Cualquier destino menos contigo Capítulo 32 #2
40%

Capítulo 32 #2

Es ella quien rompe el beso, yo no me muevo del sitio. Estoy demasiado aturdido. Tanto que tropiezo con la estúpida lona blanca.

Para mi sorpresa, Dahlia no dice nada sobre mi torpeza.

Durante el resto de la sesión y sin usar palabras me indica dónde colocarme, cómo tocarla y el instante en el que nuestras miradas deben juntarse. Esa última parte no es difícil; mis ojos no pueden apartar la vista de ella.

Es increíble la energía que desprende, una que es capaz de atraparte sin apenas esfuerzo. ¿De verdad no se da cuenta del efecto que causa? Yo todavía estoy recuperándome.

—Muy bien, chicos, estas últimas han sido espectaculares.

Vamos a hacer un descanso —anuncia el director de fotografía, un hombre de unos cuarenta años, con el pelo negro y ligeras entradas, y dos hijas encantadoras que lo han obligado a hacerse un selfi con nosotros para demostrar que iba a trabajar con «la pareja del momento», según ellas—.

Aprovechad para cambiaros; ahora que el sol está en lo alto del cielo, haremos las fotos en el muelle.

Definitivamente, entre el calor sofocante y el contacto de Dahlia contra muchas zonas sensibles de mi cuerpo, que ahora mismo están muy despiertas, necesito una ducha bien fría. Los de maquillaje pueden quejarse todo lo que quieran.

Nuestros vestuarios se encuentran uno al lado del otro, en cabinas separadas, y son más grandes que muchas habitaciones en las que yo he estado en mis viajes, con gente entrando y saliendo todo el rato.

Tras refrescarme, apenas tardo unos minutos en vestirme. Se trata de la colección de baño, con un conjunto formado por un bañador naranja liso y unas gafas de sol redondas.

Salgo de nuevo para encontrarme con las altas temperaturas y veo a Dahlia hablando ya con el director. Ella, por encima del traje de baño, lleva un pareo atado a la cintura que le cubre la parte superior de sus largas piernas.

—Queremos que la campaña se centre no solo en la colección, sino en vuestro viaje..., en vosotros. Así que no dudéis en seguir dándonos vuestra esencia, queremos captar quiénes son Dahlia e Ethan, pero, sobre todo, quiénes son Dahlia e Ethan juntos.

Genial, este tipo resulta ser un auténtico romántico.

Lo que significa que ella no se equivocaba: quieren explotar al máximo la historia que se han inventado y que nosotros hemos alimentado.

Lo dicho, no hay vuelta atrás..., aunque siga sintiendo un ligero hormigueo en mis labios.

A pesar de su romanticismo, nos dan todas las indicaciones para la siguiente ronda de fotos: dónde colocarnos, hacia dónde mirar, la distancia que debemos mantener entre ambos y la secuencia que hemos de seguir. No hay nada de natural en la escena que estamos recreando.

—Estamos listos, chicos. ¿Necesitáis alguna cosa más?

—Eso va por ti, Ethan —dice Dahlia.

—Por mí, ¿por qué?

—Porque eres el que tiene cara de querer salir corriendo de aquí o de que no ha cagado en tres días.

—He cagado antes de bajar, gracias.

—No necesito ese tipo de información...

—Para ti es fácil decirlo, llevas haciendo esto toda la vida. Yo, en cambio, no sé qué demonios hago.

—Podemos poner algo de música si os ayuda a relajaros.

Asiento con la cabeza, conforme. Así intentaré olvidarme de toda la gente que tenemos a nuestro alrededor pendiente de nosotros.

Mi mente es invadida por una sola canción. TayTay estaría decepcionada porque no sea de Taylor Swift, pero desde hace casi una semana no puedo dejar de pensar en ella. Más veces de las que estoy dispuesto a admitir.

—¿Se aceptan sugerencias? —Digo el nombre de la canción, mi favorita, y todos asienten al unísono. Por supuesto, están de acuerdo; es una canción demasiado buena para que a alguien no le guste.

Puede que disfrute viendo cómo Dahlia está atenta a mis movimientos con el rabillo del ojo, sin mover la cabeza, a través de esas gafas de sol que le quedan tan bien.

Cuando empiezo a distinguir los primeros acordes, a todo volumen invadiendo el espacio, doy unos pasos hacia atrás para obedecer las indicaciones que nos han dado para las fotos. Pero a mi manera, cogiendo carrerilla.

Empiezo a correr en el momento en el que Dahlia se da cuenta de qué canción es solo un par de segundos después. Entonces se baja las gafas de sol por el puente de la nariz y sí me mira fijamente. Y juro que puedo ver más allá de esos ojos marrones.

Lo que veo me hace esbozar una sonrisa genuina.

No me sorprende que haya descubierto de qué canción se trata tan pronto, al fin y al cabo, la escucha todas las mañanas.

—Yo a ti te mato.

La oigo decir esas últimas palabras al tiempo que salto por encima de ella y me zambullo en el agua cristalina y refrescante. Mi cuerpo agradece el cambio de temperatura y tengo que luchar contra el impulso de quedarme sumergido un rato más.

Vuelvo a llenar de nuevo mis pulmones y me acerco hasta el borde del muelle, muy cerca de la superficie del agua.

Solo tengo que estirar un poco los brazos para apoyarme sobre las tablas, en el mismo punto en donde Dahlia está tumbada.

La han mandado colocarse ahí, con su cabeza reposando en el borde.

Pequeñas gotas de agua se deslizan ahora sobre su piel morena.

—Venga, flor, pensé que te encantaba esta canción.

—Casi tanto como a ti ser un mirón, al parecer.

No habíamos hablado de nuestro encontronazo de esa mañana de hace tan solo unos días, aunque parezca que haya pasado una eternidad.

Cuando la pillé bailando en ropa interior con la música a todo volumen.

Desde entonces no había vuelto a bailar con las cortinas abiertas, pero escuchaba la canción todas las mañanas y yo me había acostumbrado a escucharla con ella.

Hasta hoy, que ha abierto las ventanas nada más sonar los primeros acordes, el sonido de la música llegando a mi habitación nítidamente. He vuelto a quedarme mirando y esta vez ella sabía que lo hacía mientras bailaba en un conjunto que no tenía nada que envidiar al que lleva puesto ahora mismo.

Me inclino un poco para acercar nuestras caras, gotas de agua descienden por mi piel y mi pelo y caen a su alrededor, y también sobre sus mejillas, pero ella no mueve ni un músculo. Yo tengo que reprimir el impulso de secar algunas de ellas.

Empiezo a captar los disparos y notar los flashes de las cámaras, el bullicio va enmudeciendo y ahora todas las miradas están fijas en nosotros.

Pero mis ojos solo están puestos en los de Dahlia.

Su mirada es tan intensa que hace que necesite volver a sumergirme de lleno.

Porque, por debajo de toda esa fachada que se esfuerza tanto en construir, lo veo de nuevo. Otra grieta.

—¿No tienes calor, flor?

A continuación, muevo la cabeza de un lado a otro, haciendo que toda la humedad de mi pelo caiga sobre ella como gotas de lluvia en una tormenta de verano. Ella se revuelve y trata de taparse, pero su espacio es limitado al estar rodeada por mis brazos, que comienzan a quejarse por el esfuerzo.

Cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, lo que distingo ahora son chispas. Me pregunto si siempre han estado ahí. Me pregunto qué verá ella en los míos.

Finalmente soy yo el primero en romper el contacto visual cuando me distraigo viendo cómo humedece sus labios carnosos. Esos que todavía recuerdo cómo saben. Me pregunto si ella también está repitiendo nuestro beso guionizado en su cabeza.

Joder, tiene que ser el calor que no solo siento cómo me derrite la piel, sino que también tiene que estar derritiéndome los sesos.

—Ethan —oír mi nombre en su boca no solo impide que ponga distancia entre nosotros, sino que hace que flexione un poco los brazos para escuchar mejor sus siguientes palabras, que son apenas un susurro—: vuelve a llamarme flor y te rompo todas y cada una de esas estúpidas y horteras camisas que tienes.

Esbozo una sonrisa genuina. Y aunque mi piel está ardiendo, un escalofrío me recorre el cuerpo.

—¿Es una amenaza, flor?

—Es una promesa.

Y, a continuación, su mano se posa en mi pecho. Lo acaricia unos segundos antes de empujarme, haciendo que pierda el equilibrio y caiga de nuevo al mar. Esta vez, el agua no está lo suficientemente fría.