Cualquier destino menos contigo Capítulo 31
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Capítulo 31

Dahlia

Me despiertan los rayos de sol que impactan directamente sobre mis párpados. La claridad me impide abrir los ojos hasta que logran ajustarse a la luz que ya inunda la estancia.

Las ventanas están abiertas, consiguiendo que entre algo de brisa para combatir el calor sofocante. Me despierto cubierta de sudor, tengo la piel pegajosa por debajo de la enorme camiseta negra que cubre mi cuerpo hasta la altura de los muslos.

Entonces mi cabeza comienza a funcionar por primera vez desde que he regresado del mundo de los sueños, puede que incluso desde antes. Echo un vistazo a la habitación y me doy cuenta de varias cosas.

La primera, que llevo puesta una camiseta de Ethan que huele a él. La segunda, que estoy en su habitación, la cama también huele a él. Y la tercera, que él está a mi lado, tumbado en el sillón próximo a la cama en una postura que parece incómoda, profundamente dormido.

A mi mente regresan recuerdos vagos de esta noche: el dolor insoportable en la parte baja de mi abdomen; los vómitos interminables; las lágrimas, el tacto de Ethan sobre mi piel; cómo me cargó hasta esta cama que no es la mía; cómo me puso una camiseta suya porque, a pesar del calor, yo no conseguía dejar de temblar.

Si no me doliera tanto la cabeza y mi cuerpo no siguiese quejumbroso de los esfuerzos de anoche, sentiría mucha vergüenza ahora mismo.

Desde la cama, puedo ver el sol brillando en el horizonte, por encima del mar. La localización no puede ser mejor, un lugar reservado, escogido estratégicamente para...

«La campaña».

Oh. Dios. Mío.

No sé qué hora es, pero sí que es muy tarde y que ya deberíamos estar reunidos con el equipo de producción y los fotógrafos. No puedo decepcionar de nuevo a la marca. No puedo permitirme más fallos, ni más escándalos. No puedo afrontar más de todo eso.

Intento levantarme, pero lo hago demasiado rápido y varios calambres recorren mi cuerpo, mi cabeza empieza a dar vueltas.

—No te tenía por una de las que se escabullen por las mañanas, flor.

Me saluda con una sonrisa burlona. Su cuerpo adormilado se remueve sobre el asiento y en esos segundos me permito observarlo con atención. Tiene el pelo revuelto, los ojos hinchados y su piel desnuda brilla a causa del calor. Huele muy bien.

Eso último tal vez se deba a que llevo puesta su camiseta, pero me invade su olor a cedro y sándalo, con un toque cítrico y fresco.

—La campaña, Ethan. Llegamos tarde por mi culpa. —Me obligo a regresar a la realidad.

Hago otro intento de levantarme, pero esta vez es él quien me detiene. Llega a mi posición en tan solo dos zancadas y se sienta al borde de la cama. Me pilla desprevenida cuando levanta su brazo para tocar mi frente, sus dedos fríos sobre mi piel.

—Todavía estás caliente, pero parece que ya no tienes fiebre.

—¿Me estás escuchando? Tenemos que irnos.

Ethan vuelve a impedirme el paso. Tal vez él no se pueda tomar en serio este tipo de contratos, pero ¿acaso no entiende que es importante?

—He llamado a primera hora a los agentes. El rodaje y la sesión se han pospuesto para mañana.

Cierro los ojos, no sé si sentirme aliviada o rendida. La libertad de poder ocultarme bajo las sábanas durante veinticuatro horas resulta agradable, pero también sé cómo será la versión oficial: la Reina del Hielo consigue lo que quiere por capricho.

Como si fuera capaz de leer mis pensamientos, añade:

—No tienes que preocuparte, les he dicho que no prueben las gambas del buffet si no quieren posponerlo otro día más.

Me ha ayudado.

No tenía por qué hacerlo y lo ha hecho. Mucho menos después de nuestra discusión, tras lo que le dije.

—Quería pedirte perdón...

—No lo hagas —lo interrumpo—, no dijiste nada que no fuese verdad.

—Sí, sí lo dije.

Nos sostenemos la mirada durante unos segundos; está apretando la mandíbula e inclinando su cuerpo hacia delante y hacia atrás. Me resulta demasiado divertido ver a Ethan Adams nervioso, pero ahora mismo sé lo que tengo que decir.

—Yo también te debo una disculpa. —No estoy acostumbrada a disculparme, pero sé que él también se merece oírlo. Las palabras salen más fácilmente de lo que esperaba.

—Tampoco dijiste nada que no fuera verdad.

—Sí, sí lo dije.

Me quedo mirando el color azul de sus ojos unos segundos más de la cuenta.

—Entonces, supongo que estamos en paz.

El hecho de que limpiara mis vómitos le ha dado puntos extra, desde luego.

Las imágenes, aunque borrosas, se van arremolinando en mi mente y noto cómo el calor sube a mis mejillas. Me tapo la cara con las manos y me escondo sobre mi propio cuerpo.

—¿Cuántas posibilidades hay de que olvidemos lo que pasó anoche? —pregunto avergonzada, sin atreverme a seguir mirándolo a los ojos.

Ethan se ríe por lo bajo y me acaricia la pierna de manera inconsciente, pero hay algo íntimo en el gesto que hacía tiempo que no sentía.

Entonces, me doy cuenta del poco espacio que nos separa, estamos sentados el uno frente al otro, y, cuando por fin me atrevo a levantar la mirada, él no ha apartado la suya.

—No soy tan capullo como parezco, flor. Aunque no todos los días uno consigue tener a Dahlia Harris en su cama.

Unos golpes en la puerta nos devuelven a la realidad. Una señora entra sin previo aviso empujando un carro de la limpieza. Tarda un par de segundos en vernos a través de la puerta que conecta nuestros dormitorios, que está abierta de par en par.

— Scusi , jóvenes, no sabía que había alguien dentro. Volveré en otro momento.

Ethan reacciona primero y rompe la distancia entre nosotros para dirigirse a la mujer que ahora nos observa curiosa.

—Si no es mucha molestia, ¿puede cambiar la ropa de cama? Nosotros nos encargamos del resto.

Yo también me disculpo por el estropicio, la señora solo asiente y nos sonríe.

—Esta es una de mis habitaciones fáciles, me enfrento a cosas mucho peores todos los días. —Empuja el enorme carro hasta el centro del cuarto—. No es de mi incumbencia, pero ¿van a usar una sola habitación? Es por el número de juegos de sábanas.

—No, las dos habitaciones —respondo yo rápidamente, tapándome con la tela blanca hasta cubrirme el pecho. A pesar de llevar puesta la camiseta de Ethan, de repente me siento desnuda—. Esto solo ha sido puntual.

La mujer asiente con la cabeza.

—Me retiro, entonces. Permítanme decirles que hacen muy buena pareja, son los dos muy guapos.

Ethan cierra la puerta y volvemos a quedarnos solos.

Entre nosotros vuelve a establecerse un silencio que no es del todo incómodo. Ethan y yo tampoco tenemos mucho que decirnos habitualmente, así que, de todos modos, ya estamos acostumbrados.

—Respecto a eso... —Ethan se sienta de nuevo sobre el colchón, pero esta vez deja un espacio grande entre ambos—. Es el momento de ver qué vamos a hacer.

—Yo creía que ya no había vuelta atrás.

Esto no tiene gracia y más con lo que hay en juego, pero, por alguna razón, no puedo evitar esbozar una sonrisa.

—Te he llamado niña caprichosa delante de todos los periodistas de las revistas del corazón.

—Puta niña caprichosa —remarco.

Otra sonrisa. Me muerdo el labio.

—Mi madre me ha regañado por soltar tacos en la tele.

—Todas las parejas viven sus crisis, incluso las falsas. Mañana no solo se trata de la campaña, Ethan, tenemos que conseguir que se lo crean.

Él asiente con la cabeza. No me he dado cuenta hasta ahora y creo que él tampoco, pero hemos recortado de nuevo la distancia y volvemos a estar sentados frente a frente.

—No quiero discutir más.

—Yo tampoco —admito. Para mi sorpresa, estoy de acuerdo con él.

—Bien, firmado el acuerdo de paz y ahora que somos amigos...

Lo interrumpo levantando la mano a la altura de mi pecho. Y muy cerca del suyo.

— Amigos es una palabra muy fuerte.

—Tienes razón. —Se lleva una mano al mentón en un gesto pensativo que me hace sonreír. Estamos... ¿bromeando?—. Digamos dos personas conocidas que fingen no querer matarse y tener una relación sana e idílica al mismo tiempo.

Muy a mi pesar, me río con su ocurrente comentario.

—¿Adónde quieres llegar?

—No tengo ni idea de cómo funciona una campaña de ropa. —Se rasca el pelo, nervioso. Por alguna razón, el gesto me resulta adorable. Hasta que vuelve a abrir la boca—: ¿Me enseñas cómo hay que estirarse para mañana?

—¡Se llama posar!

Sigo sonriendo.