Capítulo 30
Ethan
Abro los ojos de golpe, envuelto entre las sábanas. Hace calor, así que lo único que llevo puesto es la ropa interior y un pantalón de chándal corto, pero no es eso lo que me despierta.
Oigo el mismo ruido lejano que acaba por desvelarme del todo y me levanto para ir hacia el pequeño balcón.
Sus puertas acristaladas están abiertas de par en par en un intento de que entre algo de fresco.
Al principio, no identifico de dónde vienen esos sonidos ni de qué se tratan exactamente.
Pero, de repente, reconozco algo ligeramente familiar.
Una voz. Más bien un ruido gutural. Pero es su voz.
Entonces me acerco a la puerta, no a la principal, sino a la que une nuestras dos habitaciones, siempre una al lado de la otra. Está cerrada con llave, pero yo tengo una de las dos copias que puede abrirla. Nunca las hemos usado.
Eso no significa que lo vaya a hacer. De nuevo, valoro mucho mis pelotas y, después de las últimas veinticuatro horas, no puedo arriesgarme.
Hasta donde yo sé, Dahlia ha dejado claro que nada es de mi incumbencia. Mentiría si dijera que sus palabras, las de la discusión en el aeropuerto, no presionaron un botón en mí que no me apetecía encender. Pero, por supuesto, le dio igual pulsarlo y luego dejarlo ahí.
No estoy interesado en volver a enfrentarme a ella; por lo que a mí respecta, puede hacer lo que le venga en gana. Pero mañana, o más bien en unas horas, no tendré otra opción, ya no podré huir de la Reina del Hielo.
Nos espera la estúpida campaña que no tendría que haber aceptado.
No sé por qué me quedo unos minutos más delante de la puerta, como si retrasando de nuevo mi entrada en el mundo de los sueños retrasara también el resto.
Como si pudiera parar el tiempo. Por las noches, siento que es el único momento en el que eso sería posible.
Me doy la vuelta dispuesto a no hacer caso a mis cavilaciones nocturnas y regresar a la cama cuando lo oigo de nuevo. Es entonces cuando distingo el sonido con mayor claridad. Acerco mi cuerpo a la puerta hasta que mi cara queda pegada contra esta.
—Flor, ¿estás bien? —Me ha salido por costumbre, pero, si el estúpido apelativo que ella tanto odia no hace efecto, nada lo hará.
No hay respuesta desde el otro lado.
Otro sonido. Esta vez, acompañado de un golpe seco.
—Dahlia —digo, con un tono más fuerte. Tampoco responde, pero lo que oigo ahora son débiles susurros intermitentes. ¿Sollozos?—. Sé que estás enfadada, pero, joder, solo contéstame o mándame a la mierda.
Vale, ahora sí que me estoy asustando.
—Dime que estás bien o abro la puerta ahora mismo.
Sin esperar respuesta, me abalanzo sobre el juego de llaves y encajo la más pequeña en la cerradura. Antes de girarla, grito:
—¡Voy a entrar, así que espero que no estés desnuda!
Empujo la puerta demasiado fuerte y suena un golpe seco.
Su habitación es exactamente igual que la mía, es como verla reflejada en un espejo.
La cama está deshecha, sus ventanas, cerradas, y un calor asfixiante me recibe al entrar.
Su maleta está abierta por completo y algunas de sus cosas esparcidas por diferentes superficies, pero no hay nadie.
—Lárgate, Ethan. —Su voz suena muy débil, casi inaudible, y proviene del baño.
Se interrumpe a sí misma con otro sonido. Ahora lo distingo a la perfección. La puerta del baño está abierta, pero está completamente a oscuras, como el resto de la estancia.
La veo en el suelo, sus piernas flexionadas y su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. Respira entrecortadamente y su cabeza descansa entre sus brazos apoyados sobre la tapa del váter. Le sobreviene otra arcada que la obliga a volcar todo el contenido de su estómago dentro.
Hago caso omiso cuando me dice que me vaya.
En su lugar, me coloco detrás de ella y acaricio su largo pelo oscuro recogiéndolo entre mis manos y atrapando algunos mechones sueltos que se pegan a su frente por el sudor.
Lo tengo agarrado suavemente como si fuera una coleta para cuando arremete la siguiente arcada, que no es mucho después.
Se me revuelve el estómago cuando se me ocurre bajar la mirada hacia el contenido del agua del retrete, donde solo hay bilis. No había comido ni cenado nada.
—¿Puedo ayudarte? ¿Necesitas algo? —Paso los dedos desde su frente hasta la nuca; su pelo es realmente suave.
—Necesito que te vayas, por favor. —Su voz es muy débil, apenas una súplica.
Ambos sabemos que no voy a hacer caso.
Nos quedamos así varios minutos más, hasta que su estómago le da una tregua y su cuerpo se va recuperando de las convulsiones. Me acuclillo detrás de ella para ponerme a su altura, mis manos acariciando sus hombros. Está muy tensa.
A mi cabeza viene nuestra discusión de hace apenas unas horas y cómo no puede importarme menos en este instante.
Ver a Dahlia así, tan vulnerable, genera una sensación en mi cuerpo extraña, muy extraña. Y la odio.
Sigo acariciándola, pero pierdo el equilibrio y me obligo a apoyar una de mis manos en el suelo. Entonces me doy cuenta; con la oscuridad que baña toda la habitación, no había sido capaz de verlo. El cuerpo de Dahlia se retuerce todavía con más fuerza en un intento por apartarme.
—Por favor, Ethan. Esto es vergonzoso.
—Solo es sangre, flor, no pasa nada.
Tiro de la cadena del váter y trato de ayudarla a levantarse, pero Dahlia se niega, mueve la cabeza de un lado a otro. Trata de incorporarse, pero otro dolor le recorre la parte baja del abdomen y se dobla sobre sí misma.
—Vete, puedo hacerlo yo sola.
—Te tiemblan las piernas. Deja que te ayude.
—Estoy manchada; si me levanto, habrá sangre. Es algo asqueroso.
—Es algo natural —respondo sin más.
Joder, Dahlia Harris no parece el tipo de chica que pueda sentirse avergonzada por algo así. En realidad, nunca la he visto de ninguna otra forma que no sea segura de sí misma.
Me agacho y paso mis brazos por debajo de su cuerpo, uno acaricia su espalda, otro rodea sus piernas y la levanto del suelo sin esfuerzo.
Aunque balbucea algo que no soy capaz de entender, esta vez no se resiste y me deja cargarla hasta la enorme bañera en la que podríamos caber los dos sin esfuerzo.
No sé por qué he pensado eso.
Está ligeramente adormecida y lucha por mantener los ojos abiertos.
Son más de las cuatro de la mañana y supongo que las arcadas y los dolores no le habrán dado una tregua hasta este momento.
Abro el grifo, por el que empieza a correr una fuerte corriente de agua.
Dahlia reacciona cuando algunas de esas primeras gotas frías rozan sus pies. Tiembla fuertemente.
—Perdona, cariño, ya sale más templada —digo y, cuando ya noto que el agua está subiendo de temperatura, me acerco a ella—. Estoy llenando la bañera, así podrás entrar en calor.
El agua ya le cubre la parte inferior del cuerpo cuando comienzo a acariciarle la cara con una toalla, tiene las mejillas enrojecidas y un reguero de lágrimas que han conseguido arrastrar consigo el maquillaje de sus ojos oscuros.
—Pareces un mapache —bromeo.
Al principio pienso que no me ha oído, pero una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios y hace que los míos se la devuelvan, aunque ahora tenga los ojos cerrados y no pueda verme. Le quito los restos de maquillaje con una toalla mientras ella balancea ligeramente la cabeza.
—Te dejo que termines de bañarte. Necesitas ropa limpia y... ¿compresas?
—En mi neceser.
Sigo sus indicaciones y no tardo en encontrarlo, pero espero un par de segundos antes de volver a entrar, consciente de que en estos momentos ya se habrá deshecho de la ropa interior mojada y estará desnuda en la bañera. Pensar en ello me afecta más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Me muevo a trompicones con mi mano cubriendo mis ojos hasta que choco con el lavabo y dejo el neceser en su superficie. Espero en la puerta mientras termina; cuando ya no oigo ningún sonido, me asomo y la encuentro inclinada sobre el váter. Esta vez su cuerpo no convulsiona.
—¿Estás bien?
—La cabeza me da vueltas. —Su voz es débil y dócil.
—Vamos a llevarte a la cama.
Por alguna razón, esas palabras suenan demasiado íntimas cuando las oigo salir de mi boca.
Vuelvo a cogerla entre mis brazos y se queda dormida en cuestión de segundos.
Su cabeza está apoyada sobre mi pecho y su cabello suelto y húmedo cosquillea mis brazos, mi piel erizándose en todos aquellos puntos bajo su contacto.
Me pregunto si sabrá lo ligera que es, lo pequeña que parece acurrucada sobre mí, a pesar de que somos casi de la misma altura.
Su cuerpo se acomoda cuando la dejo sobre mi cama y la tapo con las sábanas hasta la cintura.
Hace calor, pero está temblando y solo lleva puesta su ropa interior, así que cojo una de mis camisetas y se la meto por la cabeza.
Dahlia no se resiste y sostengo el peso muerto de sus brazos para hacerlos pasar por los agujeros y cubrirla por completo.
Acerco mi mano para acariciar su frente.
Está caliente, creo que tiene un poco de fiebre, pero por lo menos las arcadas han remitido.
Me siento en el sillón al lado de la ventana, próximo a la cama, y lo único que hago las siguientes horas es vigilar sus sueños. No aparto mis ojos de ella, como si fuera a desaparecer si lo hiciera.
Sus palabras me pillan por sorpresa cuando habla.
—¿Por qué haces esto? No me lo merezco.
—Está mal visto que se muera tu compañera, ¿recuerdas?
—Te diría que no me estoy muriendo, pero no estoy muy segura ahora mismo.
—Descansa, flor, tienes que recuperar fuerzas.
—¿Vas a quedarte? —Una pregunta vacilante.
—¿Quieres que me vaya? —digo, aunque sea a mi habitación.
Me iría si ella lo pidiera, pero, cuando niega con la cabeza, mi cuerpo se relaja.
—No, quédate. No quiero estar sola, Ethan.