Cualquier destino menos contigo Capítulo 29
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Capítulo 29

Ethan

DAHLIA HARRIS E ETHAN JAMES PROTAGONIZAN UNA DISCUSIÓN MUY SUBIDA DE TONO… ¿SE HAbrÁ ACABADO SU LUNA DE MIEL ANTES DE EMPEZAR?

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—La has cagado.

Estoy en mi habitación después de más de tres horas de viaje por aire y por tierra. El avión ha aterrizado en la ciudad de Nápoles, de la que nos hemos movido en coche hasta nuestro destino final: Amalfi.

No conocía este lugar, aunque, teniendo en cuenta parte del propósito de nuestra visita, suponía que sería bonito.

Pero ni mis fantasías me habían preparado para el paisaje que nos recibe, con sus playas cristalinas y acantilados verdes, gente en bicicleta, coches antiguos y muchas casas de colores. Esto es impresionante.

He tenido el impulso de girarme sobre el asiento para ver la reacción de Dahlia, a quien he imaginado sentada perfectamente recta mirando su teléfono. Pero he tenido que conformarme simplemente con eso, con mi imaginación, porque yo era el único pasajero del vehículo.

Nos han recibido en el aeropuerto con nuestros nombres escritos en unos carteles digitales que sujetaban dos hombres trajeados, por separado.

Estoy seguro de que ha sido Dahlia quien lo ha pedido, en otro intento por seguir manteniendo la distancia entre nosotros después de preferir pasar más de la mitad del vuelo metida en la cabina del baño del avión antes que permanecer sentada a mi lado.

No me quejo, lo cierto es que yo tenía tantas ganas como ella de estar juntos. O sea, ningunas.

Y así ha sido como cada uno se ha montado en un coche moderno y espacioso que contaba hasta con una pequeña nevera con refrigerios. He tenido que preguntarle al conductor si eran gratis, lo que ha hecho que se riera en mi cara. Pero ha respondido que sí.

—La has cagado —repite mi mejor amigo, devolviéndome a la realidad.

—Te he oído la primera vez, ¿sabes?

—Pues no lo parece. Has sido un capullo.

—Empezó ella —me defiendo.

—Gran argumento, ¿se lo has copiado a tu primo?

Mi primo tiene cinco años.

Pongo los ojos en blanco y me giro hacia la pantalla, enfrentándome a la mirada inquisidora de Andrew.

—Pero ¿tú de qué lado estás?

Lo veo sentado en su silla bebiendo una gran taza de lo que estoy seguro de que es café solo, intenso y bien cargado, sin hacer caso a la enorme televisión que tiene encendida. En Holland apenas amanece a estas horas y sé que el resto de la casa está a oscuras y en silencio.

Sé que no soy el único que tiene el hábito de levantarse para ver salir el sol todas las mañanas; los dos buscamos lo mismo. Siempre ha sido así.

Andrew tiene sus horarios descontrolados.

Le gusta disfrutar de la tranquilidad de la noche y despertarse temprano, pero sin alarma, lo que a veces se traduce en el mediodía; duerme varias horas durante el día, pero solo cuando hay ruido, y cuanto más tarde se duerme, más temprano se despierta.

Lo dicho, sus jornadas son caóticas y puede que esos vasos enormes de café sean el motivo.

Pero yo soy demasiado inteligente para proponerle que lo deje o que reduzca a la mitad la media de seis cafés que toma a lo largo del día.

Sería otra batalla más perdida con él. Siempre lo es.

—Yo solo intentaba ayudar —trato de explicarme.

Han pasado solo unas horas desde mi discusión con Dahlia y he tenido la brillante idea de llamar a Andrew para desahogarme.

Sé que no debería darle tantas vueltas; siempre estamos discutiendo, esta vez no tenía por qué ser distinta. Pero lo es.

Ni siquiera nos caemos bien para que deba afectarnos, pero el tema lo ha vuelto demasiado personal.

—Pues lo que has conseguido es hacerlo peor —responde mi amigo.

Atacar tras ser atacado. Pagar con la misma moneda. Eso hemos hecho.

—Oye, que te he llamado para que me animes.

—Ya te estás compadeciendo tú de ti mismo, no necesitas mi compasión.

Se hace el silencio entre nosotros por primera vez desde que ha descolgado el teléfono. Nuestros silencios son los únicos que no me ponen nervioso, pero, por alguna razón, no siento tanta tranquilidad como de costumbre.

Soy yo quien habla mientras me encuentro inclinado hacia delante en una posición incómoda, pero es la única que me permite ver la pantalla del teléfono mientras lo tengo enchufado a la corriente.

Soy creador de contenido y tengo la batería viciada y el espacio de almacenamiento lleno desde hace años.

—Ya he mandado la postal, por cierto.

—Estoy deseando verla. La de Miami llegó muy rápido. —Y, así, lo deja estar; entiende mi necesidad de cambiar de tema.

Él siempre lo ha entendido todo. Me entiende a mí.

Desde que empecé mis viajes, en cada destino que visito busco una postal peculiar para Andrew.

Normalmente escribo alguna curiosidad del sitio en el que estoy o alguna anécdota que me haya pasado, le digo que lo quiero, que lo echo de menos.

Al principio no las mandaba, tenía miedo de que lo interpretara de la forma equivocada y no tuviera el mismo significado para ambos.

Cuando volví a casa del primer viaje un par de semanas después, las encontró entre mis cosas y leyó las doce postales que le había escrito.

Se rio de algunas y lloró con otras. Me di cuenta de que solo lo había visto llorar una única vez además de esa.

Me hizo prometerle que le mandaría más, una de cada lugar. En ese momento no lo comprendí, pero él sabía que iba a montarme en otro avión después de aquello.

Las redes sociales lo permitieron, pero Andrew lo hizo posible.

Sé que guarda todas las postales, pero no sé dónde. Nunca me ha dejado volver a verlas.

—¡Eh! —Su voz me arranca de mis pensamientos—. ¿Tienes pensado visitar la ciudad esta noche?

—No, mañana a primera hora es el rodaje de la campaña. No puedo llegar tarde.

—Te desearía suerte, pero necesitas mucho más que eso.

—Lo que necesito es un milagro, todavía no estoy allí y ya sé que voy a hacer el ridículo. No pinto nada aquí.

«Venga, Ethan, los dos sabemos que no pintas nada aquí».

Las palabras de Dahlia han sido un golpe bajo. Y han dolido porque sabía que eran verdad.

Miro a cualquier punto menos a la pantalla del móvil para no encontrarme con su mirada por... ¿vergüenza? Es absurdo, pero es así. Yo estoy en la otra parte del planeta mientras Andrew está en casa, pero él sí sabría cómo actuar en esta situación. Y cómo debería haber actuado.

—Pues menos mal que eres guapo. Tal vez tu cara bonita eclipse tu poco talento.

A pesar de mis esfuerzos, se me escapa una carcajada.

Bajo la mirada y mis ojos se deslizan hacia todo mi equipaje deshecho. Localizo entre el montón de mi ropa las gafas de sol de Dahlia, que llevó a nuestra excursión a Klima. Debí de guardarlas por error.

En ese momento, golpean la puerta dos veces y sé que es el aviso sobre el que nos han informado en recepción al llegar.

—El turno de cena ha abierto, debo bajar. —Han preparado un menú especial para todo el equipo que participa en la campaña—. Te mandaré fotos.

—Ethan —dice mi nombre antes de que mi dedo se pose sobre la pantalla para finalizar la llamada—, yo creo que estás donde tienes que estar. Recuerda que las estrellas no pintan, ellas simplemente brillan.

Sonrío y cuelgo a tiempo. A tiempo para que no vea la lágrima que ahora desciende por mi mejilla hasta desembocar en mis labios, y tiene un sabor salado.

Pienso en las palabras de Andrew durante toda la cena y en que Dahlia no ha bajado.

Y en que, no sé por qué demonios, tenía ganas de verla.