Capítulo 36
Dahlia
Volvemos a estar entre terminales, pasajeros yendo de un lado a otro y paneles que anuncian los vuelos inminentes. El nuestro es uno de ellos.
Estoy intentando no perder los nervios porque Maia no me coge el teléfono.
Si no supiera que Romuald —el diseñador europeo más reconocido, como le gusta que se refieran a él— me dejaría sin desfilar en la Semana de la Moda de París, ya estaría mordiéndome las uñas.
Solo lo hago cuando estoy demasiado nerviosa y él no puede enterarse.
Romuald, el esnob, fingiría un desmayo y no me hablaría durante días. Ya lo hizo una vez.
Nuestra relación es más bien peculiar. Se ha molestado en llamarme varias veces para saber cómo estoy —algo impropio en él—, aunque su principal intención, según ha acabado confesando, era asegurarse de que no desapareceré de nuevo.
Igual que me ha dicho que tiene una sorpresa para mí en el desfile.
Tratándose de él, puede ser cualquier cosa.
Incluso su jubilación. Los rumores habían empezado a coger mucha fuerza y el propio Romuald se había visto obligado a confirmar que pasaría.
.. en algún momento. Responder a una pregunta sin responder realmente: típico de Romuald.
—¿Todo bien? —Me sobresalto al oír la voz de Ethan muy cerca de mí, no lo he oído acercarse—. Estás blanca.
«¿Cuántas veces puede colar la historia de que me ha sentado mal la comida? Hoy ni siquiera he desayunado».
—No he dormido bien.
No es mentira, aunque se trate de otra excusa. Él se gira para darme privacidad cuando mi teléfono por fin suena con una llamada entrante.
—¿Estás bien? ¿Quién se ha muerto? —oigo la voz adormilada de mi agente al otro lado.
En Nueva York son las tres de la mañana. «Mierda».
—Lo siento, no he pensado en la diferencia horaria...
—No me refiero a eso. Tú nunca me llamas. ¿Te has cargado a Ethan y quieres que libere tu agenda para enterrar el cuerpo?
Si no fuera por lo nerviosa que estoy en estos instantes, me habría reído.
Maia tiene razón, nunca la llamo, salvo que se trate de una reunión programada. Ella sí lo hace, todas las semanas, varias veces. Por supuesto, es su trabajo, pero también lo hace para recordarme que tengo dentista o para preguntarme cómo me ha ido un rodaje.
Maia es la única persona que ha sido una constante en mi vida desde que entré en este mundo y decidí mostrar este personaje que yo misma he ido creando.
Aceptó ser mi agente y dejar el único trabajo por el que le pagaban sirviendo copas cuando yo solo tenía diecisiete años y un único contrato sobre la mesa; aunque ya me hubiese labrado cierta reputación, seguía siendo una apuesta arriesgada.
El juego nos salió bien a las dos. Sigue negándose a aceptar pagas extra por mi parte (salvo la de Navidad para gastarla en adornos navideños), pero sí logré convencerla para incrementar su porcentaje de ganancias en la última renovación de su contrato.
Le regalé un sofá de piel y una mesa de centro para celebrar que le concedieran su propio despacho en la oficina, aunque fuera diminuto, y ella estaba conmigo cuando conocí a Wyatt en una azotea de Nueva York.
Me ayudó a escoger el regalo de mi quinto aniversario que nunca llegué a darle, y lo destrozó conmigo hace dos meses, cuando todo explotó.
Y, aun así, a pesar de todos estos años, no soy capaz de confesarle lo que pasó esa noche, la que hizo que la flecha girase en otra dirección.
Sé que puedo contar con ella. Maia jamás ha traicionado mi confianza y siempre ha luchado porque los contratos fueran lo más ventajosos para mí, para ambas.
Maia es mi única amiga. Pero yo soy su jefa.
No puedo evitar pensar que, si no nos uniese nada, si no hubiese ningún tipo de lazo laboral entre nosotras, ella tampoco querría permanecer a mi lado después de tantos años. Al fin y al cabo, nadie lo ha hecho.
—¿Cuántas pastillas me puedo tomar? —susurro, para evitar que alguien me oiga—. Antes de dormir me tomé una y no me hizo nada, necesito aumentar la dosis.
—Déjame que lo consulte. —Su tono cambia. A continuación, cuelga.
Aprieto el móvil entre mis manos mientras espero e ignoro a Ethan diciéndome que ya podemos embarcar. Cuando ya no puedo retrasar más nuestra entrada por la pasarela, el mensaje llega. Lo leo y apago el móvil.
—¿Quieres ventanilla? —pregunto a Ethan cuando llegamos a nuestros asientos contiguos.
—Claro, gracias.
Antes de sentarse, sube nuestro equipaje a los compartimentos superiores, estira su espalda y puedo entrever la piel morena de la parte baja de su abdomen.
Su ropa es distinta a la de la noche anterior y me hace preguntarme cuánto tiempo ha pasado en el hotel desde su vuelta. .. o si ha vuelto con alguien.
Aunque no sea para nada de mi incumbencia.
Por alguna razón, me molesta imaginarme a Ethan en un bar nocturno, probablemente con compañía. ¿Y si lo reconocen? No podemos engañar a nadie con rumores sobre una supuesta relación si anda ligando en los pubs de las ciudades que visitamos.
Aunque, de nuevo, no sea para nada de mi incumbencia.
—¿No te sientas? —me pregunta el susodicho.
—Voy al baño antes de despegar.
Me meto en el pequeño cubículo y saco del bolso el nuevo blíster de pastillas. Sigo las indicaciones que me ha enviado Maia después de hablar con mi psiquiatra. Cómo ha logrado contactar con ella a las tres de la mañana es un misterio para mí, pero Maia siempre consigue lo que quiere.
Me cuesta volver a mi asiento al tener que esquivar al resto de los pasajeros que todavía están entrando en el avión y acomodándose en sus asientos.
Antes de que me dé cuenta, la voz de la azafata anuncia el despegue inminente, el avión comienza a acelerar por la pista y yo me agarro con fuerza a ambos reposabrazos de mi asiento hasta que mis nudillos se ponen blancos.
—No sabía que tuvieses miedo a volar —dice entonces Ethan.
Abro los ojos y me obligo a mirarlo.
Voy a negarlo, pero a estas alturas ya no tiene sentido.
—¿Cómo lo sabes?
—Siempre estás nerviosa antes de coger un vuelo. Y ahora estás apretando mi mano tan fuerte que creo que se me ha cortado la circulación.
Desvío la mirada hacia el espacio que hay entre nosotros y encuentro nuestras dos manos entrelazadas, o más bien la mía atrapando la suya.
Pues no se trataba del reposabrazos.
La retiro rápidamente.
—Lo siento.
El avión sigue inclinándose hacia arriba, mi espalda contra el asiento y mis ojos cerrados hasta que me duelen los párpados.
El despegue es rápido, pero la altura cada vez es mayor.
Intento no mirar por la ventanilla, no quiero ver la distancia que nos separa del suelo.
Necesito que las pastillas hagan efecto pronto y mi cuerpo pueda relajarse durante las horas que dura el vuelo.
En ese momento, una leve turbulencia sacude el avión.
—Eh, tranquila —susurra Ethan y nuestras manos vuelven a estar juntas, pero esta vez es él quien sostiene la mía.
Después de eso, no recuerdo nada más; duermo el resto del vuelo.