuentro con la fuerza suficiente para abrir. De todas formas, ya sé lo que dicen. Son un recordatorio de mi cuenta atrás. Pero a ese, de repente, se unen otros.
—¿En qué puedo ayudarle? —Otra voz distinta suena a través del aparato, grave y masculina.
—Hemos pinchado una rueda, necesitamos que nos recoja alguien.
—Dígame su nombre y número de reserva. —Rebusco en mi teléfono toda la información que he recibido al recoger el coche en el hotel a primera hora de la mañana, que ya se me antoja como mucho tiempo atrás—. ¿Podría decirme dónde se encuentra?
—En medio de la nada —respondo por inercia.
—¿Perdón?
—¡No sé dónde demonios estamos! —le respondo gritando. Estoy empezando a perder la paciencia. A perder el control.
El operador no dice nada, solo teclea. El sonido se clava directamente en mi cabeza. Cierro los ojos con fuerza.
—Creía que tú lo sabías todo. —La voz de Dahlia se hace hueco en mi mente. La fulmino con la mirada.
—No, esa eres tú —replico sin poder contenerme, aunque sé que lo último que necesito ahora es entrar en su estúpido juego.
Ignoro las palabras que farfulla para sí misma, que probablemente no me están dejando en buen lugar.
—Caballero, ¿sigue ahí? —Mis pensamientos son interrumpidos por las palabras de mi interlocutor.