Cualquier destino menos contigo Capítulo 37
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Capítulo 37

Ethan

Papá: Se acaba el tiempo, James. No puedes huir eternamente.

«Estambul. Joder, estamos en Estambul».

Mi mente no es capaz de asimilar todos los colores, sonidos y olores entremezclados en cada paso que damos.

Ni siquiera hemos parado en el hotel en el que nos alojaremos estos días. Un hombre trajeado que tenía nuestros nombres escritos en una pizarra nos ha recogido del aeropuerto y nos ha llevado directamente a nuestra primera parada del día.

En Estambul adelantamos los relojes un par de horas y necesitábamos aprovechar los últimos rayos de luz. Pronto se pondrá el sol y me muero de ganas de ver los tonos anaranjados colorear el cielo de la ciudad.

Tal vez lo encuentre aquí.

Se me acababa el tiempo.

Me saca de mis pensamientos el cambio de temperatura cuando por fin entramos en la Mezquita Azul, uno de los monumentos más conocidos de Estambul, después de un paseo por sus alrededores a demasiados grados centígrados acompañados del guía privado que nos ha proporcionado la agencia.

Dahlia camina a su lado, escuchando atentamente aquello que nos va contando acerca de la historia de la ciudad y su arquitectura.

El chico es joven, de tez morena y cabello oscuro, casi azabache, habla bien inglés y no despega la mirada de mi supuesta pareja.

Está coladito por ella, resulta demasiado obvio.

Dahlia lleva puesto un vestido largo que le cae por debajo de las rodillas, de color blanco y con botones en el centro de arriba abajo.

Es una de las pocas veces que no lleva los labios pintados de su característico color rojo.

Sus complementos se reducen a unas gafas de sol redondas marrones, del mismo color que el pañuelo sobre sus hombros.

Yo llevo puesta una camiseta que huele a ella. Intento desprenderme del recuerdo de Dahlia pegada a mí, pero su olor a jazmín hace que se materialice tan rápido en mi cabeza que no soy capaz de frenarlo.

Apenas he dormido esta noche. Volví al hotel a tiempo para ver el amanecer, tomarme un café solo bien cargado y escuchar de fondo la canción de Dahlia de todas las mañanas. Aunque no sé muy bien en qué momento se ha convertido en suya.

Estoy acostumbrado a viajar solo, llevo haciéndolo durante varios años y, la mayoría de las veces, disfruto de mi propia compañía.

Pero, por alguna razón, anoche no fue una de esas veces.

Visité cada rincón de la ciudad que quería ver, charlé con un par de chicas y bailé en el centro de la pista de un bar que Andrew describiría como «garito de mala muerte» pero que seguro le encantaría, y regresé solo a la habitación.

Mi cabeza volvía una y otra vez al hotel donde descansaba la pelinegra y maldecía no haberla convencido para tomar una copa.

Había acabado por acostumbrarme a nuestras conversaciones, nuestra necesidad constante de discutir, de tener la última palabra.

Era un juego que había empezado hacía mucho, pero que ahora estaba empezando a disfrutar.

Por eso, cuando nos subimos al avión y Dahlia por fin había conseguido dormirse, no había querido despertarla.

Su cuerpo descansaba relajado sobre mi hombro hasta que yo también caí en brazos de Morfeo, víctima del cansancio acumulado.

Me desperté con su olor a jazmín y solo tardé unos segundos en darme cuenta de lo cerca que estábamos, mi mejilla apoyada sobre su pelo y la cara de Dahlia descansando en el espacio de mi cuello.

Iba a separarme en un intento porque la distancia restara intimidad a la situación, nunca habíamos estado tan pegados el uno al otro sin una cámara de por medio, pero no quería despertarla, así que me quedé quieto lo que quedaba del vuelo.

A escasos minutos de aterrizar, su cuerpo se revolvió en el asiento y utilicé esos segundos para cerrar los ojos y fingir que estaba durmiendo. Dahlia se alejó lentamente, marcando de nuevo un espacio entre nosotros. Fue entonces cuando me atreví a abrir los ojos y ninguno de los dos dijo nada.

Pero nuestras manos no se separaron hasta que las ruedas tocaron tierra.

Pasamos las siguientes dos horas rodeados de los más de veinte mil azulejos que revisten el interior de la Mezquita Azul y, para cuando llegamos al hotel, ya se ha hecho de noche.

Caigo rendido en cuanto mi cabeza roza la almohada y me despierto horas más tarde con la misma ropa pegada al cuerpo, sudando por las altas temperaturas ya desde incluso antes de salir el sol.

Esta mañana, Dahlia sale al pequeño balcón dando giros al ritmo de la música, como cada día.

Yo estoy en la terraza con una taza de café solo y una parte de mí estaba esperándola.

Como si ella lo supiera y sin pudor, sale en ropa interior.

Se lleva dos dedos a la frente y, antes de volver a meterse en su habitación, hace una especie de saludo militar.

Yo imito su gesto con una sonrisa dibujada en la cara.

Nos pasamos todo el día metidos entre paredes de piedra: Santa Sofía, la Cisterna Basílica, el palacio de Dolmabahçe... Toda la ciudad, su historia y sus construcciones me resultan impresionantes.

Adem, nuestro guía de ayer, nos recoge a la hora prometida para continuar la ruta, respondiendo a nuestras preguntas —sobre todo, las de Dahlia— y esperando paciente mientras sacamos fotos en todos los lugares —sobre todo, también Dahlia.

—¿Quieres que te saque yo alguna? —Me acerco hasta donde está posando frente a Adem, que flexiona sus rodillas temblorosas buscando cumplir los ángulos imposibles que pide la modelo, y le quito el teléfono de las manos.

Saco la lengua y me hago un selfi con el móvil de Dahlia, que estoy seguro de que borrará en cuanto revise su galería y vea mi cara.

—Preferiría que no salieran borrosas —contesta ella, haciendo referencia a las fotos que le hice en Milos.

Pongo los ojos en blanco.

—Uno no puede cometer ni un fallito —digo con voz aguda.

—En realidad, fueron trescientos seis fallitos —apunta utilizando mi mismo tono, pero me tiende el teléfono igualmente.

Oculta una sonrisa cuando les echa un vistazo. Le gustan, pero no va a admitir que he conseguido hacerle fotos decentes. No sé por qué, me lo tomo como una victoria personal sobre Adem.

«Joder, ¿es que ahora lucho por su atención?».

El caso es que me he acostumbrado a que estemos los dos solos, a nuestra dinámica y bromas internas. Un tercer factor en la ecuación me descoloca y me hace dudar sobre cómo actuar. Pero no en lo que respecta a ella.

Los dos vamos hablando ahora sobre las publicaciones que acordamos subir a nuestras respectivas redes sociales (regla número siete).

Algunas cámaras que siguen nuestros movimientos a una distancia prudencial apuntan en nuestra dirección y Dahlia me revuelve el pelo (regla número diez), señal para que yo la agarre de la cintura y la atraiga hacia mí (regla número nueve).

Me lo estoy pasando en grande. Quien diga que no juega para ganar, miente, y nosotros, ahora mismo, somos los reyes de la partida. Salvo cuando se trata de póker, ahí Dahlia sigue invicta en lo que respecta a pegarme una paliza.

Hasta ahora he disfrutado de las visitas, pero no veo el momento de terminar con ellas. Desde que estamos aquí hemos salido de un monumento para enseguida entrar en otro. Dos días en la ciudad de Estambul y tengo la sensación de no haberla pisado todavía.

Pasamos muy pocos días en cada destino y yo necesito aprovecharlos al máximo.

Para mí, viajar a un lugar nuevo es vivirlo, descubrir sus calles, hablar con los lugareños y perderme por no saber el idioma.

Vivimos en un mundo en el que hemos conseguido atrapar la historia en libros de texto e internet, pero las experiencias solo se pueden vivir cuando sales de las paredes del hotel y escapas de las visitas guiadas. Como esta misma.

No sé cuándo nació mi necesidad de ver y descubrir el mundo, tal vez cuando me di cuenta de que no siempre iba a tener la posibilidad de hacerlo.

Cuando salimos (por fin) del último monumento de nuevo a las calles de la ciudad, el sol ya ocupaba una línea baja en el cielo y tengo que disimular mi enfado porque vaya a perderme, por segunda vez consecutiva, la puesta de sol.

Creo que Dahlia se da cuenta. Adem se despide de nosotros con una sonrisa sin ser consciente de mi mal humor y nos dice la hora a la que nos recogerá mañana en el hotel para seguir explorando el otro lado del Bósforo, como si no hubiéramos tenido ya bastantes lecciones de historia. Yo, por lo menos, las he tenido.

Por eso sé que esta vez, a pesar del cansancio, no me meteré en la habitación, al menos durante las siguientes horas.

—¿Te apetece algo de cenar? —pregunto.

Dahlia, por primera vez, parece pensar su respuesta. No oculto mi sorpresa cuando accede a acompañarme. Empezamos a caminar calle abajo y ella marca el ritmo.

—¿No te molestan las sandalias? Llevas en esos tacones todo el día.

—Esto no es nada, podría correr kilómetros con ellos.

Por supuesto que podría, a veces siento que ese calzado es una parte más de su anatomía que luce con orgullo.

Soy más alto que ella, pero, cuando se pone esos zapatos de aguja, recorta la distancia entre nosotros, dejando nuestros ojos a la misma altura. A veces, incluso la sobrepasa. Eso, por algún motivo, me pone un poco, aunque inmediatamente aparto ese pensamiento extraño.

Se adelanta algo y me permito observar cómo camina, la forma en la que sus caderas se contonean con cada paso, su espalda recta. La chica desprende una elegancia natural que hace que todo el mundo se fije en ella al pasar.

A mí también me cuesta unos cuantos segundos apartar la mirada.