Cualquier destino menos contigo Capítulo 32
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Capítulo 32

Ethan

Si alguna vez había pensado que el modelaje consistía solamente en poner cara de mala leche delante de la cámara con poses antinaturales mientras vestías atuendos extravagantes, no iba desencaminado. Ahora bien, si en algún momento imaginé que eso era fácil, estaba muy equivocado.

A Dahlia la cara de pocos amigos le sale natural, incluso hace que se vea sexy, provocadora.

Sus sesiones son rápidas, sabe qué pose utilizar en cada ocasión, qué movimientos hacer para lucir las prendas que lleva puestas.

No pestañea, ni siquiera la siento respirar. Todas sus fotos salen perfectas.

Las mías, en cambio, son un conjunto de malos ángulos, ojos cerrados y ataques de alergia.

El rodaje ha comenzado temprano, pero, dada mi torpeza delante de la cámara y las largas horas que hemos pasado consiguiendo unas fotografías decentes, el sol se ha colocado en lo alto del cielo indicando el mediodía.

El calor abrasador golpea mi piel sin piedad y, si no fuera por los kilos de maquillaje y protección solar que llevo encima, juraría que me estoy achicharrando por fuera.

Cuando me indican otra pose y otro ángulo, no puedo hacer otra cosa que resoplar.

Estoy deshidratado, aburrido y cansado, aunque esto último no es culpa de la maldita sesión.

Mañana nos vamos de Amalfi y no he visto absolutamente nada de la ciudad.

Siento que estoy perdiendo un tiempo que ya no voy a poder recuperar.

No puedo echarle la culpa a Dahlia, fui yo el que retrasó la campaña para que descansara.

Ayer pasamos el resto del día en mi habitación, la mayor parte del tiempo en silencio.

Ella durmió casi todo el día y yo la acompañé mirándola como un tipo raro, pero no quería dejarla sola, por si le atacaban otra vez las náuseas o el dolor.

Aunque no pudiera hacer nada por ella, tampoco quería que estuviese sola.

«No, quédate. No quiero estar sola, Ethan».

Le pregunté si había alguien con quien quisiera hablar. Me dijo que no.

Salí del hotel solamente para comprar algo de medicación que la ayudase con el dolor y unos tampones. Pero, por supuesto, es tan orgullosa que no los aceptó voluntariamente, aunque sí cedió a tomarse las pastillas.

Casi habíamos conseguido comportarnos como gente civilizada. «Casi», lo que con nosotros ya suponía todo un logro.

Pero en todo el día de hoy no hemos cruzado una palabra. Se han llevado primero a Dahlia al camerino para su sesión de chapa y pintura y, para cuando me han metido a mí ahí dentro, ella ya estaba delante de las cámaras.

Se le da condenadamente bien, la chica sabe lo que hace y sabe que lo hace perfecto. Mis ojos no pueden evitar bajar la vista por el conjunto que se ajusta a sus curvas dejando entrever muchos centímetros de su piel y poco a la imaginación.

Está preciosa, pero no seré yo quien alimente todavía más ese ego.

—Ahora los dos juntos.

Tardo en reaccionar unos segundos más de la cuenta y, cuando lo hago, Dahlia ya está a mi lado, analizándome con esos ojos oscuros.

—¿Listo?

—Qué remedio.

No sé qué se supone que tengo que hacer o si mi cuerpo tiene que estar tocando el de Dahlia y hasta qué punto y las decenas de cámaras y focos apuntando en nuestra dirección no ayudan.

De repente, soy consciente de lo íntima que es esta situación y de que, con el cambio de vestuario, los dos estamos en ropa interior.

—¿Por qué no hacemos un descanso de cinco minutos? —Es la forma amable que tiene el director de decir «Esto es un puto desastre». Sus palabras son cordiales, pero la expresión de su cara revela que no está contento—. Dahlia, cielo, estás muy rígida, ¿todo bien?

Con su cuerpo tan cerca del mío, noto cómo se tensa todavía más, pero asiente con la cabeza. Me muerdo la lengua para no decir nada esta vez. Este ambiente de rodaje es claramente distinto al de Santorini, pero la condescendencia con la que la tratan no me pasa desapercibida.

Los apelativos cariñosos son una barrera que solo aplican con ella.

—¿Podemos hablar? —pregunto.

Antes de que pueda responder, la agarro del brazo y la arrastro hacia un lado del enorme fondo blanco situado a nuestras espaldas.

—Como te conviertas otra vez en un hombre de las cavernas...

Me inclino y le hablo al oído, para que nadie nos oiga (regla número tres).

—Dime qué estoy haciendo mal.

—¿Aparte de lo obvio? —La respuesta no le da el tiempo suficiente para conseguir ocultarse tras su máscara y lo veo: vulnerabilidad—. Entiendo si te sientes incómodo tocándome después de la otra noche.

—¿Por qué iba a sentirme incómodo?

Enseguida recupera algunos de sus movimientos nerviosos. Me había fijado en cómo se pellizca la cara interna de la muñeca cuando está inquieta.

—Nunca dejo que nadie me vea así por un motivo: sé que puede dar asco... —balbucea en un tono débil, pero yo no puedo seguir escuchándola.

—Joder, Dahlia, ¿quién te ha hecho sentir así? —Son las primeras palabras que vienen a mi cabeza.

No responde, pero no necesito que lo haga; una vez que voy uniendo las piezas su nombre aparece en mi cabeza.

Wyatt. Si ese tipo ya me caía mal por jugar en el equipo que le había arrebatado al mío la copa de la NFL dos años seguidos, me cae mucho peor al descubrir la mierda que es por dentro.

¿Por eso rehúye mi contacto?

—Olvídalo, ¿vale? —dice ella, queriendo dar por terminado el tema, aunque yo no esté dispuesto a abandonarlo.

—¡Mantened esa pose! —grita uno de los directores, emocionado—. Veo que trabajáis bien sin la presión de las cámaras.

—No estábamos...

No lo pienso, es puro instinto. Dahlia se gira para responder, pero la rodeo por la cintura y la atraigo hacia mí. Su espalda golpea mi pecho y mi mano se desliza peligrosamente por la parte baja de su abdomen, jugando con la goma de su ropa interior.

Mis labios rozan su cuello y noto cómo su piel se eriza cuando susurro:

—Yo no tengo miedo a tocarte, flor. Me enfada que no sepas lo jodidamente bonita que eres incluso con esa cara de mala leche.

Sé que no necesito alimentar su ego, pero sí quiero mimar su autoestima. No puedo concebir que Dahlia Harris no sepa lo guapa que es.

Tengo miedo de haber cruzado un límite y, por un momento, creo que va a apartarse. Incluso a echarme una bronca por llamarla «flor» o meterme con sus poses de modelo. Pero no lo hace.

Para mi sorpresa, Dahlia agarra mi mano y la coloca debajo de la suya más abajo, en su muslo. Oigo los gritos ahogados de algunos presentes.

Ahora sí que estamos dando un buen espectáculo.

Mi corazón está a punto de salirse de mi pecho. Había subestimado el efecto que tendría Dahlia Harris tan cerca de mí, centímetros y centímetros de mi piel en contacto con la suya.

Continuamos con la puesta en escena. Cada toma sale perfecta sin necesidad de darnos indicaciones.

En una, yo rodeo sus caderas; en otra, Dahlia, aún de espaldas a mí, me acaricia la nuca con los dedos y ese contacto no solo hace que se erice la zona bajo su contacto, sino toda mi piel.

Trato de no pensar en ello y en por qué tiene este efecto en mí.

—¿Qué tal un beso?

Casi me atraganto. Tal vez se lo están creyendo demasiado. Aunque eso era lo que queríamos, ¿no?

—¿Qué hacemos? —susurro de nuevo contra su oído, aprovechando que nuestros cuerpos siguen en contacto.

—¿Tenemos alguna otra opción?

Supongo que podríamos negarnos, creo que en el contrato no venía nada de esto. Tampoco es que me molestara en leerlo. Acepté sin más a cambio de una foto con un atún.

Pero no sé qué imagen distorsionada de pareja enamorada daríamos si nos negamos. Se supone que estamos en una puñetera luna de miel, cuando todavía no puedes mantener tus manos apartadas de la otra persona.

Y nosotros necesitamos que se lo crean. Llegados a este punto, no hay otra opción.

Estamos entre la espada y la pared.

—No tenemos por qué... —Dahlia empieza a hablar, dispuesta a dar la cara por los dos. Veo el cambio; es sutil, pero está ahí. Su rostro se ha vuelto más frío, lista para hacerse pasar por la Reina del Hielo que todos conocen para conseguir lo que quiere.

Pero, antes de que termine la frase y la oigan, mi mano rodea su muñeca y la gira para que ahora sea su pecho y no su espalda el que esté frente a mí. Y, debido a nuestra escasa diferencia de altura, también sus labios, a tan solo escasos centímetros de los míos.

«Deja de mirarlos, joder».

—¿Qué haces? —Esta vez es ella la que susurra contra mi oído.

—Vamos a darles lo que quieren. Si tú estás de acuerdo —susurro, mi pulso acelerado.

—¿Estás seguro?

—Solo estamos fingiendo.

No sé quién de los dos da el primer paso, pero ahora los labios de Dahlia están sobre los míos.

«Joder».

El beso es suave; al fin y al cabo, solo necesitan un instante para capturar la toma. Ya he oído el disparo.

Pero, por alguna razón, no me aparto. Por alguna razón, Dahlia tampoco.

No me esperaba que sus labios fueran tan cálidos, ni que, sin previo aviso, despertaran todas y cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Como ese día en la playa de Milos. Solo que multiplicado por diez.

El contacto de Dahlia Harris me afecta de una forma que no logro comprender.

Creo que por eso la quiero lejos la mayor parte del tiempo, para evitar sus miradas asesinas, pero sobre todo porque así no tengo que lidiar con esta vorágine de sentimientos que amenazan con arrastrarme, empezando por esta descarga eléctrica así de intensa que me recorre por dentro.

El caso es que, ahora, no quiero apartarme.

Nuestras bocas se mueven ligeramente, como si quisieran encontrar la postura más cómoda y, al mismo tiempo, no romper ningún tipo de contacto.

Mis labios se entreabren como un acto reflejo, como una invitación, y en ellos entra el aliento de Dahlia.

Juro que oigo un débil gemido que no hace otra cosa que elevar mis pulsaciones.

«¿Qué me pasa, joder?». He conseguido olvidarme de las cámaras, mis sentidos solo prestan atención al olor a jazmín que me envuelve.