Capítulo 34
Dahlia
—Venga, Dahlia, es un paseo corto.
—¡En moto!
—Es una scooter .
—En lo que a mí respecta, cualquier vehículo de dos ruedas es inestable y peligroso.
Estamos teniendo una conversación intensa acerca de la «maravillosa» idea que han tenido para llegar al centro de la ciudad, la última localización para las fotos de la campaña, y que el mismo trayecto sirva como parte del rodaje.
Pero si esperaban, por un segundo, que accedería a montarme en una moto —con Ethan Adams, nada menos—, estaban muy, pero que muy equivocados.
—Los tramos de calle o carretera por los que vais a pasar están cortados y no tenéis que preocuparos por la velocidad —dice el director en otro intento por convencerme.
—¡Yo no firmé hacer nada que ponga en riesgo mi seguridad!
—¿No hiciste un rodaje con un tigre una vez?
—¡Estaba bien adiestrado!
Cómo sabe Ethan de la existencia de esa sesión, ni idea.
Las posibilidades de no tener que montarme se reducen por momentos; dejo caer los hombros en señal de rendición y me acerco a la moto mientras veo cómo le explican a Ethan los mandos, aunque él se adelanta a las indicaciones y enseguida acelera para incorporarse a la calzada.
Viéndolo conducir, no parece tan peligroso.
Solo recorre unos metros antes de dar la vuelta y regresar al punto de inicio, se baja de la moto y viene a mi encuentro.
—¿Alguna vez has montado? —pregunta.
Niego con la cabeza.
No me gusta el tráfico, lo cual parece una incongruencia teniendo en cuenta mi trabajo y lo mucho que viajo.
Tampoco tengo carnet de conducir y nunca he tenido interés en sacármelo; prefiero confiar mi vida a gente más experimentada que yo en la carretera.
Además, odio las motos. Me parecen peligrosas, el casco no le sienta bien a nadie y, cuando llueve, te mojas.
De entre todos los vehículos, está en lo alto de mi lista de los más terroríficos, en segunda posición.
—No te voy a obligar a montar; si no quieres, diremos que no. Los dos. —Voy a abrir la boca para agradecérselo, pero él sigue hablando—: Pero antes sube conmigo, solo cinco minutos. Y, si no cambias de opinión, podemos ir en bicicleta si te apetece. Confía en mí.
¿Confiar en él? Me quedo prendida de sus últimas palabras. Confianza no es la palabra con la que describiría nuestra nueva relación, pero sí sé que dice la verdad. Ethan no miente.
Supongo que puedo confiar en él.
Sus términos son justos. Son solo cinco minutos, así que no puede ser tan malo. Con suerte pasarán rápido, le diré que no quiero montarme en una de esas nunca más y seguiremos con nuestras vidas.
Dos victorias en un día, casi parece demasiado bueno para ser verdad.
Ethan ya está delante de mí con sus piernas a ambos lados del asiento y el casco puesto. Detrás de él reposa otro de color crema, casi amarillo, del mismo color que la moto. Lo encajo en mi cabeza, me queda bastante ajustado, y trato de agarrar la correa para sujetarlo por debajo de la barbilla.
—Yo te ayudo.
Ethan se inclina hacia mí y juega con la cuerda del casco sin esfuerzo.
Lo aprieta en su justa medida y, antes de separarse, juraría que se queda unos instantes con la mirada clavada en mis labios.
Él se recupera antes que yo de nuestra repentina cercanía, que no hace sino reducirse todavía más cuando ocupo el asiento trasero de la moto.
Busco algún punto de sujeción, pero no hay ninguno salvo él.
Noto todos los ojos puestos en nosotros, en mi próximo movimiento.
Como si hubiera leído mis pensamientos y sin ni siquiera girarse, sus manos se mueven buscando las mías y guiándolas hacia su cintura con toda naturalidad, como si hubiéramos compartido este contacto muchas veces.
Oigo el sonido del motor encenderse, una y dos veces. Entonces soy consciente de la ropa que llevo, un vestido blanco de tirantes finos, corto y vaporoso, que apenas me cubre los muslos cuando estoy erguida.
—Espera, creo que... —empiezo a decir, al tiempo que él grita:
—Agárrate fuerte.
—¡Me has prometido no ir muy rápido! —chillo en cuanto comenzamos a movernos y salimos a la carretera... a una velocidad aproximada de veinte kilómetros por hora.
Aun así, mis brazos rodean su abdomen duro apretando con fuerza todo mi cuerpo contra el suyo.
—Flor, necesito respirar —dice, en un tono ahogado, pero me da igual. Mi pecho sigue pegado totalmente a su espalda y mi cabeza está apoyada en su hombro, permitiéndome inspirar su olor combinado con el de la sal del mar.
Ethan no vuelve a decir nada a pesar de que no aflojo mi agarre, simplemente oigo su risa por encima del viento que nos golpea de frente y hace que mi pelo oscuro se revuelva indomable por debajo del casco y golpee sin control mi espalda descubierta. Y no es lo único que vuela salvaje.
La parte baja de mi vestido se levanta dejando mis largas piernas al descubierto; con cada ráfaga, más centímetros de piel desnuda, muy cerca de la parte superior de mis muslos. Trato de mantener rígidas las piernas en un intento por frenar el vuelo de la prenda, pero es en vano.
La cabeza de Ethan está ligeramente inclinada hacia atrás, sus ojos no pierden de vista la calzada.
Creo que me dice algo, pero no lo escucho.
Me encuentro demasiado ocupada pensando en los drones que nos siguen la pista para captar las imágenes y en que me siento demasiado expuesta.
Pero estoy demasiado rígida y asustada para soltar a Ethan y hacer algo.
Entonces, uno de sus brazos viaja desde el manillar hasta mí, más concretamente hasta mi pierna desnuda, acariciando mi piel y dejando un rastro eléctrico bajo su contacto.
Mis alarmas se disparan a medida que sigue subiendo, así como el calor que siento en las mejillas.
Voy a abrir la boca —para decir no sé muy bien el qué— cuando me doy cuenta de sus intenciones.
Alcanza su objetivo agarrando en un puño el bajo del vestido, devolviéndolo a su lugar y cubriendo los centímetros de piel que me hacían sentir desnuda.
No rompe el contacto inmediatamente y su mano permanece sobre mi muslo unos segundos más.
Me doy cuenta en ese instante de que me ha estado estudiando. Se lo agradezco en silencio apoyando mi cabeza contra su espalda. Mi casco choca primero e impide que mi mejilla roce la tela de su camisa, pero, aun así, puedo oír su corazón latir rápido, muy rápido.
—Prueba a gritar —brama para que pueda oírlo—. Vamos, desahógate.
Y a continuación, su abdomen se tensa, su espalda se estira y de él sale un grito de euforia que se hace oír por encima de todo a nuestro alrededor. Sonrío.
—Libérate, Dahlia.
Lo hago. Grito.
Grito como hace tiempo no hacía. En realidad creo que nunca lo había hecho. Entonces vuelvo a reír, y también me doy cuenta de que hacía mucho tiempo de la última vez que lo hacía así.
Y puede que sea la adrenalina la responsable de mi arrebato de valentía, pero uno de mis brazos desata la cintura de Ethan y lo extiendo para encontrarme con el viento, sintiendo la corriente impulsándolo hacia atrás. Cierro los ojos y, por primera vez, me dejo llevar.
No sé cuánto tiempo dura el trayecto, pero cuando Ethan anuncia que ya hemos llegado a nuestro destino, despertándome de mi ensoñación, mi cuerpo está relajado y no tengo ganas de bajarme ni de dejar de abrazarlo.
Nos metemos en una de las calles con caminos empedrados y casas de colores pastel del centro de la ciudad. Todo el ambiente respira verano, a pesar de no haber alcanzado oficialmente el solsticio que le da comienzo.
El equipo de cámaras y directores está inspeccionando en las pantallas las tomas que han grabado durante el viaje. Los planos son increíbles.
La gente piensa que un rodaje es intenso, que consiste en sacar miles de tomas en diferentes poses y caracterizarse con el vestuario, pero la realidad es que la mayoría del tiempo estás de brazos cruzados.
La química entre Ethan y yo es palpable en las últimas tomas, ya no me pregunta dónde tiene que tocarme y yo inclino sin vergüenza mi cuerpo contra el suyo.
—No están mirando —me susurra Ethan al oído. Está a mi lado, ambos de pie apoyados contra la pared de uno de los edificios decorados para el rodaje—. He visto que hay un puesto de helados artesanos en la esquina. ¿Quieres pillar uno?
En teoría, no podemos comer durante el tiempo que dura la sesión, aunque sé que Ethan se ha saltado ya esa regla.
—No podemos... —comienzo a decir, pero me corta.
—Las fotos han salido espectaculares, está claro que hemos terminado.
Por algún motivo, cedo sin más. Puede que mis tripas también estén cansadas de esperar.
Soy la primera en despegar la espalda de la pared, pero Ethan se sitúa a mi lado rápidamente y sus dedos se entrelazan con los míos en un gesto tan natural que me sorprende.
Su mano está caliente y un poco sudada, pero no retiro la mía.
—Pide tú primero —dice Ethan cuando llegamos a la heladería y el hombre con un delantal manchado con los colores del arcoíris dirige su atención hacia nosotros.
—Un helado de pistacho, por favor —pido al vendedor, que enseguida se inclina sobre la barra para preparar mi cono.
Oigo a Ethan resoplar.
—¿Qué persona de menos de cincuenta años pide helado de pistacho?
—Está muy bueno —replico, como si tuviera que excusarme.
No sé por qué, le resulta gracioso.
El hombre me tiende mi pedido y lo cojo entre mis manos con cuidado, pero sin poder evitar pringarme un poco los dedos.
—Yo quiero uno de vainilla y chocolate.
—¿Y tú cuántos años tienes?, ¿cinco?
—Mejor que tener cincuenta.
Y no se me ocurre otra respuesta que sacarle la lengua. Muy maduro por mi parte.
Lo peor es que sé que él ha disfrutado del gesto todavía más que yo y que me lo recordará. Vaya si lo hará. Pero no puede ocultar la sonrisa.
Cuando los dos ya tenemos nuestros helados —Ethan ha insistido en invitarme, ya que ha sido idea suya—, caminamos en sentido contrario al equipo de dirección para que nos dé tiempo a deshacernos de las pruebas incriminatorias en caso de que haya que continuar con la sesión.
Solo espero que mi barriga hinchada no les dé una pista de ello.
—Déjame probarlo.
—Ni hablar, te has burlado de toda la población que, como yo, adora el helado de pistacho y no lo puedo permitir.
—Dudo que seáis tantos como crees.
—Está bien, te dejo que comas un poco solo para que también te comas tus palabras.
Levanto el helado en su dirección y él se inclina hacia la bola que reposa sobre mi cono.
Es tan rápido que no lo veo venir y, para cuando aparto mis manos por acto reflejo, más de la mitad de la bola ha desaparecido tras el mordisco descomunal de Ethan.
—¡Oye!
—Pues es verdad que está más bueno de lo esperado. A partir de ahora voy a respetar un poco más a la gente mayor en sus decisiones sobre helados.
Todavía conserva el color verde alrededor de su boca y pasea su lengua por sus labios para borrar esos restos mientras muestra su mejor sonrisa, como si nunca hubiera roto un plato; como si nunca hubiera robado un helado de un mordisco.
—¿Sabes? No me gustaría que te quedaras con ganas de más.
Y, a continuación, hago lo último que se espera, lo último que yo esperaría de mí misma. Le planto lo que queda de mi bola de helado de pistacho medio derretido en su cara, que ahora combina con la zona de alrededor de sus labios.
Me echo a reír al ver su expresión, sus ojos abiertos como platos. Me río tanto que empieza a dolerme la tripa y me doblo apoyando las manos sobre mis rodillas.
—¿Y tú de qué te ríes?
Ataca rápido, pero yo lo soy más y logro esquivar su helado cuando roza la punta de mi nariz, pero el objetivo era el mismo que el mío: mi cara.
Una pena que solo uno de los dos haya acertado de lleno.
Una suerte para mí que haya sido yo y ahora esté mirando de frente a Ethan Adams cubierto con helado de pistacho.
—Tienes un poco de... —comienzo a decir, pero la risa me impide completar la frase, así que señalo toda su cara con el dedo índice.
—Esta me la vas a pagar.
Y, sin previo aviso, se lanza sobre mí, pero esta vez su arma no es el helado.
La vainilla y el chocolate se han derretido hasta el punto de no distinguir qué parte perteneció a un sabor u otro, pero Ethan sigue sosteniendo con la misma mano el cono mientras se vale de la otra para, en cuestión de segundos y antes de que mi mente pueda procesarlo, colocarme sobre su hombro como a un saco de patatas.
Me revuelvo en vano y empieza a caminar como si nada. La gente que pasea por las calles nos mira curiosa; entre ellos, algunos de los miembros del equipo de la campaña, que no sueltan las cámaras.
—Me sabe mal que no te hayas podido tomar el helado para refrescarte, así que ¿qué tal si solucionamos eso, flor?
«Oh, no».
Muevo las piernas, sin importarme que pueda perder el equilibrio y tirarme al suelo. No lo hace, sé que no lo haría. Mi peso muerto ni siquiera le impide correr en línea recta hacia su destino, ese que temía.
—¡No, no, no! ¡Por favor!
Mis súplicas no sirven de nada.
Ethan recorre la arena de la playa en un tiempo récord y, sin frenar, se adentra en el mar, conmigo aún a cuestas. Sumerge nuestros cuerpos, todavía entrelazados, y me sorprende el cambio de temperatura y la humedad sobre mi piel y mi pelo.
Salgo a la superficie para coger aire y me encuentro con él frente a frente. El agua nos llega a la altura de la cintura.
—Estamos trabajando y hemos huido literalmente del equipo; esto es muy poco profesional. —Su respuesta simplemente consiste en hundirse por debajo de la nariz y hacer burbujas—. Podemos meternos en un lío.
—Habíamos terminado antes de ir a comprar el helado, he preguntado. Y ahora les hemos dado incluso más de lo que necesitan.
No sé por qué mi cabeza ha tardado tanto en juntar las piezas.
Darnos la mano en público, hablar cerca el uno del otro, mirarnos fijamente y un beso fortuito delante de las cámaras (aunque nunca en los labios). Bueno, puede que esa última no la hayamos cumplido a rajatabla. Pero todas son lo mismo: reglas. Las reglas de nuestro trato.
—Así que de eso iba esto, ¿no?
—Claro.
Por supuesto, esto era otra escena más en la obra moderna que nos hará conseguir nuestros objetivos. De momento, está pasando.
La gente se está olvidando poco a poco de mi desaparición y ruptura escandalosa e Ethan ha entrado en la lista de los principales candidatos para ganar ese premio gracias a los millones de visitas que reciben todos sus vídeos desde que comenzó el viaje. Yo solo he visto el último de ellos.
En esto consiste nuestro plan. Queríamos que se lo creyeran y está funcionando.
Entonces ¿por qué no siento la satisfacción que debería?
Tal vez porque, esta vez, he sido yo la que también se lo ha creído. Pero a diferencia del resto, yo sé que es mentira. Que ha sido mentira.