Cualquier destino menos contigo Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

Nuestros pies y el ruido nos llevan hasta la entrada del famoso Bazar de las Especias.

El lugar es una explosión de olores fuertes y entremezclados, mucha gente caminando de un lado a otro y lámparas de colores proyectando sombras en todas las direcciones del largo pasillo de techo alto y abovedado.

El ambiente es espectacular, decenas de lenguas diferentes se hablan al mismo tiempo, cientos de cosas que mirar en cada uno de los puestos.

Con toda una multitud a nuestro alrededor, apenas puedo distinguir la figura de Dahlia a mi lado.

Acerco mi mano para entrelazar sus dedos con los míos y así no perdernos en medio de la muchedumbre.

Para mi sorpresa, no solo no se aparta ante el contacto repentino, que sé que no le gusta, sino que sus dedos también se doblan acariciando mi piel.

Por algún motivo, se siente natural, como si en este tiempo mis dedos hubiesen aprendido a encajar con los suyos.

Ninguno de los dos dice nada, simplemente caminamos de la mano.

Pruebo diferentes comidas típicas, como el baklava , el lahmacun y el döner kebab (este último para nada es nuevo, pero no podía irme sin comer uno de origen).

Dahlia, por otro lado, deambula conmigo observando los puestos, pero sin comer nada.

Cuando le pregunto si quiere un bocado, su respuesta siempre es no.

—Tienes que cenar algo, oigo tus tripas desde aquí.

—Desfilo en menos de una semana, no me puedo comer una barra de azúcar con más de quinientas calorías.

—Prueba esto. —Le tiendo lo que queda de mi kebab. Arruga el entrecejo y me mira confusa—. Espera, ¿no sabes lo que es un kebab?

—Claro que sé lo que es, pero nunca lo he probado.

—Veintidós años y no has vivido en absoluto.

—Tengo veintitrés.

—Todavía peor. —Pongo los ojos en blanco mientras mantengo la misma posición con mis brazos extendidos hacia ella—. Verdura y carne, todo nutrientes. No acepto un no por respuesta.

Resopla, pero no ofrece resistencia, lo que me indica que debe estar famélica.

Le da un pequeño mordisco y, mientras mastica, oigo un gemido de satisfacción.

Se le encienden las mejillas y yo no puedo evitar esbozar una sonrisa reprimiendo la urgencia de acariciar la parte de arriba de sus labios para borrar los restos de salsa que se camuflan con su color rojo característico.

Para salir, se ha vuelto a pintar los labios.

—Está bueno —dice con una sonrisa tímida.

—Te lo he dicho.

Le doy el resto del kebab y ella se lo come todo.

Ya es bastante tarde cuando nos disponemos a volver al hotel.

El ritmo de la ciudad, que parece haber ido en aumento con la entrada de la noche, me tienta a quedarme y seguir explorando, pero mañana debemos madrugar para cumplir con el itinerario de la agencia.

Antes de abandonar el caos del centro, algo llama mi atención. Me freno en seco, tirando de la mano de Dahlia, que retrocede por inercia hasta mi posición.

—Hay que entrar ahí. —Señalo con la mano que tengo libre la dirección de mi mirada, justo delante de nosotros.

Sé que ella también lo ve cuando pone una mueca.

—Venga ya, Ethan. Eso solo son trampas para turistas.

Insisto y acabamos moviéndonos en dirección a una pequeña carpa de terciopelo rojo a tan solo unos pasos de nuestra posición.

Las cortinas están abiertas y desde ellas se puede ver el interior lleno de tapices y mosaicos por todas partes, una mesa redonda que ocupa casi todo el espacio cubierta por una sábana negra, muchas velas —que son la única iluminación de la estancia—, juegos de cartas y amuletos.

Todo en el ambiente desprende un aire místico. Y huele intensamente a incienso.

Detrás de la mesa, hay una mujer con toda la parte delantera de su cuerpo, incluida la cara, cubierta por un velo fino que solamente deja entrever sus facciones.

Su pelo es largo y oscuro, y creo que debe de rondar la mediana edad.

Sus manos, apoyadas sobre la mesa, son lo único que tiene al descubierto y lucen unas uñas muy largas.

—Buenas noches. Queríamos...

No puedo terminar la frase, soy interrumpido por sus palabras.

—Hola, jóvenes. Os estaba esperando —dice, pero no levanta la cabeza—. No todos los días una tiene el privilegio de recibir a Ethan Adams y Dahlia Harris.

«¿Cómo sabe...?».

—No te muestres tan sorprendido. Esta mujer, como el resto del mundo, puede tener redes sociales —susurra ella a mi lado.

Supongo que eso puede explicar que sepa nuestros nombres.

—Veo que tenemos un público exigente. Eres escéptica, aunque no te culpo, nunca te han dado motivos para confiar.

Dahlia traga saliva, pero su voz suena firme cuando contesta.

—¿Y qué más te dice tu bola mágica?

—No seas boba, no existe tal cosa. Puedo leer vuestras mentes, ver lo que os espera en el futuro. La clarividencia es un don que me ha sido otorgado y que siento el deber de compartir.

—¿Para eso está la caja registradora?

—Regalo mi don, niña, no mi tiempo. La sesión cuesta veinte dólares americanos —continúa hablando—: Venís desde muy lejos y, a la vez, de diferentes sitios: Míchigan y Nueva York, una pareja curiosa.

Abro la boca, asombrado. Dahlia, a mi lado, pone los ojos en blanco, no parece nada sorprendida, pero yo me inclino un poco hacia delante, muy atraído por las palabras de la pitonisa.

—Tú sí me crees. —Ahora se dirige a mí—. Tanto tiempo queriendo huir de tu casa y el destino te ha traído aquí para conocer tu fortuna... o no. ¿Es lo que quieres?

Joder. No puedo responder, solo asiento con la cabeza.

La mujer, entonces, cierra los ojos con fuerza, a través del velo se pueden ver las arrugas que rodean sus párpados, y comienza a murmurar algo ininteligible.

—Necesito una conexión. Dame tu mano.

Me acomodo en uno de los asientos frente a ella y estiro mi brazo sobre la mesa. Dahlia no se ha movido, sigue de pie detrás de mí con los brazos cruzados a la altura del pecho, mirando con atención. Ambos estamos esperando una respuesta.

—Compartís un secreto, uno tan grande como los que guardáis dentro de vosotros. Os salpicará si no lo soltáis todo antes de que explote.

Los dos sabemos a lo que se refiere, al menos en parte. Luego, se dirige solo a mí.

—Vives una vida que no es la tuya, una que no te corresponde. Aprovéchala.

Sus palabras me cortan la respiración. Ahora sí que abro mucho los ojos.

«No, no tiene sentido, ¿de verdad puede descifrarme tan fácilmente? ¿Acaso tiene razón o solo me está recordando lo que ya sé?».

—Y una cosa más: lo que buscas con tanto fervor, no lo encontrarás aquí.

Otro tirón, esta vez en mi pecho.

Aparto la mano por acto reflejo, ya no estoy tan interesado en que me abran en canal.

—Veo que todavía no lo has superado. Huir no sirve eternamente.

Me levanto de la silla, no sé si ha pasado el tiempo completo de la sesión, pero yo desde luego ya he tenido suficiente. Me coloco al lado de Dahlia, cuyos ojos están clavados en la pitonisa. Ahora habla con ella.

—Encontrarás tu hogar allí donde te niegas a mirar, niña, pero te preguntaré una cosa —hace una pausa dramática—: ¿no te has cansado ya?

—¿De esto? Y tanto que sí. —Pone los ojos en blanco.

—De unir tantas veces las piezas. Hasta acabar creando algo nuevo. Hasta olvidar cómo encajaban antes.

No entiendo lo que quiere decir con sus palabras. La cara de Dahlia es una máscara inexpresiva, pero no puedo evitar preguntarme qué guarda debajo.

—Gracias por «su tiempo». Vamos, Ethan, ya hemos perdido veinte dólares, no quiero perder también más minutos.

La pitonisa no se molesta en despedirse más que esbozando una sonrisa torcida cuando le dejo el billete sobre la mesa.

Cuando salimos de la carpa, nos recibe de nuevo la oscuridad de la noche, pero las calles siguen abarrotadas de turistas e iluminadas por cientos de luces de todos los comercios y faroles.

Esta vez es Dahlia la que busca mi mano.

La atmósfera es extraña, como si todavía cargásemos con el ambiente del interior de la carpa. Lo que definitivamente llevamos con nosotros es el fuerte olor a incienso que ataca mis fosas nasales. Necesito darme una ducha al llegar al hotel.

—¿No crees en la magia, flor? —Por alguna razón, el silencio me pesa y siento la necesidad de llenarlo.

—En lo que no creo es en los cuentos.

Sabía que no creía en esas cosas, no sabía si yo mismo lo hacía, pero me gusta pensar que puedo invocar al destino, jugar con él. Por eso tenía tanto interés en entrar; he pensado que sería divertido. Lo que no esperaba es que lograra desestabilizarme.

—Entonces ¿cómo ha podido saber de dónde soy?

—Hablas con un acento de Míchigan que asusta.

—¿Y lo que ha dicho después? Que tú y yo compartimos un secreto...

—Todo el mundo tiene secretos.

El caso es que ella ha adivinado el mío. Dahlia no se ha dado cuenta del enorme torbellino que ha causado en mí, tal vez piense que es simplemente porque creo en estas cosas.

—¿Y tú?

—Yo, ¿qué?

—Si todo el mundo tiene secretos, ¿cuál es el tuyo, Dahlia?