Capítulo 35
Ethan
Es nuestra última noche en Amalfi y podría ser también mi última noche en toda Italia, así que, a pesar del cansancio acumulado y de que mis músculos me piden un descanso, pienso aprovecharla, aunque tenga que presentarme por mi cuenta en el aeropuerto a primera hora sin haber tocado la almohada y con la ropa que llevo puesta ahora mismo.
Todavía hay muchas cosas que quiero explorar: el encanto de estas calles, los bares. .., la atención femenina.
Hace bastante tiempo desde la última vez que me he dejado llevar en ese tipo de asuntos y lo cierto es que me vendría bien una distracción para no seguir pensando... en ella.
La conversación que he tenido con Dahlia en el agua todavía me ronda por la cabeza.
Le he mentido.
No la he utilizado. No la he invitado a un helado, reído con ella y acabado ambos en el mar por puro espectáculo. Por supuesto, eso ha sido un plus viendo el revuelo que hemos causado. Pero no he pensado en eso, simplemente me he divertido. Me he divertido con Dahlia Harris.
Ahora mismo no sé si estamos en Europa o en una dimensión paralela.
Estoy terminando de abotonarme la camisa cuando golpean la puerta de mi habitación con elegancia.
¿Cómo se toca una puerta con elegancia? No tenía ni idea hasta ahora. Pero así es exactamente cómo suena.
Recorro la escasa distancia, no hacia la puerta principal, sino a la que conecta nuestros dormitorios y que usé hace dos noches por primera vez.
—Pensé que habíamos acordado no arreglarnos para cenar —digo, a modo de saludo.
Dahlia aparece delante de mí con una falda blanca que le cae por debajo de las rodillas en contraste con un top negro ajustado y sin tirantes. Y, por supuesto, sus característicos labios rojos.
—Y tú te lo has tomado demasiado al pie de la letra, por lo que veo.
Me miro una última vez en el espejo antes de coger mi teléfono listo para irnos. No sé qué tiene de malo mi camisa esta vez, es de pequeñas caras sonrientes. Si se fijara, se daría cuenta de que algunas de ellas incluso guiñan un ojo.
Salimos de la habitación rumbo al restaurante de la planta baja del hotel.
Normalmente hubiera insistido en comer en alguno de los locales de la ciudad, pero sabía que Dahlia se habría negado.
Además, las vistas desde el balcón son insuperables: el mar Mediterráneo —un nombre que todavía no sé cómo pronunciar correctamente— a nuestros pies, ahora oscuro, acariciando la costa.
Todas las mesas están ocupadas salvo una, a la que nos conduce el camarero. Me fijo en que nuestros nombres están escritos en un sobre con una tipografía refinada. Y, en el centro de la mesa redonda, unas velas. ¿Por qué siempre tiene que haber velas?
—Un pequeño detalle de parte de todo el personal del hotel. Espero que hayan disfrutado de su visita y que la cena sea la despedida perfecta.
Entonces Dahlia abre la boca, pero los sonidos que salen de ella no suenan para nada familiares.
No entiendo ni una sola palabra de lo que dice, pero el camarero le muestra una sonrisa y se da la vuelta para volver un par de minutos después con las cartas y una botella de vino. Enseguida, volvemos a quedarnos solos.
—¿Qué le has dicho?
—Le he dicho «Gracias, todo ha sido perfecto». —Y repite las mismas palabras en italiano, con un acento incluso respetable.
—¿Sabes hablar italiano? —pregunto sorprendido mientras ella presta atención a la carta.
—Claro que no —responde sin levantar la vista de esta.
«¿Cómo la entiende?», me pregunto. Echo un vistazo a la mía. Vale, está en inglés. Menos mal que no lo he dicho en voz alta.
—Cuando visito un país en el que se habla un idioma diferente, me gusta aprender un par de frases.
—Eso está bien —respondo.
—¿Tú no lo haces?
—Se me dan de pena los idiomas, a veces ni siquiera sé hablar inglés.
—Eso explica por qué no puedes decir «mar Mediterráneo».
«Por supuesto que se ha dado cuenta —pienso—. Por supuesto que lo ha aprovechado».
Un camarero diferente viene a tomarnos nota; es joven y le tiemblan las manos al escribir en su pequeña libreta. Su mirada no se despega de Dahlia.
Los dos pedimos el plato de pasta boloñesa: yo, con extra de queso; ella, con espinacas.
Dicen que no te puedes ir de Italia sin probar la pasta. Yo ahora mismo no quiero irme de Italia, punto. Tan solo con el primer bocado, tengo claro que podría comer esto durante el resto de mi vida.
Me lo acabo antes de darme cuenta y maldigo por no haberme tomado mi tiempo para saborearlo más, como está haciendo Dahlia en estos momentos, que todavía conserva la mitad de su plato intacto.
La observo llevarse el siguiente bocado a la boca.
Joder, la chica consigue que comer se vea sexy.
Yo parecía un idiota mientras me he comido la pasta, tratando de atrapar todas las espirales y manchándome en el intento; ella no.
Su forma de coger los cubiertos es perfecta, la forma en la que sus labios se abren tan solo el espacio justo para dejar pasar el tenedor, coloreando sus labios de un tono de rojo diferente del que ya lucen.
.. Y ahora se lleva la copa de vino a la boca, dejando un rastro carmesí sobre el cristal.
—¿Quieres terminarlo?
—¿No comes más?
—Demasiados carbohidratos. El desfile es en una semana, debo prepararme.
Me tiende el plato y yo lo acepto con gusto, pero sus palabras todavía reverberan en mi mente cuando doy el primer mordisco.
Siempre me ha parecido estúpido. Como es evidente, no lo digo en voz alta. Dahlia ha decidido formar parte de ese mundo y no quiero que se sienta juzgada, no tengo el derecho de hacerla sentir así.
Cuando era adolescente, una parte de mí había fantaseado con esos cuerpos alargados y sensuales que aparecían en las revistas, los desfiles y la televisión. Al fin y al cabo, soy un tío.
Pero luego veía a mis hermanas, a Taylor, a Abby —mi cuerpo se estremece al pensar en esta última; no sé por qué me molesta hacerlo delante de Dahlia—, mirar aquellos cuerpos imposibles de puntillas, como si ellas estuvieran muy por debajo de esos estándares de belleza que la sociedad había decidido imponerles.
Me enfadaba pensar que eso las hiciera no sentirse suficientes.
Por supuesto sé en qué consiste exactamente su trabajo, sería un hipócrita si tratara de negar que es preciosa, pero me pregunto si ella sabe que ganar un kilo, una arruga o una mancha no resta nada a su belleza, sino que la intensifica, la hace real.
—¿Qué crees que pasaría si me tirara desde aquí?
Nuestra mesa está cerca de la barandilla de piedra, a los pies de la cual se encuentra el mar. Se puede oír cómo las olas chocan con las rocas. Ese sonido, a pesar de la ferocidad que representa, siempre me ha transmitido calma.
—¿Siempre tienes este tipo de pensamientos?
—¿Qué tipo?
—Locos. ¿Por qué querrías tirarte desde tan alto?
Es una costumbre que he desarrollado a lo largo de mis viajes. Adoro la adrenalina que te provoca el sentir que estás cayendo al vacío y el silencio absoluto cuando te sumerges en el mar. Muchas veces ayuda también a acallar mi cabeza.
Mi primer salto fue con diez años; apenas eran unos metros, pero Andrew me retó a hacerlo, convencido de que no me atrevería, y yo solo quería impresionarlo. Parte de mí se preguntaba qué había debajo, cómo se sentiría..., así que hice lo mismo que hacía con todo: me lancé.
—Las vistas son impresionantes desde arriba, ¿sabes?
—Pero luego la caída es más fuerte.
Lo pensaba desde hacía años: ¿De qué servía hacer siempre lo mismo para llegar al mismo punto? Correr riesgos siempre nos lleva a otro lugar, más lejano, más recóndito, diferente. Y yo no podía quedarme quieto. Quería verlo todo.
—Cuanto más alto puedas saltar, a más profundidad puedes sumergirte.
—Y más riesgo tienes de morir, o de ver cosas que no te gustan.
Entorno los ojos. Creo que ya no estamos hablando de lanzarse por acantilados. Y puede que haya empezado yo, pero no esperaba que Dahlia me siguiera.
—Quiero ver más allá de lo que he visto. —Puede que esté refiriéndome a algo, o a alguien, concreto. Y que la tenga delante.
—Allí está todo oscuro. Créeme, no vale la pena.
—Claro que sí. Está oscuro porque está escondido, no porque no sea espectacular. Y algún día quiero verlo, Dahlia. A mí no me asusta la oscuridad. La oscuridad no debería asustarnos.
Desvía la mirada, pero no dice nada.
Creo que veo otra grieta, pero esta vez es distinta a las anteriores.
«¿De verdad se siente así?». Noto un pinchazo en el pecho, el sentimiento me resulta demasiado familiar. Compartir el postre con Dahlia era una cosa, pero esto que estamos haciendo... No quiero pensar en ello ahora mismo.
—Espero que en el siguiente destino no haya tanta humedad; entre eso y la sal del mar, tengo el pelo fatal.
Agradezco el cambio de tema, aunque sea superficial. Yo le contesto con una broma poco original y los dos terminamos la cena riéndonos y subiendo unas fotos que revolucionan las redes.
Las estadísticas de mis últimos vídeos son absolutamente espectaculares. El efecto Dahlia Harris es imparable y me ha posicionado en el ranking de los diez primeros, con muchas más posibilidades de ganar el premio.
Un millón de dólares.
Un millón de razones por las que este cuento que nos hemos inventado vale la pena; por las que mentir a Andrew y Taylor está justificado, y por las que volver a casa no sería tan malo, después de todo.
Salimos del restaurante y caminamos por el vestíbulo de la planta baja del hotel.
—Te acompaño hasta la habitación antes de irme —digo. Ella arruga el entrecejo, confusa—. Quiero explorar un poco, aprovechar la última noche en la ciudad.
Dahlia asiente con la cabeza.
—No te atrevas a llegar tarde mañana o le diré al taxi que nos vamos sin ti.
—Apuesto a que voy a estar despierto antes que tú. —Siempre lo estoy, por eso siempre oigo las primeras notas de la canción que actúa como su despertador personal, pero no se lo digo, porque entonces me preguntaría el motivo y no quiero explicárselo.
El ascensor alcanza pronto el piso correspondiente. Ya estamos en el pasillo que lleva hacia nuestras dos habitaciones conectadas, al fondo.
—Apuesto a que ni siquiera vas a acostarte. —Un breve silencio—. Buenas noches, Ethan.
Abre la puerta de madera oscura con la tarjeta de plástico y ella y la tímida sonrisa que me dedica antes de entrar desaparecen tras ella. Yo me quedo quieto en el sitio unos segundos.
Estoy a punto de pedirle que me acompañe, pero no lo hago. De todas formas, ella me habría respondido que no.
Pero no puedo evitar que una parte de mi mente se imagine cómo sería una noche con Dahlia Harris.
Y pensar qué tendría que hacer para que ella dijese que sí.