Cualquier destino menos contigo Capítulo 26
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Capítulo 26

Dahlia

Esto está siendo una tortura.

Las sesiones de fotos son la parte que menos me gusta de mi trabajo.

Al principio las disfrutaba, el hecho de tener varias cámaras y decenas de miradas centradas en mí me gustaba.

Pero con los años me fui dando cuenta de que esas miradas, especialmente las de los hombres, no estaban centradas en mí, sino en mi cuerpo.

Por supuesto, no odio todos los shootings , pero sí los de este tipo. Y este en particular.

No ayuda que lleve más de una hora posando bajo un sol abrasador; la cabeza me palpita con fuerza y tengo las mejillas sonrojadas.

—Más maquillaje, corregidle los brillos de la cara.

Enseguida viene alguien a cumplir la orden y, tras un par de fotos más, me mandan cambiarme de nuevo. Me visto con el penúltimo de los conjuntos programados para la sesión. Saliendo de la habitación en la cual reina el desorden, me encuentro de bruces con Ethan.

Nuestras frentes chocan y por un momento pierdo el equilibrio por culpa de los tacones, pero me recompongo rápidamente.

Lo miro de arriba abajo. Lleva puesta la misma camisa horrible de formas geométricas, un bañador del mismo color y unas gafas de sol negras. Colgada de su hombro, una bolsa de tela.

—¿Qué haces aquí? Deberías disfrutar de la isla.

Se encoge de hombros.

—Está llena de gente, no hay mucho que hacer. Además, Milos era más bonito.

Sé que miente, han pasado pocas horas desde que salió y no le ha dado tiempo a ver más que los alrededores, así que no sé por qué está aquí o por qué le han permitido el paso.

Al fin y al cabo, esta campaña es privada y no saldrá hasta el próximo mes, aunque los murmullos a nuestro alrededor por el propio personal de la sesión pueden darme una pista. Ellos también quieren averiguar qué hay entre nosotros y hasta dónde llega el juego.

Que sigan esperando.

Ethan saca de su bolsa un zumo de frutas y me lo tiende. Puedo ver que está fresco, las gotas de condensación aparecen en la superficie de la botella.

—No puedo comer ni beber nada hasta que termine —respondo muy a mi pesar; no sé dónde ha conseguido ese zumo de mango. Seguramente no lo sabe, pero el mango es mi fruta favorita.

—¿Está cerrado al público? —Señala la salida que lleva a la cala.

—Seguro que tú encontrarías una forma de colarte.

—No me tientes. Mi habitación está aquí, siempre al lado de la tuya, ¿recuerdas?

—Solo espero que no me despiertes nunca con sonidos que no quiero escuchar.

Enseguida se le dibuja una sonrisa en los labios, así que sé que va a decir algo que seguramente considere muy gracioso. A mi mente viene la escena de hace dos días, cuando me pilló bailando en bragas por la mañana... y yo lo pillé mirándome.

Todavía no sé cómo sentirme con respecto a eso.

Sea lo que sea lo que va a decir, lo interrumpe el grito del director llamándome a escena.

Este se acerca a mí una vez más y siento que cada paso que da en mi dirección me hace sentir más pequeña.

Su mirada recorre mi cuerpo en ropa interior sin tapujos, el escote del sujetador es pronunciado y la braga, diminuta.

Me siento... expuesta, pero no desvío la mirada de sus ojos en ningún momento, no le doy la satisfacción de saberlo.

—Bien, nena, sigue dándome lo mismo que hasta ahora, y si te puedes contonear más entre pose y pose... sería delicioso; así también nos haces disfrutar a nosotros.

Asiento con la cabeza y voy tras él para ponerme en posición.

Ethan nos sigue hasta la playa, camina pegado a mí como una sombra.

No le mandan irse, pero lo sitúan en una de las esquinas apartadas de todo el equipo técnico, detrás de los ordenadores, y las miradas están puestas en él con el mismo interés que en mí.

Por alguna razón, una parte de mí agradece que esté aquí. .. o lo hace los primeros minutos.

Estoy rígida como una tabla y me corrigen la postura en más de una ocasión. Cuando estoy tumbada sobre la arena, el fotógrafo se acerca para darme indicaciones.

—Estírate más para que tengamos un buen ángulo de los pechos. —Sin previo aviso, corrige mi pose agarrándome el culo.

—Quita la mano de ahí —le ordeno, con la voz grave.

Él obedece, pero se inclina más hacia mí para que solo yo pueda oírlo cuando dice:

—Estamos trabajando, tu puto trabajo es exhibirte para nosotros. ¿Tienes miedo de que me vea el tío que te está follando ahora?

Desvío la vista hacia donde está Ethan, quien observa la escena con atención y con cara de pocos amigos. Ya no me gusta que esté aquí, presenciando lo que ocurre.

Sigo posando durante los siguientes diez minutos, centrada en los flashes de las cámaras y en los resultados que se muestran en la enorme pantalla.

—Descanso de veinte minutos. Dahlia, princesa, ve a cambiarte.

Asiento con la cabeza, agradecida de tener una excusa para irme de aquí y sin importarme apenas el puñetero calificativo. Lo hago a toda velocidad antes de que a alguien le dé tiempo de cambiar de opinión y decidir que se necesitan más tomas.

Para mi mala suerte, Ethan me sigue.

—¿Qué pasa? —dice, pero no es un saludo. Es una pregunta y su tono es seco.

Niego con la cabeza, pero, antes de que pueda responder, el director pasa por detrás de mí, apartándome un mechón del rostro.

—Muy buen trabajo, princesa —repite el mismo apelativo que hace un par de minutos y solo quiero arrancarle la lengua de cuajo al oírlo por segunda vez, más lascivo que la primera si cabe.

Mucho más pegado a mi oído, a mi cuerpo, para que solo lo oiga yo, añade—: Estoy deseando verte con el último conjunto, es mi favorito, aunque este color verde resalta tus tetas.

Me muerdo la cara interna de la mejilla tan fuerte que de inmediato percibo un sabor metálico en mi boca, pero es lo que hago, morder y no escupir, aguantar y no atacar.

Sin embargo, Ethan no hace lo mismo, más bien lo contrario. Antes de que me dé cuenta, me coloca detrás de su cuerpo, que ahora se enfrenta al del director.

Él también ha oído el comentario.

—Vuelve a hablarle así a mi chica y no solo te cortaré la lengua, sino también la polla, ¿me has oído?

Jamás lo había oído hablar así, con esa voz tan grave, pero enteramente tranquilo. Hace que se me ponga la piel de gallina. Creo que tampoco había visto sus ojos, azules como el mar, de un tono tan oscuro.

—Perdón, tío, no sabía que era tu novia. Los rumores... —El director ya no se siente tan valiente; da un paso atrás, pero Ethan avanza al instante, borrando cualquier intento de distancia. Están casi cara a cara.

—Quiero que todo el mundo se porte bien con ella o habrá problemas. —No hay rastro de su tono habitualmente desenfadado y cómico.

Por Dios, siempre es un golden retriever. Pero esta vez parece que tiene ganas de morder. ¿Por mí?

Me ha llamado su chica; desde luego, se ha metido en el papel que supuestamente representamos y ha funcionado tal y como él esperaba. Lo que pasa es que a mí me ha sacado de la ecuación.

Los dos machos en los que se han convertido siguen haciendo un concurso de miradas hasta que tiro del brazo de Ethan para llevarlo conmigo al vestuario. No hay nadie dentro, así no tendré que echarlos y parecer, una vez más, la zorra que todo bicho viviente cree —sabe— que soy.

Esto es lo último que necesito, pero, de nuevo, a él no parece importarle.

Nada más cerrar la puerta, todo estalla.

—¿Cuántas veces has trabajado con este tío? —Él se adelanta y habla primero.

—¿Perdón?

—¿Cuántas veces has tenido que aguantar y callarte? Tendrías que haber dicho algo, Dahlia, no sabes cómo son los tipos como él...

Pongo una mano sobre su pecho para que deje de hablar.

—Sé exactamente cómo son los tipos como él, Ethan —pronuncio su nombre con rabia, porque no lo aguanto—.

Llevo trabajando en esta industria casi diez años; me he topado con ellos toda mi vida, a todas horas.

Hombres que miran más de la cuenta y que se creen con el derecho a tocarme porque durante un par de horas me consideran de su puta propiedad, creyéndose los reyes del mambo.

¿Crees que no sé que la mitad pasan sus descansos masturbándose, pensando en cómo estaba tumbada en ropa interior delante de ellos?

Lo sé porque además me lo dicen, como si fuera mi objetivo personal y debiera sentirme orgullosa.

Así que no te atrevas a aleccionarme o decir que no tengo ni idea; no soy una niña indefensa a la que tienes que proteger, así que guárdate tu compasión.

Estamos el uno frente al otro, muy cerca, nuestros ojos mirándose con intensidad... y lo que yo puedo ver es un mar embravecido.

Nos quedamos así, en silencio durante unos segundos hasta que una de las managers entra gritando que empezamos en cinco minutos, rompiendo la ensoñación en la que hemos caído.

Ethan no dice nada y yo me giro en busca del último de los conjuntos de ropa interior.

—Lárgate para que me cambie, ¿o vas a volver a quedarte mirando?

Sale por la puerta sin decir nada. Cuando estoy lista y vuelvo a la cala, el sol ha descendido y una luz anaranjada adorna el ambiente, que, de alguna forma, se respira diferente. Debería estar aliviada, pero lo único que siento es rabia.

Me coloco en posición y el fotógrafo me da las instrucciones correspondientes.

Las cumplo a rajatabla y las fotos salen espectaculares.

Terminamos antes de lo esperado. Mientras recogen todos los aparatos, me dejan irme y lo agradezco en silencio.

Estoy cansada y lo único que quiero es tumbarme en la cama y que acabe el día de hoy.

Mañana abandonamos las islas griegas rumbo a nuestro próximo destino secreto, donde Ethan y yo grabaremos la colaboración que hemos acordado hacer juntos.

La empresa se mostró emocionada y no han querido decirnos antes de tiempo cuál era el lugar de rodaje para «sumarse a nuestra aventura sorpresa».

Estoy arrepintiéndome de haberlo convencido. Ahora mismo no quiero ni mirarlo, así que no puedo imaginarnos a los dos durante más de seis horas de rodaje.

—Dahlia. —Oigo su voz al otro lado del pasillo. Ha estado esperando este momento, donde ya nadie nos presta atención.

—Estoy cansada, Ethan —le digo en un intento por quitármelo de encima, pero no se mueve del sitio.

—No puedes enfadarte conmigo. Te he defendido.

—¿Qué esperas entonces?, ¿mi más sincero agradecimiento?

—Con que quitaras esa cara de culo me daría por satisfecho —resopla, revolviéndose el cabello.

Arqueo las cejas, no puedo creer lo que estoy oyendo.

—Ese es vuestro principal problema: no os merecéis una palmadita en la espalda por todas vuestras «hazañas». Te has metido donde no te llamaban.

—Solo quería ayudar.

—Yo no te he pedido ayuda.

—Entonces ¿por qué tú no haces nada? Así les estás dando la razón...

Su comentario es como un puñal. Debería estar acostumbrada, pero ¿por qué todo el mundo piensa que yo debo tener la culpa de algo que hacen los demás, que escapa a mi control?

Ethan se da cuenta de lo que ha dicho, su gesto cambia de inmediato. Pero ya es tarde, lo ha soltado.

Agarro con fuerza el pomo de la puerta hasta que mis nudillos comienzan a tornarse blancos.

—No quería decir...

Lo ignoro y respondo a su pregunta.

—¿Por qué no hago nada? Porque no puedo, porque antes los creerían a ellos cuando dijeran que la zorra tan narcisista que soy lo busca, que solo soy una niña mimada y estirada que siempre tiene la necesidad de llamar la atención y demostrar lo superior que es a los demás.

De repente, su piel palidece cuando se da cuenta de que he usado sus mismas palabras para describirme, literalmente.

¿De verdad creía que no sé lo que piensa de mí? La próxima vez debería hablar más bajo en un hotel, dado que nuestras habitaciones siempre están una al lado de la otra.

Abro la puerta de golpe, poniendo por fin distancia entre nosotros. Hasta este momento, no había notado cuánto me ahogaba.

—¿Sabes qué es lo realmente triste? Que estén dispuestos a respetarme más por ser tu chica que por ser una chica.

Cierro de un portazo, pero, no sé cómo, sé que Ethan permanece en el otro lado sin moverse. Yo también.

Hasta hace unos minutos, todo mi cuerpo me pedía un descanso. Pero ahora, cuando hundo mi cabeza en la almohada, no tengo sueño, ni siquiera cierro los ojos.

Y por primera vez en mucho tiempo, lloro hasta que mi cabeza duele demasiado y al final consigo quedarme dormida.