Cualquier destino menos contigo Capítulo 38
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Capítulo 38

Dahlia

No sé qué me desestabiliza más, la pregunta o que utilice mi nombre. Estoy tan acostumbrada a que me llame por ese estúpido apelativo que cuando mi nombre suena en sus labios se abre algún tipo de grieta.

Me hace sentir vulnerable, como si Ethan pudiera ver más allá de los muros de cristal que me he esforzado tanto en construir, aunque sea imposible, aunque yo no se lo permita nunca. Ni a él ni a nadie. Ni siquiera a Maia.

«¿No te has cansado ya? De unir tantas veces las piezas. Hasta acabar creando algo nuevo. Hasta olvidar cómo encajaban antes».

¿Que si estoy cansada? Pues claro que lo estoy. Todos los días. A todas horas. Pero el caso es que no sé cómo arreglarlo o si quiero hacerlo.

Es fácil vivir en un castillo de cristal hecho a medida. Lo que no te paras a pensar al construirlo es que es frágil, se rompe y los trozos acaban cortando, formando grietas.

El cristal no es tan bonito cuando está roto, pero a veces, si juntas mucho las piezas, rellenas el espacio hasta parecer que nada ha ocurrido. Sigues siendo la pieza nueva y reluciente que eras, la que la gente quiere ver.

Miro el reflejo que me devuelve el espejo. Estoy de vuelta en mi habitación, hemos regresado en silencio. No he contestado a su pregunta y él tampoco ha insistido.

Lo primero que hago al llegar es meterme en la ducha. Me tomo mi tiempo disfrutando del roce de las gotas de agua caliente descendiendo por mi piel. Salgo envuelta en una toalla, mi pelo mojado cae pesado sobre mi espalda, provocándome escalofríos.

Debería secarlo, debería vestirme, pero no me muevo, lo único que hago es mirar fijamente mi figura en el espejo, devolviéndome la mirada.

«Si todo el mundo tiene secretos, ¿cuál es el tuyo, Dahlia?».

—No me gusta lo que veo.

Me despierto temprano, con los primeros acordes de la misma canción.

Como todas las mañanas, me da el chute de energía necesario para levantarme y ponerme a cantar y bailar.

Es pronto, me he acostumbrado a madrugar y despertarme cuando los rayos de sol empiezan a iluminar el horizonte y el cielo todavía conserva el color anaranjado.

Mi mente y mi cuerpo reaccionan al mismo tiempo.

Es el único ejercicio de cardio que hago por voluntad propia. Y me encanta.

Tengo que admitir que echaba de menos esta rutina.

Cuando vivía con Wyatt, no lo hacía. Sabía que era algo que lo molestaba, no le gustaba el ruido, disfrutaba de las mañanas tranquilas... y cuanto más se acercaran al mediodía, mejor. Así que dejé de hacerlo cuando ambos dormíamos juntos y, a la larga, también cuando estaba sola.

La primera vez que puse de nuevo la canción fue por accidente, ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que la había escuchado. Luché contra el impulso de pasarla, la dejé sonar hasta el final. Y luego volví atrás para volver a escucharla.

Después de todo ese tiempo, seguía siendo mi canción favorita. Por alguna razón, que eso no hubiera cambiado me tranquilizaba, seguía manteniendo esa parte de mí misma.

Había aprendido que todo es pasajero. Había creado un personaje que todo el mundo quería y, a veces, me olvidaba de que había alguien debajo viviendo primero. De que yo misma estaba ahí.

Así que comencé a escucharla todos los días y puse el sonido como despertador.

Me muevo al ritmo de la música y, cuando me doy cuenta, compruebo que la hora se me echa encima. Freno entonces el impulso de abrir la ventana, donde seguramente esté Ethan esperando mi saludo de buenos días con un café en la mano.

Parece que ha pasado una eternidad desde nuestro primer encontronazo esa mañana en Milos, cuando cerré las ventanas de golpe al ver que estaba siendo un espectáculo para él y me prometí que no volvería a ocurrir. Por Dios, me había visto bailar en ropa interior.

Ahora, no me molesta tanto como debería. Ahora, es mi parte favorita de las mañanas.

Y no sé qué significa eso.

Me preparo deprisa, elijo otro vestido, esta vez largo y de color camel, ajustado y con una pequeña abertura en la pierna. Termino de perfilarme los labios y los relleno con mi color característico.

Salgo de la habitación y me detengo en la puerta contigua, la correspondiente al dormitorio de Ethan. Golpeo la puerta con los nudillos, suavemente. Al otro lado no se oye ningún ruido. Vuelvo a intentarlo, esta vez con más fuerza. Nada.

—¿Ethan?

No hay respuesta. Tampoco responde al teléfono.

«Ahí se queda», pienso.

Puede que su deporte favorito sea la impuntualidad, pero yo no estoy dispuesta a llegar tarde.

Nuestro guía, Adem, nos espera en media hora para continuar nuestra visita guiada por todos los monumentos de la ciudad, y yo primero quiero llenar mi estómago con un buen café y las delicias del buffet del hotel.

Cuando llego al vestíbulo, a pesar de la hora temprana, compruebo que está bastante concurrido, botones y turistas van de un lado a otro transportando maletas y muchos coches esperan en la entrada para llevarlos a sus próximos destinos.

—Buenos días, señorita Harris —me saluda el chico de recepción al otro lado del mostrador con una sonrisa; le devuelvo el gesto—. Me informan de que el vehículo que han reservado ya está disponible.

Al parecer, uno de esos coches de ahí fuera es para nosotros.

«¿Tan pronto? Imposible». Adem sí es puntual, no se atrasa un minuto, pero tampoco se adelanta. Salgo a la entrada para encontrarme de frente con la figura de Ethan, que está hablando con otro hombre vestido con traje. Finalmente, se estrechan las manos.

—¿Qué está pasando?

—Tienes diez minutos para subir a la habitación y coger todo lo que necesites para una noche. Nos vamos —contesta sin más.

¿Acaso se ha dado un golpe en la cabeza?

—No me pienso mover de aquí hasta que me expliques de qué va todo esto. —Cruzo los brazos a la altura de mi pecho y cambio el peso de una pierna a otra.

Ethan respira hondo antes de hablar, como si estuviera pensando qué decir.

—La pitonisa dijo que lo que buscaba no lo iba a encontrar aquí, lo cual está claro con esas estúpidas excursiones...

«¿Qué estás buscando, Ethan?».

—A mí me parecen interesantes —digo en cambio; él sigue hablando.

—Así que me largo y tú te vienes conmigo. A Capadocia.

Definitivamente, se ha dado un golpe en la cabeza.

—Ni de broma —niego con rotundidad—. Ni siquiera sé dónde está eso. Y no puedes hacer esto de repente por lo que te ha dicho una adivina de pacotilla...

—No es por eso —responde contundente.

—Es una locura, Ethan.

Permanecemos unos segundos callados, mirándonos fijamente a los ojos. Ninguno de los dos se mueve, nadie cede un centímetro. Intento buscar en sus ojos alguna explicación lógica a todo esto, como si el azul de sus iris pudiese traicionar al resto de su cuerpo, pero no veo nada.

Ethan es el primero en volver a hablar.

—¿Vienes o no?